
Corre el año 1680 en una hacienda
sevillana, de un hidalgo venido a menos, don Manuel de Paredes y Mexía.
Cayetano Almendro, ‘Tano’, es un joven con estudios de contable que acaba de
entrar a servir en la hacienda, desconociendo el estado de ruina en que se
encuentra la familia. Al mes de firmar el contrato y conociendo que no va a
percibir sueldo alguno, Cayetano se despide de la familia, pero es entonces
cuando el ama, Doña Matilda, y Fernanda, la joven a la que el matrimonio ha
acogido en su casa y tratado como a una hija, convencen a Tano para que no les
abandone.
A medida que pasa el tiempo en
aquella casa arruinada, Tano se empieza a enamorar de Fernanda, siendo éste un
amor correspondido. Pero el naufragio del Jesús
Nazareno, el barco que lleva las futuras ganancias de la casa hace que Tano
convenza a Fernanda para hacer su vida lejos de aquella familia rodeada por la
desgracia. Con el Jesús Nazareno,
habían hipotecado la casa sevillana y muy pronto llegan los acreedores para
tomar posesión de la casa. Don Manuel, hijo ilegítimo del gobernador de Santa
Cruz de la Palma, manda una carta a sus familiares en Canarias, con la
esperanza de que, a la muerte de su padre, le haya dejado algo de herencia.
Cuando recibe la respuesta de su medio hermano en La Palma, donde éste le dice
que allí heredó una mansión y otras pertenencias, don Manuel decide ir allí con
toda su familia: su esposa, Fernanda y Cayetano, así como el administrador de
la familia, don Raimundo, pero no llegará a partir, falleciendo mientras
preparan la marcha para las islas.
Los cuatro personajes, unidos por
la adversidad, embarcan en el puerto de Cádiz rumbo a una vida mejor. El barco
en el que se encuentran tiene que dejar a dos religiosos en la plaza fuerte del
norte de Berbería, un lugar inhóspito conocido como La Mamora, pero el barco no
volverá a hacerse a la mar, porque en aquel lejano lugar, unos barcos moros
piratas hacen fuego con el casco, por lo que la familia se tiene que quedar allí
durante meses, hasta que la ciudad sea sitiada por el sultán Mulay Ismail, se
rendirá y los habitantes del fuerte serán convertidos en cautivos y llevados a
Mequinez, la capital del cautiverio musulmán, donde cualquier hombre se lucra
con este sistema de cautiverio.
Una de las circunstancias
históricas documentadas y reales es la del Cristo de Medinaceli, que se
encontraba en la capilla de La Mamora, saqueada por los musulmanes. Llevaron la
imagen hasta Mequinez y allí la tiraron en una especie de estercolero. Cuando
se hizo efectiva la redención de los cautivos, la estatua del Ecce Homo, entre 17 imágenes de santos
cristianos, iba oculta, pero los musulmanes no permitieron que se la llevaran,
hasta que el propio sultán salió de su palacio a lomos de su caballo y la
cambió por treinta doblones de oro, hecho cierto y documentado. Quería hacer
hincapié en este momento histórico, ya que es lo que da nombre al título de la
novela. El Cristo de Medinaceli, tras muchos rodeos por toda Europa, terminó en
una iglesia madrileña, de donde se saca en los oficios de Semana Santa. Es
decir, la imagen existe y su historia por el norte de África a finales del
siglo XVII es cierta.
Ésta es la tercera novela que leo
de Sánchez Adalid. Me gusta este escritor por el rigor histórico de sus
novelas, y en Trece doblones de oro
no es menos. Generalmente, en cualquier novela histórica nos encontramos un
margen muy grande dedicado a los personajes de ficción, mientras que el
trasfondo es la historia real. Sin embargo, con este autor se da mucha
importancia a los hechos históricos reales y a los personajes que existieron de
verdad. Y aunque los protagonistas son de ficción están muy vinculados a los
reales.
El estilo de Sánchez Adalid es
fresco, rápido. En esta novela Cayetano cuenta su historia en primera persona,
pero sabemos al final que en realidad es un manuscrito enviado a un fraile que
termina el libro con una carta, explicando el intercambio de rehenes e imágenes
religiosas a finales del siglo XVII en Mequinez. Es muy triste la descripción
de decadencia del Reino de España, los cristianos que se cambian de religión,
que cometen tropelías sin importar la moral. Un fuerte contraste al haber un amplio
sector de la población tremendamente religioso, que llora ante la imagen
realista del Cristo Redentor.
