A veces necesitamos tiempo para nosotros mismos. He decidido que necesito al menos una semana para poner en orden mis pensamientos. Eso puede llevarme a escribir poco o nada por aquí, algo que, por otro lado, nunca había hecho. Aunque esos días no tienen nada que ver con esto.
Hoy he recordado una conversación que tuve con un sabio que me triplicaba la edad cuando era tan sólo una adolescente. Era una época en que yo empezaba a despertar en un cuerpo que me era extraño. Tan extraño como que me avergonzaba de mis incipientes pechos, me ruborizaba los días del mes en que reconocía el olor de las nubes, me escuchaba en una voz que no era la mía. Era una etapa de cambios, pero también empezaba a mirar a las personas de una manera diferente. Fue la época de mi primer amor. No ha llovido nada desde entonces. Entonces no le hice caso a aquel sabio cuando me dio aquella lección de vida, pero hoy sus palabras me escuecen mucho.
Recuerdo que nos encontramos en un paraje verde y comenzamos a hablar. De adolescente me gustaba coger la bici o la moto y me perdía entre los bosques verdes de mi infancia con un libro. Un hábito que me reconfortaba y que retomé el año pasado. A medida que crecemos, ciertas cosas cambian, aunque depende de nosotros retomar esos pequeños placeres que nos aporta la vida.
Entonces yo era una chica bastante tímida, me costaba entablar conversaciones, quizás debido a esa timidez de la recién terminada infancia. Así que no iba a ser yo quien comenzara aquella conversación, si bien estaba inmersa en mi lectura. Hoy en día aún me queda algo de aquella timidez, aunque apenas se nota. Yo la noto. La noto cuando miro a un ángel a los ojos y siento que me ruborizo, la noto cuando le digo algo y me tiembla la voz, la noto cuando mis dedos rozan su piel y siento que debo parar porque llega el deseo, la noto cuando el corazón me late muy deprisa porque le he visto pasar.
Aquella tarde de primavera (quizás fuera verano) aquel señor con el que quizás yo sólo había intercambiado algún esporádico saludo con anterioridad se acercó adonde yo estaba y empezó a hablar. No le hubiera hecho caso, de no ser porque hay palabras pronunciadas con una voz que nos aboca hacia una dirección imprevista. De repente, sentimos curiosidad y el deseo de saber más.
Recuerdo que hablamos de la tarde, de la calma de la naturaleza, de los cerezos en flor y de los sonidos de algún ave que se hacía oír en el silencio del campo. Silencio que no es tal, puesto que hay un sinfín de ruidos variados que se dejan oír para quien está dispuesto a escuchar.
No sé cómo llegamos a hablar de los primeros amores. Después de un rato allí estábamos charlando como dos viejos amigos de un tema que me tocaba muy de cerca entonces. Él me notó insegura respecto a aquel primer amor, quizás porque le dije que era imposible reconocer a la persona con la que quieres compartir todo. Que a veces el amor viene disfrazado. Que nunca se puede estar seguro.
"Si amas algo, déjalo libre. Si vuelve a ti, siempre fue tuyo; si no vuelve, nunca lo fue".
Desde entonces he leído y/o escuchado muchas veces esas palabras. En las últimas horas las he sentido en toda su inmensidad. Cuando anoche me daba la vuelta, sabía que le iba a dejar marchar, que si ha de volver... volverá, y si no ha de volver, no lo hará. Que todo ha de seguir su curso, sin forzar ninguna situación. Le quiero muchísimo, pero sé que voy a pasar unos días a la sombra. Tengo que hacerlo así. Es hora de que él mueva ficha, si considera que debe hacerlo. Si no, será mejor que le saque de mi vida. Porque a veces duele.
