
Sólo ha habido cinco minutos esta tarde en que tenía a una persona en el teléfono fijo, ha sonado el timbre de la puerta y me he encontrado escuchando ora el móvil de Urgencias ora el personal, a los que no podía atender.
Después de eso nada más, tarde tranquila, el silencio que precede a las vacaciones.
Conversación de correos electrónicos:
(Yo): -¿Qué plan hay para el viaje?
(M.): -Pues hacer turismo, disfrutar, descansar... y pasarlo bien. No sé más...
(Yo): -No me refiero a eso, sino a las cuestiones técnicas y demás: Cómo vamos a ir y cosas así. Y, bueno, yo nunca hago turismo, me considero más viajera que turista...
Aunque pequeña, hay una sutil diferencia entre una cosa y otra. Por ejemplo, considero más importante quedarme con los recuerdos de la gente, de los lugares, con el olor de las flores de azahar en la ciudad de Córdoba, o con el italiano que me abordó junto al Tíber porque quería enseñarme la ciudad de Roma; prefiero recordar a aquella señora vestida de negro, muy anciana, que se asomaba en una ventana en San Vicente de la Barquera (aprovechando que nos vamos a tierras cántabras) y que seguramente ya habrá dejado este mundo, o la conversación con los guardas jurados que me pidieron el pasaporte en los Kaufhof (grandes almacenes desperdigados por toda Alemania, que vendrían a ser algo parecido al Corte Inglés de aquí) de Konstanz, y me vacilaban mientras subía al último piso en las escaleras mecánicas (se mofaban porque habían conseguido sacarme los colores); prefiero recordar la brisa del Atlántico en Matosinhos, una playa donde apenas había gente pese a que aún estábamos en los últimos estertores del verano de 2007, o el traqueteo de aquel tranvía lisboeta que nos llevaba a Belem sin haber pagado un duro; o el rostro enojado de un cura que velaba la tumba del Papa anterior porque yo no me había inclinado (aunque no sé si era por no hacer la correspondiente genuflexión o porque había entrado en el Vaticano en tirantes, algo que está absolutamente prohibido); me gusta recordar el sabor de las cervezas belgas en cualquier plaza del centro de una ciudad (incluso lo que pensaba cuando estaba allí, con quién me gustaría compartir aquello); saltarme las reglas a veces o permitir que alguien te cuente una leyenda de Bécquer junto a aquel pozo toledano... Eso, entre otros miles de recuerdos, no se recoge en las innumerables fotografías que hacen los turistas, creyendo que recogen todo en sus lustrosas y modernas cámaras.
Hay una diferencia sustancial entre un viajero y un turista.
Tras hablar con mis amigas y ver su entusiasmo, comprendo que no me voy a echar para atrás, que quiero contagiarme de su mismo entusiasmo, aunque me pregunto por qué carezco de él.