Estoy leyendo el libro de Rōnin y me trae recuerdos varios de cuando estuve en Japón, hace ya cuatro años, un lugar al que volvería y que dejó una enorme huella en mí. Lo recuerdo como uno de los países que más me ha impactado de todo lo que he conocido a lo largo de los últimos años.
Así, cuando leo un libro que trata de las tradiciones de los samuráis, tengo que reconocer que producen en mí cierto respeto y cierto miedito. Respeto porque eran muy hábiles con la katana, porque conjugaban a la perfección un carácter frío con la dureza de la lucha, porque eran unos eruditos de la espada y porque eran fieles a su señor (daimyō), pero también en Japón, durante los siglos de colonizadores, los extranjeros barbudos eran asesinados, pues durante mucho tiempo Japón cerró sus fronteras, por lo que el país no fue "contaminado" por otras culturas, religiones ni tradiciones, por lo que mantuvo lo propio y eso, en la actualidad, mezclado con la llegada de lo occidental, lo convierten en un país único. Pues Japón ha sido uno de los pocos países que ha acogido una occidentalización rápida siempre manteniendo su tradición.
Rōnin me recuerda especialmente a un castillo que visité en Kyoto, el Castillo de Nijo o el castillo de los samuráis. Hay que tener en cuenta que Kyoto es una de las pocas ciudades que se salvaron de los bombardeos de la aviación de la IIª Guerra Mundial, y muchos de sus palacios medievales estaban magistralmente conservados.
El contraste es tan fuerte entre lo que habitualmente conocemos y el país del sol naciente que ni siquiera las palabras pueden describir todo aquello con la necesaria concreción.
Ni que decir tiene que la novela de Francisco Narla la estoy disfrutando, aunque utiliza a veces palabras en japonés que finalmente termina describiendo, pero que me traen muy buenos recuerdos. Finalmente, he optado por recoger algunas de esas palabras, para refrescar la memoria, en esta entrada.
Un rōnin roba en la casa de un comerciante en Japón, alrededor de 1860
La palabra japonesa que da nombre al título del libro es Rōnin (浪人), hombre de las olas, un hombre errante como una ola del mar. Durante la época feudal de Japón (1185-1868) se denominaba así a cualquier samurái sin amo, generalmente con motivo de la caída de su señor o bien porque había perdido su favor.
Una forma sencilla en que un samurái acabara siendo un rōnin era a través del nacimiento: el hijo o la hija de un rōnin también era rōnin, siempre que no renunciara a su estatus. A menudo, el rōnin por nacimiento soñaba con demostrar su valía para poder jurar lealtad con su clan, convirtiéndose así en un auténtico samurái. Esto era infrecuente, reservado a los más talentosos, pues pocos daimyō estaban dispuestos a sentar un precedente permitiendo que un rōnin entrara en su clan. Más frecuentes eran los rōnin que se enviaban a ciertas misiones con la promesa de la admisión, para luego negársela por cualquier motivo que buscara el daimyō.
Uno de los más famosos rōnin fue Miyamoto Musashi, el célebre espadachín.
En Japón se da mucha importancia a las metáforas, y si bien en la actualidad los rōnin no existen como tal, hoy la palabra se utiliza como metáfora. Se les llama así a aquellos estudiantes que, habiendo suspendido el examen de ingreso a la escuela o universidad que han elegido para cursar sus estudios, deciden pasar el siguiente año estudiando para presentarse nuevamente al examen: al igual que el rōnin histórico no tenía amo al que servir, un estudiante rōnin es el que no tiene escuela donde estudiar. Existe asimismo un sentimiento de vergüenza y deshonra al haber suspendido el examen, aunque también un gran deseo de superación para aprobar el siguiente intento.

El daimyō Matsudaira Katamori visitando la residencia de uno de sus vasallos. Museo de la casa del samurái Aizuwakamatsu
El daimyō (大名) era el soberano feudal más poderoso entre los siglos X y XIX. El término daimyō significa literalmente "gran nombre". Durante los pasados siglos, el daimyō ha sido el auténtico poder de Japón, tanto como para provocar una importante escisión interna entre los shōgun de la época Edo (finales del siglo XIX). El término daimyō es utilizado también para referirse a figuras de liderato de los clanes, también llamados "señores". Éste era usualmente el líder militar que un shōgun o regente seleccionaba.
El daimyō utilizaba generalmente colores púrpuras, que variaban de tonalidades oscuras a claras, dependiendo del nivel en que se encontrara. Los púrpuras oscuros y claros precedían a los verdes oscuros y claros, negros y rojos claros y finalmente el negro. Los daimyō de más alto rango eran considerados nobles.

