jueves, marzo 31, 2011

El vals lento de las tortugas


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Sigo pensando en lo amenos que son los libros de K. Pancol. Éste se convierte en la segunda parte de Los ojos amarillos de los cocodrilos y no se puede leer independientemente y sin saber la historia del primero.
Ligeramente más extenso, el libro nos vuelve a hablar de amor, de las cosas cotidianas de la vida, de que se puede convivir con un malvado vecino en el piso de al lado que vea a la protagonista como una tortuguita indefensa y nos muestra claramente en la práctica ese refrán que dice que "a todo cerdo le llega su San Martín". Por encima de todo, es un libro de amor. De esos amores de verdad que encandilan al lector a seguir.

Joséphine vive acomodadamente en su nuevo piso en París, ahora que se ha convertido en la autora de un best-seller y puede aprovecharse de las ventajas de la inexistencia de preocupaciones económicas. Sigue saliendo con Luca, pero es consciente de que no está enamorada de él y que él sólo quiere hablar de sí mismo. Un día, al salir al parque, casi es asesinada por un desconocido.
Su hija mayor, Hortense, se ha ido a estudiar a una de las mejores escuelas de diseño de moda a Londres. Es una estudiante ejemplar y siempre consigue lo que quiere. Allí siempre está acompañada por Gary, del que se está enamorando.
Zoé cree que siempre será un patito feo, en comparación con su hermana Hortense, pero entonces conoce a su vecino Gáetan, con el que comenzará una historia de amor a escondidas en el trastero de otro de sus amigos. Luego están las postales que llegan desde África.
Iris Dupin está recluida en una residencia mental, alejada de su familia, de sus amigos y de su vida social. Se está demacrando y echa la culpa de todos sus males a su hermana Jo, que cree que le quiere quitar a su marido. Será Henriette, su madre, la que vaya a buscar a su hija para sacarla de allí, intentado que recupere a su marido.
Philippe Dupin lleva meses viviendo en Londres junto a su hijo Alexandre. A su edad ha comprendido que no conoce a la extraña Iris que ha sido durante muchos años su esposa. La considera una interesada y no quiere saber nada de ella. En su mente está pedirle el divorcio en cuanto se recupere. En cambio, su pensamiento cambia cuando piensa en Jo, que le ha invitado en Nochebuena a París. Por ella siente algo especial...
Cuando todos se reúnen en Nochebuena pasan algunas cosas. Philippe y Jo se terminan besando en la cocina y comprenden que, pese a que es una locura y son frutos prohibidos para el otro, no pueden vivir el uno sin el otro. Hortense confiesa a su hermana que su padre ha muerto entre las fauces de un cocodrilo en África y que no es él quien está enviando las postales.
En el barrio están ocurriendo asesinatos. Casi todas las víctimas están relacionadas, de alguna manera, con Joséphine. Sin embargo, cuando su hermana vaya unos días a vivir a su casa con ella e intente camelar a Hervé Lefloc-Pignel, lo que menos esperan es que esté cayendo entre los brazos de un asesino.
Iris será desposeída por Hervé de toda su voluntad y él ejecutará la daga que la lleve a la muerte, en medio de un vals bajo la luz de la luna, algo que no se mantiene oculto ante los ojos de un granjero que les espía escondido.

"Ya no soy el que fui
Y ya no sabré jamás serlo
Mi hermosa primavera y mi verano
Dan el salto en la ventana.
Amor, siempre fuiste mi señor,
Te serví bajo todos los dioses.
Ay, si pudiera dos veces nacer.
¡Cómo te serviría mejor!".

Dos horas antes


Hace dos horas me apetecía caminar bajo el sol, me imaginaba paseando hacia la ermita, entre parajes intensamente verdes. Y, como todo, me imaginaba junto a un ángel, porque no hay cosa que quiera hacer donde no aparezca él. Es hermoso eso de imaginarse algo siempre con una persona.
Después me he liado. El resultado ha sido que son las ocho y se ha ido el sol. Adiós paseo, adiós naturaleza, adiós ermita. Por lo menos esta tarde lo único que me apetece es descansar y destripar el libro que me terminé anoche.
Hace dos horas pensaba en él. En sus ojos, en su rostro, en sus manos. En lo que me apetecería a veces acercarme un poco más a él... Ahora también pienso en él. Quizás me vaya y esté su coche, quizás le dibuje margaritas en el cristal, quizás me cruce con él. Quizás... Lo que sí es seguro es que pensaré en él ahora, en los minutos que me acercan a casa. En lo guapo que estaba. En la dulzura que emana de él. En la excusa que podía haber inventado sólo para volver a escuchar su voz hoy también...

Me voy a casa.

El instante perfecto


El instante en que me he cruzado con él esta mañana ha sido mágico. Cuando he mirado el reloj, he volado, buscando encontrarme con él, buscando su mirada perfecta, dulce, angelical. Es como si necesitara ese instante de él. Como si necesitara la savia que me brindan esos dos minutos diarios. Que eran muchas jornadas sin verle. Y estaba guapísimo. Le miraba, ya desde lejos, y pensaba en lo que me gustaría acariciarle el rostro.
Ese instante es único, mágico, perfecto.

Tengo una diminuta sonmolencia, que ahora empieza a hacerse notar, pese al café.

Quemando marzo


Las semanas pasan rápidamente, pero también los meses pasan raudamente. Sin apenas darme cuenta llego al último día de marzo. Podría enumerar uno a uno mis pensamientos en estos precisos momentos, pero no conseguiría acercarme a la descripción de la amalgama de sentimientos que rezuman todos los poros de mi piel.
Estaba recordando de que esta tarde me temblaba la voz. En ese instante concreto era consciente, intentaba controlar ese tembleque sin éxito y pensaba que no me importaba que la otra persona se diera cuenta del temblor. Está claro que hay un motivo para que ocurra eso. Me pregunto si él se habrá dado cuenta...
Tenía tantas cosas que decirle... Que preguntarle... Que susurrarle... A veces debería darle las Gracias por hacerme sonreír cada día.

Termina marzo y abril llegará cargado de muchas cosas. Tengo algo de sueño y un libro a punto de terminar.

miércoles, marzo 30, 2011

Las nueve...


Debo irme. Sabía que me iban a dar las nueve. Me gustaría volver a hablar con él, aunque sólo fuera para decirle que duerma bien, pero sobre todo para escuchar su voz, para conducir e ir saboreando en la memoria el sonido de su voz. Que de todas formas seguiré pensando en él cuando ahora coja el coche y vaya a casa.

Es hora de marchar.

Minutos evocadores


Debería irme, pero quiero terminar algo antes de irme. Eso quiere decir que quizás me den las nueve. No me he fijado si esta semana hay algo en Cool Winter que me interese, quizás lo haya.
Tengo ganas de verle, de escucharle, de mirarle a los ojos... de cruzarme con él. Pese a que hoy hayamos hablado tengo que imaginarme su rostro. Han pasado muchos días desde la última vez que nos cruzamos -creo que fue el viernes-.
Sí que se está alargando hoy el día.

