Intento que no me afecte, pero aún no estoy al 100% físicamente. Me entra el sueño cuando menos me lo espero, como si me hubiera picado la mosca tse-tse. Cuando eran las dos de la tarde no veía por venir a casa y tumbarme, cuando estaba en Logroño me sentía como si me encontrara en las nubes y cuando he regresado eran las ocho y me he tumbado un rato en la cama. Se me caían los párpados.
Cuando fui a Nueva Zelanda, los tres primeros días los pasé tremendamente mal. Me despertaba de madrugada, a eso de las cuatro de la mañana. Me levantaba a las siete, desayunaba a las ocho y a las nueve me daba la sensación de que eran las doce del mediodía. A las seis se cena, igual que en Inglaterra, un hábito al que me costó acostumbrarme. Pero después de que los dos primeros días en Auckland me las viera y me las deseara para encontrar un sitio abierto a las nueve de la noche donde cenar, también opté por adelantar la última comida del día a las seis de la tarde.
Anochecía a las cinco. Había muy pocas horas de luz y a veces me daba la sensación de que las horas pasaban muy lentamente, algo que me ocurrió los primeros días (y creo que era también por el jetlag).
Intento no cabecear, pero llevo un rato dando cabezadas. Hay que tener en cuenta que hoy me he levantado a las siete, por lo que me he puesto a tope casi nada más llegar. No me ha costado levantarme. Lo que me ha costado de verdad es la última hora en la oficina.
Otra de las cosas de Nueva Zelanda que quería comentar es la seguridad. Apenas hay mendigos. Recuerdo haber visto alguno en Queen Street, Auckland, pero en ningún sitio más. Allí hay pobreza, pero no hay miseria. Muchos inmigrantes que llegan a Nueva Zelanda se han aprendido lo que es el paro, podrían vivir mejor, pero no quieren trabajar. Trabajan durante dos meses y terminan de nuevo en el paro. Pasamos junto a sus casas, en el sur de Auckland, pero no eran chabolas, sino que eran casas de madera decentes.
No hay policías porque las calles son seguras. Y lo dice una persona que ha caminado a orillas de un lago en la más absoluta oscuridad (previamente habiendo preguntado al guía).
El Gobierno neozelandés otorga muchas ayudas a ciertas personas en el país. Me sorprendió que un grupo de gente que no recibe subvenciones son los granjeros, que en realidad son los que mantienen en pie la economía del país. Tampoco ellos quieren subvenciones, ya que tienen que dar muchas explicaciones (nos lo dijo el granjero al que visitamos). Sin embargo, sí reciben ayudas los inmigrantes y las madres solteras.
Lo de las madres solteras es realmente impresionante. Nueva Zelanda tiene muchos casinos. En ellos se ve a una infinidad de mujeres solas jugando. Esas mujeres, en su gran mayoría, son madres solteras. En Nueva Zelanda, el Gobierno ayuda a las madres solteras, y mejor para ellas si tienen hijos de diferentes padres. Ellas reciben una ayuda económica por parte del Gobierno, pero además reciben la pensión que le corresponde al padre. Por tanto, por cada hijo reciben una ayuda por doble partida. Ahora bien, ellas no necesitan trabajar y ese dinero va a parar a los casinos, dejando desatendidos a los hijos, que deberían ser los beneficiarios de esa ayuda económica.
Es una de esas cosas negativas que te marcan. No estuve en ningún casino para comprobarlo.
Cuando me encuentre más descansada empezaré un recorrido virtual por todo aquello que vi. Pero de momento no tengo cuerpo para describir ni para seleccionar fotos. Que no sé las que tengo... Calculo que unas 2500.
La foto es del domingo 22 de mayo, cuando viajábamos desde la isla Norte a la isla Sur. Personalmente adoro las fotos desde el avión. Siempre pido asiento de ventana (excepto para el viaje largo, que estuve en pasillo para poder levantarme asiduamente). Era un vuelo doméstico, por lo que el avión era pequeño y volaba muy bajo. Ese era el momento en que acababa de aparecer la isla del Sur.
En ese vuelo fui afortunada, porque a mi lado iba David, un cicerone de lujo. Se quedó en Christchurch, pero hasta entonces él me estuvo explicando lo que iba apareciendo en nuestras retinas. Llegó incluso a sacar su portátil y enseñarme fotos de cerca de los acantilados del norte que íbamos dejando atrás.
Además me explicó lo del terremoto de Christchurch. Cuando él me dijo que iba a Christchurch, le pregunté si en realidad había sido destruida toda la ciudad y me dijo que no, que sólo el centro. Sacó un mapa y me señaló los dos puntos cercanos donde habían sido los epicentros de los terremotos que vapulearon la ciudad de Christchurch. Y me dijo que la ciudad había tenido unos nueve movimientos sísmicos que habían empezado en septiembre de 2010 y que habían terminado con la destrucción masiva del centro de la ciudad en febrero de este año. Me pidió que buscara en la guía la catedral, para decirme que la torre se había destruido por completo (una torre puntiaguda) y que las tareas de reconstrucción no estaban siendo fáciles. Y además me enteré de que hace unos años también el centro de Christchurch había sido destruido por otro terremoto y que el Ayuntamiento de la ciudad había optado por convertir todo el centro en una zona ajardinada, donde estará prohibido levantar ningún tipo de edificio, ya que Christchurch es una ciudad proclive a sufrir terremotos.
Hay que tener en cuenta que por toda Nueva Zelanda, de Norte a Sur, pasa una falla, que une dos placas tectónicas: la indoaustraliana y la pacífica. En la isla del Norte, la indoaustraliana se superpone a la pacífica, lo que origina los volcanes; mientras que en la isla del Sur, es la pacífica la que se sobrepone a la indoaustraliana, por lo que el paisaje es montañoso, con profundos y verdes valles y altos picos nevados (cuando llegué a Queenstown me dio la sensación de estar en Suiza). Debido a estas placas, Nueva Zelanda es un lugar proclive a los terremotos. Y debido a esto también nos encontramos con dos islas que, pese a estar tan cercanas, tienen una orografía completamente diferente.