Un daimyō realizando una visita de estado, ilustración de 1860
Tras la Batalla de Sekigahara, que marcó el principio del Período Tokugawa en el año 1603, el shōgun Tokugawa Ieasu reorganizó aproximadamente a 200 daimyō en sus territorios, formalmente conocidas como kuni (provincias), dentro del han (feudo), categorizadas según el nivel de producción de arroz. Los daimyō eran aquéllos que lideraban un han valorado en 10.000 koku (50.000 celemines) o más. Ieyasu también categorizó a los daimyō de acuerdo a su cercanía con el gobierno de la familia Tokugawa, que eran conocidos por su valentía y emparentados tradicionalmente con la familia Tokugawa (shinpan), los que se habían aliado con los Tokugawa antes de la Batalla de Sekigahara (fudai) y los que sólo tras la batalla de Sekigahara se unieron a los Tokugawa (tozama).
En el año 1800 había aproximadamente 170 daimyō en Japón.
El sankin kōtai (atención alterna) era un sistema por el que el Tokugawa forzaba a todos los daimyō a pasar cada año por las cortes Tokugawa en Edo y mantener a los miembros de su familia en Edo cuando regresaran a sus han. Esto incrementaba el control político y fiscal sobre los daimyō por Edo. Cuando llegó el Período Tokugawa se establecieron otros sistemas de control de los daimyō, como el pago de contribuciones a trabajos públicos, como la construcción de carreteras. A los daimyō se les prohibió construir barcos y castillos, mientras que otras muestras de poderío militar eran fuertemente controladas.
A pesar de este control, y con frecuencia en una mala situación económica, el respaldo forzado de los trabajos públicos y los gastos extravagantes, muchos daimyō actuaron en contra del Shogunato Tokugawa durante la Restauración Meiji. En 1869, los daimyō alineados con el nuevo régimen junto con los kuge (aristocracia imperial), formaron una nueva aristocracia japonesa, los kazoku. En 1871, el sistema han fue abolido y se establecieron las prefecturas, dando fin a la era daimyo en Japón.

Ilustración de la realización del seppuku
Los samuráis tenían una siniestra tradición, mediante la cual se abrían el vientre con un puñal a la vista de todos, dejando sus entrañas a la vista de todos. Se llama seppuku.
La palabra harakiri también se refiere al suicidio 'a lo japonés', pero en Japón es un término vulgar.
El suicidio ritual japonés o seppuku era sólo privilegio de las clases nobles, concretamente de los guerreros samuráis. Para esta élite seguidora del código del bushido, la idea del deshonor o la vejez era impensable, por lo que buscaban la muerte autoinfligida como forma de terminar conservando el honor.
Para abrirse el vientre recurrían al tantō, una daga de unos 30 centímetros, similar a una katana pequeña. También se colocaban una pequeña bandeja entre sus rodillas para recoger los intestinos tras el tajo.
Una de las características principales del seppuku es que debía celebrarse el ritual delante de un público. Al contrario de lo que pudiésemos creer sobre la intimidad de este momento, el proceso era presenciado por un grupo de espectadores, generalmente amigos, familiares o implicados de algún modo en el motivo de la muerte.
El ritual comienza bebiendo sake. En realidad, la muerte era el momento final de un ritual mucho más elaborado, en el cual se comenzaba bebiendo sake. Después, el samurái solía escribir un poema de despedida en su tessen (abanico de guerra). Finalmente, era vestido de blanco -color de los muertos- y se envolvía las manos en papel de arroz, pues era deshonroso morir con las manos manchadas de sangre.
En realidad, muy pocas muertes tenían lugar por la propia mano del samurái. De ser así, se convertía en un proceso prolongado y agónico que podía alargarse durante horas. Por lo general, a su lado asistía un kaishaku (ayudante), generalmente un amigo o familiar, que decapitaba al moribundo bajo una señal previamente acordada.
El ritual completo consistía en clavarse el tantō por el lado izquierdo con el filo hacia la derecha, cortar hacia la derecha firmemente y volver al centro para terminar con un corte vertical hasta el comienzo del esternón. Esto resultaba tan doloroso para el suicida y tan desagradable para el público que la figura del kaishaku se hacía imprescindible para aligerar el acto.
Existía una creencia establecida de que cuanto más lejos llegara la víctima en el destripamiento mayor era su valor. Sin embargo, muchos samuráis morían de la mano del kaishaku justo antes o en el mismo momento de la primera puñalada. Aunque estos verdugos a veces también fallaban en su corte, aumentando en ese caso el sufrimiento de la víctima.
Había casos en que no existía una daga o tantō disponible, por lo que el suicida podía utilizar su propia katana sujetándola a la mitad del filo con un paño blanco, para evitar el corte de las manos y ejercer mayor presión sobre la hoja.
El harakiri podía ser impuesto por el propio daimyō o por un tribunal, en el caso de que el guerrero hubiese cometido un robo, asesinato u otro tipo de falta de honor. Tradicionalmente se enviaba una carta con un tantō finamente elaborado para usarlo en el proceso y se otorgaban varios días a su destinatario para prepararse. De no llevarlo a cabo era ejecutado a la manera tradicional.

