jueves, diciembre 31, 2009

¿Urte berri on?

Tengo que imaginar que Urte berri on significa 'feliz año nuevo' en vasco. Uno de mis tíos me acaba de enviar un correo con ese título, aunque el interior iba en castellano. Debería ir preparándome para esta noche, sin embargo estoy viendo una película, me estaba quedando somnolienta (y eso que la película me está gustando) y tengo un dolor de ovarios que espero que no me fastidie la noche. La película la tengo que dejar porque es la segunda parte (por eso, al principio estaba un tanto perdida -porque sé la historia de la vida del Che, que si no...-).
La verdad es que, a punto de acabar 2009, no tengo ganas de salir. Acabo de recordar lo que me temblaba la mano la última vez en el bar donde nos encontramos. Y esta mañana también parecía que el corazón se me escapaba del pecho cuando he visto desde la ventana un tío que era clavado a él.
Al mediodía venía un poco mojada, con varias claras encima y con ganas de llegar a casa. Antes de cenar tomaré mostos... que la noche es larga. Además, el alcohol mata neuronas y las neuronas no se regeneran.
Mis amigas llevan un disfraz de piratas, yo voy de novia cadáver y no sé más disfraces. Seguro que lo pasaremos bien.

Os deseo para 2010 un buen mago con una buena varita y muchos polvos mágicos para que la vida os sea más feliz.

¡¡¡¡FELIZ 2010!!!!

Horas para el cabo de año

No queda nada para que termine este 2009. Mañana a estas horas estaremos en cualquier bar de mi pueblo, todos disfrazados y disfrutando del comienzo de una noche que promete ser larga. Tan larga que volveremos a casa desayunados, bastantes horas después de que salga el sol y con partes de otros disfraces, así como habiendo perdido los accesorios del nuestro. Después, el uno de enero llegará y pasará tan rápido que dará la sensación de que hemos perdido un día, el primer día del nuevo año. Al menos a mí siempre me da la impresión de vivir un día de menos, o vivir dos días en uno.
Podría hacer un resumen de lo bueno y malo del año que acaba. Una de las mejores cosas fue regresar a casa, encontrar una estabilidad laboral y reencontrarme con mi gente. En detrimento, dejé atrás mi gente de Salamanca, ese otro mundo en donde he pasado una parte importante de mi vida, una ciudad adonde estoy segura que volveré, pero ya sólo serán viajes efímeros, llenos de recuerdos, de melancolía.
Otro instante digno de recordar tuvo lugar en julio, cuando conocí al ser más maravilloso que he conocido nunca. El día que encuentre un defecto en él podré tragarme esas palabras, pero de momento sobresale por sus cualidades positivas y sus grandísimas virtudes. Conocer a esa persona significó salir de una etapa de tranquilidad para comenzar a caminar por un camino de rosas y espinas que aún no sé dónde acaba. Esa persona tan enigmática y misteriosa desprende una magia sobre mi persona que yo no puedo controlar, tanto que parece que me hechizó desde el primer día. Ya he comentado esto alguna vez por aquí.
He vuelto a reencontrarme con mi gente, a vivir la aventura de un lugar que me vio nacer y donde en muchos momentos del pasado a veces me he sentido desubicada. El hecho de estar tomando unas cañas con los amigos de toda la vida es algo único, especial. Las veladas estivales en la ermita, donde preparábamos cenas rápidas, son instantes inolvidables. Y lo más importante es que esta vez no estaba ausente, esta vez he vivido esos momentos sin que nadie me los haya tenido que contar.
Podría alargarme, porque un año da mucho para sí, hay mucho que recordar...
Pediré un deseo, sólo un deseo para 2010. Es lo único que anhelo de verdad.
Otro año llegará. Con historias nuevas que contar, con personas que conocer, con treguas que forjar, con anécdotas que llegarán... para siempre quedarnos al final con lo mejor.

Hoy mi hermano pequeño me ha dicho que estaba triste. Se lo he negado, pero ha adivinado ese estado de ánimo que intento ocultar. Sin embargo, a veces no se puede ocultar el brillo de esa tristeza interior. Sé de dónde viene esa tristeza, pero no puedo ocultarla.

miércoles, diciembre 30, 2009

"Ponyo en el acantilado"

Siempre me han enternecido las películas de Hayao Miyazaki, pero ésta deslumbra por la ternura en toda su intensidad. Aunque ha despertado sentimientos muy positivos en mi interior, no puedo considerarla de mis preferidas del director. Mi favorita seguirá siendo "La princesa Mononoke", y en segundo lugar "El viaje de Chihiro" y "El castillo ambulante". Quizás es porque me parece más infantil que otras obras maestras del autor.
Por una vez no aparecen aparatos voladores en una película de Miyazaki, aunque hay un guiño a los mismos en la especie de 'barco volador' en el que se mueve esa especie de rey de los mares.
La película destaca, como tantas de Miyazaki, por exaltar unos valores de vida con una puesta en escena cargada de una sencillez que estremece al espectador. En mi opinión, esto sumado a la maestría de los dibujos convierten a estas películas en pequeñas obras de arte, aptas (y recomendables) no sólo para niños sino también para adultos.

La trama cuenta la historia de una pececita con cara de niña que se encuentra con Sosuke, un niño que vive con su madre Lisa en una casa en lo alto de un acantilado. Sosuke adora a la pececita que es buscada por su padre, el rey de los mares, para llevarla de vuelta al fondo. Pero la niña, a la que Sosuke llama Ponyo, utiliza su magia para convertirse en humana y regresar junto a su amigo. Sólo el amor de Sosuke puede hacer que el sueño de Ponyo se convierta en realidad.
Por otro lado, las ancianas de la residencia de 'Los Girasoles', donde trabaja Lisa, creen que un pez con cara de humano puede acarrear un tsunami y le aconsejan a Sosuke que devuelva la pececita al mar.
Es interesante descubrir cómo los bancos de peces crean olas o las hermanitas de Ponyo ayudan a ésta a conseguir su objetivo y escapar de un padre que la mantiene encerrada, un padre que parece terrorífico al principio y luego resulta no ser tan malvado, un padre que merma ante la presencia imponente de la diosa de los mares y madre de Ponyo.
Ponyo es un personaje enternecedor, que lleva a la emoción, así como la naturalidad con que Sosuke observa las cosas.
Lisa es un personaje sorprendente, una mujer con carácter, capaz de retar al mar con tal de ayudar a las pobres ancianitas a sobrevivir a la tempestad. Te saca tu mejor sonrisa cuando le riñe a su marido en morse, porque no va a ir a dormir a casa (el marido es capitán de barco y todas las noches se comunican a través de luces en alfabeto morse).
En resumen, la película emociona.

Mundos oníricos convertidos en película.

A última hora de la tarde

Ya tengo películas para ver este fin de semana en ratos libres. Llevo un rato grabando películas, después de haberme descargado el Roxio (como no me gusta el Nero, he buscado el programa que tenía con la grabadora portátil, grabadora que tengo en casa y que ahora me hubiera venido de perlas). De paso despejo un poco el disco duro de este pc.
Tengo ganas de ver a Benicio del Toro de Che Guevara, aunque creo que hoy optaré por terminar películas que se quedan a la mitad porque me quedo dormida. Anoche fue la del gran Hayao Miyazaki, Ponyo en el acantilado; hace unos días fue Peregrinos... Luché contra el sueño, pero no pude; terminé apagando la televisión y quitando la luz.

Y me voy a casa.

