domingo, mayo 30, 2010

Aguja e hilo


Esta mañana me he puesto unas sandalias de cuña bastante pronunciada. El resultado ha sido que por la tarde tenía sendas ampollas en los pies, en los dos además.
Cada vez que me salen ampollas en los pies recuerdo aquellas andanzas en Pirineos cuando éramos adolescentes. Si algo hay que eche mucho de menos de mi antiguo colegio, aparte de la gente, eran las acampadas.

Corría el mes de julio de 1994 cuando nos fuimos a Benasque, en el Pirineo oscense. Recuerdo que pasamos por Huesca, ciudad de la que aún guardo en la memoria imágenes de sus murallas bañadas por la luz del sol, una ciudad pequeñita, que atravesamos rápidamente sin hacer una parada. Recuerdo incluso que me estaba leyendo uno de los libros de una saga de V.C. Andrews, autora que entonces causaba furor entre los adolescentes. Los libros de la autora eran de color verde botella.
Pasamos Benasque y, a uno o dos kilómetros, se encontraba nuestro camping. Allí todos los campings estaban en lo más bajo del valle, casi siempre junto a un río (así que, cuando años después ocurrió lo de Biescas, sentí profundos escalofríos, dado que yo había permanecido durante diez días en un camping de similares características).
Aquel año sería el que subiríamos al Aneto, aunque no fuera el primer día, sino entre el 7 y 8 de julio. Y precisamente lo recuerdo porque en los dos días que nos costó subir al Aneto había un navarro que hizo un amago de chupinazo de San Fermín en el mismo refugio en cuyos alrededores dormiríamos esa noche. Aquella fue la primera y única vez que he hecho vivac (dormir al aire libre) y la experiencia es increíble. Claro que era pleno verano.
Pero antes de subir al Aneto haríamos muchas rutas por las escarpadas montañas del Pirineo aragonés: debíamos prepararnos para lo que vendría. Entonces nos acompañaba un guía y el primer día siempre era el peor lógicamente. Eso siempre ocurre cuando llevas un tiempo sin hacer ejercicio físico y lo retomas de repente. Y no eran agujetas.
Madrugábamos a las siete y para las seis de la tarde solíamos estar de vuelta en el campamento. Entonces nos poníamos a preparar la cena, por grupos, porque todas las tareas se dividían. en aquella acampada aprendí, entre otras cosas, a montar una tienda de campaña, a pelar cebollas y a sanar ampollas.
Y estaba deambulando por el campamento cuando me llamó Chemi, que además de marianista tenía otras ocupaciones en el colegio que no era la de instruir alumnos. Yo había observado que estaba curando pies, de ahí que me alejara al verle con las agujas, pero mi cojera no pasó desapercibida para él. Yo no quería que me clavara una aguja en el pie como le había visto hacer. Pero terminó convenciéndome: "Mañana volverás a caminar y, créeme, será peor que la ampolla se te explote mientras estás caminando". Así que desinfectó una aguja, enhebró un hilo coloreado de mercromina y fue 'cosiéndome' los pies, dejando los hilos dentro. Al cabo de unos segundos, al sacar el hilo, la ampolla se desinfla. No dolió, claro que no.

De cara al verano, siempre suele salirme alguna ampolla. Ahora me las quito yo, usando el sencillo sistema que me enseñó Chemi en aquella acampada. Lo que no puedo soportar es que explote una ampolla mientras estoy caminando.

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