miércoles, enero 29, 2014

Desafío Zoo Literario I: Tres animales

Llevo unas semanas recopilando animales para el Desafío Zoo Literario y he encontrado ya tres animales. En realidad he encontrado cuatro, pero el último lo empecé a leer ayer y aún no tengo la reseña. En orden de aparición fui encontrando los siguientes animales:

#1.-   Un ave (paloma, avestruz, pingüino, gallina, etc.)

El grajo, encontrado en El hombre que perseguía al tiempo, de Diane Setterfield.

Aunque toda la novela  es una referencia constante al grajo, dejo un párrafo del comienzo:
Fred rompió el silencio con un tremendo berrido y tres chicos salieron disparados a través del campo en dirección al árbol, Luke tropezando con las raíces y los repliegues, siempre el último. Aunque con retraso, William también corrió hacia allí. Llegó a donde estaban los muchachos, acuclillados al pie del árbol. Se apetujaron y le hicieron sitio para que pudiese ver.Allí, en la hierba: el pájaro. Un grajo. Joven, todavía con el pico negro”.

#2.- Un gran mamífero (rinoceronte, jirafa, vaca, hipopótamo, caballo, oso, mono, etc.)

El caballo, encontrado en Treinta doblones de oro, de Jesús Sánchez Adalid.
Resultado de imagen de el suspiro del moro
El suspiro del moro, Marcelino de Unceta

Nos inclinamos. Yo vi de reojo cómo entraba a caballo el rey moro, sobre una montura riquísima, de pelo de gineta, con adornos de oro, perlas y sedas. Su presencia resultaba imponente, bajo una sombrilla que sostenía un negro enorme, una especie de coloso.
(…) El sultán descabalgó, vio lo que había y apenas se detuvo allí un momento. Después desapareció por donde había venido y pudimos enderezarnos. Entonces llegó la hora de la rapiña…” (Páginas 270-271).

#3.- Un insecto o arácnido (mariposa, mosquito, grillo, araña, etc.)

Una pareja de moscas observadas por una vaca que aspira a conocer mundo, a ver lo que hay más allá de la cerca electrificada de la granja donde vive, encontrado en la novela ¡Muuu!, de David Safier.

Un día espectacularmente caluroso, dos moscas efímeras me enseñaron lo que podía ser ese “algo más”. A primera hora de la mañana fui testigo de cómo salían de un charquito que se había formado tras una tormenta. Las dos criaturitas parecían sumamente frágiles en los primeros minutos que pasaban en este mundo. Ya a tan temprana edad se sentían atraídas la una hacia la otra. Decidí observarlas, y las llamé Zumbi y Pumbi. Las dos monadas se pasaron volando y dando vueltas juntas toda la infancia, es decir, una media hora (…)” (Página 12).

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