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Hablando de bombones


Cuando he regresado de Ezcaray, tenía una caja de bombones junto al monitor. Hay gente que simplemente se muestra agradecida por ciertas cosas y de repente un día regresan de un viaje con una caja de bombones.
Al pensar en los bombones y en el dulce, me acuerdo de él, de su dulzura. Y sonrío al pensar en que él sí que es un bombón. Debería decírselo un día, pero no quiero que se ruborice.

No me había dado ni cuenta de que el día se ha puesto gris, ni de que ha empezado a llover otra vez. Es la magia.

It's too far


Lo mejor de la tarde es comenzarla con buen pie. Eso significa hacer algo que esté relacionado con un ángel. Sabía que podía hacer una llamada y también que me podía pasar a verle. He optado por la llamada, teniendo en cuenta que podía tener la magnífica suerte de que su voz sonara al otro lado o no. Algo dentro de mí repetía incansable: "Que coja él, que coja él". Y él ha respondido al otro lado.
Adoro su voz. Me pasaría horas escuchándole. Le he dicho que me voy a Nueva Zelanda al final, necesitaba decírselo. Too far. Sí, está demasiado lejos, pero cuenta con el exotismo, zonas inexploradas y maoríes bailando junto a la playa. En cuanto me envíen los circuitos y elija será cosa hecha. Acabo de comprar por internet la guía de Nueva Zelanda (Visual de El País Aguilar, como siempre) y un cuaderno para describir(le) todo el viaje. El visado se hace por internet, aunque no lo vaya a hacer yo, pero será más rápido que hacer el visado a Rusia (que iré en el próximo gran viaje o en los años venideros, pero no este año).
La cuestión es que esta tarde es mágica. Mágica porque a primera hora de la tarde he sabido por él que está bien y además he escuchado su voz. Esa voz tan dulce, que aún sigue resonando en mis oídos. Seguro que está guapo.

¿A Rusia? ¿O hay cambio?


Lo cierto es que anticipar las vacaciones a mayo ha sido un caos. Para Rusia me dan itinerarios para diez días, y no quiero. Como no hay manera de que me den dos semanas y como queda mes y medio para hacer todo el papeleo, se me ha ocurrido cambiar de destino. Es cierto que llevo rumiándolo unos días, cuando comprendo que no quiero pillarme los dedos y que de ninguna manera voy a cambiar las semanas de vacaciones. Pero sobre todo no quiero que sean diez días, han de ser quince y con el Anillo de Oro incluido. Rusia, de momento, tendrá que esperar.
El nuevo destino... está tan lejos o más que el del año pasado, porque ha de ser Nueva Zelanda.

Se lo tengo que decir a un ángel, pero aún no, no hasta que no tenga todo atado. Son más horas de viaje que para Japón. Nunca lo he dicho, pero Oceanía siempre me ha atraído. Australia y Nueva Zelanda. Australia siempre era un lugar que yo quería conocer, pero no sé por qué, hoy he dicho Nueva Zelanda. Y allá me iré.

Lluvia de marzo


Fuera ha dejado de llover. Adoro la lluvia de primavera, al igual que adoro los aromas que quedan en el entorno, la frescura que se respira, los colores en verde que maquillan los decorados que nos acompañan cada día.

Me gusta la lluvia en esta época.

martes, marzo 29, 2011

El círculo perfecto


"Amar es la única riqueza que crece con la prodigalidad. Cuanto más se ofrece, más queda". (Romain Gary)

Es cierto que cuando amamos damos mucho de nosotros, sin tener en cuenta lo que recibamos a cambio. Amamos y nos convertimos en seres magnánimos respecto a la persona amada. Lo cierto es que esa persona a mí particularmente me aporta mucho cada día, me brinda pequeños trocitos de felicidad, me hace sonreír. Y esos instantes son intercambiables, porque nadie más que él consigue ese eco de emociones intensas que se sublevan dentro de mí.
Amamos y queremos que nunca se cierre el círculo de sensaciones que llegan con la otra persona. Queremos más y más. Y no permitimos que nadie tenga acceso a esa belleza que brinda el amor. Tememos que se pueda vulnerar o marchitar, aunque en el fondo sabemos que eso no puede ocurrir, porque es el propio corazón el que riega cada día las emociones brindadas por la persona amada.

Siempre he pensado que todo lo que se empieza hemos de terminarlo, de una manera u otra. No me gustan las cosas que quedan con cabos sueltos, a medio cerrar. Quizás por eso soy tan perfeccionista. Ahora siento que me encuentro en medio de un círculo y desconozco la dirección que he de tomar. Tampoco es algo que me preocupe, porque en el centro de ese huracán ardoroso hay sentimientos profundos que jamás antes había tenido. Veo su imagen perfecta y comprendo cuánto le quiero.

Ahora que me voy a dormir, imagino que me arropo bajo las sábanas y le abrazo, cubriéndole la espalda de besos anhelantes, susurrándole palabras cargadas de ternura y cariño.

Casi siesta


Adoro las siestas, sobre todo ahora que ya no me duele la cabeza. Imagino que me quedo dormida en su abrazo reconfortante.

Algo dentro de mí me está impulsando al descanso, y los párpados empiezan a pesarme.

La cuenta atrás hacia las tres


Me duele un poco la cabeza, creo que puede ser por los cambios abruptos de temperatura. Y creo que es por eso por lo que esta última hora se me está haciendo larguísima.
Además no me he cruzado con él, y eso hace que todo sea un poco más costoso, como si faltara la luz, la alegría, la dulzura que hay en su mirada. Todas esas cosas buenas que me aporta cada día.

Esta tarde tendré que echarme una siesta a ver si pasa el dolor de cabeza. Aunque más me apetece reencontrarme con la naturaleza. Lo cierto es que seguro que cuando me despierte aún es de día, ya que las luces del día tardan en desaparecer.

Los retazos de los sueños que no recordamos


El domingo me dijeron que tenía una voz preciosa por teléfono. Creo que me ruboricé. Yo me escucho y no me gusta mi voz, aunque no era la primera vez que me lo comentaban. Además hablo muy rápido. A mí me gustaría aprender a hablar más despacio, pero no lo consigo.
Y hablando de voces, conozco a alguien que habla como los ángeles, quizás porque él es un ángel.

Fuera tira un aire gélido. Asomada a la ventana, mirando a las estrellas, recordaba su sonrisa perfecta e imaginaba que me fundía entre sus brazos cálidos y reconfortantes. Y dormir junto a él, escribiendo palabras de amor en su espalda, dejando fluir todos los anhelos que revolotean a mi alrededor, dando rienda suelta al deseo.

Siempre he pensado que la una de la madrugada es un buen momento para dormir. Me quedan siete horas por delante para soñar con un ángel. Siete horas convertidas en minutos, porque la somnolencia está a un nivel temporal lejano que concentra las horas por el desconocimiento de lo que ocurre en nuestra mente en las horas que dormimos. Por eso adoro ser capaz de recordar los sueños, porque los minutos concentrados se vuelven a convertir en horas de magia, donde la mayor parte de las veces se dibuja la imagen evocadora de alguien que me da tantas alegrías.