Es una novela con la que he
disfrutado. Con las novelas de Sánchez Adalid siempre se goza, ya que nos
detalla acontecimientos históricos muy de cerca, casi como si fuera una
crónica, pero sin salirse de las pautas novelescas. Además es una novela que se
lee rápidamente, con un estilo ágil y un lenguaje sencillo, pese a que a veces
utiliza términos propios del siglo XVII.
Otra cosa que me ha gustado del
libro son las ilustraciones que dan comienzo a cada capítulo, casi
vaticinándonos lo que va a ocurrir. Pero para alguien no familiarizado con la
época vienen bien porque en estas ilustraciones se plasma los usos de aquella
época: la ropa que usaban, las armas que llevaban, algunas partes de la casa,
utensilios varios, etc.
LA ESPAÑA DE FINALES DEL SIGLO
XVII
El final del siglo XVII consolida
una de las épocas más controvertidas del pasado español, la que ha sido
considerada por la historiografía como el período de decadencia. El fracaso de la
monarquía hispana pone fin a la grandeza del imperio acuñado por los monarcas
del siglo anterior. Y las riquezas americanas, lejos de permitir el desahogo,
habían venido agravando la situación. Porque España había monopolizado la
economía del Nuevo Mundo en una estructura imperial típica, apoderándose de las
materias primas y abasteciéndolo de manufacturas, y, ahora, cuando muchas de
las riquezas se agotan y todo parece ir a la deriva, no es capaz de gestionar
el nuevo panorama que se presenta. Y, mientras tanto, negociantes franceses y
holandeses se aprovechan de los últimos metales preciosos que llegan a los
puertos de la Península. La realidad es bastante cruda: la corrupción y el caos
reinan en la administración, las ciudades están atestadas de pícaros y gentes
de mal vivir y crecen el desorden y la apatía.
Termi na un siglo de contrastes
desmesurados. Por un lado, se observa cómo las personas que viven atentas a la
vida pública en Madrid, Sevilla u otras ciudades, se dan cuenta, estremecidad,
de que parecen sobrevenir toda clase de calamidades, miserias, crímenes y
fracasos.
No obstante, si bien en lo
militar, político y económico la decadencia es palpable, no sucede lo mismo en
la literatura y el arte. Los siglos XVI y XVII constituyen el momento literario
y artístico más álgido del sentido creativo español, su etapa estelar. De ahí
que se denomine el Siglo de Oro de las artes y las letras, en el cual
escribieron sus obras magistrales Cervantes, Lope de Vega, Góngora, Quevedo y
Calderón de la Barca.
Aquella sociedad presentaba
todavía un carácter estamental muy claro heredado de los siglos precedentes,
separada en grupos de población muy definidos: la nobleza, el clero, los
militares y la clase inferior. Los hidalgos constituían el eslabón más bajo de
la nobleza; teniendo fundamentalmente dos orígenes: algunos de ellos
pertenecían a familias que habían recibido el título por méritos de la
Reconquista y otros habían adquirido la hidalguía en fechas posteriores por
servicios u otros méritos. Pero en esta época se había producido ya un
paulatino empobrecimiento de los mayorazgos, hasta llegar a extinguirse
únicamente por su orgullo y por su pobreza. Y los hijos de los hidalgos,
arruinados los más de ellos, buscaban acomodo en el clero y en las tropas. Sobre
todo los segundones, es decir, los que no heredaban, se alistaban en la
milicia, buscando la aventura y deseosos de obtener por méritos alguna
prebenda. También sobreabundaban los hijos bastardos; la descendencia natural
de una sociedad tan proclive a la aventura, los viajes, las conquistas…; en una
realidad muy marcada por la idea del pecado, en la que los matrimonios se
acordaban por conveniencia, generando una infinidad de relaciones
extramatrimoniales ilícitas por tanto, pero que eran conocidas por todo el
mundo. Como una consecuencia más de la crisis del siglo, hay que destacar el
progresivo relajamiento de las tropas. Llegó a extenderse la figura de los
soldados españoles como fanfarrones, pícaros e indisciplinados.
