domingo, septiembre 30, 2007

Sentir la lluvia

Pues a pesar del día gris, de que la lluvia produzca tristeza y de que terminaría mojada he salido...
Y en mi manía de no llevar paraguas nunca (es que no me gusta y suelo olvidármelo por ahí) he terminado goteando.
Pero qué gusto da después llegar a casa, quitarte las ropas húmedas, secarte el pelo y ponerte el pijama, escuchando al otro lado del cristal ese goteo continuo...

Tantas cosas que decir...

Y sin ganas de escribir ni de decir nada más. Llevo unos días sin ganas de nada. A veces me quedo mirando a un punto lejano y puedo pasarme horas así, hasta que algo me saca de ese ensimismamiento.
Y llueve. Vaya día triste...

jueves, septiembre 27, 2007

Hablar...

A veces hablar de ciertas circunstancias concretas viene bien, de hecho, casi siempre viene bien. Quizás hace dos semanas me costara o me temblara la voz, de ahí que me haya dado cuenta que el tiempo, aunque se me ha hecho largo, también atenúa el dolor y hace que aceptemos las cosas tal cuales, y a pesar de que todavía es todo demasiado reciente, empieza a notarse una especie de calma inaudita.
Y en esa aceptación es donde se encuentra el continuo vaivén que nos mece a través del tiempo. Finalmente el dolor termina convirtiéndose en alegría, en el sentido de que los recuerdos reavivan el espíritu del que ya no está pero fue, y esa evocación de la persona te hace sentir algo más feliz, te termina desbordando porque en el fondo sabes que el que se ha ido ya no volverá a pasar por tamaño sufrimiento como el que le acompañó en la última etapa de su vida. Y en los instantes en que le escuchas reír a lo lejos, le oyes hablar en tu oído, le ves entre brumas... te sientes un poco más cerca de él...

Hoy me ha venido a la cabeza un recuerdo de cuando éramos muy pequeños: la primera vez que vi un erizo. Mi tío volvió de caza y junto a las aves nos trajo un erizo vivo que se había encontrado. Recuerdo la delicadeza con que lo tocaba para no pincharse. Recuerdo cómo nos decía que debíamos cogerlo para que sus púas no nos hirieran. Fue genial tener un erizo en mis pequeñas manos. Estaba asustado. Finalmente mi tío se lo llevó para dejarlo en libertad.

miércoles, septiembre 26, 2007

Oporto: Ciudad de Arte y artes (domingo 23 de septiembre)

Debo hacer una apreciación respecto a lo que he llamado aquí "Arte" en mayúscula y "artes" en minúscula. El Arte vendría a ser cualquier manifestación humana para dar la visión real o ficticia sobre algo. Las artes en este contexto vendrían a ser ciertas costumbres portuguesas que resultan ciertamente extrañas y que incluso pueden llevarte al rechazo, por ejemplo, el arte que tienen los portugueses en acercarse y hablarte aunque seas una completa desconocida.