Siento que el frío se adhiere a mi piel como escarcha

Cuando me he ido a Correos he comprobado que enfrente estaba su coche. Sabía que si me iba no volvería a pillar mi sitio preferido, aunque cuando he vuelto seguía libre y he terminado aparcando en el mismo sitio. Su coche seguía ahí.
No me importaría que me volviera a pasar lo de la semana pasada, que un coche aparque mal a mi lado, para pedirle ayuda.
Pero me gusta saber que está cerca. Hoy no puedo decir eso de 'aunque no nos veamos', porque hoy sí que nos hemos visto. Cuando me voy a cualquier sitio y tengo que coger el coche, cuando me marcho a casa o cuando simplemente paso a coger (o dejar) algo del coche... sentirle tan cercano tiene un significado especial.

Siento que el frío penetra por todos los poros de mi piel. No para de llover y seguramente mañana seguirá así. Y se nos ha olvidado encender la calefacción esta mañana, así que se nota.

De visita en otros lares

Hace un tiempo entraba en un foro de 3D. He vuelto a pasarme por allí, porque el tema del 3D y de la animación me atrae muchísimo. Me hace ilusión volver a ver a toda la gente, aunque he visto que ha cambiado el aspecto del foro (a mi gusto, a mejor). Incluso he posteado.
La verdad es que a veces sí que apetece reencontrarse con otras personas con las que quizás antes hablabas mucho y ahora apenas sabes nada de ellos.
Además hay grandes maestros del 3D ahí dentro.

Un saludo al azar

Siempre pasa: cuando quieres ver a alguien nunca te lo encuentras y cuando no quieres encontrarte con alguien entonces es cuando le ves.
Será una de las pocas veces que el azar nos lleva a encontrarnos en la calle, en la misma acera y de frente.
Como siempre, iba por la calle ensimismada, centrada en lo que tenía que hacer. De repente, he levantado la vista para mirar y delante de mí tenía a quien menos hubiera esperado encontrarme. He sentido el calor en mi rostro y las manos ardiendo, ni siquiera sé cómo he sido capaz de saludarle sin que me temblara la voz. Nervios. Entonces he escuchado su saludo, esa voz tan sensual, y he sentido que me estremecía de pies a cabeza.
Ni siquiera me he atrevido a mirar hacia atrás. He seguido caminando, con mis pensamientos concentrados en esa voz.
Iba guapo.

martes, diciembre 29, 2009

Sobrevivir

A veces parece que tengo un imán para ciertas cosas. Había en Vía Digital un reportaje sobre Buenos Aires y, después de haber visto un poco, he sentido un deseo terrible de conocerlo, de vivirlo, de pasear por sus calles... pero no me imagino allí sola.
No he terminado de verlo. Me ha entrado una especie de 'nostalgia' tal que vengo a ver una película que me haga desconectar de todo.

Previsiones y decisiones de cara al 2010

Si todo el año fuera tan tranquilo como estas dos semanas... Es peor, porque tengo más tiempo para pensar, aunque evite hablar de ello. He decidido que al final me iré a Japón en junio o en julio. Teniendo en cuenta que es el Mundial, igual mi hermano me cambia la fecha.
Para llevar a cabo el otro viaje necesito más de un año para pensarlo, para saber en qué dirección marchará todo. No puedo irme a un sitio con una persona a la que apenas conozco y que tampoco se deja conocer. Quizás dentro de un año a estas horas piense de otra manera y ojalá planee un viaje con ese personaje tan encantador a cualquier parte del mundo, pero en estos momentos he tomado la decisión de irme a las antípodas con mi hermano. Ya le he dicho que sí, porque así ya no podré echarme para atrás.
Y si alguna vez tengo que viajar con él será porque hay seguridad tanto por mi parte como por la suya, será porque le veo con ganas, y por supuesto después de haber comprobado que realmente quiere ir.
Estoy completamente segura de que si aún mañana me dijera que nos vayamos a cualquiera de esos otros dos países, primero dudaría, pero terminaría diciéndole que sí. Al fin y al cabo, un viaje con él, pese a que apenas nos conocemos, tiene que ser una experiencia magnífica. Estoy segura.

Lo que pesan los recuerdos

Los recuerdos llegan cual aluvión, incesantes, constantes, a raudales. Intento desviarlos, pero a veces resulta imposible.
Te diriges al coche para coger algo y al mirar de frente te sorprende descubrir algo. Te viene a la memoria el día que tuviste que maniobrar porque no podías sacar el coche, lo que se te pasó por la cabeza en ese momento y que se lo dijiste. Los vehículos en la misma posición, aunque no es la misma situación.
Una lluvia de témpanos del más frío acero abren llagas en tu piel, témpanos que se derriten por ese calor que alienta su presencia próxima, el hecho de sentirle un poco más cerca. No puedes evitar ese ramalazo de cariño que te recorre la espina dorsal. Y entonces sientes que los ojos se te rasgan y piensas en algo que te traiga una sonrisa, para no sentirte infinitamente triste.

O ayer... cuando fui a Correos... Es como si las estrellas se alinearan para que cualquier persona, cualquier objeto se materialicen como signos que me llevan a pensar en él. Menos mal que me encontré con J. y pude salvar esa situación olvidándome por un momento de lo más inmediato.
Por mucho que quiera olvidarme de él... Le quiero demasiado como para desechar todo eso de un día para otro.

No sé lo que hacer ahora. Quizás me sienta algo cansada y posiblemente no haga nada.
Si no puedo luchar contra los recuerdos tendré que vivir con ellos.

El olvido del momento

Hay ciertas cosas que igual que vienen se van. Como las oportunidades. Si no estás atento, para cuando quieres darte cuenta han desaparecido y no vuelven.
Mañana al mediodía escribiré una historia sobre Volkswagen, el coche del pueblo (Volk: pueblo en el sentido amplio de la palabra, Wagen: coche). Lo organiza la revista Qué leer y el plazo acaba en marzo. Lo que ocurre ahora es que se me ha hecho tarde, presentando cosas a certámenes literarios de los que se puede utilizar el correo electrónico. El resto tendré que encuadernarlo y enviarlo por Correos.
Durante un rato he conseguido olvidarme del mundo. Aunque sé que soñaré. Es inevitable.

Hace siglos... yahoo.es

Mi primer correo electrónico era de yahoo. Creo que todavía lo tengo porque a veces, cuando recuerdo la contraseña, suelo entrar. Después me hice otro más para certámenes literarios, obviamente sin dar ningún dato real. Y ahora está todo cambiado. Nada más dar a adjuntar archivo he tenido que instalar un .exe. Pero sigue sirviendo para lo que estoy haciendo.
Me he propuesto volver a escribir en serio, presentarme de nuevo a concursos y centrarme en lo que me gusta de verdad. Como tengo mucho material escrito (y registrado, claro), empezaré por enviar todo ese material a concursos.
Mientras, se cuece el germen de algo nuevo en mi mente.

