"Memento mori es una expresión latina que se traduce al castellano como 'Recuerda que morirás'. Hace referencia a lo efímero de la vida".
Llevaba un tiempo detrás de la
trilogía de novela negra de César Pérez Gellida y, tras haber leído al primer
volumen de la trilogía, debo decir que me siento totalmente eclipsada por la
historia.
Memento mori es el primer volumen de la trilogía titulada ‘Versos,
canciones y trocitos de carne’. Después de haber terminado el primer libro,
puedo decir que es una magnífica lectura, que me tiene atrapada en la historia
desde el primer momento.
El autor crea cierta magia, en la
que combina canciones, versos y los incrusta en sus fríos asesinatos de un
personaje bastante complejo. Es curioso cómo en lo desagradable de la sangre
aparecen esos poemas, como una manera de suavizar las crueles muertes de las
víctimas. El contraste entre la delicadeza y sensibilidad que tiene el asesino
a la hora de escribir unos versos o tararear una canción y la sangre fría con
la que mata es uno de los fundamentos que convierten a esta novela en una
pequeña obra maestra.
Pero si esta novela rezuma ‘grandeza’
es, sin duda alguna, por sus personajes, unos personajes que no se atienen a
cuatro pinceladas, sino que podemos profundizar en su manera de pensar o de
hacer las cosas, pero que también pueden engañarnos. “Normalmente, lo que parece es simplemente eso: lo que parece que es”,
suele decir el psicólogo criminalista, que no sólo engaña al inspector de
policía sino que también engaña al lector. Porque, a lo largo de la novela,
buscamos a ese cómplice oculto, y no esperamos que sea justamente la persona
que nos ha hecho reír a lo largo del libro y con quien nos hemos llegado a
congraciar, pese a que al principio destilaba cierta soberbia.
En cada capítulo se nos va dando
una perspectiva de los personajes según sea uno u otro quien pase a la acción. Incluso
desde el principio sabemos cómo se llama ese asesino en serie que está
acechando las calles de Valladolid, ya que el autor no nos lo describe como
algo lejano sino que en todo momento sabemos lo que está haciendo. Y quizás
esto dota a la novela de gran originalidad, al estar acostumbrados a leer
únicamente un punto de vista (el del criminal, el del investigador o el de
terceras personas por separado, pero nunca leemos las diferentes perspectivas
en conjunto). De esta forma, se nos da casi toda la información, y digo “casi
toda”, porque el último ingrediente para conseguir la intriga en el libro es
justamente el desconocimiento del cómplice, tanto como para llegar a dudar de
todos.

Valladolid
Nos encontramos con la
descripción de un asesino en serie, un término que le viene grande a una ciudad
de provincias, como es Valladolid. Cuando se habla de este tipo de criminales,
generalmente solemos mirar hacia el otro lado del Atlántico, hacia Estados
Unidos, pues nuestro país, aunque ha tenido los suyos, es relativamente
tranquilo. Por lo que encontrarnos un asesino en serie en una ciudad
relativamente pequeña (en comparación con las grandes urbes americanas) nos
resulta un tanto atípico.
Asimismo, descubrimos a un
Augusto Ledesma, el asesino en serie, que resulta poco habitual por ser un
personaje superdotado, muy frío, con alto nivel adquisitivo y con una gran
capacidad para aprender cualquier cosa que se le ponga delante. Es que, en
realidad, es un joven bien parecido, con recursos económicos, con un trabajo
aceptable, que aparte es melómano, poeta, le gusta cuidar bonsáis, es un
erudito de la cultura clásica, es capaz de falsificar documentos oficiales sin
fallo alguno, y también es hacker,
tiene gran facilidad para los idiomas y es un gran observador. Augusto ha
falsificado varias personalidades, muchas de ellas sacadas de la literatura
universal, pero en secreto se hace llamar Orestes. Así se relaciona con Pílades
–el cómplice, cuya identidad no conocemos hasta el final, aunque podemos llegar
a sospecharlo- y con su grupo de piratas informáticos.