Sigo pensando que me gustaría abrazarle muy fuerte antes de dormir y sentir, a la vez, sus brazos cálidos alrededor de mí.

lunes, marzo 28, 2011

Estados emocionales según la época del año


La primavera es un magnífico momento para hablar de amor. Del Amor en mayúsculas. Del amor indescriptible que te hace sentir algo sublime, increíble, extraordinariamente fuera de lo normal. Eso no quiere decir que no haya amor el resto del año, simplemente en esta época somos más proclives a dejarnos llevar por las emociones. Aunque yo tengo claro que, en mi caso, la primavera ha durado todo el año, o mejor, los dos últimos años, lo que me lleva a pensar que la primera vez que le vi era también primavera.
Muchas veces me pregunto qué es todo este cúmulo de sentimientos que perviven en mí, momento sí y al otro también. Sólo tiene un nombre. A ese ángel de mirada perfecta le tengo en mente casi a todas horas. Lo cierto es que pensar en él me hace sonreír, cruzarme con él me hace temblar, soñar con él me hace desear. Esa persona me fascina como jamás me había fascinado nadie.
Un día te encuentras amando a una persona genial y desconoces cómo has llegado a esa situación. Pensar en ello te hace sentir bien, quizás porque ser consciente de toda esta intensidad emocional te mantiene en paz con el mundo y con el resto de la gente.
Y él… él simplemente es alguien único, demasiado especial…

La luz de la primavera

Se nota el día que alarga, la luz hasta casi la hora de cenar. Me pregunto dónde estará, aunque puedo imaginarlo.
Hoy es una de esas tardes en que le echo mucho de menos. Al menos, cuando estoy en la oficina, sé que está cerca.
A veces me imagino caminando con él por la calle, riéndome con él, mirándole a los ojos sin cansarme nunca de mirarle...

Estoy leyendo, lo que me resulta enriquecedor y fructífero. Pero a veces, algunas frases me hacen levantar la vista y quedarme mirando pensativamente un punto en el horizonte. Entonces me acuerdo de él, su imagen se moldea lentamente en mi mente y sonrío, y mi mente le envía un mensaje que nunca le llegará: "Ven, abrázame fuerte".

El perdón de los pecados


Él estaba, casi tan cerca. Me he marchado de la oficina cuando aún quedaba un cuarto de hora para las cinco, y entonces he visto su coche. Y él... tan próximo. No es la única proximidad a él que he sentido esta tarde.
Mi alma podría estar condenada por pensar en la iglesia cosas que no se deben. Según la tradición católica y apostólica hay que escuchar al cura, pero me resulta tan fácil evadirme. Parece mentira que después de años sin pisar una iglesia para escuchar misa, apenas recuerdo el Padre Nuestro, pese a las circunstancias (un funeral) sigue entrándome la risa al escuchar lo que desentona el coro de mi pueblo y he conocido al nuevo cura (que lleva varios meses en mi pueblo).
Cuando ha empezado el sermón, he pensado en un ángel. En un ángel de verdad, no como esas figuras aladas de cartón piedra que me rodeaban. E imaginaba que le besaba, que le quitaba la camisa, que le deseaba con todas mis fuerzas. Me he obligado a pensar en otra cosa, me he obligado a poner cara a la persona que yacía inerte en el centro de la iglesia, sin éxito. Si era prima carnal de mi padre, mía debía ser prima segunda, creo. Entonces he observado todo el simbolismo que conllevan los ritos religiosos. He ido a comulgar (un gran símbolo que sabe a pan rancio), y no sé si mi alma está condenada por doble partida porque no recuerdo la última vez que me confesé (quizás en el colegio cuando era una adolescente y las confesiones servían para perdernos alguna clase aburrida).
Y luego he vuelto a pensar en su imagen adorable, pero me he concentrado en su rostro perfecto.
En una hora estaba en casa, pero ya no he regresado a la oficina, aunque seguramente hubiera encontrado de nuevo su reconfortante cercanía.
Hoy le echo de menos. Mucho. Esta mañana he perdido la noción del tiempo y, cuando me he dado cuenta, era demasiado tarde. Seguro que estaba guapísimo. Daría un mundo por besar y acariciar su rostro.

One


Es la una en el reloj, lo que significa que es un buen momento para ir a dormir, para taparme hasta la nariz, quizás leer, quizás pensar en él, quizás inventar una conversación imaginaria donde pronunciaría palabras mágicas, soñando que él las puede escuchar, sólo para verle sonreír, sólo para encontrarme con su mirada perfecta y sentir que todo está bien.

Y así... con este pensamiento mágico, considero que ya puedo encaminarme hacia el mundo de los sueños.

domingo, marzo 27, 2011

Lo que cuesta decir, lo que no cuesta soñar


Se notan los días sin él, el sábado por la noche que no pude mirar a sus ojos angelicales, el recuerdo de su voz describiendo el mundo que le rodea, su misteriosa sonrisa que me hace estremecer.
Es como si todo fuera más vacío, como si faltara la luz, como si a veces me costara respirar.
Éste ha sido un fin de semana complicado por muchos motivos. Tenía ganas de que llegara esta noche para poder asegurar que ya ha pasado. Casi como cuando vas al médico y te receta algo porque tienes dolores, cuando ya empiezas a sentirte mejor. Esa mejora es esta noche.
Anoche soñé que me dormía abrazada a él, más o menos como viene siendo habitual desde hace unos meses. Me reconforta imaginarme en sus brazos.
Hace unos días imaginaba que le decía que le quiero. Me resulta incomprensible por qué cuesta tanto decir que les queremos a las personas que queremos. No es fácil.

Termina el domingo


Hoy ha sido un día largo. El cambio de hora es necesario pero lo considero un desfase que altera la vida durante unos días. Mañana costará madrugar...
Como ya predecía anoche, la mañana se ha alargado. Después ha pasado la tarde y anhelo que llegue mañana para cruzarme con el ángel que no he visto en todo el fin de semana.
Con todo el día sin escribir, ahora me apetece explayarme. Tendrá que esperar, porque ahora he de hacer otra cosa.

sábado, marzo 26, 2011

Entre el sueño y la realidad

Lo peor de esta noche es no ver al sol cuando realmente necesito ver al sol.
A esto se añade lo del cambio de hora, que ahora no recuerdo si la Blackberry me cambia automáticamente o no, por lo que he puesto la alarma a las siete de la mañana. En caso de que me cambie directamente mientras yo esté durmiendo me dará una hora más de margen para dormir, lo que es de agradecer, porque ¿quién se levanta un domingo a las siete de la mañana?
La mañana de mañana es larga. Calculo que llegaré a casa a las tres y media a comer (como muy pronto).

De todas formas, es hora de que me vaya a soñar con él. Hoy le echaré de menos.

"Es posible lograr que la gente que os ama baje los ojos, pero no se puede obligar a bajar los ojos a la gente que os desea".