El domingo tenía todo el día por delante antes de coger el autobús, así que opté por ver un museo. De los museos más importantes de la ciudad (Museu Nacional Soares dos Reis y Fundação Serralves), opté por el de Serralves.
Ya sabía que en la plaza donde estaba el metro de Marquês había varias paradas de autobuses. Y es que no podía ir en metro porque, como ya anuncié otro día, la ciudad estaba mal comunicada. Había preguntado y sabía que era el número 203. A medida que el autobús iba parando me di cuenta de que las paradas llevaban el nombre de un edificio emblemático de la zona, por ejemplo, cuando paramos en Agramonte sabía que allí estaba el Cementerio que llevaba ese nombre, así que no me costó mucho deducir que la parada del Museo Serralves se llamaba igual. Y no me equivoqué.
La Fundação de Serralves es un amplio escenario donde dominan los espacios verdes. Alberga varias exposiciones. Posee unos amplios jardines e incluso una granja. Es un vasto espacio donde el modernista edificio blanco contrasta con el cuidado césped.
Desde junio de 1999, la ciudad de Oporto ha visto nacer, en los terrenos del Parque de Serralves, uno de los museos de arte contemporáneo más interesantes de Europa. El edificio que alberga el Museo Serralves fue encargado al arquitecto Álvaro Siza Vieira, hijo predilecto de la ciudad, que ha conseguido poner en pie un espacio capaz de rivalizar con las exposiciones que se presenta en su interior.
El parque ocupa 18 hectáreas.
El interior es muy luminoso y, además, el color blanco da sensación de amplitud, por lo que las obras contemporáneas que contiene dentro parecen nimias dentro del inmenso edificio que las acoge.
Los objetos escultóricos llaman la atención por su colorido, que contrasta nuevamente con las níveas paredes. Casi todos estos objetos cuentan con juegos visuales y de perspectiva.
Los elementos llaman la atención por su colorido, pero también por su magnitud, que a pesar de ser más grandes de lo habitual parecen pequeños por las amplias dimensiones del museo.
Un solitario árbol proyecta su sombra en las paredes de un patio que separa el Museo de la zona ajardinada. Incluso ese pequeño arbolillo es arte.
Ahora bien, el edificio que acoge el Museo parece pequeño en comparación con el inmenso jardín y zona arbolada que lo rodean. Da la sensación de que estamos ante una caja metida en otra caja que a su vez está dentro de otra caja más grande.
Ya hablé una vez aquí de Claes Oldenburg. Este artista se dedica a coger objetos cotidianos y los magnifica, creando esculturas gigantes que coloca tanto en museos como en calles concurridas o pendidos de edificios.
En el centro del Parque se halla la Casa Rosada.
Se trata de una vivienda art decó que perteneció a Carlos Alberto Cabral, segundo conde de Vizela.
Esta Casa Rosada está rodeada de amplios jardines y fuentes, que, en cierto modo, me recuerdan a los jardines del Generalife. Además hay un lago.
El Parque de Serralves también cuenta con una granja.

Toda la mañana se me pasó en la Fundação Serralves. Cuando salí era la una del mediodía y me puse a esperar al autobús, donde una portuguesa me preguntó si había autobús en domingo y si paraba en la Avenida da Boavista. Yo ya sabía que sí, puesto que al ir iba mirando el mapa sin perder detalle de los lugares por donde pasábamos.
Uno de esos monumentos, con una estructura exterior modernísima, era la Casa de la Música.
Entre varios cambios de autobús y metro llegué finalmente a Ribeira.
Debo hacer una apreciación sobre el metro y es que es muy nuevo y está cuidado, algo que contrasta con el resto de la ciudad.