La decadencia empieza a
extenderse por todos los órganos de la vida cotidiana. Esto produce un
desengaño del mundo que provoca la absoluta valoración de lo trascendental, el
deseo de escapar al engañoso mundo. Por eso el Barroco se caracteriza por una
constante tensión entre vida y espíritu. Aparece en aquella sociedad un hombre
que busca la vida con sus placeres, pues la sabe breve; y otro en cambio que
tiende al ascetismo, que mira únicamente hacia arriba, al sacrificio por causas
grandes y nobles, al optimismo y a la fe. Así es el arte de esta época; un
contraste entre dos fuerzas poderosas: una que le invita a ascender y otra que
le retiene.
En el hombre del siglo XVII están
los valores del Renacimiento, pero en proceso de asimilación y conviviendo con
rasgos del espíritu medieval en mayor o menor medida. A fin de cuentas, nos
encontramos ante el afianzamiento de un nuevo sistema de valores, de una nueva
estética, en una época de esplendor hispano en algunos aspectos culturales y
una convivencia conflictiva marcada por el control religioso y estatal.
EL DUQUE DE MEDINACELI

Juan Francisco de la
Cerda, VIII duque de Medinaceli, valido del rey de España desde 1680 hasta su
dimisión, en 1691
La indolencia de los últimos
Austrias propició que las tareas del gobierno recayeran en el llamado “valido”,
un gobernante efectivo, un ministro que tomase sobre sí la pesada carga. Dos grandes
personajes tenían capacidad y prestigio suficientes para asumir tan alta
responsabilidad: el duque de Medinaceli, sumiller de Corps y presidente del
Consejo de Indias, y el duque de Frías, condestable de Castilla, decano del
Consejo de Estado.
La muerte de don Juan de Austria
había creado un vacío de poder que era preciso llenar cuanto antes. Pero en los
primeros momentos era difícil predecir en quién recaería la responsabilidad del
gobierno. El rey Carlos II no podía estar solo. Pero no surgía ningún personaje
equiparable a don Juan. Un nuevo valido no parecía aconsejable. Pero era
urgente atender al gobierno y los proyectos de reforma estaban pendientes.
Por algún tiempo, las intrigas de
don Jerónimo de Eguía, apoyado por el confesor del rey y por la duquesa de
Terranova, camarera mayor de la reina, dificultaron la elección. Pero finalmnete
el rey se decidió por Medinaceli y el 22 de febrero de 1680 se expidió un
decreto por el cual se le nombraba primer ministro. La decisión real fue bien
recibida, porque el duque era joven todavía. Resultó que el duque no tuvo
altura de miras ni energía para sobreponerse al ambiente de crisis y
decadencia. Lo real es que acudió al tan acostumbrado recurso de crear juntas
que no hizo sino entorpecer la ya lenta marcha de los negocios con sus discusiones
y vacilaciones.
LA IMAGINERÍA BARROCA

Ecce Homo, de Martínez
Montañés, siglo XVII
Al iniciarse el siglo XVII,
podemos apreciar un hecho trascendental, el de que la escultura española
adquirió su particular identidad, pues el barroquismo italiano no encajaba en
sus gustos. En España prevaleció de manera definitiva la inspiración de lo
natural, de modo que el término “realismo” es el que mejor identifica al arte
de la primera mitad del siglo. Era un realismo concreto, sincero, que huye de
las abstractas bellezas ideales.
En Sevilla se inicia un período
singular con la imaginería de la escuela andaluza. Todavía hoy se admiran en los
desfiles procesionales de la Semana Santa sevillana las obras que con este fin
realizó Martínez Montañés, autor de imágenes de Cristo plenamente humano. Algo más
barroco fue uno de sus discípulos, Juan de Mesa, autor de venerables imágenes
como los Cristos del Amor, de la Agonía o de la Buena Muerte y el popular Jesús
del Gran Poder.
Los escultores-imagineros,
dotados de singulares carismas y fieles a sus creencias, sirvieron a la
expresión de este realismo. No conviene olvidar que esta inspiración tan
singular nació y se desenvolvió en plena Contrarreforma, en la que había que
afirmar frente a las corrientes adversas a las imágenes el valor catequético,
religioso y espiritual de éstas, mostradas al pueblo en procesiones que de
forma rápida se hicieron multitudinarias.
LA MAMORA

La Mamora en el siglo
XVII
En los siglos XVI y XVII se
conoció como La Mamora o La Mámora a una población-fortaleza que actualmente
está en ruinas, junto a la ciudad marroquí de Mehdía, en el norte de Marruecos.