Anoche imaginé que le enviaba un mensaje donde sólo le decía que le quiero muchísimo. Cuando lo pensaba se me erizaba la piel y cuanto más pensaba en ello más me aferraba a la idea de que jamás le mandaría un mensaje diciéndole algo así. Sería sencillo hacerlo, pero desataría tantas reacciones después, que se convertiría en algo complicado. Posiblemente él lo sepa, posiblemente él note en mi actitud hacia él el cariño, posiblemente él mire a mis ojos y descubra en ellos mucho más de lo que yo me atrevo a imaginar, posiblemente se haya dado cuenta de que cuando está él no veo a nadie más. Pero una cosa son las suposiciones y otra muy diferente escribirlo y hacérselo saber con certeza. No lo haría, no.

Me temo que he de irme a soñar con él.

No más de las tres


Ha sido genial esta noche, sobre todo por estar con la gente que habitualmente no está. A las dos y media ya estaba con la responsabilidad sobre los hombros y tomando la cruda decisión de venir a casa.
Cruda porque no me apetecía, pero trabajar mañana pesa mucho más.

Cena Popular

Estamos unas cien personas. La imagen se la iba a enviar a un ángel de mirada perfecta, quizás porque le invite.
Hace calor.

BlackBerry de movistar, allí donde estés está tu oficin@

viernes, marzo 25, 2011

25 de marzo


A las diez he de estar en la plaza y, si mal no he entendido, a esa hora comienza la cena popular. Cordero y ensalada. Apetece, porque es algo que se sale de la rutina.
Por otro lado, esta tarde he estado leyendo y durmiendo. Parece que los viernes por la tarde suele rondar por aquí cerca la mosca tsé tsé, porque siempre me entra el sueño. Aunque intente no dormir, en el momento en que me relajo me encuentro soñando con él.
Me pregunto dónde estará...

A ver qué nos depara la noche. Calculo que para las tres estaré durmiendo, pero ya se sabe que siempre que decimos una hora de regreso a casa nunca se llega a esa hora.

La magia del viernes


A las once y media he salido a la calle para hacer unas gestiones. ¡Cuál ha sido mi sorpresa al encontrarme con su rostro angelical! He mirado el reloj, porque creía que eran las diez. Lo que ha ocurrido es que he vuelto a por el bolso, me han dado lo que he ido a recoger y he buscado de nuevo sus ojos.
Estaba guapísimo, como un ángel.

Luego ha aparecido el niño. Ese niño y la persona que le acompañaba. Me hubiera gustado observar qué hubiera hecho él con el niño, pero andaba con prisas esta mañana.

Un poco antes de las tres, me ha sorprendido que su coche aún estuviera. Aunque iba con mi hermano, he mirado de refilón hacia el fondo de la calle, por si aparecía él.

Hoy es un día lleno de magia.

Estaba guapo, guapísimo.

¿Cómo será...?


Dije que iba a mantenerme una semana (o lo que fuera necesario) en silencio, y no ha sido posible. Quizás se deba a las circunstancias, a que el martes me lo encontré de frente sin poder hacer nada para evitar ese encuentro, aunque creo que, de haber estado en mi mano, mis pasos hubieran seguido caminando en su dirección.
Hoy vuelvo a recordarlo por las palabras de esta tarde. En realidad ya sabía que iba a ser otro puñado de silencio. Me lo esperaba, pero siempre queda la esperanza de que diga algo, cualquier cosa. Esa pequeña, casi perdida, esperanza es descorazonadora.
De algún modo, estoy silenciando una vocecilla interior que me susurra que haga lo que me propuse el domingo.

Me siento cansada. Mañana habrá otras cosas sobre las que hablar.

Le amo tanto que una vida no sería suficiente para mostrarle todo ese amor.

Ahora, cuando tengo ya un pie bajo las sábanas, me estremezco al imaginar cómo sería rodearle con los brazos en la oscuridad, escuchar su respiración pausada, tocarle y saber que es real, que no es fruto de un sueño o de la imaginación...

¿Cómo será...?

jueves, marzo 24, 2011

Espesa niebla


Mañana es un día un tanto especial. Trabajaré como un viernes más, pero vendré a comer a casa antes. El fin de semana que me espera es grave. Lo que más me pesa es el sacrificio del sábado por la noche, pero sé que si salgo, el domingo estaré como un guiñapo.
¿Quién sabe? Quizás una fuerza interior, por no llamarlo de otra manera, haga que cambie de opinión. Mejor me concentro en mañana.

Sólo espero que no caiga la niebla sobre mi pueblo, como ahora. Es la misma niebla que lo convierte en un pueblo fantasmal y misterioso, por no hablar del silencio que entra a través de las rendijas de la ventana.

He de ir a dormir, a soñar con él, con su dulzura, con su bondad, con su mirada perfecta, con su voz impresa en mi piel. A continuar añorándole.

A primera hora de la mañana


Hoy le he visto pasar... a primera hora. Iba en coche, y ya desde lejos le venía venir. He sonreído al verle, al saludarle, aunque sólo ha sido cuestión de segundos. Aunque ha sido de pasada, iba guapísimo.
Me pregunto si esta tarde me pondré en contacto con él. Lo cierto es que no tengo muchas ganas de ir a ver el espectáculo de magia, quizás porque se me va a hacer tarde y porque mañana tengo que levantarme una hora antes. Claro que si él viniera sería diferente, no me importaría ir a cualquier sitio. Supongo que le diré algo y, según su respuesta, iré o no iré. Por mirar durante unos minutos sus ojos y sentirme en el cielo, haré lo que esté en mi mano.

Cómo le quiero...

Verle a primera hora me lleva a estar alegre durante el resto del día. Es como si su presencia me diera un retazo de felicidad cada vez.

En medio de los silbidos del viento


Fuera, el aire suena incansable. Dentro, siento el aire caldeado de la habitación, el silencio de la noche, casi en el umbral que me llevará a los sueños. Adoro este momento de tranquilidad, aunque sea ya algo más tarde de lo habitual. Con el sabor del flúor entre los labios y el pijama ya puesto, dedico los últimos minutos del día a él.
Me pregunto si estará ya durmiendo o no, si escuchará el viento tras su ventana, qué tal habrá pasado el día. Me pregunto qué habrá hecho y con quién habrá estado. El viento no me va a traer las respuestas. Seguro que todo le ha ido bien, porque a un ángel todo le debería que salir bien, al menos ese es mi deseo, que todo le salga bien.
Pienso en él porque me reconforta hacerlo siempre antes de dormir, porque sé que es el primer paso para soñar con él, cuando aún sólo sueño con los ojos abiertos. Volveré a abrazar la almohada esta noche y susurraré su nombre para que lo atrape el aire y se lo lleve el viento.

Se me caen los ojos de sueño.

Paulo Coelho escribió una vez: "Es justamente la posibilidad de realizar un sueño lo que hace que la vida sea interesante". Tienen fuerza esas palabras, son optimistas, por eso las he escogido para antes de dormir.

Y mi sueño... ¿se cumplirá un día? Quizás debería escribirlo en mayúsculas, porque es un sueño en mayúsculas. Lo que está claro es que no sólo todo lo que me rodea es interesante, sino que está cargado de una enorme belleza, de una magia celestial, de una alegría constante, de... amor infinito, indescriptible, sublime. Y todas estas sensaciones son extraordinarias.

