
Platón, el mayor de los filósofos griegos, escribió con detenimiento sobre el amor, al que llamó eros. En aquellos diálogos suyos que se reúnen bajo el título de Fedro, puso en boca de cinco varones diferentes discursos sobre el amor. Con ello quería expresar que no se puede entender el amor sólo desde un punto de vista, pues es un gran misterio. Por un lado, puede contemplarse como la causa originaria de todo lo bueno que hay en el mundo. Pero también es fuerza cósmica; impregna toda la naturaleza animada e inanimada. El eros quiere armonizar y reconciliar todos los contrarios, sanar, rehacer, reconstruir...
Es únicamente el amor lo que puede sanar nuestros corazones, expulsar los malos espíritus y darnos la dicha.
Ese eros platónico es la chispa divina que resplandece en nosotros y en el mundo. El amor puede conducir nuestro querer a través de los extravíos de esta vida, hacia un lugar eterno, y convertir nuestra temporalidad en el deseo de algo más grande, más puro, más perfecto... y más bello que cuanto hayamos podido conocer en este mundo...
Hay en esta vida un camino que supera a todos los demás. Aunque hablara todas las lenguas de los hombres y de los seres divinos, si me falta amor, sería como metal que resuena o campana que aturde.
Aunque tuviera el don de la adivinación y descubriera todos los misterios y el saber más elevado, aunque tuviera tanta fe como para trasladar montes, si me falta amor, nada soy; aunque repartiera todo lo que poseo e incluso inmolara mi cuerpo, pero sólo para recibir alabanzas y sin amor, de nada me serviría. El amor es paciente, es nuestra comprensión.
El amor no tiene celos, no aparenta ni se infla. No actúa con bajeza ni busca su propio interés, no se deja llevar por la ira y olvida lo malo. No se alegra de lo injusto, sino que se goza en la verdad. Perdura a pesar de todo, lo espera todo y lo soporta todo.
El amor nunca pasará. Las profecías perderán su razón de ser, callarán las lenguas y ya no servirán la filosofía ni los misterios. Porque este saber nuestro se queda muy imperfecto, y nuestras profecías también son muy poca cosa. Entonces, cuando llegue lo perfecto, lo que es limitado desaparecerá. Cuando somos niños, hablamos como niños, pensamos y razonamos como niños. Pero cuando nos hacemos mayores, dejamos de lado las cosas de niño. Así también, en el momento presente, vemos las cosas como en un mal espejo y hay que adivinarlas, pero un día por fin las veremos cara a cara.
Ahora conocemos parte, pero entonces conoceremos cómo somos de verdad. Ahora, pues, nos sirven para seguir adelante la fe, la esperanza y el amor; ¡las tres!, pero lo más grande que tenemos es el amor...