Cuando estudiaba Historia de España en el colegio, una de
las partes que menos me gustaban era la Historia de Roma, quizás por toda la
complejidad de un imperio que ocupaba casi toda Europa y zonas de Asia y África,
pero sobre todo porque había de estudiarme toda esa profusión de palabras
complejas, muchas en latín, con que se designaban los diferentes elementos de
ese entramado político, social, bélico y familiar que habían formado nada menos
que un imperio que duró muchos siglos, y cuyo legado podemos ver aún en
nuestros días.
No me gustaba estudiar la Antigua Roma porque tenía que
emplear el doble de tiempo que para otras civilizaciones, al ser tan amplio
todo aquello que abarcó el Imperio (cuando hablo del Imperio Romano, también me
refiero a la previa República; es un modo de designar, de algún modo, este
amplio período). Y, sin embargo, siempre he sentido curiosidad insaciable por
esta cultura, quizás porque hoy somos testigos directos de mucho de lo que
hicieron y que ha perdurado hasta nuestros días, aunque también porque para
formarse aquel Imperio tan complejo fueron necesarios muchos arquitectos, ingenieros,
estrategas, abogados, políticos y una amplia red de individuos que no pueden
dejar de sorprendernos. Tenían que tener muy buenos arquitectos para levantar
un anfiteatro como el Coliseo (21 siglos después aún se puede contemplar en la
capital italiana); ingenieros para, por ejemplo, suministrar agua a las
ciudades, dejando mella en ciudades como Segovia o Mérida, donde sus acueductos
aún siguen en pie, y por donde podría aún circular el agua de suministro a las
ciudades, según dicen los expertos actuales; estrategas que ampliaran el
Imperio hasta Siria, para asediar y terminar conquistando Jerusalén, para
conquistar Alemania y la Europa del Este, así como Gran Bretaña y el Norte de
África, lugares todos ellos donde todavía hoy se pueden contemplar los restos
romanos; abogados, pues en un Imperio creciente había muchos crímenes, así que
los romanos inventaron un sistema para poder juzgar a aquellos individuos que
habían cometido delitos (no en vano hoy en día en las Facultades de Derecho hay
una asignatura que se llama Derecho Romano); políticos, pues muchas de nuestras
democracias son herencia directa del sistema político romano, con su Senado y
su Primer Ministro (éste vendría a ser el emperador en la Antigua Roma, siempre
respaldado por el Senado, que votaba democráticamente).
Durante 35 años de Historia, se suceden en el Imperio Romano
nueve emperadores diferentes: Nerón, Galba, Otón, Vitelio, Vespasiano, Tito,
Domiciano, Nerva y Trajano. Esta novela nos muestra facetas de esa época desde
que Nerón se ve obligado a escapar a través del suicidio, hasta el nombramiento
de Trajano como emperador.
En aquella época, era impensable que un hombre no nacido en
Roma, y ni siquiera en Italia, pudiera llegar a ser emperador. Ni siquiera las
provincias hispanas contaban en aquel entonces con la ciudadanía romana.
Marco Ulpio Trajano había nacido en Itálica (cerca de Sevilla),
fue cónsul, legatus augusti en las fronteras del Rin y del Danubio, estuvo en
el asedio y posterior conquista de Jerusalén junto al César Tito, tenía
numerosas condecoraciones como guerrero ejemplar y su figura era respetada por
todas las legiones desde todos los confines del Imperio. Trajano es el primer
emperador romano de origen hispano de la Historia.
La novela comienza con un capítulo donde se describe el
asesinato del emperador Domiciano. Más tarde, casi al final, las páginas del
libro retomarán este capítulo. Si bien los primeros emperadores tras Nerón
apenas nos dejan unos pocos brochazos de lo que fue su reinado, es interesante
pararse en Vespasiano, de la Dinastía Flavia. Éste se encontraba asediando
Jerusalén con su hijo Tito cuando recibe el mensaje de que ha sido nombrado
emperador por el Senado y tiene que regresar a Roma. Deja a su hijo Tito
terminando la batalla contra los judíos, mientras que el nuevo emperador acude
raudo a Roma para hacerse cargo del poder que le han conferido. Se dice de él
que fue un emperador magnánimo, querido por el pueblo. Allí tenía otro hijo más
joven, Domiciano, que ya desde muy niño ansiaba ser emperador. Domiciano se
encaprichó de una mujer patricia que ya estaba casada, Domicia Longina, hija
del general Corbulón (obligado a suicidarse por el emperador Nerón).
