
Adoro los viernes porque puedo tumbarme en la cama entre las cuatro y las cinco de la tarde y permitir caer en el mundo de los sueños, habiendo dejado las preocupaciones en el umbral de la puerta y sin nada en mente más que esos ojos perfectos, negros, profundos, que lo dicen todo y no dicen nada a la vez.
Adoro llegar a casa los viernes por la tarde y no pensar en nada más que en el momento presente, perder la noción del tiempo y el espacio y caer en ese sueño letal que llega en el mismo instante en que decides relajarte. Ser consciente de otra semana que acaba...
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