sábado, julio 31, 2010

Termina julio

Si pudiera elegir, no me importaría volver a repetir este mes, no me importaría que mañana volviéramos al primer día.
Es obvio que tiene que ver con él, por todas las veces que me he encontrado con él, por todas las veces en que he sentido la magia, por todas las veces que he mirado sus ojos y he visto todo su esplendor. Hay personas que son únicas. Y él es el ser más adorable y encantador del planeta. Me pregunto si le veré esta noche…

Loa a la tranquilidad

Llevo unas horas remoloneando en el césped, leyendo e incluso me he echado una pequeña siesta bajo el sol. Eso quiere decir que mi espalda lo notará en unas horas.
Cuando pienso en tranquilidad mi mente piensa directamente en él, ya que eso es una de las muchas cosas que me aporta con sólo mirarle a los ojos. Pero tranquilidad también es tumbarse en la hierba sin obligaciones, con la sensación del deber cumplido, con la libertad de la ociosidad, con la esperanza de verle esta noche y con un chapuzón de vez en cuando. De hecho me he quedado dormida imaginando sus besos en mi espalda, aunque sólo eran los rayos de sol y pequeñas ráfagas de viento.
Esto es media vida y me gustaría compartirlo con él.
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"Como te iba diciendo...". Cuentos surrealistas inventados por Antonio Ozores


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He hecho una pausa para leerme este libro de cuentos cortos y humorísticos de Antonio Ozores. Nunca había visto un libro suyo, e imagino que se aprovechan de que falleciera hace unos meses para reeditar todo lo que haya escrito.

En este libro los cuentos duran una página y todos tienen moraleja. A veces he hace sonsacar una carcajada, aunque te das cuenta de que muchas de esas lecciones morales dan en el clavo.

"Por un amor fallido, una pulga se suicidó tres veces

Fue una pulga hembra. Se llamaba Celia García. Era como una niña, sólo tenía tres días de vida. Su marido la abandonó en el mismo momento de su boda, antes de consumar el matrimonio. Se puso sentadita encima de una vía a esperar que pasara un tren... Lo hizo en una vía muerta. Nada. Se dirigió a una calle en que suponía que pasarían muchos coches, y se acostó en el suelo... Era una calle peatonal. Nada. Desesperada. Se fue a las Torres Kio y se tiró desde lo más alto. Vino una racha de viento y se la llevó hasta dejarla sobre el brazo desnudo de un obrero de la construcción. Ya que estaba allí, desayunó. Puso la cabeza sobre un spray mata-pulgas y chupó en la boquilla. Nada. El spray era aceite de oliva. Engordó seis miligramos. "Yo ya he hecho todo lo posible por suiciarme", argumentó, "me parece que voy a salir con aquel pulgón de la vid que conocí subido en una bicicleta". Y saltando varias veces con alegría se dirigió a su encuentro, con tan mala fortuna que un chicle escupido por un niño cayó sobre ella, y después un zapato del mismo niño pisó el chicle y a ella. Murió Celia García el dos de marzo de 2008 a las cinco de la tarde.

MORALEJA: Dios es el que elige el día de tu final, no tú".

Final de mes

Esta terminando julio. Y no parece verano. Apenas hay gente. Hace unos años se veían muchos niños en la plaza, gente a la fresca en cada esquina, personas sentadas en las terrazas... Pero dónde se ha metido la gente?
A ver qué tal la noche. Aunque no importa si hay mucha o poca gente en los bares, lo que de verdad importa es que esté él.
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viernes, julio 30, 2010

El pájaro que no llegó a decir ni pío

Acabo de quedar para esta noche, para irnos de fiesta. Creo que me gusta salir más los viernes que los sábados. Todo tiene una explicación, claro.

Hoy he atropellado a un pájaro con el coche. Me he sentido fatal cuando he visto lo pequeño que era al ir a lavarlo y encontrar el diminuto cadáver empotrado contra las ¿rejillas? delanteras del coche. No sé cómo se llama eso. Pero me ha costado un rato de sangre fría sacar al pajarito. Me he sentido fatal.

Un sueño mágico

Acabo de tener un sueño mágico, y lo que convierte este sueño en mágico es que aparecía alguien muy especial.
Es curioso, sólo he dormido media hora y me siento como nueva. Otros viernes necesito toda la tarde para dormir y hoy media hora ha conseguido que me despierte fresca.

Ciego no es sólo el que no puede ver, sino el que no sabe mirar

En el colegio coincidí con una chica que estaba ciega. Con todo, a veces creo que veía más que muchos de nosotros. Incluso veía la televisión, aunque parezca extraño. Recuerdo que siempre se reía y comentaba que le gustaban las telenovelas.
Por el simple contacto sabía si estabas contenta o triste, llegaba a lugares donde mucha gente no suele llegar. A mí me gustaba cogerle sus cuadernos de braille y contornear con mis dedos aquellos puntos, para mí, extraños.
Para ella estar ciega no era ninguna dificultad, pues hacía vida normal y hacía todo lo que el resto hacíamos, excepto el deporte de después de comer, del que obviamente estaba eximida.

Muchas veces, al terminar el día, yo cerraba los ojos e intentaba acercarme a cómo ella podía sentir. El resto de sus sentidos eran muy superiores a los nuestros. Yo lo notaba en el tacto. Pasaba las yemas de mis dedos sobre su escritura y no podía distinguir los infinitos puntos que había, cerraba los ojos e intentaba contar los puntos, pero mis dedos no distinguían.

Ahora cierro los ojos y mis dedos podrían moldear en el aire un rostro angelical y adorable, como si me lo supiera de memoria. Quizás es que sus rasgos me resultan tan familiares, tan dulces, tan encantadores… que da la sensación de que los conociera de toda la vida. Y yo nunca le he tocado el rostro como le permití a mi compañera de clase tocármelo. Porque los ciegos posan sus manos en su cara, como si te hicieran su propia fotografía manual. Es su forma de ver una cara nueva.