Después de varios meses, aunque siempre activo el blog, quizás demasiado activo... vuelvo a sentir la energía que fluye por mis dedos y ese sentimiento de integridad, eso de sentir que algo te llena lo suficiente como para apartar momentáneamente otros pensamientos.
Estaba escribiendo de nuevo la plica, hasta que se me ha ocurrido que quizás la tuviera en el portátil, pero ¿dónde? Menos mal que la he encontrado, porque no me apetece nada escribir sobre mí.

lunes, diciembre 28, 2009

Una ventana por la que se vean cosas hermosas

En varias ocasiones a lo largo de la mañana me he quedado con la vista fija en el horizonte. Estoy evitando hablar de..., porque pienso que es mejor así. Sin embargo, me resulta difícil.
He llegado a la conclusión de que quiero que me mire como una ventana por la que se vean cosas hermosas, nada más lejos de la realidad. El otro día la sensación fue, no lo contrario, extraña.
He estado pensando en que hablo todos los días con un sinfín de personas y no tengo problemas para comunicarme, para decir las cosas tal cual, para hablar de temas importantes. Eso no me ocurre cuando estoy frente a él: digo cosas que tienen poca relevancia, me cuesta sacar temas e incluso me cuesta expresarme. En ese sentido, creo que con él me cuesta mostrarme tal cual. En realidad, aunque parezca al revés, soy yo la que teme el acercamiento, soy yo la que aparece como menos receptiva.
Entonces creo que él puede verme como una persona frívola. Me resulta imposible demostrarle cariño, mirarle a los ojos sin desviar la mirada, incluso me muestro reacia a tocarle. No es cosa de él, sino cosa mía. Quiero que él me vea como una ventana por la que se descubran cosas bellas. Y si para ello tienen que salirme alas para alejarme de él... pues lo haré.
Con esto no quiero decir que vaya a ignorarle, no podría. No se puede quitar la palabra a nadie. Veo necesario, sin embargo, alejarme un tiempo de él, para así recuperar, en la medida de lo posible, la seguridad y la tranquilidad. Necesito volver a ser yo, no ponerme nerviosa delante de él, redescubrir su magia, absorber su encanto, sentirme a gusto. No es que me sienta incómoda delante de él, no es eso, sólo insegura. Quizás es porque si bien yo quiero que me vea como una ventana a través de la cual se admiren cosas hermosas, yo me encuentro ante una ventana cerrada a cal y canto. Posiblemente sea eso lo que me lleva a la inseguridad. Y no quiero estar así.

Comedias

Cuando he llegado a tomar el café, me han preguntado qué tal estaba mi brazo. He levantado mi mano izquierda, en la que ya no quedaba ningún vendaje. Y me he echado a reír.

Hago un flashback para retomar la hora del desayuno. Eran las 8.30h. de la mañana cuando he hecho mi entrada espectacular en la cafetería: el brazo izquierdo vendado y en cabestrillo, el abrigo y el bolso en la otra mano.
D. ¿Qué tal el finde?
A. (Levantando el brazo) Bien, aunque mira...
V. ¿Pero qué te ha pasado?
A. Me caí en el Belén.
V. ¿En la calle?
A. Sí, claro.
D. ¿Qué tienes?
A. Pues un esguince.
D. ¿Hasta cuándo?
A. Quince días.
Después hemos estado hablando del Belén, ya que les he preguntado por qué no aparecieron en mi pueblo. Y me sacan el cruasán, que difícilmente podía partir (por poder sí, pero si lo hubiera hecho me hubieran pillado).
A. D., ¿me partes el cruasán? Que no puedo.
Y D. me ha partido el cruasán. Yo me estaba aguantando la risa.
Ellos se han ido, he terminado de desayunar y cuando he subido a la oficina, la misma historia con B. Creo que podía haber aguantado con la pantomima todo el día. B. también se lo ha tragado. Aunque a los diez minutos me he empezado a quitar la venda y a descojonarme.

Espero que nadie más me pregunte sobre la mano a lo largo del día, porque seguiré mofándome. Y mañana en el desayuno habrá risas de nuevo.

Cosas...

Caminaba por la calle y pensaba... Puede que intentes evitar a una persona, pero esto es muy pequeño para que no nos encontramos, aunque sea muy de vez en cuando.
Ayer se me pasaba por la cabeza sacrificar los fines de semana, pero es peor sumergirme en mi caparazón. No voy a dejar de salir de fiesta por una persona, sobre todo porque los fines de semana me hacen desconectar. Ayer me dijo mi amiga I. que también iba a traer el coche todos los sábados, aunque vayamos tres en tres coches. Lo peor es que tienes tope para beber (yo tomé dos cervezas bastante espaciadas), pero la seguridad que te da llevar el coche, el hecho de que si te quedas colgada no tienes que depender de nadie ni pedir a nadie que te lleve a casa... Llevar el coche de fiesta tiene más ventajas que desventajas. El sábado estaba más que dispuesta a llevar a una persona a su casa, pero no quiso. Prefiero no imaginar sus motivos.
El hecho de que quiera evitarle es porque creo que, en cierto sentido, me tiene miedo. Yo no quiero que me tenga miedo. Me dio esa sensación. No sé si es porque le he dado motivos o por la onerosa confesión que le hice.
Así que en 2010 no tengo muy claro si me iré a Japón (mi hermano está más que predispuesto, sobre todo cuando me regaló una Guía de Japón después de la cena de Nochebuena) o a Argentina o Nepal. Si realmente me teme no estoy dispuesta a viajar con una persona a miles de kilómetros de distancia si esa persona se va a sentir incómoda. Me haré con información de esos tres países, renovaré el pasaporte en febrero. Y dentro de unos meses, dependiendo de todo lo que ocurra a partir de ahora, ya decidiré.
Me siento insegura e indecisa. La situación se ha terminado desbordando y puede conmigo.

Historias trascendentes

El sábado por la tarde conocí a dos políticos de La Rioja: Aldama y Caperos (y cuando digo que les conocí es que fue en persona, que les di dos besos a cada uno y estuvimos hablando un rato). Conocemos todos los días a gente, pero no todos los días son políticos de cierto peso en tu Comunidad.
Les ves a menudo en el periódico, en la televisión, pero lo que no esperas nunca es que te los presenten por su nombre de pila.
Y me ha picado la curiosidad, así que he terminado buscando sus blogs: el de Caperos y el de Aldama. Gente de carne y hueso, gente involucrada en la política que, como dice uno de ellos, se lleva en los genes.
Todos los días no se conocen políticos.

Creo que la política sólo sirve para etiquetarnos. En mi caso particular, hablo de política lo justo e intento evitar el tema en la medida de lo posible. Quizás es porque a veces simplemente entras a formar parte de unas circunstancias concretas y a veces ocurre que lo que hoy es negro mañana puede ser blanco.
En política nunca me mojo, excepto cuando estoy con mis amigos, donde todos sabemos...

Amigos fieles

Cuando llegaba esta madrugada a casa, Yoguito me esperaba en el portal. Durmió conmigo, aunque reconozco que me desagrada un poco que un bicho ronde a mi alrededor mientras estoy durmiendo. Hoy ha vuelto y se ha metido entre las sábanas. Me da pena echarle porque esta mañana el loro le ha dado un picotazo en el pescuezo y aún llora todavía cuando le acercas a la jaula.
Me dijo mi amigo A. que es genial llegar a casa y recibir el cariño altruista de un amigo fiel. Ayer me hizo sonreír.
A ver quién le echa ahora, si está completamente dormido. Es como un bebé.

Brecht en la memoria

Bertolt Brecht me entusiasma demasiado. Hoy me he acordado de él. Siempre me trae sus poemas en momentos de tristeza absoluta.

Debilidades
No tenías ninguna,
yo sólo una:
que amaba.

Es uno de los pocos poetas alemanes por los que siento debilidad, desde que estaba en el internado y el director del colegio me regaló un marcapáginas con su famoso: "Primero se llevaron a los negros, pero a mí no me importó porque yo no lo era..." (no lo transcribo íntegramente porque no viene al caso).

La cuerda cortada puede volver a anudarse,
vuelve a aguantar, pero
está cortada.
Quizá volvamos a tropezar, pero allí
donde me abandonaste no
volverás a encontrarme.

Lo sorprendente es que, como cualquier poeta extranjero, al hacer la traducción no tiene mucho que ver con el original. La verdad es que lo que a mí me importa en estos momentos es más el mensaje que contienen.

Quiero ir con aquel a quien amo.
No quiero calcular lo que cuesta.
No quiero averiguar si es bueno.
No quiero saber si me ama.
Quiero ir con aquél a quien amo.