Hace dos años, cuando entré en una cafetería a media mañana y sus ojos cayeron sobre mí, sentí algo inexplicable, algo que nunca antes había sentido. Supe inmediatamente que era él... la persona que había estado buscando toda la vida. Volví al día siguiente, y el día de después. Volví las semanas posteriores. Siempre estaba allí, con esa mirada angelical, con ese rostro tan sensual, con esa sonrisa tan misteriosa. Le miraba, deseaba que volviera a mirarme como lo había hecho aquella primera vez, pero yo para él era una desconocida sin rostro ni nombre. Le observaba y me seducía cada día un poco más. A la hora, siempre me iba a buscarle, me hechizaba, a veces me llegaba la dulzura de su voz y anhelaba hablar con él. Nunca di un paso hacia él para comenzar una conversación. Ya le estaba amando en silencio. Lógicamente esa situación no podía durar mucho, aunque habían de pasar varios meses hasta que nos presentaran, hasta que tirando de los hilos supe su nombre, que a fin de cuentas en aquel primer momento era lo que más deseaba saber. Después, tirando de otros hilos, nos presentaron. Una noche estrellada. Le miré a los ojos y vi en ellos la belleza del mundo. Él no lo sabe, pero entonces yo ya le quería. Lo que parecía una presentación casual no era más que el comienzo de un flujo torrencial de sentimientos, que se había iniciado en marzo. De marzo a julio hay cuatro meses y yo llevaba cuatro meses en silencio, hechizada, imbuida en su magia. Ya entonces era un ángel.
Después de aquel primer amor, llegaron otros. Muchos. Demasiados. Tantos que he olvidado incluso sus nombres. Con todos sabía que no llegaríamos a nada, daba poco de mí, aunque de algunos me enamoré y otros se enamoraron de mí. Pero sabía que no había un futuro. Admiraba a las personas que encontraban el amor con tanta facilidad, que sabían que estaban seguros con la otra persona, que veían en los ojos del ser amado lo que no necesitaban pronunciar en voz alta. No sé, nunca me ocurrió, quizás porque nunca había llegado a amar tanto ni con tal profundidad. Lo intenté, de veras que lo intenté, pero no funcionó. Cuando dos personas no están predestinadas a compartir sus caminos siempre llega un punto final. Lloré, claro que lloré, sobre todo de impotencia, porque no llegaba a encontrar esa magia que tienen los que de verdad están enamorados.
Entonces le conocí a él. Cuando imaginaba que no iba a enamorarme nunca, cuando había tirado la toalla y cuando había perdido todas las ilusiones, le conocí a él. Supongo que todas las personas deseamos compartir todo con la persona que queremos, que necesitamos abrazarle y que nos abrace, que necesitamos sentirnos protegidos y protegerle, que necesitamos su hombro de vez en cuando para llorar así como prestarle el nuestro para que llore, que necesitamos una caricia que nunca está de más y ofrecer una caricia cuando menos se lo espera, que necesitamos robarle un beso cada día y dejarnos besar de vez en cuando, que necesitamos sentirnos amados y amar por encima de todas las cosas.
Bien, con sólo mirarle a los ojos la primera vez, supe que él era la persona a la que deseaba darle todo lo que no había dado antes, porque en él encontré todo lo que no había encontrado antes en nadie. Porque le amé desde el primer momento, y esto... esto sí que no lo entiendo, ya que es inexplicable amar a alguien a quien no se conoce. Pero dada la situación especial en que se envolvió todo, esto también llegó con todo lo demás.
Enamorada... Quiero creer que no estoy enamorada. Y si lo estoy, ¿qué ocurrirá si lo estoy? Necesito una semana lejos de él para pensar sobre todo esto. Quizás sean más días. No lo sé. Y también necesito pensar en lo que haré entonces.
Tengo sueño, pero soy consciente de que aún daré unas cuantas vueltas en la cama imaginándole y que abrazaré la almohada soñando que le envuelvo entre mis brazos.
Alguien dijo una vez que sólo existen dos tipos de personas: los enamorados y el resto. Necesito tiempo para pensar en mí. Eso quiere decir que también pensaré en él...