Hacía tanto calor que más que hambre tenía sed y no pude resistirme a una sangría que me supo a gloria.
Me despedí del Duero y cogí el metro hasta el final de trayecto de casi todas las líneas: el estádio do Dragão, una mole inmensa, como casi todos los campos de fútbol.
Me quedaban dos lugares por visitar, los dos situados en la Rua de Santa Catarina. Uno era el mercado tradicional de Bolhão. Enseguida lo encontré. Seguía el mapa según me habían indicado en la oficina de información turística el primer día. Estaba cerrado. Como casi todo en Portugal los domingos está cerrado, incluso cafeterías y restaurantes.
Aquí empieza mi tarde de chiste. Cuando iba mirando el mapa una mujer entrada en años gritaba detrás de mí, pero claro ¡cómo iba a pensar que me hablaba a mí! En cuanto me paré junto al mercado me alcanzó y ya no se separó de mí. Le pregunté si el Café Majestic estaba abierto y me dijo que no, pero que había un centro comercial cruzando la calle. De hecho era una de las pocas cosas que estaban abiertas, a pesar de ser domingo. Entré, pero a mí aquello no me interesaba, sobre todo para ver marcas internacionales que puedo encontrar en mi país. Y la mujer detrás de mí. No iba mal vestida ni nada, que la imagen dice mucho de una persona, parecía que la vida le iba bien en Oporto; empezó a preguntarme si quería ir al baño, si quería comer... En fin, que casi me fue imposible quitármela de encima. Al final opté por entrar en una tienda de deportes para comprar una camiseta del Oporto a mi hermano pequeño. Pues ella se metió de julandrona, pensando que yo no entendía. Cogí a la dependienta y le dije: “A ver, hazme caso a mí, que la que va a comprar soy yo, no ella”. Lo mejor viene cuando llego a la camiseta de muestra y me dice la señora que me la pruebe. Y yo me quedé mirándola y le dije que no era para mí. Bien, le hablé a la chica la edad de mi hermano, que era fino pero ancho de espaldas, con mi obligada compañía escuchando. Lo que me jodió es que hizo ir a la dependienta a buscar una talla mayor. Yo me cabreé, sobre todo porque sabía que la talla L de la camiseta de muestra era la de mi hermano y no una mayor. Así que le pregunté a la señora que por qué venía conmigo, que por qué no me dejaba en paz, que por qué no seguía su camino. Y me saltó: “Es que somos amigas”. Le contesté que nos acabábamos de conocer, y además yo había dejado claras muestras de ignorarla. Llamé a mi hermano para preguntarle la talla y era la que yo decía.
Finalmente subí arriba a tomar un café. La señora se sentó en la misma mesa, pero no pidió nada. Yo fui a la barra a por mi café. Me dio pena aquella señora. Era de Angola y llevaba 30 años en Oporto. Sin embargo, eso no le daba derecho a aquel acoso y derribo. Intentó sonsacarme dónde me alojaba y dónde cogía el autobús, pero ese tipo de información privada me la guardé para mí. Solo le dije la calle del hotel pero era demasiado grande y contaba con varios hoteles como para que adivinara.
Enseguida me levanté y le dije que me iba al hotel. Ella me instó a ir caminando porque andaba cerca y le dije que no, que pararía un taxi. “No pasan taxis por aquí”. Entonces aconteció el milagro pues en lo alto de la cuesta vi que se acercaba uno libre. Aquello me salvó y por fin me libré de aquella señora.
En las inmediaciones de InterNorte no encontré una cafetería y yo deseaba cambiarme de camiseta. Me senté en un parque y me dio igual. Allí mismo me puse otra camiseta ante las miradas anonadadas de las ancianas que estaban sentadas en la parada del autobús.
El autobús también se coge en la calle.
Es buena idea que tengan las bolsas para las necesidades de los perros en los parques.