En fin... Versos emocionales para antes de ir a dormir.

domingo, diciembre 27, 2009

Tronzada

Mañana iré a la oficina con el brazo izquierdo en cabestrillo. La última (y única) vez que me troncé tenía dieciséis años. Ocurrió a principios de junio y me caí de la Derbi en un camino pedregoso que va a parar a la ermita. Fue la mano derecha y malescribía con la mano dejando unas marcas paralelas y grisáceas en cada examen gracias al hierro que sujetaba mis dedos. Cuando me cansaba, cambiaba de mano. Y algún examen me lo hicieron oral. Por eso recuerdo perfectamente la época y el curso en que estaba.
Cuando me quitaron el vendaje seguí cogiendo la moto, continuaba cayéndome y pintando mi piel de moretones violáceos.

Me pregunto cuántos caerán en que mañana es 28 de diciembre y mi vendaje, un bulo. Me gusta demasiado la guasa. Pese al momento emocional por el que estoy pasando, considero que es necesario reírse y, a veces, tomarse la vida con humor.

Los sueños rotos

Llega un momento en que te das cuenta de que tu dignidad, y por extensión tu orgullo, están en una situación de peligro tal que te ves obligada a decir “basta”.
Me da la sensación de que, tras los sucesos acaecidos la noche pasada, comienza una época de barbecho, como si en las últimas horas hubiera arrancado de raíz todas las plantas que habían ido creciendo poco a poco, como si hubiera estado construyendo un muro difícil de traspasar. Al despertar he estado llorando sin poder evitarlo. Me hubiera gustado ser más fuerte, ser capaz de no dar rienda suelta a tanto dolor. Sin embargo, no son esas lágrimas las que me preocupan, sino las lágrimas que fluyen sin cesar dentro de mi interior, pues esta vez es el corazón quien llora.
Ayer sentí algo tan claramente que no sé cómo fui capaz de aguantar sin desmoronarme, aunque en ese preciso instante supe que eso acarrearía dolor, un dolor mucho más profundo que aquél que sentí hace más de un mes.
Empiezo a temblar cuando recuerdo el momento en que le exigí una respuesta, una respuesta que quizás no llegue nunca. Algo que pedí en una situación de desesperación tal que me resulta escalofriante. No puedo seguir caminando sobre una senda llena de conjeturas. Sea lo que sea, prefiero saberlo; necesito saber lo que piensa. En caso de que dijera algo y después de lo que vi ayer, posiblemente esté empezando a concienciarme de que quizás sufra en los meses venideros. Al despertar, como un aguijonazo, mi corazón me alertaba de que ha empezado a morir. Tarde o temprano, la llama que se ha mantenido encendida durante estos últimos meses empieza a titilar hasta que llegue un momento en que me suma en una oscuridad total. Temo que llegue ese instante, porque con él va a llegar la tristeza más inaudita, el vacío más cruel, el dolor en todas sus dimensiones.
Para cuando llegue el momento, comprendo lo afortunada que soy al saber que tengo un as en la manga que puede, de algún modo, suplir el vacío. Ese as no es otro que escribir, inventar mundos imaginarios, crear personajes dispares, buscar historias novedosas que se entrelacen en un mundo de ficción cuyo ritmo marco yo. Y, pese a tener esto, sé que no será fácil llenar ese vacío. Ya sé cómo duele el corazón, ya sé cómo escuecen las llagas de lo que no fue y sé que soy capaz de no dejarme ver durante meses intentando olvidar lo inolvidable. Sería huir, evitarle, pero sería más doloroso verle y sentir que un muro cada vez más alto me separa de él. Son vías de escape, necesarias en momentos así.
Ayer descubrí que se había perdido parte de la magia, aunque seguía habiendo reminiscencias provenientes directamente de sus ojos. Pero también descubrí el distanciamiento, la llamada del silencio, la impotencia del desconocimiento.
No es tanto el dolor como el vacío que sé que empezaré a sentir. El vacío es mucho más cruel, porque no te queda nada: te rompe los sueños, las ilusiones, las esperanzas; te lacera las manos y te venda los ojos, te cae repentinamente cual pedrusco de plomo en el estómago. Sabes que ya nada será igual, aunque sigas mirándole a esos profundos ojos y sigas pensando que es alguien especial, aunque en el fondo de ti sientas que le sigues queriendo pese a todo, y es que sabes –y eso es una de las cosas que más duelen- que no puedes dejar de quererle.
En estos momentos no sé si quiero saber su respuesta. Quizás es porque espero lo que me va a decir. O quizás no. Como no sé lo que piensa quizás no. Pero en el fondo sí que quiero saberlo, quiero escuchar lo que tenga que decirme, aunque eso despierte a ese monstruo llamado dolor.
Esto me ha llevado a replantearme si salir en Nochevieja. Sé que saldré, claro, pero sin ganas, deseando no encontrarme con él, colocando ese muro invisible para que él no descubra mi sino. Porque no puedo mirarle a los ojos y decir que no siento nada. Porque una energía desconcertante encamina mis pasos en su dirección. Porque no quiero que me lea como un libro abierto.
Y sé que, después de todo, el dolor, al igual que el resto de los sentimientos, es caduco. Que pasará, como todo. Aunque deje una herida terrible y la huella de lo que no fue, esa huella que siempre termina recordándote que, en definitiva, no merece la pena llorar por nadie.
Aun así, sé que estoy predestinada a derramar lágrimas de dolor.

Me quedo con lo mejor. Estos meses en que una vana ilusión me ha traído una felicidad que traspasaba fronteras, levantarme cada mañana con una sonrisa mientras pensaba en él, los inolvidables sueños que esta noche a los que se les ha dotado de alas, los momentos mágicos perdiéndome en él, bebiéndome sus palabras, robándole sonrisas. Me gustaría mirarle mañana a los ojos y decir que no siento nada, pero sé que la prueba es difícil y duradera, y que mañana no le dejaré de querer -quizás nunca-. Él daba cierto sentido a mi vida. Ahora los vestigios de todo eso se escapan invisibles entre los barrotes de una celda cargada de dolor y espinas.
¿Y qué puedo reprocharle a él? Ni siquiera puedo reprocharle nada. Él ha sido caballero en todo momento.

Si tengo que pasar por otra época de oscuridad, que sea así.

sábado, diciembre 26, 2009

Crash!!

Es mala suerte que hoy llueva, más que nada por la celebración que se hace aquí, pero ante las inclemencias del tiempo no se puede hacer nada. Se habla de suspenderse y cambiarse para otro día. De hecho, yo esta tarde ya he quedado en la oficina, así que si hay belén o no, es posible que sólo llegue a los fuegos artificiales (siempre que no se suspenda todo).
Cuando iba hoy a SD por una carretera comarcal llena de charcos casi choco con el coche de delante: ha frenado para torcer por un camino de parcelaria y yo estaba demasiado cerca. No es que fuera dormida, es que iba sorteando los inmensos charcos. He frenado en seco y menos mal que el coche no se me ha resbalado con el suelo mojado. Todavía siento las manos temblorosas cuando lo recuerdo. Eso me hace pensar en que últimamente corro mucho; lo de esta mañana me servirá para ir más despacio cada vez que piense en lo que podía haber pasado. Y ya se sabe: "Quien pega por detrás, paga".

