
Una vez tejí una bufanda larguísima. No es que sea una experta haciendo punto, pero me relajaba. Las primeras puntadas, recién aprendido cómo hacerlo, eran desiguales. Después era un acto inconsciente y las líneas eran casi perfectas. Un día tienes un ovillo de lana y varios días después, movida por una fuerza que ni se sabe de dónde provenía, tienes una bufanda, hecha con delicadeza, amor y tesón. Ponía todo mi empeño en hacerla y no me importaba que, en los crudos días de invierno, se viera era primera línea con la que comencé. Esa bufanda era mi obra, hecha con mis manos, y la tenía especial cariño.
Supongo que los sentimientos se forjan de una manera similar. Un día te tambaleas y no sabes muy bien cuál será el siguiente paso, quizás sea un punto que tengas que repetir, quizás sigas adelante pese a las imperfecciones, pero luego irás sobre seguro, porque los sentimientos terminan asentándose en el corazón. Un día te encuentras amando a una persona y ese sentimiento es férreo. Aunque él no lo sepa… yo tengo muy claro lo que siento. A diferencia de la bufanda, no me es posible deshacer todos los puntos anteriores para comenzar de cero.
Vas dando pasos, a veces con cierta seguridad, otras veces te tambaleas, pero al darte cuenta de todo el sentimiento hacia esa persona descubres que todo se tiñe de una delicadeza tal como nunca antes habías sentido.
¿Qué haré cuando se acabe el ovillo? ¿Iré en busca de otro? Eso me recuerda a cuando Penélope esperaba a Ulises y les decía a todos sus pretendientes que elegiría un esposo cuando acabara el tejido que estaba haciendo, tejido que todas las noches descosía para volver a empezar. La espera del amor que, de repente, un día volvió de su terrible odisea. Me parece un acto de amor loable el de Penélope por Ulises, pero ese tipo de amor sólo ocurre en las historias de ficción.
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