Mis mejores fotografías están guardadas en las retinas de la memoria, y en muchas de ellas aparece él, esa persona tan maravillosa cuyo rostro sería capaz de moldear con las manos de memoria.

Las siete de la mañana

Me encanta el frescor y la tranquilidad de las siete de la mañana en un día de verano. No hay un alma por las calles ni en la carretera. Todo está impregnado del silencio de la gente que aún duerme.
Sé de alguien que seguramente esté durmiendo y a quien me gustaría despertar con un beso.

jueves, julio 29, 2010

El diamante azul

Imagino la piedra preciosa más cara del mundo: es un diamante azul de 7,03 quilates subastado en 2009 en Ginebra por 10,5 millones de francos suizos (unos 7 millones de euros); a millón de euros el quilate, que se dice pronto.
A mí esa piedra no me dice nada, no lo considero más que un pedrusco, que sí, puede ser muy valioso, pero no significa nada. Demasiado apego por las cosas materiales.
Lo que de verdad tiene valor no se puede tocar, ni se puede ver. Está oculto a nuestra vista. En estos momentos para mí es más importante una mirada de esa persona tan importante, o que me sonría, o que me hable, o el simple roce de mis dedos traspasando la fina textura de su camisa hasta su piel. E imaginar cómo sería en otra situación. Y recordar la ráfaga clandestina de placer que recorre mi cuerpo y me pone la piel de gallina con ese leve contacto.
Las cosas son... simples cosas. Lo que te aporta una simple mirada es algo que sólo se puede sentir, y lo que se siente viene desde el interior, no está al alcance de las manos. Dura segundos y, ahí, en esa fugacidad, es donde se origina lo valioso. Yo colecciono sus miradas, porque ninguna es igual a la anterior, todas son diferentes. Me encanta observar la forma sutil en que cierra lentamente los ojos, y en esa milésima de segundo le plantaría un beso en cada párpado, antes de que vuelva a abrir los ojos.
Esos momentos sí que son de un valor incalculable.

Al acabar el día

Entonces, cuando me marchaba... el destello de un coche que conozco demasiado bien. Mi mente ha recorrido esa distancia invisible hasta donde estaba él y me he preguntado: "¿No suele a esta hora ir a...?". Pues si el coche estaba allí es obvio que hoy no ha ido.

En fin, tengo ganas de dormir. Hoy estoy muy cansada.

Un soplo de aire retenido en un segundo


He cerrado los ojos un momento y he notado el suave azote de un soplo de viento en mis mejillas. He recordado más, porque de repente me encontraba en un camino de grava y piedras, con campos verdes a los lados, algún árbol solitario en la lejanía y montada en la bicicleta. Unos metros más adelante había otra persona en otra bicicleta. No necesitaba llamarle para saber quién era. Aunque en el sueño le llamaba para decirle que me esperara.
He vuelto a sentir el viento en mis mejillas, pero era un hálito agradable.

Acabo de recordar una parte de lo que soñé anoche.

Una página en blanco


Aprendí a hacer barcos de papel yo sola, hace ya algunas décadas. Insistí tanto que, dándole vueltas a la cabeza, de no saber fabricarlo, conseguí de repente tener una flota de barcos a mi vera. En cuanto hice el primero, que apareció sin avisar, fabriqué muchos más de todos los tamaños y colores.
Al principio estaba la hoja en blanco, sin arrugas. Y de repente se había convertido en un barquito. Nunca me propuse hacer más figuras de papel, pero estoy segura que me ocurriría lo mismo que con el barco.

Es difícil que tenga ante mí una hoja de papel en blanco. No me gusta que estén en blanco. Si no la moldeo con las manos, suelo llenarla de palabras, porque es raro que nunca tenga nada que escribir. Siempre he pensado que si quiero escribir, escribo y punto, sin pararme a pensar lo que voy a decir, porque las mejores frases siempre salen solas, como el barco de papel. Nunca me replanteo eso de: “no tengo inspiración, no sé qué escribir; pues considero que la inspiración llega a medida que escribes”.

Pero la hoja en blanco es mucho más que una hoja de papel. Al mirarla veo cómo era mi corazón hace unos meses, cuando sentía que me faltaba algo, cuando pensaba que no existía nada ni nadie en el mundo que pudiera llenar ese vacío. Hoy en día, ha dejado de ser una hoja en blanco para convertirse en un lindo barquito de papel. Poco a poco ha ido moldeándose, lentamente, se ha creado algo de belleza insólita.
Lo que ocurre es que a ese barco le falta algo. Le falta agua. Sé dónde tengo que buscar el agua o quién me la puede dar, pero no me atrevo a ir a buscar ese trozo de mar. El corazón convertido en barco necesita navegar, porque si no los sentimientos corren el riesgo de enmohecerse o de apagarse.

Uffff. No sé qué me ocurre últimamente que en todo encuentro metáforas que tienen relación con el estado en el que se encuentra mi corazón.

La estrella que llevamos dentro

¿Quién no ha oído alguna vez eso de que “algunos nacen con estrella y otros, estrellados”?
Creo que no es exacto ese comentario, ya que la estrella la tenemos todos, sólo depende de cómo la alimentemos. Y depende de nosotros si tiene o no más brillo.
Yo no sabría decir cómo es mi estrella, porque eso deberían valorarlo las personas que me rodean. Ahora bien, si esa estrella está emparentada con la buena o mala fortuna, sí puedo decir que entonces tengo una estrella muy grande. Mi hermano lo expresa con otras palabras: “Tú tienes un pan bajo el brazo”, aunque debería concretar las situaciones en que lo dice y eso requiere dar información que no osaría comentar por este medio. Aunque también creo que la fortuna o la suerte depende de cada uno, que no llega a nuestra puerta por sí sola, sino que también es cada persona quien pone los medios para alcanzar esa fortuna.
Y volviendo a la estrella, aunque no sepamos cómo brilla la nuestra, es cierto que mientras mantengamos limpia el alma la estrella que llevamos dentro brillará con más o menos intensidad. Las preocupaciones, los enfados y cosas así opacan el brillo de nuestra estrella.
Conozco a alguien que tiene una estrella con un fulgor tan potente que extasía todos mis sentidos. Creo que él no lo sabe. Algún día debería decírselo. Y esa persona es adorable en todos los sentidos. El brillo de esa estrella me ha atrapado. Pero no me importa.

