miércoles, septiembre 26, 2007

Oporto: Ciudad de Arte y artes (domingo 23 de septiembre)

Debo hacer una apreciación respecto a lo que he llamado aquí "Arte" en mayúscula y "artes" en minúscula. El Arte vendría a ser cualquier manifestación humana para dar la visión real o ficticia sobre algo. Las artes en este contexto vendrían a ser ciertas costumbres portuguesas que resultan ciertamente extrañas y que incluso pueden llevarte al rechazo, por ejemplo, el arte que tienen los portugueses en acercarse y hablarte aunque seas una completa desconocida.

El domingo tenía todo el día por delante antes de coger el autobús, así que opté por ver un museo. De los museos más importantes de la ciudad (Museu Nacional Soares dos Reis y Fundação Serralves), opté por el de Serralves.
Ya sabía que en la plaza donde estaba el metro de Marquês había varias paradas de autobuses. Y es que no podía ir en metro porque, como ya anuncié otro día, la ciudad estaba mal comunicada. Había preguntado y sabía que era el número 203. A medida que el autobús iba parando me di cuenta de que las paradas llevaban el nombre de un edificio emblemático de la zona, por ejemplo, cuando paramos en Agramonte sabía que allí estaba el Cementerio que llevaba ese nombre, así que no me costó mucho deducir que la parada del Museo Serralves se llamaba igual. Y no me equivoqué.
La Fundação de Serralves es un amplio escenario donde dominan los espacios verdes. Alberga varias exposiciones. Posee unos amplios jardines e incluso una granja. Es un vasto espacio donde el modernista edificio blanco contrasta con el cuidado césped.
Desde junio de 1999, la ciudad de Oporto ha visto nacer, en los terrenos del Parque de Serralves, uno de los museos de arte contemporáneo más interesantes de Europa. El edificio que alberga el Museo Serralves fue encargado al arquitecto Álvaro Siza Vieira, hijo predilecto de la ciudad, que ha conseguido poner en pie un espacio capaz de rivalizar con las exposiciones que se presenta en su interior.
El parque ocupa 18 hectáreas.
El interior es muy luminoso y, además, el color blanco da sensación de amplitud, por lo que las obras contemporáneas que contiene dentro parecen nimias dentro del inmenso edificio que las acoge.
Los objetos escultóricos llaman la atención por su colorido, que contrasta nuevamente con las níveas paredes. Casi todos estos objetos cuentan con juegos visuales y de perspectiva.
Los elementos llaman la atención por su colorido, pero también por su magnitud, que a pesar de ser más grandes de lo habitual parecen pequeños por las amplias dimensiones del museo.
Un solitario árbol proyecta su sombra en las paredes de un patio que separa el Museo de la zona ajardinada. Incluso ese pequeño arbolillo es arte.
Ahora bien, el edificio que acoge el Museo parece pequeño en comparación con el inmenso jardín y zona arbolada que lo rodean. Da la sensación de que estamos ante una caja metida en otra caja que a su vez está dentro de otra caja más grande.
Ya hablé una vez aquí de Claes Oldenburg. Este artista se dedica a coger objetos cotidianos y los magnifica, creando esculturas gigantes que coloca tanto en museos como en calles concurridas o pendidos de edificios.
En el centro del Parque se halla la Casa Rosada.
Se trata de una vivienda art decó que perteneció a Carlos Alberto Cabral, segundo conde de Vizela.
Esta Casa Rosada está rodeada de amplios jardines y fuentes, que, en cierto modo, me recuerdan a los jardines del Generalife. Además hay un lago.
El Parque de Serralves también cuenta con una granja.

