
Poco antes de marchar a casa, adoro relajarme, y una forma de hacerlo es escribiendo lo primero que me pase por la cabeza. Con el silencio que me rodea, pensar en alguien es suficiente para sonreír, alguien que puede estar a unos cuantos metros de distancia, o quizás a varios kilómetros, pero en esta misma ciudad o cerca de ella.
Y ese mínimo pensamiento dedicado a esa persona es suficiente para que sonría.
Sorprende cómo alguien con tan poco puede aportar tanto. Y sin embargo lo hace, no sé cómo ni por qué. Quizás el por qué esté relacionado a que me ha tocado el alma en cada instante que he sentido que su mirada me acaricia, en cada momento que he soñado que me refugio en sus brazos, todas las veces que me tiembla la voz al hablar con él o cada noche al añorarle, a sentir nostalgia de él, a buscarle entre la gente y a encontrarle en cada detalle, casi a diario...
En cierto modo, me estoy mentalizando para el viaje. Sé que pensaré mucho en él, que buscaré momentos de relajación para el alma y que le echaré de menos. Y apartaré pensamientos que me duelen, porque, si por mí hubiera sido, hubiera cogido otro avión con otro destino. Esto último me duele un poco. Y sé que cuando esté lejos le sentiré muy cerca, porque para mí llevarle en el corazón es como si estuviera conmigo.
Me quedan dos semanas exactas y unas pocas horas para marcharme. Que está ya ahí, a la vuelta. Esta mañana les he pedido dinero a los del banco para que me lo cambien a yenes. Dicen que tardan dos días en hacer los trámites, yo creo que tardarán más. De todas formas, usaré tarjeta, que me resulta más cómodo que llevar dinero en efectivo.
Será un viaje algo así como espiritual. Pero, por muy lejos que me vaya, él siempre estará cerca.
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