Situada en las costas del Atlántico, a 115 kilómetros de Larache y 25 de Salé,
se halla adentrándose unos dos kilómetros en el río Sebú. Fue conquistada por
los portugueses en 1513, tras la toma de Azamor, y el rey Manuel I mandó que se
edificase con fines estratégicos un baluarte. Esta primera construcción sólo
preveía defender el fondeadero, pero no servía frente a un ataque por el lado
de tierra, lo que hizo que se perdiera pronto, llegándose a convertir en
reducto de piratas bajo el mando del inglés Mainwaring durante algún tiempo.
Tras la conquista de Larache en
1610, los españoles dominaron esta parte de la costa, ocupando La Mamora en
agosto de 1614. A partir de esta fecha, la fortaleza fue rebautizada como San
Miguel de Ultramar. La población española construyó un frente y junto a él creció
una población amurallada, que tuvo que resistir los continuos ataques
musulmanes. En 1680, la fortaleza fue sitiada por el sultán de Mequinez, Mulay
Ismail, y los soldados españoles se amotinaron porque preveían que no podrían
combatir contra el ejército musulmán, por lo que se decidió rendir la plaza.
Los residentes del fuerte fueron apresados y llevados cautivos, excepto trece
personas de autoridad que fueron embarcados con dirección a España.
MEQUINEZ

Mequinez
La ciudad marroquí de Mequinez,
en árabe M’knas y en francés Meknes, está situada al pie de las montañas Atlas
Medio, en un valle verde, a unos 130 kilómetros de Rabat y a 65 al oeste de
Fez. Los orígenes se remontan al siglo VIII, cuando se construye una kasbah, o fortaleza. Al asentarse en el
sitio la tribu bereber conocida como Meknassa en el siglo X, la ciudad recibe
definitivamente nombre e identidad por la población que fue creciendo alrededor
de la fortaleza.
Pero Mequinez no alcanzará su
apogeo hasta que fue elevada a la categoría de capital imperial por el sultán
Mulay Ismail de la dinastía alauita; el cual, después de haber sido proclamado
sultán a la muerte de su hermano, en 1672, erige en la vieja ciudad la capital
política y militar, emprendiendo la colosal tarea de reformarla por completo en
un estilo muy personal. 3.000 cautivos cristianos llegados de Fez, más 30.000
prisioneros de las tribus de las regiones vecinas, fueron empleados cotidianamente
en la tarea. El sultán mandó destruir la alcazaba meriní y una parte de la
ciudad antigua para construir una formidable muralla dotada de monumentales
puertas. Mandó erigir mezquitas, alcázares para su guardia, graneros, cuadras
de caballos, jardines y la Dar Kebira. Hizo traer materiales romanos y mármoles
desde las ruinas de Volubilis y del palacio el-Badi de Marraquech, para
realizar con fastuosidad su ciudad imperial: Dar el-Majzen, en la que
estableció su administración personal y su harén, del que se dice que las
quinientas mujeres que lo componían eran originarias de todas las comarcas.
Los graneros llamados Heri
es-Suani, contiguos al palacio, servían para almacenar las reservas
alimenticias de la ciudad, así como el heno y el grano previstos para mantener
a los 12.000 caballos del sultán. Los muros de siete metros de espesor y una
red de canalizaciones subterráneas, mantenían una temperatura fresca en el
interior de las inmensas despensas que permitía la conservación de las
reservas. Ya que Mulay Ismail tenía auténtico temor a estar sitiado; de ahí el
origen de lo desmesurado de los graneros. Ningún asedio llegó a durar en
realidad más de una semana durante los años de su reinado.
EL SULTÁN MULAY ISMAIL

El sultán Mulay Ismail
Abdul Nasir Mulay Ismail As-Samin
Ben Sharif, conocido universalmente como sultán Mulay Ismail, nació entre los
años 1635 y 1645 y reinó en amplios territorios de lo que hoy es Marruecos
entre los años 1672 y 1727; heredando el poder de su medio hermano Mulay
al-Rashid Rama. Pero lo que más célebre hizo a este personaje en su tiempo es
el hecho de ser un verdadero recolector de cautivos y haber mantenido un harén
de 500 mujeres, creando una enorme familia en la que se le atribuyeron 700
hijos, el último de los cuales se dice que nació ocho meses tras su muerte. Reclutó
un ejército de 150.000 esclavos y, con este inmenso poder, gran parte de
Marruecos cayó bajo su dominio durante 55 años. Tras la muerte de Ismail, sus
numerosos hijos se disputarían la sucesión durante medio siglo.