Las paranoias de un personaje frustrado

En la cafetería estaba D. Lejanas son aquellas mañanas en que desayunábamos a la vez. En cuanto comenzó el año, no volvimos a coincidir. Ahora nos vemos con cuentagotas, lo que está bien, desde mi punto de vista.
-¡Qué guapa estás hoy!
-Ya lo sé.
Me mira sorprendido ante mi atrevido alarde de vanidad. Es para que deje de decir tonterías. Ya me podía decir esa frase otra persona y no D. Pero ha optado por callarse, que es lo que yo quería. Un minuto ha durado su silencio.
-Pues has de saber que estoy enfadado contigo.
Yo ya me lo olía. Mi estampida del viernes fue demasiado rauda y veloz. Le doy a entender que no sé de qué me habla.
-¿Por qué?
-Porque el viernes, que era mi cumpleaños, te marchaste al llegar nosotros.
-Ya. Me estaba marchando en ese momento.
-Podías haberte quedado un poco más.
-Bien. O sea, que vengo a las siete para irme a las tres, ya había pasado mi cuarto de hora desayunando y porque aparecieras tú me tenía que quedar media hora más, cuando me estaba marchando. Pues no, tío, las cosas no son así.
Se ha callado.
Vemos las cosas de diferente manera. No hubiera pasado nada porque me quedara un rato más, es cierto, pero no desayuno en la cafetería para coincidir con él, sino por comodidad y rapidez, y no me voy a quedar ni más ni menos tiempo porque haya alguien que conozca. Si me estaba marchando no voy a quedarme más porque justo en ese momento entre él por la puerta.

De hecho, consumo el tiempo justo para desayunar. Si desayunara todas las mañanas con la persona de la mirada angelical eliminaría la cafetería, porque empezar el día junto a esa persona sería empezar cada día con buen pie.
Y, de hecho, el único café que yo disfruto, aunque sea breve, es aquel del que levanto los ojos y descubro que él está al lado, guapísimo. Es el único café que de verdad me gusta.

Lo que la vida me enseñó

La vida me ha enseñado muchas cosas. He disfrutado algunas; otras, no tanto. He llorado de rabia, de impotencia, por algunas palabras agrias; he aprendido a escribir con la paciencia de quien sabe que el resultado será algo impoluto; he aprendido a llorar, a querer, a soñar, a luchar, a imaginar…
La vida me ha enseñado a ser feliz a mi manera, pero nunca era felicidad completa. Aprendí a sonreír y durante mucho tiempo tuve la sensación de que me faltaba algo. En mi vida tuve todo, con mis manos toqué todos los elementos, probé actividades que me llenaran tanto como para olvidar que había una parte de mí que nunca se terminaba de llenar, que siempre se mantenía vacía…
La vida me ha enseñado a distinguir entre el bien y el mal, la tolerancia y la indiferencia, la tristeza, la soledad y la euforia; he aprendido a valorar aquello que siempre pasa de largo y, cuando nos queremos dar cuenta, ya se fue; he aprendido a atesorar las cosas más pequeñas porque a través de ellas siempre llegan cosas más grandes.
La vida me ha enseñado a querer a todo el mundo, a no juzgar por las primeras impresiones, a dar una oportunidad a todas las personas. Lo que la vida jamás me enseñó era cómo llenar aquel vacío.

Un día, hace unos meses, sentí la plenitud. Llegó sin darme cuenta. De repente, todo lo que me rodeaba era demasiado hermoso, demasiado perfecto, demasiado majestuoso. Y comprendí que un ángel llenaba el vacío que siempre sentí y que jamás, por mis propios medios, había conseguido llenar. De repente un día llegó alguien que me dejó anonadada. Entonces sentí el amor.

Ahora me da la sensación de que esa persona siempre ha estado ahí. ¿A quién no le ha ocurrido nunca que parece conocer a una persona desde el principio de los tiempos, y no desde hace tan sólo unos meses (que es algo más de un año en realidad)?
¿Cómo no iba a brindarle yo cualquier cosa que me pidiera, cómo negarle algo a ese ángel, después de todo lo que me da él cada día?

Hay cosas que la vida jamás me enseñó. Pero ¿qué importa? Prefiero vivirlo intensamente, sin que nadie me lo cuente, vivir y disfrutar de cada minuto y saborearlo hasta el máximo.

Le quiero tanto que me iré de esta vida debiéndole otra”.

A primera hora

Estaba en el Parador, en una conversación importante, con dos señores cuya identidad no voy a concretar. Entonces mi mirada, frente a la rotonda, se ha visto impulsada a observar hacia delante para verle pasar. Rápidamente, pero ese perfil lo conozco demasiado bien. No creo que me haya visto, aunque estábamos en la calle, bajo los arcos del Parador.
He sentido que algo de mí escapaba en pos de él, y he sentido que mi rostro se relajaba y sonreía a los dos señores, como si en ningún momento hubiera perdido el hilo de la conversación, que yo seguía escuchándoles, pese a que mi mente y mis ojos se han desviado en otra dirección durante unos segundos. Los segundos de la dicha.
No sé qué hora era.
Un rato después me marchaba con una sonrisa de oreja a oreja.

miércoles, julio 28, 2010

Las olas que vienen y van


Son momentos inexplicables. Ayer me sentía completamente alicaída porque llevaba dos días (o tres) sin verle. Y hoy es como si estuviera flotando sobre nubes de algodón. Además hoy me encuentro más soñadora que otros días.