Suicidio de una mujer noble
El ritual era un privilegio exclusivo de la élite masculina. Las mujeres de noble cuna también podían practicarlo, en caso de caer en manos del enemigo, seguir a su señor a la tumba u otros motivos de peso, pero se consideraban jigai (suicidio a secas). Tampoco lo realizaban de la misma manera. Para ellas, consistía en atarse las rodillas o los tobillos, pues caer sin vida con las piernas abiertas era indecoroso, y seccionarse la arteria carótida.
El samurái deshonrado y su familia perdían todos sus privilegios y posesiones, que solían acabar en manos del Estado. Rehusar la posibilidad de rescindir su honor mediante el seppuku significaba ser ejecutado, sabiendo que también condenaba a sus parientes a la pobreza y a la marginación social.

El harakiri más conocido fue el de los 47 rōnin. Alrededor de 1701, una discusión entre dos señores feudales terminó con la condena a suicidio para uno de ellos. Tras enterarse del suceso, 47 de sus samuráis (convertidos en rōnin porque su señor había muerto y no tenían a quien servir) se reunieron para planear venganza.
Tras dos años de preparativos lograron irrumpir en el hogar del daimyō rival y asesinarlo con la misma espada que había dado muerte a su señor. Tras esto, se entregaron a las autoridades, que les permitieron acabar sus días por su propia mano.
El seppuku fue oficialmente abolido en 1873, aunque desde entonces se ha seguido practicando.Tras el final de la IIª Guerra Mundial, muchos soldados japoneses prefirieron cometer harakiri antes que aceptar la derrota ante el ejército estadounidense. En estos casos, el kaishaku era un compañero que le daba un tiro en la nuca.