Tan cercano y tan lejano

La semana de la nieve fue la pasada y me da la sensación de que han pasado meses desde entonces, así como de otras muchas cosas. De Malta ni hablemos, parece que el viaje hubiera ocurrido hace años y tan sólo hace un mes que estuve allí.
Es curioso porque, a veces, algo que parece que está lejano lo sentimos tan cerca que parece que lo tuviéramos al lado. Así yo siento que tengo próximo a alguien, aunque hayan pasado semanas desde la última vez que le vi, pero me da la sensación de que está muy cerca. Quizás se debe a que pienso mucho en él y los sentimientos hacia esa persona me desbordan por completo, fluyen en mi entorno y me siento casi feliz.
Todo depende de la percepción de cada uno respecto a lo que le rodea.
De todas formas, no es un buen momento para ponerme filosófica porque se me caen los ojos de sueño.

viernes, diciembre 25, 2009

La rosa escondida


Resultado de imagen de la rosa escondida
"Vive apasionadamente cada día, cada hora, cada segundo. Vive, ríe, llora si quieres, pero desde la alegría de saber que estás viva. Haz todo lo que quieras y hazlo ya. Como si no hubiera un mañana. Siéntete libre. Y recuérdalo siempre: píntate los labios de un rojo intenso, que parezcan hermosos pétalos de rosas abriéndose al mundo".

Ésta es la historia de Zehera, una joven musulmana y bosnia cuyo destino la llevó por los más intrincados caminos a los que le podía encaminar una guerra. A ella, con 18 años recién cumplidos, le tocó vivir lo más desgarrador que conlleva una guerra civil, donde no se respeta nada, donde el enemigo es el mismo que hace dos semanas le regalaba roscos de pan. Ella vive en sus carnes la barbarie de la guerra, lo más humillante y vejatorio a lo que puede aspirar un ser humano en situaciones límite y/o catastróficas.
Zehera es una superviviente. Para encontrar la felicidad, después de muchos años, tiene que hacer frente a los hechos más infames que acarrean seres perversos y que, en ocasiones, son inimaginables.
El relato es, sobre todo en la primera parte, desgarrador, sorprendente, va más allá de lo que podamos imaginarnos a simple vista, nos muestra las veleidades que se le ocurren al torturador que crea ese circo, esa especie de ruleta rusa, pues él es amo y señor y da y quita la vida. Es la crueldad en su sentido más extenso, sin tapaduras, sin ornatos. Y este libro es la historia de una de esas víctimas de guerra, apaleada, violada, torturada, vejada, secuestrada, humillada, insultada y obligada a hacer tan extremas virguerías que se hace impensable que salga de la mente del hombre algo tan nefasto, tan desagradable, tan infame.

Zehera vive en Visegrado, con sus padres, su abuela Mirsa y su hermano pequeño, Dino. Su hermana Suhra se había casado y trasladado a vivir a Sarajevo con su marido e hijo recién nacido. Poco antes de que empiece la guerra, en primavera de 1992, Suhra llama a su hermana para que salga huyendo a cualquier país de Europa: Sarajevo está cercado por el ejército serbio y hay una guerra en ciernes. Zehera, sin embargo, desoye los consejos de su hermana y comienza a frecuentar el Café Andric junto a su novio, un serbio, Aleksandar.
En Visegrado comienzan también las noches bajo la metralla, los morteros y las bombas. Muchos edificios aparecen incendiados o en ruinas al día siguiente. Sasa Ludonovic regresa a Visegrado acompañado por los Águilas Blancas, sus fieles compañeros, todos vestidos con el uniforme chetnik, que les caracteriza como soldados serbios. Y se convierten en líderes de Visegrado y en opresores de una población que comienza a diezmarse motivada única y exclusivamente por las diferencias: diferencias de raza, de religión de pueblo... Se pierde el respeto.
Sasa aparece una noche en casa de Zehera y se la lleva consigo, al hotel Vilina Vlas, el centro de violaciones y torturas a la población bosnia de Visegrado. Se encapricha de Zehera, que destaca por su magnífica belleza, y la convierte en su favorita. La viola y tortura una y otra vez, sin pudor, sin vergüenza, dejándole la moral por los suelos en cada sesión. El día grande de los serbios la deja en su casa, pero le promete que volverá a por ella. Allí esconden a Aleksandar y la joven pareja consigue huir a través de las aguas rojas del río Drina, a bordo de la escuálida barca que utiliza Dino para recoger los cadáveres del río y, muchas veces, para salvar vidas e instar a huir a muchos de sus compatriotas. Zehera le pide que huya con ellos y la última imagen que su hermano le brinda es la mirada de un viejo de nueve años que quiere encontrar a sus padres, desaparecidos por los desafortunados avatares de una guerra.
Aleksandar y Zehera llegan al pueblo español de Villa de Alba, en la provincia de Salamanca. Allí se alojan en la casa de un primo serbio de Aleksandar, Zoran. Las diferencias entre Zehera y el primo de su novio son crecientes, sobre todo cuando ella descubre que espera un bebé. Todo se complica cuando los dos jóvenes empiezan a llegar ebrios la mayor parte de las noches y cuando Aleksandar pierde su trabajo. Zehera conoce a Teresa, la hija del panadero, y le ofrece un trabajo en la panadería, donde vivirá la primera época de calma y tranquilidad, sentimientos que se ven perturbados por las acciones de sus dos compañeros de casa. La niña que nace será siempre una niña silenciosa, a la que llamará Teresa Alina. Un día aparece el cadáver de una joven sobre el río Tormes y Teresa le da una dirección a su amiga para que huya, aunque no haya hecho nada. Los tres yugoslavos se marchan hasta Pazo do Riba, un pueblo de Orense, donde los dos hombres abandonan a Zehera en la organización donde encontrará a Julia, una mujer dispuesta a ayudar a los que necesiten su ayuda. Cuando después de varios meses de silencio postraumático, Zehera comienza a contar su historia a los psicólogos, Julia decide llevar a la madre y a la hija a su casa, donde vivirán en armonía durante años. La vida en familia de Julia es perfecta: su marido Daniel Castro es un prestigioso cirujano admirado en el pueblo, su hija Sara se va a Estados Unidos a aprender inglés durante unos años y Bruno es aún un niño tímido y callado. Allí Zehera encuentra el amor y el cariño que la vida siempre le había robado y que nunca había encontrado. Zehera y Julia se convierten en íntimas amigas. Pero algo empieza a ocurrir también entre Daniel y Zehera, que sin querer se enamoran. Una llamada desde Sarajevo los salva a tiempo: Suhra ha muerto. Zehera consigue hablar con sus familiares y le invitan a estrechar nuevamente los lazos con esos desconocidos a los que hace años que no ve. Julia se empeña en acompañarla. Pero lo que encuentran en la casa familiar de Visegrado es antinatural: Dino se ha convertido en una persona cruel, los padres son indiferentes. Cuando Julia vuelve a España, Zehera es recluida en el sótano y su familia recibe la pensión de la joven. A veces creen que deben deshacerse de ella matándola y su hermano incluso la amenaza con volarle la cabeza de un tiro.
Julia comienza a sentirse mal, pero su malestar físico queda relegado a un segundo plano cuando intenta obtener noticias de su amiga y no consigue contactar con ella. Sabe que algo malo le está pasando a Zehera. A Julia le detectan cáncer en el cerebro y le dan pocos días de vida. Daniel está presente en la operación, donde muere Julia. A su mujer le prometió que iría a buscar a Zehera y será su hijo, que está terminando Derecho, quien le acompaña.
Cuando llegan, con ayuda de terceras personas y de la policía, consiguen entrar en la casa de Zehera, donde encuentran a la mujer deshidratada. Los padres y el hermano son detenidos, pero no encuentran por ningún sitio a la pequeña Teresa Alina. Los policías consiguen sonsacar a Dino que se la entregó a los familiares de su supuesto padre, a un tal Zoran, que la entregó a la mafia de tráfico de órganos. En Italia pierden la pista de la pequeña, aunque todos saben que ha muerto.
Zehera tiene aún una última cosa que hacer antes de regresar a España: tiene que ir a Sarajevo a abrazar al hijo de su hermana Suhra, Ari, que le enseña las Rosas de Sarajevo y el lugar donde murieron sus padres.
De vuelta a España, con los hijos de Daniel Castro independizados, en Pazo do Riba se empieza a rumorear sobre la relación de un hombre y una mujer solos en la casa. Nadie ve con buenos ojos que la joven Zehera y el médico hayan comenzado algo, cuando sólo han pasado unos pocos meses de la muerte de Julia. Cuando los rumores llegan a oídos de Sara, ésta no lo acepta de ninguna manera y se separa para siempre se su padre y la amante de éste. En cambio, Bruno decide que no será un obstáculo que desvíe la felicidad de la pareja. Pero la estancia en el pueblo se hace insostenible, sobre todo cuando Zehera descubre su embarazo.
Daniel, tras mucho pensarlo, decide aceptar un puesto de trabajo que llevan años ofreciéndole en el más importante hospital de Buenos Aires. Deciden comenzar una nueva vida en Argentina, sin que nadie les señale con el dedo, buscando la felicidad que en tierras gallegas se les estaba negando.
Un día Zehera espera a Daniel en una cafetería junto al hospital y se pone a observar a las personas que frecuentan el local. Le llaman la atención una niña que inmediatamente le recuerda a su pequeña Teresa Alina y su padre, un hombre al que sólo ve de perfil. Siente un sofoco inexplicable. Cuando un rato después llegan a casa, descubren en las noticias el mismo Café donde acababan de estar y ven cómo Sasa Ludonovic, al que Zehera no había reconocido, era detenido.
Zehera y Daniel tuvieron una niña a la que llamaron Rosa. Y ahí comienza su felicidad.


