En el momento en que mañana despegue el segundo avión no tendré acceso a internet hasta bien entrada la noche del 15 de mayo (hora de aquí). Mañana a estas horas estaré más cerca de las estrellas y, por tanto, más cerca de él. Porque las estrellas siempre me recuerdan al ángel que habita en mis sueños, al ángel que minuto a minuto, mirada a mirada, palabra tras palabra, semana tras semana ha sido sembrando, quizás sin querer, una semilla en mi corazón. Una semilla que ha germinado, que ahora florece y que no desea marchitarse. Es la semilla del amor. Hoy sé que cuando amamos de verdad a alguien todo es simplemente perfecto, devastadoramente sublime, extraordinariamente hermoso. Hoy sé que cuando amamos, ese amor, aunque esté incompleto o quizás se empiece a agrietar, nos da fuerzas que creíamos olvidadas o quizás nos eran desconocidas. Y cuando ese amor está en su más pleno apogeo nos aferramos a él como única salida para seguir mirando al sol cada mañana, para seguir soñando con sus abrazos invisibles cada noche.
Mañana estaré más cerca de las estrellas, pero aunque me aleje 17.703 km (distancia entre Madrid y Auckland) él seguirá estando aquí al lado, porque él continuará palpitando junto a mi corazón. Y es posible que, a esta hora, le esté describiendo cómo se ve el mundo desde el firmamento.
Se puede decir que empiezan mis vacaciones. Que tengo todo un viaje en autobús para seguir escribiendo tantas sensaciones, una tarde en Londres para disfrutar de cada segundo que pasa…
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