Por contrapartida, nos
encontramos con un inspector de homicidios de Valladolid que es muy observador.
Pasó muchos años en el País Vasco y está curtido en lo que se refiere a
crímenes sangrientos, por eso desde el primer momento sabe que se encuentran
con un asesino en serie difícil de cazar. Ramiro Sancho es un hombre admirable.
El lector le aprecia por su gran lealtad y, porque desde el primer momento, es
difícil no identificarse con él, deseando que vaya más allá, que encuentre las
pistas necesarias. Ramiro, como buen investigador, no da por hecho nada y, a
veces, se deja llevar por su instinto. Se encuentra en la tesitura de que Jesús
Bragado, la persona que ocupaba su puesto de inspector antes que él, se pone en
contacto con él intentando ayudarle para que vuelve a ser revalorizado en la
policía, y que Ramiro se lleva bien con el comisario jefe, Antonio Mejía, del
que no esperamos tu terrible final, pues a mitad del libro le descubren un
cáncer irreversible con metástasis en el pulmón.
Mejía es el que recomienda a
Ramiro que se entreviste con la doctora en lengua, Martina Corvo, para que le
ayude con los versos que aparecen junto a los cadáveres. La doctora Corvo es
una mujer muy culta, versada en lengua y literatura, con la que Ramiro no
empieza con buen pie, y a la que termina amando.

Taser M26, pistola de
dardos para adormecer a las víctimas, que utiliza el asesino de la novela
Uno de los personajes a tener en
cuenta es Armando Lopategui, el psicólogo criminalista que viene desde Madrid
para echar una mano en el caso. Por todos conocido como Carapocha, ya que
tiene el rostro lleno de agujeros y una terrible cojera, Lopategui es un hombre
que no se deja amilanar por nada ni por nadie. Nunca paga una copa ni una cena,
pero es un profesional especializado en los asesinos en serie, además de ser ex
agente del KGB, haber nacido en Rusia y cuyos libros son objetos de culto en la
policía de nuestro país.
Ramiro hará grandes migas con
este hombre.
Uno de los temas a tener en
cuenta es la aparición de símiles recogidos de la literatura clásica y, sobre
todo, la influencia mitológica grecorromana, amén de todas las citas en latín
que el joven Augusto salta, por contraste con las frases que saca del refranero
español el más castizo Ramiro Sancho.

La muerte de Clitemnestra,
de Charles Auguste van den Berghe
“Clitemnestra fue, según la mitología griega, reina de Micenas y esposa
del gran Agamenón. Clitemnestra y su amante, Egisto, asesinaron a Agamenón
durante la archiconocida guerra de Troya, y ambos se hicieron con el trono de
Micenas. Unos años más tarde, la pareja fue a su vez asesinada por Orestes,
único hijo varón de Clitemnestra y Agamenón, con la inestimable ayuda de su
amigo Pílades. Estos hechos se narran con detalle en La Orestíada, de Esquilo”.
Lo que causa admiración es la
capacidad de Augusto para asemejar sus crímenes a mitos, leyendas, historias,
canciones que haya leído y/o escuchado, sobre todo rebuscando entre los
antiguos clásicos. Por lo tanto, asemeja la muerte de su madre, a la que
compara con Clitemnestra, y parece ser que es un crimen que venía preparando
desde hace muchos años, quizás cuando se empieza a perfilar el monstruo que
lleva dentro, cuando la madre le maltrataba y, por ello, le quitaron la
custodia. No en vano él mismo se hace llamar Orestes, como el hijo de
Clitemnestra.
Con el primer asesinato, que es
el que menos cuadra en toda la historia, él sólo se está poniendo a prueba,
pero encuentra otra similitud con su vida. Marifer le recuerda a Paloma, la única
novia que ha tenido en su vida y que le abandonó por un trabajo en Madrid y por
otro hombre. La infidelidad de la muchacha es lo que produce el castigo que la
lleva a la muerte.
