sábado, septiembre 08, 2007

Pasan los días...

Tan lentamente que es insufrible. Me pregunto cuántas veces me derrumbaré ante lo inevitable. La cabeza me da vueltas. La información me llega como un chorro de agua fría.
Han pasado otras veinticuatro horas más. El terrible final está cada vez más cerca.
Lloro, lloro por la inmovilidad que me mantiene respirando, rememorando épocas mejores.
Cuando mi tío era entrenador del equipo de mi pueblo y nos trajimos una copa inmensa, y una recua de coches venía tocando bocinas por la victoria.
Cuando mi tío nos inculcó nuestra devoción culé a todos los sobrinos, y desde niños animamos al Barça.
Cuando me trajo a Salamanca, cuando fue a buscarme a una "laureada", cuando me vacilaba o le contaba mis secretillos, sus chascarrillos, su buen humor.
Cuando nos pillaba en su buhardilla mirando en arcones de la posguerra cientos de fotos y libros que se iban carcomiendo con el tiempo.
Cuando estuvimos en Madrid y nos "perdimos" bajo la nieve...

La última vez que le vi corría el mes de mayo. En los dos últimos años mi tío se había deteriorado mucho, pero ahí sigue, al pie del cañón, luchando contra algo donde no va a salir victorioso, y él lo sabe.
Todos los días pienso en él, rezo por él, doy gracias a Dios por haberle concedido un día más de vida. Porque no puedo soportarlo, porque sé que cualquier día será fatal. Me resulta tan... insoportable este lento vaivén de días. Todos los días vuelvo la vista atrás, y, a mi manera, me desahogo.

Ojalá pudiera decir que el último día está lejos... Ojalá hubiera alguien ahí arriba que le diera una prórroga...