Los pálpitos secretos


Hay días en que el sentimiento es mucho más fuerte, incluso aunque en las horas previas no le haya visto. Cuando me iba, su coche seguía en el mismo lugar que a las cuatro de la tarde. He mirado hacia el otro lado de la calle, he achinado los ojos para ver mejor, buscándole entre el barullo de ruidos y silencios de la noche, entre los claroscuros reflejados por las farolas en el suelo.
“Si me acerco a su coche, seguro que aparece”. Me he imaginado la situación y me ha entrado la risa.
Venía conduciendo, miraba al cielo estrellado y pensaba en él. Me lo imaginaba delante del monitor y soñaba que me acercaba descalza a él y le brindaba tiernos masajes en la espalda, imaginaba que le susurraba que lo dejara ya, que nos fuéramos (puntos suspensivos).
Hoy el deseo de él es muy fuerte, quizás porque al no verle tengo que recurrir a los magníficos recuerdos que tengo de él.

La vida es una comedia para aquellos que piensan, una tragedia para aquellos que sienten.

miércoles, marzo 23, 2011

Refugiada en las sombras de la noche


Debería ir pensando en marchar a casa, anhelando encontrarme con el ángel que me da tantas alegrías al día, escuchar su voz suave diciendo cualquier cosa.
Se me ha hecho algo tarde. Casi sin pensarlo, quizás porque estaba demasiado concentrada en lo que estaba haciendo.

Poco a poco vamos dando con la semana. Siento que me falta algo. Seguro que salgo y él todavía está.

De dónde vienen las risas


Saber que él está tan cerca al llegar a las cuatro de la tarde me reconforta, aunque también, si lo pienso, quizás hubiera coincidido con él en el caso de que yo hubiera llegado puntual. Seguro que estaba guapísimo.
Anoche pensaba en mañana. Le dije que le mandaría un mensaje para ir a ver la magia de mesa o, más bien, los trucos de cartas. Podría decir que no lo haré, pero estoy casi segura de que le voy a decir que se venga. Es cosa de la magia. Podría no hacerlo, pero va a ser el corazón el que me lleve a escribirle ese mensaje, por ese anhelo silencioso de compartir una parte de su tiempo, de estar un rato junto a él, de mirarle a esos ojos perfectos, de escuchar esa voz tan sensual, de observar esa sonrisa que me hace tocar el cielo con las yemas de los dedos cada vez.
Venir a las cuatro (pasadas) y saber que él ya ha llegado y que está tan cerca... me ha sonsacado una sonrisa.

Unos minutos entre brumas


Me he tumbado sobre la calma, entre la dulce tranquilidad del silencio y una diminuta somnolencia que amenazaba con aparecer rápidamente. Su imagen angelical se ha ido moldeando lentamente en mi mente hasta que la he 'contemplado' íntegramente. Su recuerdo me ha llevado al sueño de unos minutos perfectos.
He sentido el frío, pero esa mirada tan noble, envuelta entre brumas, me ha traído el calor del cariño y la ternura.

Entonces he abierto los ojos. Me encuentro en el umbral de los sueños. Es hora de marchar a soñar con un ángel.

Dicen que mañana vuelve el frío.

martes, marzo 22, 2011

A cada minuto


Son los mismos ojos, pero su mirada es diferente cada vez; son los mismos labios (que beso todas las noches en sueños), pero su sonrisa varía cada día; son los mismos rasgos faciales, pero sus gestos son distintos en cada ocasiones; es su misma voz, pero siempre suena diferente...
El amor es como una rosa. Inmerso en una belleza etérea y tan frágil que puede romperse al rozarlo con la yema de los dedos. Yo lo riego cada día, cada noche. No es de extrañar que en mi corazón haya florido una rosa perfecta, cuyas espinas a veces pinchan, cuyo aroma embriaga, cuya belleza subyuga inexplicablemente.
Y sin él no habría rosa. Así que tiene que ser, por lo menos, un mago, cuyas manos dotan de belleza y perfección al mundo.

En la vida, cada minuto es un milagro que no se repite.

La bola del mundo


Hace ya muchos años que en mi habitación hay una bola del mundo. Recuerdo que me la compraron con luz, que en aquella época era un gran adelanto tecnológico. Es obvio que está desfasada. En mi bola del mundo existen países como Yugoslavia y Checoslovaquia. En mi bola del mundo, países como Ucrania, Moldavia, Bielorrusia, Letonia, Estonia y Lituania eran zonas pertenecientes a la URSS, así como todos aquellos cuya terminación es -tikistán (Kazakistán, Uzbekistán, Turkmenistán, Kirguistán, Tayikistán -no sé si me dejo alguno-). En mi bola del mundo no existían como países Azerbaiján, Armenia o Georgia.
Sí que va cambiando el mundo.
Lo que me imaginaba es cerrar los ojos y marchar a cualquier lugar del mundo donde indique mi dedo cuando la bola del mundo haya parado de dar vueltas. ¡A saber! Quizás pare en un punto del mundo que no existe como tal o existe con otra denominación. No lo he hecho porque prefiero imaginar los lugares que me gustaría visitar con él, incluso aunque haya estado ya.
Se me ocurre París, la ciudad de la luz, la ciudad del amor, un paseo en barco por el Sena, susurrándole un Je t'aime en la punta de la Torre Eiffel.
Se me ocurre Londres, con sus extravagancias, con sus conciertos callejeros, con su elegancia monárquica, con su variedad de gentes venidas de todo el mundo, su cosmopolitismo, la cortesía y el humor inglés.
Se me ocurre Buenos Aires, con sus fachadas bohemias, heredadas, rezumando el orgullo tanguero en todos sus rincones, sus calles nostálgicas, ese acento tan dulce.
Se me ocurre Nueva York, con sus paseos estresantes, sus rascacielos iluminados, las huellas de una tragedia que aún no se ha olvidado, sus barrios como orbes independientes de la gran ciudad, Wall Street...
Se me ocurre Sydney, con su magnífico edificio de la ópera en medio de la bahía, el Barrio de Las Rocas, con sus históricos edificios, los recintos olímpicos, las playas con un clima perfecto.
Se me ocurren La Habana, Tokio, Berlín, Pekín, Katmandú... Cualquier lugar del mundo sería magnífico si él también estuviera.
Quizás en otro momento cierre los ojos y me deje llevar al país donde se pare... Seguramente también lo imaginaría a su lado.

Las horas de la tarde


Hasta cuatro veces he pasado junto a su coche. Me agrada saber que está tan cerca, se me ha ocurrido que podía invitarle a tomar algo, pero entre el perro y que él posiblemente estuviera ocupado, lo he dejado pasar. Aunque el deseo de que apareciera era muy fuerte.
Por supuesto, si he pasado por allí tantas veces era por las circunstancias y porque he aparcado muy cerca.
El veterinario me ha dicho que Yoguito no tiene una úlcera en el ojo, pero sí que tiene obstruido el lagrimal, por lo que siempre está llorando de un ojo. Tiene operación. Mi madre no quiere que le opere, pero yo prefiero que se le meta a operar. En todo caso, tengo una semana para tomar una decisión.
Después le he dejado en el coche porque he ido al supermercado y he venido cargada. Luego le he comprado un pollo de goma con silbato para que jugara (al perrito no le gustan los juguetes que no tienen sonido). Finalmente me he pasado por la imprenta.

