Cuando he regresado de Ezcaray, tenía una caja de bombones junto al monitor. Hay gente que simplemente se muestra agradecida por ciertas cosas y de repente un día regresan de un viaje con una caja de bombones.
Al pensar en los bombones y en el dulce, me acuerdo de él, de su dulzura. Y sonrío al pensar en que él sí que es un bombón. Debería decírselo un día, pero no quiero que se ruborice.
No me había dado ni cuenta de que el día se ha puesto gris, ni de que ha empezado a llover otra vez. Es la magia.
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