El amor es así, como el mar. Como las olas que vienen y van. A veces traen con ellas restos de naufragios, o se llevan una parte de ti, puede ser la más pesimista, pero también la más optimista. A mí ayer las olas me robaron una parte de la sonrisa y se llevaron la magia, pero esta mañana me la han devuelto. Esas olas cuyo rugido incesante produce a veces tranquilidad y, en otras ocasiones, desasosiego; esas olas traidoras que tantos castillos de arena han destruido, que se repliegan en la resaca y vuelven gigantes al amanecer. Y depende del día traen esperanzas y se llevan todas las penas, aunque a veces se llevan lo mejor y te dejan con las manos vacías.
Me encanta el mar. Yo creo que debería haber nacido junto al oleaje sempiterno de una ciudad costera. Claro que pensándolo bien, mejor haber nacido donde nací, porque si fuera ‘marinera’ no habrían mis ojos encontrado la nobleza de otros ojos, la ternura de sus manos, la dulzura de su voz; no habría mi corazón conocido un latido tan potente como aquel que resuena cuando está él ni habrían conocido mis labios las palabras de amor que surgen al sentir plenamente todo esto que siento.

He descubierto la esencia del amor.

A veces, me da la sensación de caminar por un vasto jardín lleno de flores. La vista es magnífica, las fragancias son penetrantes, el ruido de la naturaleza me extasía. Y en el éxtasis me encuentro cuando a veces toco alguna rosa llena de espinas, que rasgan mi piel hasta que una gota de sangre me lleva a la amargura del dolor. Pero ese pinchazo es tan efímero como el soplo del viento, pues una vez pasada la brisa ya no vuelve. La sangre desaparece y la huella de la espina queda en tus dedos. Cada marca profundiza más en mi corazón, cada marca hace que, instantes después, le quiera un poco más que el momento anterior. Y tengo los dedos llenos de pinchazos de espinas que no había visto, pero también mi corazón se ha llenado de sentimientos que nunca había conocido.

Es amor. A veces es blanco, a veces negro, pero es amor al fin y al cabo. A veces duele, pero son mínimas; pasado ese momento de desazón, vuelve la felicidad más absoluta. Y entonces sientes todo más. Todo es más intenso. Que me lo digan a mí. Si existe una persona en el mundo, una única persona (y ya lo creo que existe), que sea capaz de hacerte sentir así, merece la pena vivirlo, experimentarlo. Merece la pena quererle…

Tranquilidad en las piscinas

Será uno de los pocos días que llego a unas piscinas animadas de gente. Me gustan las vistas desde aquí. Me gustaría más aún compartir estos paisajes con él. Descubrir la belleza de todo lo que nos rodea junto a él.
Junto al recinto de las piscinas hay un campo de girasoles que lucen cada tarde con un amarillo intenso.
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Los últimos estertores de la tarde

Hoy no voy a tomar una cerveza aquí. Es culpa del sueño. Tampoco voy a tumbarme, así esta noche dormiré de un tirón. Me voy a tomar una cerveza a las piscinas de mi pueblo. Allí a ver los últimos estertores del atardecer, allí a pensar en el amor, en la tranquilidad, en el final del día.
Se me hace extraño marcharme tan pronto de SD.

En el camino iré pensando en él.

Las horas soñadas

Hoy es uno de esos días en que todo lo que me he propuesto hacer para la tarde lo he terminado, así que puedo irme a tomar unas cervezas a una terraza tranquilamente, aunque debería ser con alguien con una mirada sublime. Sólo que él estará trabajando.
Como me caigo de sueño, porque ayer tenía insomnio, es probable que vaya a casa a tumbarme en la yerba del jardín mientras leo el libro del gato (Soy un gato, escogido de un blog amigo, libro que me llamó la atención). Quizás es porque estoy algo triste porque creo que Simoneta, la gata de mi hermano pequeño, ha fallecido, ya que hace más de una semana que no la hemos visto y no se oye su cascabel. Teniendo en cuenta que la última vez se dejaba mojar por el agua de los aspersores y que a los gatos no les gusta el agua... la probabilidad de su óbito es bastante alta.
De momento, voy a ir a tomar algo a la cafetería.

Sigo pensando que debería dejarme llevar por el corazón, ir a buscarle y quererle. Y cogernos de la mano y perdernos por los caminos del mundo, y mirarnos, acariciarnos, besarnos, conocernos un poco más... No sé. Cosas que se hacen habitualmente y que son tan simples que no les prestamos atención. Por ejemplo, puedo escuchar a muchísimas personas al día, pero no es lo mismo que escucharle a él. Sus palabras son música para mis oídos. Así la acción más simple se convierte en algo maravilloso cuando proviene de él.
El corazón me está dando la lata porque no le hago caso. Amo mucho, hoy siento que amo mucho.

Pequeño descanso

Después de dos llamadas de un cuarto de hora cada una, creo que me merezco un pequeño descanso vespertino. Ya podían durar las llamadas a cierta persona un cuarto de hora... Porque no me canso de escuchar esa voz tan sensual.
He salido a la calle y me he imaginado paseando con él. Es una de esas tardes que incitan a la ensoñación.

Pasear con un ángel...

El surgimiento de la magia

No sabría concretar cuándo aparece la magia. Un día surge y sientes que está ahí. De repente comprendes que la magia procede de él, que la magia está en él.

Mi padre también es mago, pero es otro tipo de magia. Hace unos años me salieron unas verrugas horribles en los dedos de las manos. Mi padre aprovechó un día que dormía –yo no debía darme cuenta- para contarlas y enterrar tantos juncos como verrugas había en mis dedos, en un lugar por donde yo no pasaría. A medida que iban secándose los juncos enterrados también lo iban haciendo mis verrugas. Y desaparecieron, por arte de magia.