Proverbio sufí

Si tienes que elegir entre varios caminos,
elige siempre el camino del corazón.

El que elige el camino del corazón

nunca se equivoca.

Espada de Reyes (Héroes de la Dragonlance. Primera Trilogía II)

En las profundidades del reino de Thorbardin Isarn Hammerfell forja la obra de su vida: una Espada de Reyes a la que bautiza como Vulcania. La deja vigilada por su joven aprendiz, Stanach, pero alguien la roba y la saca fuera del mundo de los enanos.
Los enanos no tienen un rey supremo desde que desapareciera el Mazo de Kharas. Únicamente el thane que lo encontrara y superara todas las pruebas conseguiría convertirse en rey. La Espada de Reyes iba a ser regalada al thane de uno de los clanes, Hornfel, por la que se convertiría en regente de los enanos. Pero alguien más ansía adueñarse de la espada real. Se trata de un derro (hechicero que practica la magia negra), el thane Realgar.
La espada ha sido vista en Long Ridge. Varios enanos deciden marchar al extranjero para recuperar lo que es legítimamente suyo. Stanach Hammerfel, Kyan Redaxe y el mago Piper, un mago humano que lleva mucho tiempo viviendo con los enanos, son atacados por sorpresa por los esbirros de Realgar, que utilizan la magia. Kyan muere. Piper toma una decisión: Stanach debe ir a la ciudad mientras él se enfrenta a los derros.
El aprendiz llega a la taberna de Tenny, donde se supone que debe estar la espada. Allí observará a un nutrido grupo de guerreros, que se hacen llamar los Vengadores, que luchan contra los draconianos. Un fornido luchador de nombre Hauk porta Vulcania, pero se la regala a la posadera. No podía faltar un viejo kender: Lavim Springtoe, que se convierte en compañero inseparable del enano, sobre todo cuando luchan juntos contra un numeroso grupo de draconianos. Saliendo de la ciudad coinciden con un elfo, Tyorl, miembro del grupo de los Vencedores, y con Kelida, la posadera, que quiere entregarle la espada. Los dos están preocupados porque Hauk ha desaparecido.
A través de conjuros, tanto Piper como Hauk han sido transportados a las oscuras cavernas donde habitan los enanos que están bajo el mando de Realgar para ser interrogados sobre la espada.
Lavim, Stanach, Tyorl y Kelida comienzan un viaje donde el enano les cuenta la verdadera historia de la espada que porta la muchacha. Les convence para devolverla a Thorbardin, pero antes deben encontrar al resto de Vencedores.
Realgar interroga a sus prisioneros. Piper es martirizado, no aguanta la tortura, pero tiene en su poder un instrumento musical que parece inofensivo: una flauta mágica que puede transportarle lejos de aquel lugar. Hauk consigue sobrevivir pensando en la imagen de la posadera de la que no sabe ni siquiera su nombre.
Los cuatro amigos encuentran a un moribundo Piper y Stanach será el encargado de enterrarle, cogiendo su flauta encantada. Se saben cercados por los derros, que solo quieren arrebatarles Vulcania. En una de las incursiones para explorar el camino, Stanach es apresado y transportado a una gruta cercana, pero antes se deshace de la flauta. Será el kender el que la toque y, a partir de ahí, comenzará a oír en su cerebro la voz de Piper, que le informa de lo que va a ocurrir y de lo que tiene que hacer, y a través del fantasma del mago también será capaz de formular hechizos que les salven en varias ocasiones. Así le cuenta cómo llegar hasta la caverna donde están torturando a Stanach. El elfo al principio no le cree, pero decide seguirle, puesto que las montañas están ardiendo y no saben hacia dónde ir.
A Stanach le han desgarrado las manos, la peor tortura que le pueden hacer a un enano diestro en los artes de la forja. Ya no podrá usarlas para crear armas ni otros objetos de metal. Le salvan a tiempo, pero uno de los enanos se escapa y aparece poco después montado sobre un Dragón Negro, causante de los incendios que asolan las montañas. El Dragón coge con sus garras a Kelida, que es la que porta la espada, pero Stanach consigue asirse a la grupa. La posadera y el enano luchan con el derro, al que vencen, y el Dragón les transporta hasta las entrañas de Thorbardin, donde les espera Realgar, que ahora que ha conseguido Vulcania tiene un plan para acabar con Hornfel.
Tyorl y Lavim se encuentran con los compañeros del elfo, varios Vencedores que les acompañarán a Thorbardin. El kender les transporta hasta la ladera de la montaña con ayuda de la flauta y de Piper. Y gracias a los consejos del mago llegarán a tiempo al reino de los enanos.
Isarn ha liberado a Hauk y le habla de los otros dos prisioneros. Le pide ayuda para liberarlos y luchar contra Realgar.
Todos se encontrarán en las entrañas de Thorbardin. Por una parte acogen a los 800 humanos que habían sido liberados en Pax Tharkas por Tanis el Semielfo y el resto de los Compañeros. Por otro lado, Realgar tiende una emboscada a Hornfel para asesinarle y proclamarse rey de los enanos y siervo de la Reina Oscura. Pero cuando va a dar la estocada final, Vulcania se clava en alguien que se interpone: Tyorl, que termina muriendo.
Hornfel se proclama rey regente, pero Piper le ha dicho al kender dónde se encuentra el Mazo de Kharas, para que el thane pueda gobernar Thorbardin con plenos poderes.

Este libro tiene muchos errores. Por ejemplo, Tyorl no puede ver en la oscuridad, a pesar de que los autores originales dotaron a todos los elfos de una vista privilegiada para poder observar las cosas en cualquier situación. También el final es desconcertante, ya que no son estos héroes sino los Compañeros los que recuperan el Mazo de Kharas, que no se encuentra en Thorbardin, pero aquí deja claro que sí, que se encuentra en el mausoleo del último rey supremo, Duncan.
Creo que esta escritora no es consecuente con la historia, aparte de que da muchas cosas como sobreentendidas y hay que imaginarlas, por eso a veces es costosa de leer. Espero que no haya escrito muchos más libros de la Dragonlance...

martes, septiembre 25, 2007

La fotografía de la polémica

Un matrimonio de Albacete que se encontraba cerca de Tánger, en Marruecos, saca una instantánea donde aparece una niña muy parecida a Madeleine McCann con un grupo de magrebíes. El parecido no deja de ser escalofriante.

Oporto: Una mirada al Atlántico (sábado 22 de septiembre)

Si elegí Oporto como lugar para viajar no era más que porque quería ver el mar. Sabiendo que una ciudad que contaba con la desembocadura de un río importante no tendría muy lejos las playas y que, además, estarían bien comunicadas, no tuve muchos reparos para trasladarme al océano.
Solo había estado en el Atlántico antes una vez. Sabía que sus aguas eran extremadamente frías. Y lo vi desde Galicia. Esta vez no tenía intención de bañarme, porque no hacía tanto calor para hacerlo –o eso creía yo-. Aunque antes de ir al mar, debía hacer otra cosa. Y tenía las primeras horas de la mañana para aquella visita.
Cogiendo el metro desde Marquês me dirigí a la estación de São Bento, desde donde la (catedral) no quedaba lejos.
Subí pues a la parte más alta de la ciudad, a aquella catedral que más bien parecía una fortaleza por su aspecto recio y dominante sobre la ciudad.
Los cimientos de este monumento se remontan al siglo XII y sufrió muchas modificaciones en siglos posteriores. Conserva elementos de todas las tendencias arquitectónicas, que han modelado sus viejos sillares a lo largo de la historia: el rosetón y la recia planta de sus dos torres gemelas son románicos, el pórtico es barroco y el claustro, gótico.

El interior, dividido en tres naves, tiene varias capillas barrocas ricamente ornamentadas. Destaca la Capilla del Santísimo Sacramento en la parte izquierda del transepto, que cuenta con un altar de plata repujada del siglo XVII. En el baptisterio, junto a la entrada, destaca un relieve en bronce, realizado por Teixeira Lopes (siglo XIX), que representa el bautismo de Jesús.
El claustro está bellamente adornado con paneles de azulejos, inspirados en escenas bíblicas (El Cantar de los Cantares) y paganas (Las Metamorfosis, de Ovidio).
Unido a la catedral se encuentra el Cabildo Catedralicio y en la misma plazuela está el Paço Episcopal.
El antiguo Palacio Episcopal (siglo XVIII) posee unas líneas muy elegantes.
También hay una torre-fortaleza de granito levantada en el siglo XIV. Hoy en día alberga una oficina de información turística.
En el centro de este espacio se alza un magnífico pelourinho neopombalino.

Las vistas desde la plazuela de la catedral son maravillosas. Por un lado se ve la altísima Torre dos Clérigos, que, con sus 76 m de altura, se considera la más alta de Portugal. Por otra parte, se ve la Muralha Fernandina.
Los alrededores de la son callejas destrozadas por el paso del tiempo o que nunca han sido arregladas. También está el mercado de São Sebastião.

Los alrededores hablan por sí solos.



Bajando hacia los muelles se llega a la Casa do Infante, que en la actualidad alberga el Archivo Histórico de la ciudad.
Se trata de la antigua Alfândega (aduana) y casa natal de Enrique el Navegante.
Uno de los rasgos característicos de la ciudad medieval es el antiguo Rossio da Ribeira, actualmente la Praça da Ribeira, un amplio espacio público donde tenían lugar las paradas militares, las fiestas, el trasiego de mercancías, las ferias y el mercado. Ahora es un buen lugar para tomar un café junto al Douro.
Oporto consta de varios puentes que unen la ciudad con Vila Nova de Gaia. Los más conocidos son el de María Pía, diseñado por Gustave Eiffel y reservado para el transporte ferroviario; el puente de Luìs I y el Puente de la Arrábida, de construcción reciente.
El puente de Luìs I es, sin duda, símbolo de la ciudad. Conecta las dos orillas a diferentes alturas: a 10 m sobre el nivel de las aguas y a 70 m. Fue construido por la sociedad belga Willebroeck en 1886, inspirándose en la técnica de Eiffel. De hecho, el responsable de este puente fue discípulo del ingeniero francés. Su estructura es completamente metálica.
La plataforma superior mide 392 m de longitud y la inferior 174 m. La vista es impresionante, aunque está prohibido detenerse en el trayecto.