Toda la mañana se me pasó en la Fundação Serralves. Cuando salí era la una del mediodía y me puse a esperar al autobús, donde una portuguesa me preguntó si había autobús en domingo y si paraba en la Avenida da Boavista. Yo ya sabía que sí, puesto que al ir iba mirando el mapa sin perder detalle de los lugares por donde pasábamos.
Uno de esos monumentos, con una estructura exterior modernísima, era la Casa de la Música.
Entre varios cambios de autobús y metro llegué finalmente a Ribeira.
Debo hacer una apreciación sobre el metro y es que es muy nuevo y está cuidado, algo que contrasta con el resto de la ciudad.
Hacía tanto calor que más que hambre tenía sed y no pude resistirme a una sangría que me supo a gloria.
Me despedí del Duero y cogí el metro hasta el final de trayecto de casi todas las líneas: el estádio do Dragão, una mole inmensa, como casi todos los campos de fútbol.
Me quedaban dos lugares por visitar, los dos situados en la Rua de Santa Catarina. Uno era el mercado tradicional de Bolhão. Enseguida lo encontré. Seguía el mapa según me habían indicado en la oficina de información turística el primer día. Estaba cerrado. Como casi todo en Portugal los domingos está cerrado, incluso cafeterías y restaurantes.
Aquí empieza mi tarde de chiste. Cuando iba mirando el mapa una mujer entrada en años gritaba detrás de mí, pero claro ¡cómo iba a pensar que me hablaba a mí! En cuanto me paré junto al mercado me alcanzó y ya no se separó de mí. Le pregunté si el Café Majestic estaba abierto y me dijo que no, pero que había un centro comercial cruzando la calle. De hecho era una de las pocas cosas que estaban abiertas, a pesar de ser domingo. Entré, pero a mí aquello no me interesaba, sobre todo para ver marcas internacionales que puedo encontrar en mi país. Y la mujer detrás de mí. No iba mal vestida ni nada, que la imagen dice mucho de una persona, parecía que la vida le iba bien en Oporto; empezó a preguntarme si quería ir al baño, si quería comer... En fin, que casi me fue imposible quitármela de encima. Al final opté por entrar en una tienda de deportes para comprar una camiseta del Oporto a mi hermano pequeño. Pues ella se metió de julandrona, pensando que yo no entendía. Cogí a la dependienta y le dije: “A ver, hazme caso a mí, que la que va a comprar soy yo, no ella”. Lo mejor viene cuando llego a la camiseta de muestra y me dice la señora que me la pruebe. Y yo me quedé mirándola y le dije que no era para mí. Bien, le hablé a la chica la edad de mi hermano, que era fino pero ancho de espaldas, con mi obligada compañía escuchando. Lo que me jodió es que hizo ir a la dependienta a buscar una talla mayor. Yo me cabreé, sobre todo porque sabía que la talla L de la camiseta de muestra era la de mi hermano y no una mayor. Así que le pregunté a la señora que por qué venía conmigo, que por qué no me dejaba en paz, que por qué no seguía su camino. Y me saltó: “Es que somos amigas”. Le contesté que nos acabábamos de conocer, y además yo había dejado claras muestras de ignorarla. Llamé a mi hermano para preguntarle la talla y era la que yo decía.
Finalmente subí arriba a tomar un café. La señora se sentó en la misma mesa, pero no pidió nada. Yo fui a la barra a por mi café. Me dio pena aquella señora. Era de Angola y llevaba 30 años en Oporto. Sin embargo, eso no le daba derecho a aquel acoso y derribo. Intentó sonsacarme dónde me alojaba y dónde cogía el autobús, pero ese tipo de información privada me la guardé para mí. Solo le dije la calle del hotel pero era demasiado grande y contaba con varios hoteles como para que adivinara.
Enseguida me levanté y le dije que me iba al hotel. Ella me instó a ir caminando porque andaba cerca y le dije que no, que pararía un taxi. “No pasan taxis por aquí”. Entonces aconteció el milagro pues en lo alto de la cuesta vi que se acercaba uno libre. Aquello me salvó y por fin me libré de aquella señora.
En las inmediaciones de InterNorte no encontré una cafetería y yo deseaba cambiarme de camiseta. Me senté en un parque y me dio igual. Allí mismo me puse otra camiseta ante las miradas anonadadas de las ancianas que estaban sentadas en la parada del autobús.
El autobús también se coge en la calle.
Es buena idea que tengan las bolsas para las necesidades de los perros en los parques.

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