miércoles, mayo 19, 2010

Horizontes infinitos

Me estoy leyendo un libro que no me gusta mucho, así que ahora tengo más tiempo para pensar en él, porque, en cuanto el libro me resulta algo intragable, cierro las páginas y clavo mi mirada en un lugar fijo del horizonte más próximo a los ojos, perdiéndome entre las brumas de recuerdos que me llevan a él.
Y, al llegar a las cuatro de la tarde, observo a las personas cercanas a él que pasan junto a mí. Yo creo que les cambiaría una tarde suya con él. Sé que si quisiera podría ir a verle. Supongo que no hay nada que me frene ni me voy a imponer "peros" que sólo están en mi imaginación.
Si no voy es porque me tiemblan las piernas cuando subo esas escaleras, siento que mi cuerpo está formado por una sustancia parecida a la gelatina, el corazón se quiere escapar del pecho... Y me tiembla la voz, aparto la mirada posándola en un lugar infinito, indescriptible, y se me almacenan millones de pensamientos mientras él está delante, y siento que un ángel me toca el alma con sólo escucharle. Sí, si quisiera ir a verle podría hacerlo, pero no quiero que note que estoy tan coladísima. Y lo notaría gracias a los efectos visibles (e invisibles) que él causa en mí.

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