Harakiri durante la IIª Guerra Mundial
Algunos de los últimos y más famosos harakiris se celebraron hace relativamente poco tiempo. Fueron los del escritor italiano Emilio Salgari, que se quitó la vida recurriendo a esta técnica en 1911, y el del escritor Yukio Mishima y uno de sus pupilos, en 1970, como protesta por la miseria moral y la degradación que suponía haber abandonado las antiguas virtudes japonesas y adoptar el modo de vida occidental.
Uno de los más recientes fue el de un empleado de Bridgestone en Japón en 1999, que recurrió al cuchillo como protesta de su jubilación obligatoria a los 58 años. Aunque no fue capaz de terminarlo, falleció en el hospital a causa de las heridas causadas.
En el caso de Emilio Salgari, la cantidad de obras que escribió no le brindaron una tranquilidad económica durante su vida, sino que, por el contrario, vivió sin recursos, situación que le llevó a suicidarse de esa manera.
Una mañana de invierno dejó definitivamente la pluma, tras recomendar a su familia a los negreros que le explotaron: "Yo os he hecho ricos; preocupaos al menos un poco por mis hijos". Después se hizo el harakiri sobre la nieve recién caída, cerca de Turín.
Al comenzar a describir sabía que los asuntos de esta entrada eran algo desagradables, quizás por lo sangriento. Pero en mi caso puede más la atracción que Japón tiene sobre mí. Por lo que resulta curioso cualquier tipo de tradición que tenga que ver con aquel país.
En Japón se da mucha importancia a las metáforas, y si bien en la actualidad los rōnin no existen como tal, hoy la palabra se utiliza como metáfora. Se les llama así a aquellos estudiantes que, habiendo suspendido el examen de ingreso a la escuela o universidad que han elegido para cursar sus estudios, deciden pasar el siguiente año estudiando para presentarse nuevamente al examen: al igual que el rōnin histórico no tenía amo al que servir, un estudiante rōnin es el que no tiene escuela donde estudiar. Existe asimismo un sentimiento de vergüenza y deshonra al haber suspendido el examen, aunque también un gran deseo de superación para aprobar el siguiente intento.
El daimyō Matsudaira Katamori visitando la residencia de uno de sus vasallos. Museo de la casa del samurái Aizuwakamatsu
El daimyō (大名) era el soberano feudal más poderoso entre los siglos X y XIX. El término daimyō significa literalmente "gran nombre". Durante los pasados siglos, el daimyō ha sido el auténtico poder de Japón, tanto como para provocar una importante escisión interna entre los shōgun de la época Edo (finales del siglo XIX). El término daimyō es utilizado también para referirse a figuras de liderato de los clanes, también llamados "señores". Éste era usualmente el líder militar que un shōgun o regente seleccionaba.
El daimyō utilizaba generalmente colores púrpuras, que variaban de tonalidades oscuras a claras, dependiendo del nivel en que se encontrara. Los púrpuras oscuros y claros precedían a los verdes oscuros y claros, negros y rojos claros y finalmente el negro. Los daimyō de más alto rango eran considerados nobles.
Un daimyō realizando una visita de estado, ilustración de 1860
Tras la Batalla de Sekigahara, que marcó el principio del Período Tokugawa en el año 1603, el shōgun Tokugawa Ieasu reorganizó aproximadamente a 200 daimyō en sus territorios, formalmente conocidas como kuni (provincias), dentro del han (feudo), categorizadas según el nivel de producción de arroz. Los daimyō eran aquéllos que lideraban un han valorado en 10.000 koku (50.000 celemines) o más. Ieyasu también categorizó a los daimyō de acuerdo a su cercanía con el gobierno de la familia Tokugawa, que eran conocidos por su valentía y emparentados tradicionalmente con la familia Tokugawa (shinpan), los que se habían aliado con los Tokugawa antes de la Batalla de Sekigahara (fudai) y los que sólo tras la batalla de Sekigahara se unieron a los Tokugawa (tozama).
En el año 1800 había aproximadamente 170 daimyō en Japón.
El sankin kōtai (atención alterna) era un sistema por el que el Tokugawa forzaba a todos los daimyō a pasar cada año por las cortes Tokugawa en Edo y mantener a los miembros de su familia en Edo cuando regresaran a sus han. Esto incrementaba el control político y fiscal sobre los daimyō por Edo. Cuando llegó el Período Tokugawa se establecieron otros sistemas de control de los daimyō, como el pago de contribuciones a trabajos públicos, como la construcción de carreteras. A los daimyō se les prohibió construir barcos y castillos, mientras que otras muestras de poderío militar eran fuertemente controladas.
A pesar de este control, y con frecuencia en una mala situación económica, el respaldo forzado de los trabajos públicos y los gastos extravagantes, muchos daimyō actuaron en contra del Shogunato Tokugawa durante la Restauración Meiji. En 1869, los daimyō alineados con el nuevo régimen junto con los kuge (aristocracia imperial), formaron una nueva aristocracia japonesa, los kazoku. En 1871, el sistema han fue abolido y se establecieron las prefecturas, dando fin a la era daimyo en Japón.

Ilustración de la realización del seppuku
Los samuráis tenían una siniestra tradición, mediante la cual se abrían el vientre con un puñal a la vista de todos, dejando sus entrañas a la vista de todos. Se llama seppuku.
La palabra harakiri también se refiere al suicidio 'a lo japonés', pero en Japón es un término vulgar.
El suicidio ritual japonés o seppuku era sólo privilegio de las clases nobles, concretamente de los guerreros samuráis. Para esta élite seguidora del código del bushido, la idea del deshonor o la vejez era impensable, por lo que buscaban la muerte autoinfligida como forma de terminar conservando el honor.
Para abrirse el vientre recurrían al tantō, una daga de unos 30 centímetros, similar a una katana pequeña. También se colocaban una pequeña bandeja entre sus rodillas para recoger los intestinos tras el tajo.
Una de las características principales del seppuku es que debía celebrarse el ritual delante de un público. Al contrario de lo que pudiésemos creer sobre la intimidad de este momento, el proceso era presenciado por un grupo de espectadores, generalmente amigos, familiares o implicados de algún modo en el motivo de la muerte.
El ritual comienza bebiendo sake. En realidad, la muerte era el momento final de un ritual mucho más elaborado, en el cual se comenzaba bebiendo sake. Después, el samurái solía escribir un poema de despedida en su tessen (abanico de guerra). Finalmente, era vestido de blanco -color de los muertos- y se envolvía las manos en papel de arroz, pues era deshonroso morir con las manos manchadas de sangre.
En realidad, muy pocas muertes tenían lugar por la propia mano del samurái. De ser así, se convertía en un proceso prolongado y agónico que podía alargarse durante horas. Por lo general, a su lado asistía un kaishaku (ayudante), generalmente un amigo o familiar, que decapitaba al moribundo bajo una señal previamente acordada.
El ritual completo consistía en clavarse el tantō por el lado izquierdo con el filo hacia la derecha, cortar hacia la derecha firmemente y volver al centro para terminar con un corte vertical hasta el comienzo del esternón. Esto resultaba tan doloroso para el suicida y tan desagradable para el público que la figura del kaishaku se hacía imprescindible para aligerar el acto.
Existía una creencia establecida de que cuanto más lejos llegara la víctima en el destripamiento mayor era su valor. Sin embargo, muchos samuráis morían de la mano del kaishaku justo antes o en el mismo momento de la primera puñalada. Aunque estos verdugos a veces también fallaban en su corte, aumentando en ese caso el sufrimiento de la víctima.
Había casos en que no existía una daga o tantō disponible, por lo que el suicida podía utilizar su propia katana sujetándola a la mitad del filo con un paño blanco, para evitar el corte de las manos y ejercer mayor presión sobre la hoja.
El harakiri podía ser impuesto por el propio daimyō o por un tribunal, en el caso de que el guerrero hubiese cometido un robo, asesinato u otro tipo de falta de honor. Tradicionalmente se enviaba una carta con un tantō finamente elaborado para usarlo en el proceso y se otorgaban varios días a su destinatario para prepararse. De no llevarlo a cabo era ejecutado a la manera tradicional.