La gran armada del sultán estaba
compuesta por esclavos negros, emigrantes árabes, sudaneses, andalusíes y
cristianos. Con el fin de mantenerla y regenerarla, instaló en Mequinez un
gigantesco campamento cercano al palacio. Dio mujeres a los soldados y,
siguiendo el ejemplo de los turcos, todos los niños nacidos en el campamento
fueron formados para servir al Estado desde edad temprana. A los quince años
eran incorporados al ejército. Mulay Ismail creó por todo el imperio una red de
fortalezas, todavía utilizadas como guarniciones.
EL CRISTO DE MEDINACELI

El Cristo de Medinaceli
(Jesús Nazareno Rescatado)
La imagen que es conocida
popularmente como Cristo de Medinaceli y que se halla en Madrid es un Ecce Homo, es decir, la representación
de Cristo atado y flagelado que Poncio Pilato presenta al pueblo de Jerusalén
mientras pronuncia las palabras “He aquí el hombre” (“Ecce Homo”). Se sabe que la talla fue encargada por la comunidad de
Padres Capuchinos de Sevilla, y casi con toda seguridad proviene del taller de
Juan de Mesa, donde la pudo tallar él mismo o alguno de sus discípulos, Luis de
la Peña o Francisco de Ocampo, durante la primera mitad del siglo XVII. Una vez
terminada la imagen en 1645, fray Francisco Guerra, obispo de Cádiz, dispuso
que se hiciera su traslado a La Mamora, ya que ejercía jurisdicción
eclesiástica sobre la plaza.
Fue llevada por los capuchinos al
fuerte que las tropas españolas tenían en San Miguel de Ultramar, y será
apresado por los moros en 1681, junto con otras imágenes y objetos sagrados de
culto cuando el sultán Mulay Ismail arrebata a los españoles la plaza después
de ponerle sitio. Trasladada la imagen luego a Mequinez, donde fue profanada y
arrojada a un muladar de donde fue rescatada por el religioso trinitario fray
Pedro de los Ángeles, que la tuvo guardada hasta que finalmente, en enero de
1682, los trinitarios redentores pagaron para poder llevarla de vuelta a España
30 monedas castellanas de oro.

Jesús Sánchez Adalid (1962) es de
Villanueva de la Serena (Badajoz). Se licenció en Derecho por la Universidad de
Extremadura y realizó los cursos de doctorado en la Universidad Complutense de
Madrid. Ejerció de juez durante dos años, tras los cuales estudió Filosofía y
Teología. Además, se licenció en Derecho Canónico por la Universidad Pontificia
de Salamanca.
Su amplia obra literaria ha
conectado con multitud de lectores, gracias a la veracidad de sus argumentos y
a la originalidad de sus descripciones sustentadas en una profunda documentación.
Sus novelas constituyen una penetrante reflexión acerca de las relaciones
humanas, la libertad individual, el amor, el poder y la búsqueda de la verdad.
La obra de Sánchez Adalid se ha
convertido en un símbolo de acuerdo y armonía entre los pueblos, religiones,
razas y pueblos, algo especialmente necesario en un mundo desgarrado por la
intolerancia y el fanatismo.
Ha publicado con gran éxito
La luz del Oriente,
El mozárabe,
Félix de
Lusitania,
La tierra sin mal,
En compañía del sol,
El cautivo,
La Sublime Puerta,
El
caballero de Alcántara,
Los milagros del vino,
Galeón y
El Camino Mozárabe. En 2007 ganó el
premio Fernando Lara por su novela
El alma de la ciudad; en febrero de 2012, el premio Alfonso X el Sabio de
Novela Histórica por
Alcazaba; en
mayo de 2013 recibió el premio Internacional de Novela Histórica de Zaragoza
por el conjunto de su obra; en agosto, el premio Diálogo de Culturas y el 12 de
octubre del mismo año, el premio Hispanidad.
En Extremadura ha sido
distinguido con la Medalla de Extremadura y el premio Extremeños de Hoy.
Sánchez Adalid ha colaborado en
Radio Nacional, en el diario Hoy y en
las revistas Historia National Geografic
y Vida nueva.
Título original: Treinta doblones de oro
Autor: Jesús Sánchez Adalid
Editorial: Ediciones B
(Barcelona, 1ª edición, diciembre de 2013)
Número de páginas: 417
ISBN: 978-84-666-5404-3
Valoración: 8/10
Voy a incluir esta novela en los
siguientes retos: