Debo hacer una apreciación respecto a lo que he llamado aquí "Arte" en mayúscula y "artes" en minúscula. El Arte vendría a ser cualquier manifestación humana para dar la visión real o ficticia sobre algo. Las artes en este contexto vendrían a ser ciertas costumbres portuguesas que resultan ciertamente extrañas y que incluso pueden llevarte al rechazo, por ejemplo, el arte que tienen los portugueses en acercarse y hablarte aunque seas una completa desconocida.
El domingo tenía todo el día por delante antes de coger el autobús, así que opté por ver un museo. De los museos más importantes de la ciudad (Museu Nacional Soares dos Reis y Fundação Serralves), opté por el de Serralves.
El domingo tenía todo el día por delante antes de coger el autobús, así que opté por ver un museo. De los museos más importantes de la ciudad (Museu Nacional Soares dos Reis y Fundação Serralves), opté por el de Serralves.
Ya sabía que en la plaza donde estaba el metro de Marquês había varias paradas de autobuses. Y es que no podía ir en metro porque, como ya anuncié otro día, la ciudad estaba mal comunicada. Había preguntado y sabía que era el número 203. A medida que el autobús iba parando me di cuenta de que las paradas llevaban el nombre de un edificio emblemático de la zona, por ejemplo, cuando paramos en Agramonte sabía que allí estaba el Cementerio que llevaba ese nombre, así que no me costó mucho deducir que la parada del Museo Serralves se llamaba igual. Y no me equivoqué.
Desde junio de 1999, la ciudad de Oporto ha visto nacer, en los terrenos del Parque de Serralves, uno de los museos de arte contemporáneo más interesantes de Europa. El edificio que alberga el Museo Serralves fue encargado al arquitecto Álvaro Siza Vieira, hijo predilecto de la ciudad, que ha conseguido poner en pie un espacio capaz de rivalizar con las exposiciones que se presenta en su interior.
El parque ocupa 18 hectáreas.
Toda la mañana se me pasó en la Fundação Serralves. Cuando salí era la una del mediodía y me puse a esperar al autobús, donde una portuguesa me preguntó si había autobús en domingo y si paraba en la Avenida da Boavista. Yo ya sabía que sí, puesto que al ir iba mirando el mapa sin perder detalle de los lugares por donde pasábamos.
Entre varios cambios de autobús y metro llegué finalmente a Ribeira.
Me quedaban dos lugares por visitar, los dos situados en la Rua de Santa Catarina. Uno era el mercado tradicional de Bolhão. Enseguida lo encontré. Seguía el mapa según me habían indicado en la oficina de información turística el primer día. Estaba cerrado. Como casi todo en Portugal los domingos está cerrado, incluso cafeterías y restaurantes.
Aquí empieza mi tarde de chiste. Cuando iba mirando el mapa una mujer entrada en años gritaba detrás de mí, pero claro ¡cómo iba a pensar que me hablaba a mí! En cuanto me paré junto al mercado me alcanzó y ya no se separó de mí. Le pregunté si el Café Majestic estaba abierto y me dijo que no, pero que había un centro comercial cruzando la calle. De hecho era una de las pocas cosas que estaban abiertas, a pesar de ser domingo. Entré, pero a mí aquello no me interesaba, sobre todo para ver marcas internacionales que puedo encontrar en mi país. Y la mujer detrás de mí. No iba mal vestida ni nada, que la imagen dice mucho de una persona, parecía que la vida le iba bien en Oporto; empezó a preguntarme si quería ir al baño, si quería comer... En fin, que casi me fue imposible quitármela de encima. Al final opté por entrar en una tienda de deportes para comprar una camiseta del Oporto a mi hermano pequeño. Pues ella se metió de julandrona, pensando que yo no entendía. Cogí a la dependienta y le dije: “A ver, hazme caso a mí, que la que va a comprar soy yo, no ella”. Lo mejor viene cuando llego a la camiseta de muestra y me dice la señora que me la pruebe. Y yo me quedé mirándola y le dije que no era para mí. Bien, le hablé a la chica la edad de mi hermano, que era fino pero ancho de espaldas, con mi obligada compañía escuchando. Lo que me jodió es que hizo ir a la dependienta a buscar una talla mayor. Yo me cabreé, sobre todo porque sabía que la talla L de la camiseta de muestra era la de mi hermano y no una mayor. Así que le pregunté a la señora que por qué venía conmigo, que por qué no me dejaba en paz, que por qué no seguía su camino. Y me saltó: “Es que somos amigas”. Le contesté que nos acabábamos de conocer, y además yo había dejado claras muestras de ignorarla. Llamé a mi hermano para preguntarle la talla y era la que yo decía.
Enseguida me levanté y le dije que me iba al hotel. Ella me instó a ir caminando porque andaba cerca y le dije que no, que pararía un taxi. “No pasan taxis por aquí”. Entonces aconteció el milagro pues en lo alto de la cuesta vi que se acercaba uno libre. Aquello me salvó y por fin me libré de aquella señora.
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