Me hubiera gustado encontrarme con ese ángel de mirada perfecta.

La luz de su mirada


Entonces ha aparecido él. Guapísimo, dulce, con esa mirada angelical, con esa voz tan sensual... De repente he visto que pasaba de largo, que seguía caminando. En mi mente iba pensando en algo que decirle, entonces he escuchado su voz, el sonido suave de las notas mágicas convertidas en palabras. Ha seguido caminando y mis ojos han ido tras él, deseando abrazarle, acariciarle, mirarle y escucharle. Que se pare el tiempo.
Aún sigo escuchando su voz y siento que me tiemblan los sentidos.

El domingo pensaba en una semana sin él. No puedo y, aunque pudiera, el azar nos cruzaría en la calle en el momento menos pensado. Y estaba tan guapo, echaba tanto de menos ese instante en que sus ojos miran el mundo con tanta nobleza, con tanta delicadeza, con tanta bondad.

Me tengo que ir.

A las cinco


A las cinco debo estar en el veterinario. De nuevo. Lo que le ocurre al perro es que tiene un ojo lloroso desde hace un tiempo, como el viernes no tenía gotas para echarme quedamos en que me pasaría hoy para que le dé algo para los ojos.
Eso quiere decir que no me he echado siesta, aunque ciertamente hoy no tengo sueño. Eso quiere decir que quizás me encuentre con un ángel...

Al despertar cada mañana


Es reconfortante abrir los ojos al día y que sea su imagen lo primero que veas. Su imagen angelical, adorable, perfecta.
No me sorprende imaginarle durmiendo a mi lado, acariciándole el rostro y lo que me costaría levantarme entonces.
Imaginar abrazarle mientras duerme, despedirme con un beso, susurrándole un 'te quiero'.

Quizás le busque hoy, que me falta algo muy grande cuando no me cruzo con él.

Siempre hay alguien que te recuerda que la vida es bella


Me encuentro robando las estrellas del cielo para iluminar las paredes de mi habitación cuando apague la luz. Escribo su nombre en el aire una y otra vez, repasándolo, susurrándole secretos que sólo quiero que sepa él mientras mi corazón late a mil por hora. Él siempre me recuerda que la vida es bella.
Me encuentro escribiendo una lista de las cosas que quiero decirle, me encuentro rememorando las emociones que me dejan sin aliento cuando él está cerca.
Cuando él habla, cuando moldea el aire entre sus manos, como si estuviera pintando un cuadro que sólo yo puedo ver.
Cuando él me mira con esa mirada tan dulce, con esa mirada que contiene todo lo mejor del mundo, con esa mirada que invita a abrazar a su dueño.
Debería dormir, cubrirme el pecho con vicsvaporús y hacer que el edredón llegue hasta la nariz. Para sumergirme en los sueños donde siempre aparece ese ángel.
Apagaré la luz y en la más absoluta oscuridad brillarán las estrellas que le he robado al cielo, las mismas estrellas que me llevan a pensar en él. Porque las estrellas siempre me recuerdan los destellos de sus pupilas perfectas.
Y no quiero que se apague esa luz. Me da miedo la oscuridad.
Debo dormir, sumergirme en la magia de los sueños, en el hechizo de sus recuerdos, en la pureza de su imagen perfecta. Añorando brindarle las caricias invisibles que me guardo en un bolsillo del pijama, anhelando los besos que siempre le mando en un sobre imaginario, buscando su imagen en cada objeto, buscando su mirada en cada persona y encontrando en él todo aquello que no encuentro en el resto de la gente.
Todo esto tiene un nombre. Se llama amor. Es amor porque él siempre me recuerda que la vida es bella.

Mañana cogeré el CD de The Cranberries para el coche. Me apetece escucharlo, aunque en estos momentos sólo me gustaría escuchar Dreams:

"Oh my dreams,
it's never quite as it seems
cause you're a dream to me,
dream to me".

lunes, marzo 21, 2011

Luces de primavera


El tiempo es eterno sin él... Demasiado eterno. Los días son más largos, más aburridos, menos azules, menos luminosos.
El tiempo vuela cuando está él. Es curioso, porque siempre que está él nunca tengo prisa. Siempre se para el tiempo. Es como si me viera transportada a una isla en la que sólo existe él, con su mirada perfecta, noble, angelical; con su pelo al viento, lanzando destellos plateados a la luz del sol; con su sonrisa misteriosa, ocultando una palabra que está a punto de decir, con esa voz cadenciosa y sensual que nunca me canso de escuchar, aportando un granito de su infinita sabiduría; con sus manos suaves que con tan sólo imaginar me erizan la piel. Y cierro los ojos y veo ese rostro adorable, de donde reaprendo cada rasgo en cada ocasión.
Y recuerdo haberle mirado fijamente, para volver al momento en que él se siente observado y desvía esa mirada profunda en mi dirección. Y recuerdo mirar al cielo, sentir el rubor en mis mejillas y no saber dónde meterme. He perdido la cuenta de todas las veces que me ha encontrado observándole, sin haberle explicado nunca que no quiero olvidarme de nada de él, que quiero recordar todos y cada uno de sus gestos para sonreír cuando está ausente y he de recurrir a la memoria, a los recuerdos mágicos que me brinda cada vez.

Estoy tumbada en la cama, con el portátil al lado. Es un poco incómodo escribir así. Es que me estaba imaginando estar sin el portátil durante días. Por algo que le dije el sábado. No me importaría.

Cuando se ama, no sólo se entrega el corazón, sino que se entrega todo. Cada noche sigo mirando al cielo y preguntando a las estrellas, cada noche sigo soñando con un abrazo suyo, cada noche me imagino cubriéndole de besos hasta quedarme sin fuerzas. Y cuando despierto siento que le quiero un poco más...

Un minuto para soñar


No creo que tarde mucho en ir a dormir. Tengo la cabeza cargada del catarro, tanto que me duele un poco la cabeza. Algo poco alarmante, porque si tuviera que elegir estar en un lugar y con una persona, iría allí sin pensarlo dos veces. El lugar sería un claro entre árboles, para mirar las estrellas, y la compañía... un ángel.
Le echo de menos, como siempre que no me cruzo con él.