Suicidio de una mujer noble
El ritual era un privilegio exclusivo de la élite masculina. Las mujeres de noble cuna también podían practicarlo, en caso de caer en manos del enemigo, seguir a su señor a la tumba u otros motivos de peso, pero se consideraban jigai (suicidio a secas). Tampoco lo realizaban de la misma manera. Para ellas, consistía en atarse las rodillas o los tobillos, pues caer sin vida con las piernas abiertas era indecoroso, y seccionarse la arteria carótida.
El samurái deshonrado y su familia perdían todos sus privilegios y posesiones, que solían acabar en manos del Estado. Rehusar la posibilidad de rescindir su honor mediante el seppuku significaba ser ejecutado, sabiendo que también condenaba a sus parientes a la pobreza y a la marginación social.

El harakiri más conocido fue el de los 47 rōnin. Alrededor de 1701, una discusión entre dos señores feudales terminó con la condena a suicidio para uno de ellos. Tras enterarse del suceso, 47 de sus samuráis (convertidos en rōnin porque su señor había muerto y no tenían a quien servir) se reunieron para planear venganza.
Tras dos años de preparativos lograron irrumpir en el hogar del daimyō rival y asesinarlo con la misma espada que había dado muerte a su señor. Tras esto, se entregaron a las autoridades, que les permitieron acabar sus días por su propia mano.
El seppuku fue oficialmente abolido en 1873, aunque desde entonces se ha seguido practicando.Tras el final de la IIª Guerra Mundial, muchos soldados japoneses prefirieron cometer harakiri antes que aceptar la derrota ante el ejército estadounidense. En estos casos, el kaishaku era un compañero que le daba un tiro en la nuca.

Harakiri durante la IIª Guerra Mundial
Algunos de los últimos y más famosos harakiris se celebraron hace relativamente poco tiempo. Fueron los del escritor italiano Emilio Salgari, que se quitó la vida recurriendo a esta técnica en 1911, y el del escritor Yukio Mishima y uno de sus pupilos, en 1970, como protesta por la miseria moral y la degradación que suponía haber abandonado las antiguas virtudes japonesas y adoptar el modo de vida occidental.
Uno de los más recientes fue el de un empleado de Bridgestone en Japón en 1999, que recurrió al cuchillo como protesta de su jubilación obligatoria a los 58 años. Aunque no fue capaz de terminarlo, falleció en el hospital a causa de las heridas causadas.
En el caso de Emilio Salgari, la cantidad de obras que escribió no le brindaron una tranquilidad económica durante su vida, sino que, por el contrario, vivió sin recursos, situación que le llevó a suicidarse de esa manera.
Una mañana de invierno dejó definitivamente la pluma, tras recomendar a su familia a los negreros que le explotaron: "Yo os he hecho ricos; preocupaos al menos un poco por mis hijos". Después se hizo el harakiri sobre la nieve recién caída, cerca de Turín.
Al comenzar a describir sabía que los asuntos de esta entrada eran algo desagradables, quizás por lo sangriento. Pero en mi caso puede más la atracción que Japón tiene sobre mí. Por lo que resulta curioso cualquier tipo de tradición que tenga que ver con aquel país.