Desde el autobús, acercándonos al mar, se descubre el puente de la Arrábida, sobre el que pasa la autopista entre Porto y Lisboa. Data del año 1963 y fue construido con una técnica innovadora por el ingeniero portugués Edgar Cardoso. Este puente cruza el Duero con un único arco de hormigón. La plataforma superior mide 500 m y se eleva a 70 m sobre las aguas.
Siempre junto al río, autobús y tranvía transcurren durante ocho kilómetros hasta la ciudad de Matosinhos, importante puerto pesquero en el Atlántico. Hacía buen día y las casas estaban muy cuidadas, además de las nuevas construcciones que se están realizando, lo que nos descubre una ciudad completamente turística.

Había bastante gente en los alrededores de las playas, aunque no existía el llenazo que una se puede encontrar en una playa del Levante español, quizás se deba a la época. Sin embargo yo me acerqué descalza hacia las aguas. No hay nada como caminar sobre la arena y escuchar el rumor del mar...

Caminar por la playa es genial. Ya no recordaba la última vez que había visto el mar, pero es tranquilizante y reconfortante. Y lo vi, lo escuché, lo sentí... Me mojé los bajos de los pantalones, pero no importaba. Después de varias horas sentada en la arena y mojándome los pies comencé a caminar hacia Oporto. Después llegaron las rocas.
Donde terminaba la playa de arena comenzaban las piedras.
A lo lejos se veía el Forte de São Francisco Xavier.
Allí también había una rotonda con una especie de red gigante que llamaba la atención.
Junto al mar se alzaba el Edificio Transparente, un edificio moderno de planta rectangular, que no era más que un centro comercial con restaurantes. Como era la hora de comer decidí entrar. Es típico de Matosinhos y de otras ciudades del mar el bacalhau y cualquier tipo de pescado, pero en mi caso si podía evitarlo mejor. Así que entré en un restaurante italiano.
El camarero, muy agradable, decidió por mí los entrantes: fritos de picante carne picada (valga la redundancia), queso típico y mantequilla, melón (en forma de bolas) con jamón.

El Forte de São Francisco Xavier, también conocido como Castelo do Queijo, es una pequeña fortaleza que se encuentra cerca de la desembocadura.
Se levanta este fuerte sobre una formación de granito. Hasta el siglo XV esta mole era lugar de culto para los celtas. El fuerte de São Francisco Xavier se construyó sobre una fortaleza anterior en el año 1661 como fortificación marítima. Hoy es un edificio que pertenece a la Associação de Comandos.
El fuerte presenta sólidas murallas de piedra, rematadas por garitas pentagonales en los vértices, que están cubiertas por cúpulas. Las defensas se completaban con un amplio foso y un puente levadizo. En el interior hay un bar donde se reúnen los Veteranos de Comandos.

La panorámica desde la parte superior del Castillo de Queijo son preciosas. Justo en el lugar donde el Duero se une al mar hay otro castillo-fortaleza más grande que el anterior.

Se trata del Forte de São João Baptista da Foz. Se yergue en posición dominante sobre el río Duero, protegiendo los accesos fluviales a la ciudad de Porto.
Volví a coger el autobús de vuelta para bajarme en la Alfândega Nova.
Es un edificio inmenso junto al río donde está prohibido hacer fotos. En el suelo se puede ver el final del antiguo trayecto del tranvía. El edificio alberga varias exposiciones temporales, una muestra de la historia del edificio y el Museu dos Transportes e Comunicacões.
Cerca se encuentra el Museu do Vinho do Porto, donde se cuenta un poco la industria del Oporto en el pasado y también se explica cómo es la construcción de los ravelos y cómo se transportaban las barricas por todo el Duero.
El atardecer en Ribeira nos brinda unas vistas espléndidas. El ambiente turístico es grande en esta zona, donde se concentra la mayor parte de los viajeros, tomando cervezas, paseando o haciendo cruceros por el río mientras se acerca la hora de la cena.