No puedo decir que tenga un verano como el que suele pasar la mayoría de la gente, porque quitando una semana en julio, he trabajado mucho en los dos meses que lentamente hemos ido dejando atrás.
Pero siempre siento una especie de nostalgia inexplicable. Quizás porque adoro la época estival, y el sol y el calor, aunque este año apenas hayamos podido disfrutar del tiempo.
Sin embargo, poco antes de la medianoche, este dominical 31 de agosto se escucha el silencio. No hace tanto se oían a través de la ventana los gritos de niños jugando en las calles, los murmullos de conversaciones que se perdían en los largos paseos nocturnos, el trasiego continuo de coches en cualquier dirección. Hoy se escucha el silencio, porque los niños se han ido a sus residencias habituales, mañana muchos adultos volverán a trabajar, con el consiguiente síndrome posvacacional, en una semana o diez días las escuelas y colegios abren sus puertas y, en definitiva, volvemos a la rutina del año.
El final de agosto es casi es final del verano, porque en dos semanas nos encontraremos entrando en el otoño, en las fiestas de la vendimia y, para mí, más cerca mi viaje a Gran Canaria.
En días como hoy siento la nostalgia. Visualizo las hamacas de playa vacías, juguetes olvidados en cualquier rincón de una casa de campo, y el color verdoso de alguna piscina pública que hoy cerraba sus puertas. Pero además puedo escuchar los ecos de juegos infantiles, de maravillas culturales que descubrimos este verano, los susurros de tantas comidas y cenas de amigos, los vermouts a media mañana... De fondo suena la melodía de Verano Azul.
Al menos mis sobrinas se quedarán aquí una semana más.
Como no podía ser menos, sigamos disfrutando de días algo más cortos y demos la bienvenida a septiembre. A mi sobrina le gusta mucho pisar las hojas secas y tostadas que crujen bajo sus pies.
En días como hoy siento la nostalgia. Visualizo las hamacas de playa vacías, juguetes olvidados en cualquier rincón de una casa de campo, y el color verdoso de alguna piscina pública que hoy cerraba sus puertas. Pero además puedo escuchar los ecos de juegos infantiles, de maravillas culturales que descubrimos este verano, los susurros de tantas comidas y cenas de amigos, los vermouts a media mañana... De fondo suena la melodía de Verano Azul.
Al menos mis sobrinas se quedarán aquí una semana más.
Como no podía ser menos, sigamos disfrutando de días algo más cortos y demos la bienvenida a septiembre. A mi sobrina le gusta mucho pisar las hojas secas y tostadas que crujen bajo sus pies.

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