La magia en la que yo me encuentro inmersa en estos momentos es una magia muy diferente a la de mi padre, es la magia del amor, por mucho que me pese decirlo tan claro (aún no lo he asimilado). Miro a sus ojos y descubro en ellos lo más perfecto y maravilloso que puede verse una persona (en parte, es comprensible que me quiera perder en esa mirada cargada de una bondad infinita); observo su sonrisa y comprendo ese anhelo por besarle una y mil veces cada día; observo sus manos y ansío que me toque, que me abrace y que me reconforte, y esas manos también tienen magia, porque son tan suaves que, con sólo pensarlo, puedo llegar a estremecerme sin control (únicamente con imaginarlo); y veo su pelo y me muero por hundir mis dedos entre su cabello, atrapar los mechones rebeldes; y…

Su magia. La magia está en él. Estoy tres días sin verle y el mundo me parece plano, sin luz y sin sentido. Aparece de repente y todo es luz, plenitud y euforia.

A mí me gusta esa magia. No quiero que se pierda nunca.

Mi paseo matinal

Tengo las manos tan resbaladizas que difícilmente puedo escribir sobre el teclado. Hay un motivo para tenerlas así: para un día que me pongo una falda corta me encuentro con las piernas resecas, quizás por el exceso de cloro. Mi mente pensaba: “¿Y si me lo encuentro y me ve con las piernas así? No, no, no, tengo que arreglarlo rápidamente”.
Eran las diez cuando he salido por la puerta en dirección a la farmacia. Entonces ha pasado. No estoy segura del color de su camisa: podría ser verde o marrón, sólo sé que iba guapo. No me ha visto, creo, así que he caminado calle abajo para volverle a ver pasar por una calle paralela. Para mí ya era obvio que estaba buscando un lugar para aparcar, sobre todo al volverle a ver que venía de frente. Le he vuelto a ver, con la ventanilla bajada y mirando al frente, no recuerdo el color de su ropa. Estaba guapo. Pero no me conformaba con eso. He cruzado la calle a ver si venía caminando, pero no, seguía buscando sitio. Así que he optado por marcharme a la farmacia a por la crema hidratante para las piernas.
¿Será posible que no me haya visto? Me gustan estos días en que le veo a primera hora de la mañana, porque es posible que le vuelva a ver más veces a lo largo del día.

Me siento bajo el poder hipnotizador de la magia que procede de él. Al verle, he vuelto a sentirme eufórica.

Estupor y temblores


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Es tan breve esta novelita que me ha llevado cuestión de horas, y tanto me ha enganchado que no podía dormir sin haberla terminado.
Creo que es autobiográfica, aunque la autora no lo diga en ningún sitio. Es significativo que la imagen de portada sea la propia autora y que la protagonista se llame Amélie, por no contar con otras similitudes entre esta novela y la vida real de la autora: nació en Japón, orígenes belgas, trabajó en Japón hasta su regreso a Europa y empezó a publicar libros. Es posible que ésta sea una de sus experiencias en el terreno laboral japonés.
A mí he ha hecho volar al recordarme la ciudad de Nara o la estación de Ueno en Tokio.

Desconozco si una occidental y, además, mujer puede ser denigrada de tal forma en una multinacional japonesa. Es obvio que los nipones tienen una mentalidad diferente a la nuestra, pero me parece exagerado, aunque posible. Es una novela cruel, que pone sobre la mesa unos valores de dos culturas completamente diferentes (oriental-occidental), así como me pone la piel de gallina que las mujeres japonesas sólo tengan un hueco en la sociedad (o en el terreno profesional) en aras de una belleza sublime. Este culto al físico existe en Japón, por lo que no me sorprenden lo que podríamos considerar (desde nuestro punto de vista occidental) tantas excentricidades.

Amélie se ha puesto a trabajar en una multinacional japonesa con sede en Tokio. Al principio no tiene muy claro cuál es su lugar en la empresa, así que hace cualquier actividad con tal de ser útil. Lo único que tiene claro es el cuadro jerárquico de la empresa, donde ella es la subordinada inferior, mientras su jefa directa es la señorita Mori, una japonesa bellísima a la que Amélie nunca se cansa de mirar. Pronto comprobará que su belleza va a la par que su crueldad.
La joven belga que comienza en un puesto de contabilidad, pasará muchos días llevando y trayendo cafés y tés a los superiores, haciendo fotocopias que uno de los jefes siempre le manda repetir, y la señorita Mori la enviará, por fin, a limpiar los retretes del piso 44º de la empresa. Así pasará Amélie los siete meses restantes hasta que termine su contrato. Amélie se ha dado cuenta de que lo que su jefa quiere es que dimita, lo que sería considerado un deshonor. Al no hacerlo, sabe que el deshonor es para la persona que tan cruelmente se ha comportado con ella.
Antes de marcharse, tiene que avisar a todos sus jefes del fin de su contrato y que no quiere renovar. Sólo el Dios de la empresa (el jefe jefazo) comprende que está dejando escapar un filón de oro; el resto suspiran con alegría.
Unos años después, Amélie ha publicado un libro en Europa. Es entonces cuando recibe una felicitación de la señorita Mori...