Las Rosas de Sarajevo
Representan los lugares exactos en los que hubo varios muertos por el fuego serbio. Son innumerables y están repartidas por el suelo de todo Sarajevo. En las calles, en los caminos, en las sendas, en las travesías... Allí donde el fuego de los morteros serbios segó la vida de varias personas hay una rosa roja como ésta.
Un día, los artistas bosnios, apoyados por el resto de los ciudadanos, tuvieron la idea de rellenar con cera, pintura, silicona o cualquier material de color rojo los agujeros que habían dejado en el adoquinado las bombas, los disparos o los morteros. Desde entonces, estas manchas escarlata, estas rosas rojas, son el homenaje a todos aquellos que un día murieron a causa de la barbarie.

Juntos, pero no revueltos

Me pregunto para qué diablos vendrán los dos conmigo. Ahora bien, no se rozan, aunque soportan la presencia del otro. El más proclive a acercarse es el perrito, pero la gata no tarda en dar zarpazos, así que en cualquier momento Yoguito podría salir escaldado a arañazos. Al final los he tenido que sacar, que no podré dormir con los dos.
Al final no he salido, en parte porque me he visto un tanto afectada por el vino (tinto, por supuesto), pero también porque siento el estómago bastante pesado. Creo que me haré un zumo de naranja para que se aligere mi estómago.

jueves, diciembre 24, 2009

El silencio que me mata

Todos necesitamos respuestas. Buenas o malas, pero respuestas al fin y al cabo. El problema llega cuando no hay ningún tipo de respuesta, cuando sientes que una garra atenaza tu corazón, cuando notas que un puño se cierne sobre la boca de tu estómago impidiéndote respirar, cuando luchas contra las lágrimas que pugnan por salir al exterior.
Llega un momento en que te preguntas si merece la pena.

Ese silencio me está matando. Pero hoy no voy a llorar. Quizás lo haga mañana, pero esta noche no permitiré que la tristeza se abra paso en mi interior.

Ni siquiera tengo ganas de irme a tomar unos vinos antes de cenar, aunque lo haré de todas formas: es una de las pocas noches en que estamos todos. En cierto momento ha ocurrido algo, o mejor dicho, no ha ocurrido nada. Y eso es lo que me duele. Ese silencio. Debería haberme marchado ya, pero sigo aquí. Aunque siempre quedan momentos de humor para quien sabes que te va a deleitar con una sonrisa. Esta tarde he comprado el primer regalo (y único) navideño, ha sido para una de mis compañeras, que no está aquí, pero me he encargado de enviarle un sms para decirle que el "gordo cabrón y borrachín de pelo blanco ha pasado por aquí" (Santa Claus es un invento chungo).

El espíritu de la Navidad

Es inevitable no sentir algo tangible en todo lo que nos rodea. En el trabajo hemos estado demasiado tranquilas, quizás porque todo el mundo está pensando en cosas más importantes. Las llamadas y las visitas no tenían otra finalidad más que la de desearnos una feliz noche.
En cierto momento he recordado que me habían adelantado el horario de la peluquería. Y al salir hemos estado tomando vinos, por lo que he tenido que dejar el coche a la hora de comer. En un rato iré a recoger todo y en dos horas es posible que esté en casa.
Aunque en la oficina tengo algo que hacer. Necesito enviar una felicitación con urgencia. También lo podría hacer aquí, pero allí me concentro mejor.
A las ocho empezarán los vinos de bar en bar. Me da que ésta será otra de esas Nochebuenas en que, tras la cena y gracias a los vinos, me quedo dormida encima de la cena. No sería la primera vez. Y hemos empezado pronto.

Un saco lleno de deseos

Es una buena época para pedir deseos. Al menos, todo el mundo lo hace de cara al año que empieza, desechando todo lo malo que conllevaba el año que termina, recogiendo todo lo bueno que nos ha aportado.
Yo tengo un deseo inmenso, uno de esos anhelos que sobrepasa todos los poros de mi piel, que me vapulea en forma de recuerdos, en forma de palabras, en forma de imágenes. Un deseo que, en ocasiones, me da la sensación de que puede cumplirse y, en algún momento, suelo llegar a pensar que es inalcanzable. Sólo yo sé por qué me tambaleo entre dos extremos opuestos de una cuerda floja. Aunque quizás no sea una cuerda floja, sino muy resistente. Pues ha habido momentos en que podía haberse roto, pero una fuerza superior ha mantenido esa cuerda enhiesta.
Es el único deseo -implícito, por supuesto, pues los deseos no han de contarse si queremos verlos cumplidos- que siento de cara al año nuevo. Porque es lo único que me falta y lo único que necesito en realidad.

miércoles, diciembre 23, 2009

En estos días tan entrañables...

El hecho de que no me guste esta época no significa que no brinde a la gente que está a mi alrededor con mis mejores deseos para estos días. Incluso a mí me cala el ambiente navideño cuando, por ejemplo, esta mañana aparezco en la oficina con una caja de bombones para endulzar la vida a mis compañeras.
Y sé que mañana enviaré mensajes cargados de deseo a personas a las que necesito decírselo. De momento y ahora...

