Una de las cosas que me sorprendió de Nueva Zelanda es lo estrictos que son en ciertos asuntos. Algo que me sorprendió fue el hecho de que estuviera prohibido meter comida en el país. Luego me explicaron por qué. En el caso de que yo hubiera llevado un bocata en la mochila, comprado en el aeropuerto de Hong Kong, por ejemplo, me hubieran multado económicamente nada más entrar en Nueva Zelanda. No recuerdo ahora lo que suponía esa multa, pero podría ser de la orden de 500 dólares nz (unos 410 € aprox.).
La razón es comprensible, ya que el 95% de la economía neozelandesa depende de materias primas como la carne de vaca y oveja, así como los productos lácteos y la lana. Es la forma de evitar virus como el de las "vacas locas" y otro tipo de pestes que afectan al ganado. En caso de que entre una bacteria que 'contamine' esa materia prima neozelandesa el país se hundiría en un desastre económico del que le costaría levantar cabeza.
La gente de allí también me sorprendió. Nada más entrar, el policía que me sellaba el pasaporte puso el sello junto a los de Japón y empezó a preguntarme cómo era aquel país y demás. Ese fue el primer contacto que tuve con un neozelandés. Y es que son muy simpáticos, siempre entablan una conversación, siempre están sonriendo. Siendo descendientes de los británicos, me los imaginaba más secos, más serios.
Ya seguiré contando cosas en otro momento, que ahora es tarde.
En el pasaporte sólo tengo un sello, porque, al salir, sólo me echaron el garabato a bolígrafo que se ve.
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