Finalmente, cuando comprende que
empieza a sentir algo por la joven de pelo rojo, Violeta, que ha aparecido en
su vida, se da cuenta de que tiene que terminar con un final apoteósico, de tal
forma que intentará inculpar a otra persona de sus crímenes para salir ileso y
reanudar su propia vida. Dejando pistas falsas, consigue que el círculo sea
perfecto y que, por tanto, al final sus crímenes rocen la perfección. Pero esa
perfección no se la traga Ramiro Sancho, que comprende que no se puede cerrar
el caso porque están siendo engañados.
Sólo una persona puede cazar al
cazador y ése es el cómplice, que en todo momento, hasta su descubrimiento, aparece con el alias de
Pílades. Si fuera otra persona, la novela sería un tanto mediocre. Es que tenía que ser él, no podía ser otro. Justamente el que menos esperamos...
Como aspectos secundarios, trazar
el perfil completo de Augusto es complicado, pero sería necesario, para
terminar, indicar que nació en una familia pobre. Su madre, Mercedes Mateo, fue
abandonada por su padre y él estuvo sufriendo malos tratos por ella, hasta que
un día le quitaron la custodia y los servicios sociales se hicieron cargo de
él. No llevaba ni dos semanas cuando un alto cargo del gobierno provincial y su
esposa mueven los hilos para adoptar al pequeño Gabriel, que está a punto de
cumplir los siete años. El señor Octavio Ledesma le cambia el nombre por el de
Augusto Ledesma y hace desaparecer todos los documentos sobre la adopción el
nuevo nombre que adopta el niño. Octavio le inculcará el amor por los clásicos,
la literatura y la música clásica, así como por la caza, mientras la madre
adoptiva le enseña el arte de podar bonsáis. El joven Augusto, que tiene un
cociente intelectual de 146%, sobresale en todo lo que hace y muy pronto se da
cuenta de que quiere ser diseñador gráfico, para lo que su padre adoptivo no
escatimará en pagarle estudios en Nueva York y en Berlín. Un día, un
desafortunado “accidente” acaba con la vida de sus padres adoptivos y Augusto
se encuentra en la veintena con una inmensa fortuna. En esta novela, intuimos
que el accidente de sus padrastros no fue tal, y seguramente en las siguientes
descubriremos qué ocurrió exactamente, pues no creo que el autor deje ese hilo
suelto.
Es una novela recomendable al
100%, tanto como para ponerme enseguida con la segunda parte. Hacía tiempo que
no disfrutaba de la lectura de esta manera. El estilo del autor es exquisito y
es que en esta historia está hilando muy fino… O se ha documentado mucho o es un gran erudito, esto último no lo dudo en absoluto, porque tan sólo con observar su maestría en hacer constar esas citas en latín...
EL AUTOR:

César Pérez Gellida nació en
Valladolid en 1974. Es licenciado en Geografía e Historia por la Universidad de
Valladolid y máster en Dirección Comercial y Marketing por la Cámara de
Comercio de Valladolid. Ha desarrollado su carrera profesional en distintos
puestos de dirección comercial, marketing y comunicación en empresas vinculadas
con el mundo de las telecomunicaciones y la industria audiovisual, hata que en
2011 decidió trasladarse con su familia a Madrid para dedicarse en exclusiva a
su carrera de escritor.
Memento mori es la primera obra de una prometedora producción
novelística, por la que recibió el premio Racimo de Oro de Literatura 2012.
Actualmente colabora como
columnista en El Norte de Castilla.
LA NOVELA:
Título original: Memento mori (Versos, canciones y trocitos
de carne I)
Autor: César Pérez Gellida
Editorial: Suma de Letras (7ª
edición, mayo de 2014)
Número de páginas: 582
ISBN: 978-84-8365-453-8
Valoración: 10/10