Feliz Navidad

The crow

Para Nochevieja me había agenciado un magnífico cuervo que parece casi real. No creo que lo lleve conmigo puesto que resulta bastante aparatoso (es a tamaño real). Se lo he 'presentado' al loro, que ha empezado a darle picotazos, y al perro, que ha huido despavorido y ha terminado escondiendo la cabeza debajo de mi brazo. Mi madre me ha preguntado que de dónde he sacado ese bicho. Y la verdad, con la variedad de colores que hay en mi habitación, el pobre cuervo está fuera de lugar.
Eso me recuerda a que hace muchos meses plasmé aquí el poema de Poe, el del cuervo. Porque entonces empezaba a leer la antología del autor, una antología reeditada para este año que acaba, llamado por muchos "el año de Poe" (por el 200º aniversario de su nacimiento). No he terminado aún la antología, aunque lo haré en los próximos meses.
El cuervo lo he colocado ahí porque es uno de los pocos sitios donde me cabía y se quedaba fijo. Junto a un corazón traído de Alemania donde pone "Ich liebe dich" ("te quiero", para los que no dominen la lengua) y Epi y Blas vestidos con 'la Roja', recuerdos fetichistas de hace dos Eurocopas (si mal no recuerdo), o quizás van de Fórmula 1; fueron un regalo de mi hermano pequeño, así que no lo sé con seguridad. Y peluches y más peluches. Al final son un incordio, porque llega un momento en que no sabes dónde colocarlos. Por lo menos ahora no molestan.

Cualquier excusa sería válida...

Al marchar me he encontrado en una encrucijada. Ya había aparcado el coche bastante justo a las cuatro, pero al ir a casa me he encontrado un Punto cruzado en recto (hablamos de aparcamientos en diagonal) a mi lado. Pues porque un minuto antes el del otro lado desaparcaba en ese momento, que si no...
Me he montado en el coche, he encendido las luces y enfrente, justo enfrente, he visto un coche familiar.
Y entonces se me ha pasado por la cabeza ir a verle; la excusa: no poder sacar el coche. Estoy casi segura de que él me hubiera ayudado. De hecho, he tenido que maniobrar un poco y si no hubiera podido sacarlo, hubiera ido a buscarle. Ya no sólo por la excusa de verle, es que si no puedo sacar el coche necesito ayuda y habiendo comprobado que estaba...
No me gusta que el coche lo toquen otras personas, pero con él haría una excepción (no podía ser de otra forma). Además... mi coche es alargado, como el suyo, tienen una forma parecida, las líneas no varían mucho en uno y otro... No le hubiera costado nada desaparcar, aunque quizás esta torpeza me la recordaría un tiempo después. Tendría que haber acudido a él.

A casa

Hoy será uno de esos días que llegaré a casa antes de tiempo. Esta noche, además, he quedado a tomar café en el bar, y eso que no salgo entre semana. Y mañana trabajamos, aunque no hasta las 19.00h. Se huele el ambiente festivo y navideño. ¡Uff! ¡Qué ganas tengo de que llegue el viernes por la noche! Prefiero la rutina de los días que pasan con tranquilidad. ¡Cómo odio la Navidad! Mañana la silla de mi tío volverá a estar vacía y, aunque ninguno de nosotros lo diga, su ausencia será palpable. La tercera Navidad sin él.
Hoy es uno de esos días en que prefiero encerrarme en mi mundo, en ese mundo al que nadie tiene acceso. Y no hablar con nadie. Será en las dos próximas horas, en donde posiblemente vea una película.
Siento que tengo el corazón en un puño.

La vida es como una caja de bombones

La vida es como una caja de bombones: nunca sabes lo que te va a tocar. ¡Cuánta razón tenía Forrest Gump cuando lo decía! Es una bella metáfora sobre la vida.
Hoy me siento pletórica. Caminaba bajo la lluvia, sin paraguas, con un gorro de lana que ha llegado calado, sin importarme demasiado que las gotas de agua resbalaran por mi piel. Me sentía feliz, pese a haber abierto los ojos a las 8.30h. Se supone que a esa hora entro a la oficina, aunque últimamente no importa. En enero mi horario de entrada será a las 9.00h., un horario que ya he empezado a cumplir desde la semana pasada y algunos días sueltos de los últimos meses. Sí que se me han pegado las sábanas y es cierto que, aunque sentía un pequeño remordimiento, he decidido que el día, pese a estar gris, era magnífico. Eso iba unido a otros pensamientos. Pensamientos que se han incrementado cuando he visto su coche y he sentido su cercanía, incluso he pasado por debajo de su ventana, aunque sabía que no nos íbamos a ver.
De regreso a la oficina, venía con una caja llena de bombones. He saboreado uno y he pensado en esa persona que parece haberse adueñado de mis pensamientos, que no me quejo, puesto que me siento feliz la mayor parte del día. No importa que llueva, que esté oscuro, que todos los edificios y el cielo incluso se hayan teñido de un frío color grisáceo. Lo que importa es que yo lo veo todo con un gran colorido, igual que los papeles brillantes de los bombones.
Y su dulzura supera con creces todo el dulzor que viene acumulado en esa caja de bombones.

¿Y si le invito...?

Este fin de semana haremos el Belén. La verdad es que yo sólo me vestiré, ni siquiera he contribuido a hacer nada. Hace un mes que me enteré de que en nuestra haima ya no se harán marcapáginas, sino palomitas.
Debería invitar a cierta persona a comer palomitas (aunque lo que menos importe sean las palomitas). Es que si no le digo nada quizás me arrepienta por no haberlo hecho; y siempre es mejor arrepentirse de algo que se ha hecho que de algo que no se ha hecho. No debería permitir que se asiente la idea en mi cabeza, porque seguro que no pasa de mañana sin que le escriba un correo para decírselo.
Estoy tan poco metida en el asunto que desconozco si este año hay fuegos artificiales.

Me voy a soñar, que ya va siendo hora.

martes, diciembre 22, 2009

Llegando a casa

Hoy me iba a las 21.35 h. No quería desviar la mirada hacia la izquierda porque nada más ver el destello plateado ya le he sentido muy cercano. Y he vuelto a sonreír.
Mientras volvía a casa me he fijado en la luna, una luna creciente y perfecta, la única luz en una oscura noche que instaba a llegar a casa cuanto antes.
Estoy escuchando Al Alba de José Mercé. Últimamente todas las canciones me recuerdan a él, de ahí que haya buscado temas que no me lo traigan a la mente. Lo que ocurre es que tanto la música como la letra de la canción me pone la piel de gallina, algo que muy pocas canciones consiguen. Quizás es porque, tras las palabras de amor creadas por Aute, se esconde la barbarie del que espera ser fusilado al alba. Aunque la letra original sea de Aute, a mí me gusta cómo la canta José Mercé.

Si te dijera, amor mío, que temo a la madrugada,
no sé qué estrellas son éstas que hieren como amenazas,
dicen que sangra la luna al filo de su guadaña.
Presiento que tras la noche vendrá la noche más larga,
quiero que no me abandones ¡ay, amor mío! al alba.
Al alba, al alba
al alba, al alba.
Los hijos que no tuvimos se esconden en las cloacas,
comen las últimas flores, parece que adivinaran
que el día que se avecina ¡ay! viene con hambre atrasada.
Presiento que tras la noche vendrá la noche más larga,
quiero que no me abandones ¡ay, amor mío! al alba.
Al alba, al alba
al alba, al alba.
Miles de buitres callados van extendiendo sus alas,
no te destroza, amor mío, mientras el silencio se avanza,
maldito baile de muertos ¡ay! pólvora de la mañana.
Presiento que tras la noche vendrá la noche más larga,
quiero que no me abandones ¡ay, amor mío! al alba.
Al alba, al alba
al alba, al alba.
Al alba, al alba
al alba, al alba
¡ay! quiero que no me abandones ¡ay, amor mío! al alba.
Al alba, al alba
al alba, al alba
parece que adivinaran ¡ay, amor mío! al alba.
Al alba, al alba
al alba, al alba
este silencio se avanza ¡ay, amor mío! al alba.
Al alba, al alba
al alba, al alba
¡ay! quiero que no me abandones ¡ay, amor mío! al alba.
Al alba, al alba
al alba, al alba...