Tito volverá cubierto de gloria a Roma y se convertirá en la
mano derecha del emperador Vespasiano, su padre, que ha nombrado Césares a sus
dos hijos varones. Durante el Imperio de Vespasiano, las fronteras se mantienen
en paz, con un Trajano en Germania, al que ya se le conoce como “el Guardián
del Rin”. En esta época comienza a construirse el Anfiteatro Flavio (Coliseo)
el mayor anfiteatro del mundo. Cuando Tito se convierte en emperador, su
hermano se mantiene alejado, pero la novela insinúa que fue envenenado y que
Domiciano le dejó morir.
Domiciano asciende al poder sin haber hecho ningún mérito,
como muchas veces le recuerda su esposa Domicia Longina, que se ha dado cuenta
de la depravación de su marido. Sabe que su marido sólo desea insuflarle miedo,
terror, dolor, y ella le odia, pero espera durante años la venganza.
Domiciano se convierte en un tirano, que desconfiado de todo
y todos, derrocha el dinero del Imperio para pagar a la guardia pretoriana para
que le proteja de cualquier enemigo, pero sobre todo manda asesinar a
cualquiera que pudiera resultar una amenaza para su Imperio, generalmente son
personas sobresalientes en las fronteras que, por ganar varias batallas, se
convierten en enemigos del emperador. Domiciano está cada día más loco y
cualquiera podría ser el siguiente para enviar al patíbulo.
Entonces, Partenio, el consejero imperial, empieza a formar
el entramado de piezas con las que creará una conjura para asesinar al
emperador loco. Tiene que encontrar a unos hombres que sean capaces de
enfrentarse a los guardias petrorianos que defienden la figura imperial y que
siempre le rodean. Esos hombres los encuentra en los gladiadores.
Marcio, el mejor gladiador de Roma en el año 96 d. C., había
sido obligado a enfrentarse en la arena del anfiteatro junto a su mejor amigo,
Atilio, en una lucha a muerte, y el emperador Domiciano, que ya se considera un
dios en vida, manda asesinar. Desde entonces Marcio le guarda cierto rencor,
así que no le importará mucho la venganza del que le mandó asesinar a su mejor
amigo. Recluta a varios gladiadores que le ayudarán en la conjura. Para entrar
en el palacio de Domus Flavia, residencia real, cuentan con el pasadizo secreto
que comienza en el hipódromo y termina en las habitaciones reales de la
emperatriz, que está dispuesta a darles acceso para que terminen con la vida
del hombre que ha convertido su propia vida en una tortura. Partenio convence
además a un jefe del petrorio, Petronio, para que rebaje la guardia alrededor
del hipódromo, a espaldas del otro jefe del petrorio, Norbano, que es un fiel
seguidor de Domiciano. Según la novela, quien empuña la daga que termina con la
vida de Domiciano es su esposa Domicia Longina.
Entre los senadores votan a Nerva como emperador tras la
muerte de Domiciano, pero es un hombre débil. Norbano y Casperio, que sustituye
a Petronio como segundo jefe del petrorio, buscan a los culpables del asesinato
de Domiciano y torturan a todos ellos. Sólo Marcio el gladiador y la gladiatrix
Alana consiguen escapar de Roma en dirección a las tierras del norte, donde
había nacido ella. También Domicia Longina consigue escapar como conjurada.
El emperador Nerva, al ver que el Imperio se desintegra
lentamente, nombra a Trajano como hijo adoptivo, César y tribuno. Al nombrarlo
hijo adoptivo y ser respaldada su decisión por el Senado, Trajano podrá llegar
a ser emperador y cambiar el rumbo de la historia, pese a ser un emperador
extranjero.
El libro termina con la primera audiencia de Trajano en
Roma, tras haber asentado las fronteras en el Danubio y el Rin, haber pactado
con Nigrino, al frente de las legiones de Siria, y haber acabado con los jefes
del petrorio, Norbano y Casperio.
Es un libro increíblemente emocionante. También lo tengo firmado por el autor. Tiene más de 1.100 páginas. Siempre he pensado que los libros largos cuentan buenas historias que no te saben a poco. Éste no iba a ser menos.