Entre las luces del crepúsculo


La calle sigue teniendo los mismos colores que ayer, los mismos aromas de hace dos días, los mismos vehículos de las últimas semanas y llegan los mismos pensamientos de los últimos meses. Le dibujaría en el cristal una y mil margaritas si hiciera falta, sólo para hacerle llegar mi mensaje silencioso, para hacerle saber que todo va bien. Miro al espejo retrovisor y sonrío al reconocer la matrícula, aunque esté al revés. Y saber que está tan cerca me hace sentir bien. Porque el corazón vuelve a latir con fuerza, con esa fuerza que me da él cada día, aunque no le vea, aunque sólo me acuerde de sus recuerdos.
Cuando sé que está tan cerca, siento deseos de decirle que vayamos a dar una vuelta, me apetece robarle momentos, anhelo cogerle la mano, mirarle a los ojos y escuchar su voz, deseo verle sonreír. Estoy segura de que hoy está guapo, de que su sonrisa es radiante y de que sus ojos concentran lo mejor del mundo. Porque le vea o no le vea sigue siendo un ángel.

Una semana de silencio


A veces necesitamos tiempo para nosotros mismos. He decidido que necesito al menos una semana para poner en orden mis pensamientos. Eso puede llevarme a escribir poco o nada por aquí, algo que, por otro lado, nunca había hecho. Aunque esos días no tienen nada que ver con esto.
Hoy he recordado una conversación que tuve con un sabio que me triplicaba la edad cuando era tan sólo una adolescente. Era una época en que yo empezaba a despertar en un cuerpo que me era extraño. Tan extraño como que me avergonzaba de mis incipientes pechos, me ruborizaba los días del mes en que reconocía el olor de las nubes, me escuchaba en una voz que no era la mía. Era una etapa de cambios, pero también empezaba a mirar a las personas de una manera diferente. Fue la época de mi primer amor. No ha llovido nada desde entonces. Entonces no le hice caso a aquel sabio cuando me dio aquella lección de vida, pero hoy sus palabras me escuecen mucho.
Recuerdo que nos encontramos en un paraje verde y comenzamos a hablar. De adolescente me gustaba coger la bici o la moto y me perdía entre los bosques verdes de mi infancia con un libro. Un hábito que me reconfortaba y que retomé el año pasado. A medida que crecemos, ciertas cosas cambian, aunque depende de nosotros retomar esos pequeños placeres que nos aporta la vida.
Entonces yo era una chica bastante tímida, me costaba entablar conversaciones, quizás debido a esa timidez de la recién terminada infancia. Así que no iba a ser yo quien comenzara aquella conversación, si bien estaba inmersa en mi lectura. Hoy en día aún me queda algo de aquella timidez, aunque apenas se nota. Yo la noto. La noto cuando miro a un ángel a los ojos y siento que me ruborizo, la noto cuando le digo algo y me tiembla la voz, la noto cuando mis dedos rozan su piel y siento que debo parar porque llega el deseo, la noto cuando el corazón me late muy deprisa porque le he visto pasar.
Aquella tarde de primavera (quizás fuera verano) aquel señor con el que quizás yo sólo había intercambiado algún esporádico saludo con anterioridad se acercó adonde yo estaba y empezó a hablar. No le hubiera hecho caso, de no ser porque hay palabras pronunciadas con una voz que nos aboca hacia una dirección imprevista. De repente, sentimos curiosidad y el deseo de saber más.
Recuerdo que hablamos de la tarde, de la calma de la naturaleza, de los cerezos en flor y de los sonidos de algún ave que se hacía oír en el silencio del campo. Silencio que no es tal, puesto que hay un sinfín de ruidos variados que se dejan oír para quien está dispuesto a escuchar.
No sé cómo llegamos a hablar de los primeros amores. Después de un rato allí estábamos charlando como dos viejos amigos de un tema que me tocaba muy de cerca entonces. Él me notó insegura respecto a aquel primer amor, quizás porque le dije que era imposible reconocer a la persona con la que quieres compartir todo. Que a veces el amor viene disfrazado. Que nunca se puede estar seguro.
"Si amas algo, déjalo libre. Si vuelve a ti, siempre fue tuyo; si no vuelve, nunca lo fue".
Desde entonces he leído y/o escuchado muchas veces esas palabras. En las últimas horas las he sentido en toda su inmensidad. Cuando anoche me daba la vuelta, sabía que le iba a dejar marchar, que si ha de volver... volverá, y si no ha de volver, no lo hará. Que todo ha de seguir su curso, sin forzar ninguna situación. Le quiero muchísimo, pero sé que voy a pasar unos días a la sombra. Tengo que hacerlo así. Es hora de que él mueva ficha, si considera que debe hacerlo. Si no, será mejor que le saque de mi vida. Porque a veces duele.

Hace dos años, cuando entré en una cafetería a media mañana y sus ojos cayeron sobre mí, sentí algo inexplicable, algo que nunca antes había sentido. Supe inmediatamente que era él... la persona que había estado buscando toda la vida. Volví al día siguiente, y el día de después. Volví las semanas posteriores. Siempre estaba allí, con esa mirada angelical, con ese rostro tan sensual, con esa sonrisa tan misteriosa. Le miraba, deseaba que volviera a mirarme como lo había hecho aquella primera vez, pero yo para él era una desconocida sin rostro ni nombre. Le observaba y me seducía cada día un poco más. A la hora, siempre me iba a buscarle, me hechizaba, a veces me llegaba la dulzura de su voz y anhelaba hablar con él. Nunca di un paso hacia él para comenzar una conversación. Ya le estaba amando en silencio. Lógicamente esa situación no podía durar mucho, aunque habían de pasar varios meses hasta que nos presentaran, hasta que tirando de los hilos supe su nombre, que a fin de cuentas en aquel primer momento era lo que más deseaba saber. Después, tirando de otros hilos, nos presentaron. Una noche estrellada. Le miré a los ojos y vi en ellos la belleza del mundo. Él no lo sabe, pero entonces yo ya le quería. Lo que parecía una presentación casual no era más que el comienzo de un flujo torrencial de sentimientos, que se había iniciado en marzo. De marzo a julio hay cuatro meses y yo llevaba cuatro meses en silencio, hechizada, imbuida en su magia. Ya entonces era un ángel.

Después de aquel primer amor, llegaron otros. Muchos. Demasiados. Tantos que he olvidado incluso sus nombres. Con todos sabía que no llegaríamos a nada, daba poco de mí, aunque de algunos me enamoré y otros se enamoraron de mí. Pero sabía que no había un futuro. Admiraba a las personas que encontraban el amor con tanta facilidad, que sabían que estaban seguros con la otra persona, que veían en los ojos del ser amado lo que no necesitaban pronunciar en voz alta. No sé, nunca me ocurrió, quizás porque nunca había llegado a amar tanto ni con tal profundidad. Lo intenté, de veras que lo intenté, pero no funcionó. Cuando dos personas no están predestinadas a compartir sus caminos siempre llega un punto final. Lloré, claro que lloré, sobre todo de impotencia, porque no llegaba a encontrar esa magia que tienen los que de verdad están enamorados.