Los milagros del agua

Al mediodía, cuando regresaba a casa, tenía la cabeza tan embotellada que sólo quería hundirme en el agua, meter la cabeza hasta el fondo y que saliera todo a través de las ondas transparentes que fueran alejándose de mí.
El agua es purificadora, ‘dadora’ de vida. Lo dice hasta el Papa en su libro Jesús de Nazaret, aunque él utiliza el agua para explicar el bautismo como nuevo nacimiento, como símbolo donde se dejan todas las impurezas en el agua para renacer con el alma límpida. Algo así venía a ser el significado de nuestro bautismo.
Recuerdo dos ocasiones en el pasado en que he utilizado el agua para purificarme, para frotar y eliminar de mi piel los restos de un beso o de un recuerdo. Pero el agua no me curó; posiblemente saldría de la bañera con la piel enrojecida de tanto frotar o con las lágrimas mezcladas con agua del grifo recorriendo mis mejillas, pero no fue el agua la que limpió mi alma. Fue el tiempo.
Así que el agua obra milagros pero no siempre. Te quita las impurezas exteriores, pero no las interiores.
Sin embargo, el agua me reconforta. Cuando, al mediodía, he terminado de darme el baño me sentía como nueva. Seguro que la Iglesia me consideraría una hereje si se me ocurriera decir que salir del agua era como un nuevo bautismo, así que mejor lo dejaré en que me sentía purificada y, sobre todo, me sentía mucho mejor.
Aunque para limpiar la mente y el alma no se necesita agua, sino voluntad.

El agua, tan cristalina, tan limpia, tan transparente, tan clara, me recuerda a él y no sólo por las cualidades con que he designado al agua, sino por esa capacidad de obrar milagros. Desde que le conozco siento que mi alma se siente purificada y limpia y esto se debe a que él, desde el primer momento, me tocó el alma. Pienso en él y todo lo malo que puede existir en el mundo se difumina. En ese instante sólo existe él y esa bondad que irradian sus ojos.

Pienso en él y me imagino abrazándole bajo las cálidas gotas de lluvia ofreciéndonos sutiles caricias, mientras un trueno suena en el cielo. ¿Qué importa mojarse si al lado está la persona más maravillosa del mundo…?

Agua.

martes, julio 27, 2010

La evolución de Calpurnia Tate



Corre el año 1899 en un pequeño pueblo de provincias de Texas. Calpurnia Tate es la única chica de siete hermanos, nacida en una familia acomodada. La niña, de once años, se ve abocada a luchar contra las injusticias entre géneros de su siglo, aunque en el fondo sabe que nada va a cambiar.
¿Por qué ella tiene que aprender a bordar y a cocinar y sus hermanos no? Es la única que consigue acercarse a un abuelo hosco, que el resto de hermanos rehúyen por su hosquedad. Sin embargo, Calpurnia aprende de su abuelo a observar la naturaleza y a pensar por sí misma. Ella tiene claro que quiere ser científica, pero sus padres no lo aprobarían.

¿Qué tiene este libro de especial? En primer lugar, está muy bien escrito; nos adentra en el final del siglo XIX, en la lucha de una niña que, inconscientemente, busca la igualdad de género que entonces era aún muy injusta: Calpurnia está destinada a ser madre de familia, sus estudios y sus libros no sirven para nada. Estos fragmentos del libro son exquisitos cuando nos muestran esa impotencia de Calpurnia ante algo que ella sola no puede cambiar (se necesitarán muchas más décadas para que haya un acercamiento a la igualdad entre géneros).
Otro de los temas a destacar del libro es la llegada de algunos inventos, como el teléfono de Bell o el automóvil, que son descritos como aparatos extrañísimos. Porque el lector lo ve a través de los ojos de Calpurnia y la forma en que están descritos es sublime; quizás era así como se sentían las personas de finales del siglo XIX y principios del XX cuando era presentado en sociedad un invento, que hoy en día no es nada del otro mundo.
Y finalmente hay que hablar de Darwin. Cada capítulo comienza con un fragmento de El origen de las especies. Y ese volumen es el que adentra a Calpurnia en el mundo natural y científico, explicado muchas veces a través de un abuelo que, en principio, es huraño y al que el lector termina cogiendo cariño.

Es un libro demasiado sencillo de leer. Está bien por los temas que toca, aunque no profundiza mucho ni tampoco se queda en la superficie.

Las campanas del viento

Soñadora, he recordado cómo sonaban las “campanas del viento” (furin) japonesas que se encontraban en las ventanas de las casas. Su sonido produce calma, frescor y necesito ese soplo de viento que las mueve para que emitan ese sonido tintineante y gratificante.
Y al pensar en el viento, imagino cómo moldeará su pelo con una suave brisa, o cómo levantará los faldones de su camisa. Y siento paz y calma, y siento que le echo mucho de menos, y siento que necesito verle, escuchar su voz y que me reconforte su mirada angelical.
Pienso en el viento y pienso en él...

Aquí no existen las "campanas del viento". Me gustaría susurrarle al oído cómo es el sonido de aquellas extrañas campanillas.

Un barco en la orilla

La imagen idílica de un barco atracado en la orilla es magnífica, como seguramente será magnífica la visión del barco en sí mismo. Pero los barcos no se construyen para estar parados en la orilla y que sean admirados por la gente de tierra; los barcos se construyen para navegar, para surcar los mares, para buscar aventuras en alta mar, para mecerse en las olas y plegar sus velas al viento.
Arriesgar conlleva tomar decisiones. El riesgo va con el barco que se encuentra en alta mar. Lo más sencillo es no salir nunca de la orilla, porque entonces no nos encontraríamos ningún tipo de dificultad, ni problemas, ni marejadas, ni tempestades. Pero si algún día cruzamos esa tormenta sanos y salvos es posible que lo que haya al otro lado sea de un valor incalculable. También podemos perecer en la tormenta, pero el hombre no debería ser pesimista nunca, debería tener esperanzas, contar con ilusiones, porque si nos paramos a pensar en que nunca podremos cruzar la tempestad estamos destinados a perecer en ella.
Como persona optimista y amante de la vida, estoy segura de que puedo cruzar esa tempestad. No sé cuándo será el momento ni en qué situación, pero cada vez es algo que me urge. El barco ha de entrar en alta mar y esto requiere arriesgar.

