Dije que iba a mantenerme una semana (o lo que fuera necesario) en silencio, y no ha sido posible. Quizás se deba a las circunstancias, a que el martes me lo encontré de frente sin poder hacer nada para evitar ese encuentro, aunque creo que, de haber estado en mi mano, mis pasos hubieran seguido caminando en su dirección.
Hoy vuelvo a recordarlo por las palabras de esta tarde. En realidad ya sabía que iba a ser otro puñado de silencio. Me lo esperaba, pero siempre queda la esperanza de que diga algo, cualquier cosa. Esa pequeña, casi perdida, esperanza es descorazonadora.
De algún modo, estoy silenciando una vocecilla interior que me susurra que haga lo que me propuse el domingo.
Me siento cansada. Mañana habrá otras cosas sobre las que hablar.
Le amo tanto que una vida no sería suficiente para mostrarle todo ese amor.
Ahora, cuando tengo ya un pie bajo las sábanas, me estremezco al imaginar cómo sería rodearle con los brazos en la oscuridad, escuchar su respiración pausada, tocarle y saber que es real, que no es fruto de un sueño o de la imaginación...
¿Cómo será...?
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