Nikko es uno de los lugares más sagrados de Japón, además de un centro importante de peregrinación. Y estaba como a dos horas de Tokio en autobús. El día de Nikko no sólo vimos el santuario, sino que además fuimos a ver la cascada de Kegon, que no la vimos y después comentaré por qué.
Recuerdo que en el autobús nos dijeron que a Nikko a veces se le denomina Kiko, que en japonés tiene el significado de ‘maravilloso’. Tan maravilloso decían que era que me decepcionó, porque considero que no era para tanto. Impresionaban más los altos árboles y la prolífica naturaleza que existía en aquel paraje.
En aquel enclave se conjugan a la perfección las dos religiones mayoritarias de Japón: sintoísmo y budismo, cuyos templos o santuarios se distinguen por los símbolos que los identifican: los sintoístas lucen orgullosos un símbolo que es la representación de una de sus Torii (puerta) con dos palos verticales y dos o tres más en posición horizontal; mientras que el símbolo budista que puede contemplarse en Nikko es la esvástica (y no tiene nada que ver con el nazismo).
Hace más de 1200 años, el sacerdote budista Shodo Shonin cruzó el río Daiya de camino al monte Nantai, donde fundó el primer templo de Nikko. Siglos después, Nikko se había convertido en un famoso centro religioso budista sintoísta. El jefe guerrero Tokugawa Ieyasu escogió este lugar para emplazar su futuro mausoleo. Cuando su nieto Iemitsu hizo construir en el siglo XVII el santuario Tosho-gu para Ieyasu, quiso que éste reflejara la riqueza y el poder del clan Tokugawa.
Desde entonces, Nikko (cuyo significado es “luz solar”) es en japonés sinónimo de esplendor.
En el pueblo de Nikko, antes de llegar a la montaña religiosa, vimos el puente Shinkyo, un puente de madera que se expande en arco sobre el río Daiya por el lugar donde, según la leyenda, Shodo Shonin cruzó el río sobre dos serpientes gigantes. El puente original del siglo XVII, construido para uso del sogún y de los mensajeros imperiales, fue destruido por una inundación; el actual es del siglo XX.
Hay tantos edificios que era imposible verlos todos. Y yo me desentendí del grupo porque la guía me caía francamente mal. Nos dio unos auriculares para ir escuchándola a medida que entráramos en un templo o un santuario, ya que había tal cantidad de gente que, de otra forma, sería imposible escucharla. El caso es que yo enseguida perdí su voz.
Nada más entrar se encuentra el templo Rinno-ji, que se supone que teníamos que ver en último lugar. Yo ni siquiera llegué a verlo. Caminamos por una senda cuesta arriba, la Sugi-Namiki (Avenida de los Cedros Japoneses), hasta llegar a la primera Torii (puerta), construida en piedra y sin policromar. Lo mejor de la caminata eran los impresionantes árboles que crecían a los lados.
Nada más franquear la puerta, a mano izquierda se alzaba una pagoda de cinco plantas. Esta pagoda fue donada a Nikko por un daimio (señor feudal) en el siglo XVII y fue reconstruida en el siglo XIX después de que un incendio la asolara. Cada planta representa un elemento (tierra, agua, fuego, viento y cielo) en orden ascendente.
Después llegábamos a otra puerta decorada, la puerta Niomon u Onotemon, que está guardada por dos temibles figuras de Nio. La de la boca abierta pronuncia la primera letra del sánscrito (ah); la de la boca cerrada, la última (un). Allí había una explanada con varios edificios que se encontraban cerrados.
En uno de los frontones de uno de ellos se encontraban los tres monos de la sabiduría: uno tapándose la boca, otro los ojos y el tercero los oídos. El edificio es de madera sin policromar y es un establo que da cobijo a un caballo donado por el Gobierno de Nueva Zelanda.
Allí también se encuentran los almacenes sagrados (cerrados al público) de diseño tradicional. Todo está rodeado por farolas de piedra.
Uno de los lugares que más me gustó y donde creo que el resto del grupo no entró fue el templo budista de Honji-do, donde un japonés que parecía luchador de sumo se puso a gritar en medio del templo como un poseso y donde obviamente no entendí nada. Pero sabía que allí, en aquel techo, estaba el Dragón Llorador, que resuena con un fuerte eco si se da una palmada debajo de él.
Después de caminar junto a los campanarios, llegué a la puerta Yomeimon, que es la que da acceso al principal santuario de Nikko: Tosho-gu. Durante más de dos años, cerca de 15.000 artesanos de todo Japón trabajaron aquí construyendo, tallando, dorando, pintando y laqueando este florido y majestuoso complejo de estilo Momoyama, donde todo lo que se puede decorar está decorado. Aunque fue designado santuario en la época Meiji, conserva muchos de los elementos budistas.
La puerta Yomeimon está decorada profusamente con bestias y flores. La puerta tiene una de sus doce columnas esculpida boca abajo, una imperfección deliberada, para no enojar a los espíritus celosos por su perfección. En los nichos se ubican dos estatuas de ministros imperiales.
Después de allí, rodeé el templo Rinno-ji y regresé a la entrada. No me apetecía ver más templos ni santuarios: es que sigo sin distinguirlos, todos me parecen iguales.
Comimos todos juntos en la segunda planta de una tienda de souvenirs ubicada en el centro del pueblo de Nikko, que no tenía nada interesante.
Después de Nikko el tiempo fue agravándose. En los días precedentes no había visto la niebla en Japón, hasta el momento en que empezamos a subir la montaña. Era una niebla espesísima. Cuando llegamos al lago Chusen-ji sólo vimos un poco de agua desde la orilla.
Seguimos dando vueltas por la montaña para llegar a la cascada Kegon, que debe ser impresionante y preciosa, pero gracias a la espesa niebla sólo atinamos a escuchar el estruendo, sin ver nada. Había empezado a llover.
Tengo un grato recuerdo de sentarme en una mesa alargada a tomar café en una tienda de souvenirs, cuando un grupo de jóvenes japoneses se sentaron en la misma mesa y empezaron a compartir su sopa entre ellos. Me miraban, sonreían y se sentaban. Al final, me despedí de ellos con un saludo cordial.
La carretera de curvas se llamaba Irohazaka y era terrible por esas curvas cerradas. Con la niebla se veía más terrorífica.
El viaje de regreso a Tokio se hizo algo largo, sobre todo porque el día se había nublado y se había empañado por la lluvia. Al menos estuve entretenida hablando con un matrimonio mexicano y su hijo adolescente durante todo el camino de vuelta: a veces se agradecía hablar en castellano. Y aquella familia era muy agradable. El marido fue el que me explicó por qué el viaje de ida a Japón era de 17 horas y el de regreso de 24 horas. Así, como nota aparte, diré que los vientos se mueven de oeste a este, por lo que en la ida, el viento empuja al avión y en la vuelta, el avión va a contracorriente.
El incensario gigante a la entrada del recinto llamaba la atención, porque la gente acercaba las cabezas a los agujeros para ‘echarse’ humo a modo de purificación.
2 comentarios:
Entre las curvas tan cerradas y la niebla, a mi me da algo. Sobretodo con las curvas, no puedo con ellas. Una pena que no pudieras ver la cascada de Kegon. Es peculiar ^^
Un saludo!
La vi en una postal y en un libro de imágenes de la zona.
Bueno, la escuché.
Maldita niebla, parecía sacada de uno de los libros de terror de Stephen King.
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