La pregunta es: ¿Qué arriesgaría yo por él? La respuesta es obvia, pero en estos momentos prefiero que esa pregunta quede anclada aquí, aunque sólo responda el silencio (por ahora).

Buscando la magia

Me pregunto si le veré hoy en el café. Siempre espero que así sea, pero a veces, por ciertos motivos, puede ser que eso no ocurra. Necesito esa dosis de magia que aparece cuando está él, la magia que sólo él aporta al mundo.
Y si no va... pues tendré que aguantarme sin verle.

Un cuadro sin terminar

A veces me da la sensación de que estoy ante un cuadro sin terminar. A veces me gustaría poder acabarlo, pero no encuentro el modo ni las formas para dar la pincelada definitiva. Porque me falta una parte, su parte. A veces me gustaría creer que sí, que es fácil dar los últimos toques y que, cuando el lienzo esté terminado, el resultado sería magnífico. Pero eso sólo serviría para crear ilusiones que, si no son las esperadas, temo puedan destrozarme. En el fondo, creo que algo de ese cuadro sin terminar me gusta, porque levantarme cada mañana pensando en él y sonriendo es algo que no quiero que desaparezca nunca, o encontrarme con él y sentir que el corazón quiere salir del pecho… Sin embargo, creo que debería terminar ese cuadro, independientemente del resultado. A medida que pasa el tiempo, me cuesta más dar un paso en esa dirección (creo que tengo miedo al resultado final). Y a él me cuesta muchísimo acercarme, quizás porque no sé lo que pasa por su cabeza. Ojalá el cuadro pudiera decirme lo que él piensa. De momento, esos colores diluidos en la tela no esbozan nada concreto y, de momento, están así, congelados en el tiempo. Mientras sigan así yo seguiré soñando. Aunque soy consciente de que algún día tendré que acabar esa obra, y eso significa mirarle a los ojos y sincerarme con él, por mucho que me cueste.

Cuando era una niña me regalaron un caballete con acuarelas. Ni que decir tiene que yo no sabía utilizar las acuarelas, pues en la escuela lo máximo a lo que podíamos aspirar era a hundir los dedos en temperas y plasmar huellas de manos en un papel. Sin embargo, más por curiosidad que por otra cosa, emprendí la ardua tarea de pintar. Incluso ese papel rugoso de pintora me resultaba extraño. Me costó tres días y medio realizar mi primera pintura. Era un pájaro sobre una rama, visto desde atrás, mitad búho, mitad golondrina, de una especie inclasificable que quizás había inventado al pintarlo. El resultado era bastante oscuro porque a alguien se le olvidó decirme que las acuarelas necesitaban mucha agua. Como la pintura no quedaba impresa en el papel, las alas del pájaro estaban llenas de grumos oscuros. Al menos parecía un pájaro. No volví a tocar la pintura hasta que aprendí a usar las acuarelas; para ello, tuve que leer mucho al respecto.
Aún conservo el caballete, el maletín con los tubos semivacíos, la paleta y los pinceles, aunque hace mucho que dejé de pintar. Al menos aquella primera vez terminé mi pintura. Era mi primera pintura y yo le tenía un cariño especial, pese a que era un pájaro bastante feo.

¿Y si nunca terminara la pintura de la que hablaba al inicio? Eso me recuerda a que el gran Leonardo da Vinci no se decidía a pintar el rostro de Jesucristo en La última cena, porque el genio desconocía cómo pintar al Hijo de Dios. Si mal no recuerdo, utilizó varios modelos, entre ellos mujeres, por lo que el rostro de Jesús en el famoso cuadro cuenta con extraordinarios rasgos femeninos.

…habiendo esculpido una estatua de mujer hermosísima, se empezó a enamorar de ella… Y es que no le faltaba si no el calor sutil de la vida” (Ovidio)

Y acabo de recordar la estatua de Pigmalión, aquel escultor que talló una estatua femenina tan perfecta que se enamoró de ella y pidió a los dioses (griegos) que la convirtieran en humana, deseo que le fue concedido.

Pensándolo bien, yo no quiero una estatua moldeada por unas manos según lo que a mí me gustaría, le quiero tal cual es, sin cambiar nada de él, porque me gusta cómo es y me gusta todo de él; ni quiero un cuadro a medio terminar, desconociendo cuál será la siguiente pincelada. Lo que yo quiero es acariciar ese rostro y descubrir un día que tiene una hebra de plata que el día anterior no estaba, mirar esos ojos y saber lo que piensa o perderme en ellos sin importar que él pueda saber cómo me siento o lo que estoy pensando, reírme con él sin más, robarle besos, posar mi mano en su mejilla y ruborizarme porque me mira fijamente y apartar los mechones de su pelo con cariño y estremecerme con ese sutil roce. Perderme en él, simplemente perderme en él. Eso es lo que quiero.

Me encanta la historia del arte, pero en estos momentos la mejor obra de arte es él, y quiero redescubrirla cada día.
¿Cuál es la mejor obra de arte sino aquella que nunca te cansas de admirar…?

lunes, julio 26, 2010

El sol del atardecer


No sabía que era tan tarde hasta que me he bajado del coche en las piscinas y he visto que apenas había vehículos ni gente. Aunque a mí me gusta este momento de tranquilidad antes de regresar a casa. Cuando he salido mi mirada se ha dirigido hacia el monte y he visto esa ermita, la que no hace mucho apareció en mis sueños, y he sentido que me ruborizaba. Pero le he hecho una foto, aunque no se si se vera muy bien, que las fotos de móvil no tienen mucha calidad. Y he pensado en él, no le he visto. Quizás ya se había ido cuando yo he llegado. No se. He visto a otras personas de su círculo, así que es posible que él no estuviera. Lo digo porque no he visto su coche. Hoy le he echado mucho de menos.
Seguiré disfrutando un rato más del sol que va a ocultarse por el horizonte frente a mí, aunque yo no creo que esté ya aquí para cuando eso ocurra.
BlackBerry de movistar, allí donde estés está tu oficin@

No importa dónde, sino con quién

Pues llamo a mi padre y no me coge, así que quizás la cerveza me la tome en las piscinas, en esas piscinas donde sólo voy a tomar cañas y a pasear al perro.
Tengo cojo al perrito, así que se le han acabado los paseos durante un tiempo. Creo que tiene un pincho en la pata trasera derecha. Nada igual de bien, a pesar del pincho. Hoy le iban a traer al veterinario.