Entonces le conocí a él. Cuando imaginaba que no iba a enamorarme nunca, cuando había tirado la toalla y cuando había perdido todas las ilusiones, le conocí a él. Supongo que todas las personas deseamos compartir todo con la persona que queremos, que necesitamos abrazarle y que nos abrace, que necesitamos sentirnos protegidos y protegerle, que necesitamos su hombro de vez en cuando para llorar así como prestarle el nuestro para que llore, que necesitamos una caricia que nunca está de más y ofrecer una caricia cuando menos se lo espera, que necesitamos robarle un beso cada día y dejarnos besar de vez en cuando, que necesitamos sentirnos amados y amar por encima de todas las cosas.
Bien, con sólo mirarle a los ojos la primera vez, supe que él era la persona a la que deseaba darle todo lo que no había dado antes, porque en él encontré todo lo que no había encontrado antes en nadie. Porque le amé desde el primer momento, y esto... esto sí que no lo entiendo, ya que es inexplicable amar a alguien a quien no se conoce. Pero dada la situación especial en que se envolvió todo, esto también llegó con todo lo demás.

Enamorada... Quiero creer que no estoy enamorada. Y si lo estoy, ¿qué ocurrirá si lo estoy? Necesito una semana lejos de él para pensar sobre todo esto. Quizás sean más días. No lo sé. Y también necesito pensar en lo que haré entonces.
Tengo sueño, pero soy consciente de que aún daré unas cuantas vueltas en la cama imaginándole y que abrazaré la almohada soñando que le envuelvo entre mis brazos.

Alguien dijo una vez que sólo existen dos tipos de personas: los enamorados y el resto. Necesito tiempo para pensar en mí. Eso quiere decir que también pensaré en él...

Abriendo la puerta a la primavera


Sobre las doce y media empezaba la primavera, según los informativos. Es decir, en estos momentos. Me gusta la primavera, quizás porque es la estación del amor. Esto último, a estas horas y en el día de hoy, es una paradoja. Siempre he pensado que tengo mucho amor que dar, ahora más que nunca, pero la persona a quien me gustaría brindarle todo mi amor está como en otra sintonía diferente a la mía. Así nunca llegaremos a un entendimiento. A veces me duele el corazón, pero la mayor parte de las veces ese ángel de mirada perfecta me hace vibrar. Es su magia...
De todas formas, hoy no tengo ganas de decir nada. Hay momentos que son para el silencio. Mañana será otro día.
Lo bueno es que tiendo siempre a ver el vaso medio lleno, nunca medio vacío.

Todas las noches, me sumerjo entre las sábanas frías, imaginando que mis dedos rozan su piel de terciopelo, imaginando las caricias inexistentes, imaginando los besos que nunca le he robado, imaginando su voz entre las bambalinas del sueño.
Todas las noches le imagino durmiendo a mi lado y que le susurro un 'te quiero' mientras duerme...

"No digas que ningún sentimiento
es pequeño o indigno.
No vivimos de otra cosa
que de nuestros pobres, hermosos
y magníficos sentimientos,
y cada uno de ellos
contra el que cometemos una injusticia
es una estrella que apagamos".
(Hermann Hesse)

domingo, marzo 20, 2011

De domingo


Mi hermano me dijo hace muchos años que un beso no se le puede negar a nadie, porque nunca sabes lo que te espera a la vuelta de la esquina. Y yo ayer me marché airada, a medida que caminaba pensaba en los últimos minutos y me preguntaba dónde habían quedado las buenas palabras, donde había quedado la frase de "Buenas Noches". Lo dije, pero un rato después, no cuando debería haberlo dicho.
Anoche me encontraba un poco ausente. De hecho, creo que hoy sigo más o menos ausente. Como si lo que pasara a mi alrededor no fuera conmigo.

Adoro a ese ángel de mirada perfecta.

sábado, marzo 19, 2011

Noche de estrellas


Venía en el coche y miraba al cielo, iluminado por una luna casi llena, aunque a mí me gustan las estrellas porque siempre me recuerdan a un ángel. Que quizás esté durmiendo. Y cuando le imaginaba durmiendo pensaba en que una noche, quizás parecida a la de hoy, le susurraba:
"Y quiero dormir todas las noches a tu lado, y despertar cada mañana para regalarte un beso de buenos días, y desayunar contigo un café solo y amargo y sonreír al mirarte a los ojos y al observar tu sonrisa, porque entonces sería feliz, muy feliz".
Venía pensando eso. Y bien, que mañana madrugo, así que he de ir a dormir.

Faunos, genios bondadosos del bosque

Resultado de imagen de fauno
Todos los días, una joven pastora atravesaba la montaña en compañía de su rebaño. Conocía cada piedra, cada gruta, cada riachuelo, por eso no se preocupaba cuando tenía que cruzar la zona más oscura y tenebrosa del bosque. Hacía varios años que la joven realizaba la misma actividad, y cualquiera habría dicho que su vida era muy aburrida, pero ella sabía disfrutar del silencio de la montaña, de la paz del camino y de la alegría de los animales.
Una mañana la joven pastora comenzó a notar que unos ojos la espiaban. De pronto, en uno de sus giros, pudo ver una rápida sombra que se ocultaba detrás de un árbol. La muchacha no lo había visto bien, pero estaba segura de que se trataba de algún pastor.
-No te escondas -gritó la muchacha-. Te he visto antes. Sé que estás ahí.
Pero cuando el pastor que ella creía haber visto salió de su escondrijo, resultó que no se trataba de una persona, sino de un ser bastante extraño. De cintura para arriba tenía la apariencia de un muchacho, incluso podría decirse que era guapo, pero de cintura para abajo se le descubrían unas horrendas patas de cabra con las que se movía de un modo ridículo. La pastora soltó una fuerte carcajada y el extraño ser se escondió avergonzado.
-Perdona -le dijo la pastora-, no tenía que haberme reído. Acompáñame si quieres y ayúdame con las ovejas.
Pues sabía la pastora que un fauno nunca podría hacerle daño.

viernes, marzo 18, 2011

Cuando está él


Hoy es una de esas noches en que necesito verle, quiero hablar con él, mirarle a los ojos, escuchar su voz, observar su sonrisa misteriosa... Tengo tantas cosas que decirle...
Luego ocurre algo que debe ser cosa de magia, porque cuando estoy frente a él se me olvida absolutamente todo lo que quería decirle. Entonces sólo existe su mirada angelical, esa voz tan sensual y cálida, esa sonrisa tan perfecta. Y deseo que pare el tiempo, que nunca acabe ese momento y anhelo perderme en la profundidad de esa mirada tan magnífica.

Es posible que esta noche le vea.

Lo que desees


-Dime, ¿qué debo hacer para realizar mis sueños?
-Para realizar tu sueño necesitas tener uno primero, pensarás que es evidente, pues es algo muy importante... Puedes tener una imagen, un anhelo o un deseo de lo que quieres convertirte.
-Deseo...
-Sobre todo, no te olvides de ello y continúa deseándolo. Ése es el primer paso para realizarlo.
-¿Qué pasa si el sueño es imposible?
-Sólo puedes esperar a que suceda un milagro.
-Los milagros no existen en este mundo... Sólo existe lo inevitable, los accidentes y lo que vas a hacer.
-Pero algunas veces el resultado de la acción se vuelve inevitable, coincidirá parcialmente con los accidentes y realizarás tu sueño de forma inesperada. No sé si eso se puede llamar milagro, pero hay una cosa de la que estoy seguro: Nada sucederá si no lo deseas.