Sonriendo

A veces ocurre que intentas evitar pensar en algo y es cuando no se te quita la cabeza. Hace un rato que he visualizado la imagen de una persona y he intentado desechar ese pensamiento, sin éxito. Veo sus ojos en mi mente y me siento completamente hechizada. Ha hecho que me olvide de todo lo malo, si realmente considero como rancio el ambiente de la oficina. Entonces he cerrado los ojos y sentía que le acariciaba la barba, que nadaba en la profundidad de su mirada, enigmática y misteriosa, pero en calma... y me he encontrado sonriendo, sin quererlo ni desearlo.
Él... la única persona capaz de traerme paz, de otorgarme bajo el desconocimiento una felicidad momentánea, el único capaz de hacerme sonreír en los peores momentos, en cuestión de minutos.
Si dejara volar a mi corazón, no tardaría ni diez minutos en ir a verle. Pero esta vez es la cabeza quien se mantiene erguida, quien prohíbe hacer un movimiento del que podría arrepentirme.
Tengo unas ganas de verle. Necesito respirar el mismo aire que él respira, necesito mirarle a los ojos y que me digan algo, necesito escuchar su voz tranquila, serena, didáctica a veces, necesito rodearle con mis brazos y pedirle que no se difumine... Necesito tanto de él...


De Bahrein hasta Beirut fui desde el Norte hasta el Polo Sur y no encontré ojos así, como los que tienes tú.

Al margen

Metafóricamente hablando me encuentro en mitad de la corriente de un río. En una orilla está B., en la otra, N. Son mis compañeras de trabajo. No es la primera vez que discuten entre ellas, e incluso parece ser que va a más. Obviamente, yo estoy del lado de quien tiene la razón, pero tengo que mantenerme neutral por circunstancias diversas. No puedo ni debo posicionarme.
Por otro lado, sé que si esto va a más, tendré que hablar con alguien que tiene demasiadas cosas en la cabeza para darle una preocupación más. Sin embargo, la tensión flota en el aire cada mañana y lo peor es que va a más.
De momento, me mantengo al margen, esperando que solventen esos problemillas. Si no lo hacen ellas, me veo haciendo de mediadora y, si no funciona, tendrá que ser otra persona la que ponga los puntos sobre las íes, la misma persona que no quiero que se preocupe por lo que considera "roces de oficina".
¿Tanto les cuesta hablar y limar las asperezas?

Una postal de Navidad

Al no gustarme la Navidad, tampoco me hace tanta ilusión recibir "postales". Pero ésta me gusta, porque siempre me ha dado la sensación de que Burgos es una ciudad gris, excepto cuando está nevada. Me llegó ayer por correo electrónico.
Allí tengo que ir yo una semana en 2010, obligatoriamente.

Un poco de aquí, un poco de allá

Pues no nos ha tocado la lotería, pero la ilusión que no se pierda. Eso viene a decir que "desafortunados en el juego, afortunados en amores". Ya podría ser verdad, aunque no cualquiera.

En mi casa se han echado unas carcajadas cuando les he enseñado mi disfraz de Nochevieja. Me ha gustado la rapidez con que me ha llegado: lo solicité ayer y hoy me lo entregaban a media mañana. Tiene un ramo de flores negras y velo... No me gusta llevar pelucas, pero este año me pondré una. No sé cuánto tiempo durará en mi cabeza, porque unas horas después me termina agobiando.

No veo el coche de... por ningún sitio. Me pregunto qué estará haciendo, dónde andará. Me gustaría preguntárselo directamente pero hasta yo me corto en ocasiones.

A pesar de haber tomado dos cafés después de comer, no se me pasa el sueño. Y eso que duermo bien por las noches.

El vaivén que viene y va

Esta noche podría decir muchas cosas, aunque ninguna podría describir lo que siento. Es una especie de ansia por verle, abrazarle, mirarle a los ojos, escuchar su voz... En estos días de nieve le he sentido tan lejano que me resulta hasta extraño no dar señales, no saber de él. A veces me cuesta contenerme para no decirle nada, y curiosamente lo consigo.
Siento que estoy un poco a la deriva, esperando un momento quizás, esperando algo, esperándole a él. Y siento ese terrible pánico ante lo que desconoces, un pánico que se atenúa al pensar en él, al dormir de nuevo abrazada a la almohada para abrir los ojos cada mañana y ver su mirada cálida, sonriente.
Siento algo que ni siquiera yo misma logro comprender, algo que se me escapa entre los dedos.

Ayer soñé que estábamos aislados por la nieve en un pueblo de montaña. El pueblo sólo tenía una calle. Las fachadas de las casas eran de piedra, coronadas por tejados de negra terraza. Una noche decidimos pasear por esa única calle, para seguir por un sendero que nos llevaba al comienzo de un espeso y oscuro bosque. Y allí una laguna de aguas cristalinas, mojadas por los rayos de una luna llena, irreal. Un paisaje mágico.
El sueño seguía su curso por un mundo que no tenía nada que ver con el descrito. Si lo contara me ruborizaría.

lunes, diciembre 21, 2009

Si me tocara la lotería

Porque mañana a estas horas seré multimillonaria.
Si me tocara la lotería me compraría una casita en un lugar específico para, en el futuro, verle cada mañana cuando saliera y cada noche cuando volviera a casa. Y eso que tengo pensado comprarme un piso en Logroño, no una casita en otro lugar. Es que soñar es gratis.
Todos los años lo cojo en 7. Éste es de Madrid, compré una serie completa cuando me iba a Bélgica, durmieron en la maleta en Bruselas y regresaron a casa conmigo, donde realicé la reventa y recuperé los 200 €, para luego pagar 20 € por el único décimo que juego realmente. Ya juegan todos en mi familia por mí.
Lo de la casita estaría bien, pero si tuviera que elegir entre él y que me tocara la lotería... me quedo con él.

El disfraz de Nochevieja

Acabo de pedir mi disfraz de Nochevieja por internet. Me gusta, aunque no sé por qué me da que de pecho me va a estar un tanto ajustado. Algo haré. Tampoco soy de llevar pelucas, pero esta vez me apetece. Seguro que volveré a casa sin peluca y con un sombrero de otro disfraz ajeno. Es lo que suele ocurrir, que siempre regresas con trozos de disfraz.
A mis amigas no les va a hacer mucha gracia que, después de elegidos tres, yo haya optado por otro diferente.
Me gusta porque es medio gótico, pero también porque da algo de miedo.

Una película a medias

Anoche me quedé dormida viendo una película, la de "Peregrinos", que terminaré de ver esta noche.
Había olvidado la sensación placentera de acurrucarte en la cama con los mandos y poner una película, cualquiera, mientras llega el sopor. Es que coloqué la televisión enfrente de la cama sólo para hacer eso, aunque la mayoría de las noches prefiero leer un libro a ver una película. Es cierto que en las noches invernales ni siquiera te apetece sacar las manos.
Lo de anoche se puede mejorar con...
No importa que la película quede a medias, sino esa sensación.

domingo, diciembre 20, 2009

Lo que guarda el corazón

Aunque últimamente no diga nada de él, está en mi mente como un ser omnipresente. A veces es necesario engañar a la cabeza para no sentir esa punzada que te golpea incesantemente el estómago, por eso que no hable de él. Me pregunto a menudo qué estará haciendo en determinado momento, en qué estará pensando, cuándo lo veré por ahí y un sinfín de preguntas que parecen no tener límite.
No puedo, por más que lo intente, dejar de pensar en él, porque me da la sensación de que es como un bálsamo que me hace sentir mejor, que cura todas mis heridas y que me da paz y tranquilidad. Sólo tengo que cerrar los ojos y dejarme llevar por esa especie de felicidad.
Me gustaría decirle tantas cosas. Quizás un día se las diga.