Ha sido una tarde bastante productiva.

Aun así, no quiero ir a las piscinas, porque si me siento en una terraza aquí me siento más cercana a alguien, aunque no esté donde creo.

Suspirando al viento

Lo que quiero es pasear con él, con la buena tarde que hace. Y que se deje querer, y cubrirle de besos y regalarle las caricias más sutiles jamás inventadas, de ésas que surgen en un segundo y al momento desaparecen.
Y quiero perderme en su mirada y volverle a decir lo guapo que está. Porque aunque hoy no le haya visto seguro que está guapo.

Será Santa Ana

Hoy me han felicitado. Debe ser Santa Ana. Es obvio que no estoy muy puesta en el santoral. Curiosamente, la que me ha felicitado también se llamaba Ana.

Cosas de los lunes

A mí los lunes me gustan, porque empezar la semana requiere cientos de posibilidades de encontrarme con alguien único. También es cierto que en fin de semana puedo encontrármelo igualmente. Pero es más fácil verle entre semana.
Hay momentos del viernes que se me quedaron grabados y los saboreo al traerlos al presente. Me di cuenta de algo: me encanta tocarle, aunque en aquel momento lo hacía de forma inconsciente. Me siento estremecer cuando recuerdo la noche del viernes.

Estoy mogollón de contenta. Pensar en él me relaja, me calma.

Ganas de agua

Tengo unas ganas impresionantes de meterme en la piscina. Pero tengo más ganas de verle a él. De todas formas, voy a hacer una cosilla antes de marchar, que se me ha pasado la mañana volando.
Tampoco hace tanto calor para bañarse, pero tengo 'mono'.

Café amargo

Hoy he ido al café esperando verle, esperando que apareciera, pero no. Han venido los otros, pero no quien me interesaba. Me he quedado algo ‘planchada’, porque me apetecía verle y preguntarle por el sábado.

Así que el café me ha resultado hoy un poco amargo.

Claro, porque necesitaba verle. Un lunes se coge con más fuerza si aparece él en cualquier lugar y en cualquier momento.

LOPD y otras historias


Resultado de imagen de cartel videovigilancia
Hoy ha venido un chico de una empresa de protección de datos. No es el primero ni creo que sea el último:
-¿Documentos de seguridad?
-Sí. Los hago yo.
-Me gustaría ver uno.
-Lo siento. Por la LOPD no puedo enseñártelos.
-¿Y la cámara funciona?
-Sí; si te molesta, ahora borro los vídeos en que apareces.
-No, es que tenéis que colgar en la puerta una pegatina homologada y presentar un fichero a la Agencia de Protección de Datos.
-¿Algo más? (bastante borde)
-No, es que eso lo hacemos nosotros.
-Bien. Si no te importa lo haré yo...

Y seguía hablando...
-Oye, que tengo trabajo. Si te necesito, ya te llamo. (Sonrisas a diestro y siniestro y mientras pensaba: "O se va o le echo").

La pegatina ya la he colgado en la puerta. Me han traído un cartel que necesitaba taladro y al final he puesto el mismo cartel sacado de internet.

Club de Golf Rioja Alta


El sábado por la tarde entré en la Casa del Club de Golf Rioja Alta. Nunca había estado tan cerca de un campo de golf. Tampoco es un deporte que me llame especialmente la atención.
Creo que el hoyo que se ve desde la Casa Club es el número 18 (aunque no estoy muy segura).

Ginza (銀座), Tokio

Escaparate en Ginza
Cuando Ieyasu trasladó la capital militar a Edo, en el siglo XVI, Ginza era un pantanal. Una vez cubierto de tierra, el lugar atrajo a comerciantes y mercaderes. La casa de la plata que le dio a Ginza su nombre (Ginza significa ‘lugar de plata’) fue construida en 1612. En el siglo XIX, Ginza fue asolada por un incendio. En la época Meiji, el Gobierno encargó al arquitecto inglés Thomas Walters que reconstruyera la zona en ladrillo rojo (hoy en día no se ven edificios de este estilo, ya que son modernas estructuras de acero y cristal). Desde ese momento, Ginza estuvo sometida a la influencia de Occidente y a la modernidad; hoy en día es uno de los principales centros de Tokio. Las tiendecitas de artesanía conviven con galerías, enormes almacenes comerciales y modernas salas de exposiciones.
Cruce de calles en el centro de Ginza
Ginza es el barrio elegante de Tokio, el rincón más chic, donde nos podemos encontrar las más célebres marcas internacionales. A Ginza se le suele comparar con la Sexta Avenida de Nueva York.

Grandes marcas internacionales que pueden verse en Ginza (aquello era Tokio, pero podía tratarse de cualquier otra ciudad del mundo):
Armani
Alfred Dunhill
Cartier
Bulgari
Tiffany’s
Chanel
Dior
Porsche

Algunas imágenes de Ginza (que no me apetece explicar: a veces una imagen vale más que mil palabras):











Boca de metro en Ginza




Ya comenté que sólo vi el nombre de una calle una vez y fue en Ginza: Marunouchi 6th Street.




























































No sé por qué se manifestaban estas damas japonesas en el centro de Ginza, pero contrastaban muchísimo en la zona. A mí no me miraron con buenos ojos cuando les hice la foto.