viernes, septiembre 30, 2011

Las estrellas que recuerdan al amor


Hoy es un día que se me ha pasado tan rápido que apenas lo he saboreado. Al venir hace unos minutos de las piscinas he mirado al cielo, que cuenta esta noche con un sinfín de estrellas y, más al fondo, la estrecha figura anaranjada de una luna en cuarto creciente. 
He pensado en él, dónde se encontrará, si saldrá esta noche, si le veré hoy. 
Esta tarde estaba leyendo cuando me he quedado dormida. He soñado con él, he soñado que le acariciaba el rostro y le susurraba hermosas palabras de amor mientras me encontraba prendida en su mirada perfecta. Lo que mejor recuerdo son esos ojos tan dulces. 
Quizás hoy toca ir a tomar algunas cervezas por los bares, ahora que ha vuelto la rutina.
Me encuentro algo soñadora esta noche o quizás es que existe un ángel que me hace soñar. Le vuelvo a echar de menos.

Me estoy leyendo un libro sobre Nueva Zelanda. Lo cierto es que es un best-seller y hasta que no cayó en mis manos y leí el título no sabía dónde se encontraba ambientada la historia. He ido a las piscinas con el libro, aunque al final no he leído nada, porque inmediatamente después han venido mis amigos. En la portada viene el perfil de un kiwi (el ave) y, de repente, me encontraba describiéndoles al ave y veía varios pares de ojos fascinados escuchando los cuatro rasgos sobre el animal y he terminado con un "es un animal que provoca ternura, algo parecido al sentimiento que produce un koala".

Acabando el mes


Está terminando septiembre. Sin ser el mes más corto del año, siempre me da la sensación de que se pasa mucho más rápido que el resto de los meses. Supongo que es porque se lleva consigo las últimas ráfagas estivales y nos trae repentinamente un frío invernal. Lo cierto es que siempre pasa raudamente, sin hacer mucho ruido.
Debería ir a dormir. Se me cierran los párpados del sueño, porque anoche me costó mucho dormir. Espero que, al menos esta noche, sea diferente y me quede dormida pensando en un ángel de mirada perfecta.

jueves, septiembre 29, 2011

Tantas estrellas que contar


Cada vez que miro a las estrellas me acuerdo de él. Es inevitable. Quizás por las similitudes. El firmamento estrellado me reconforta y su imagen rememorada una y otra vez (espero que nunca se desgaste) me reconforta también. También recuerdo otras noches en que he mirado a las estrellas, algunas en que él estaba tan cerca como alargar una mano y rozarle la piel. Y recuerdo una noche en que le escribí un mensaje al regresar a casa, un mensaje en que le preguntaba si había visto las estrellas que había en el cielo. Algo así. Entonces no se me ocurrió decirle que brillaban más por él. Fue hace mucho, hace demasiado… Hace mucho que no le escribo nada, ni a través de postales, ni a través de mensajes, ni a través de hojas recicladas con membretes de hoteles, aunque en realidad siempre estoy escribiéndole algo, lo que ocurre es que ya no se lo envío. No sé en qué momento opté por guardarlo todo para mí. Y, sin embargo, todos los días le escribo, todas las noches le dedico unos minutos de pensamiento. No en vano llevo una libreta con letras y dibujos de El Principito en el bolso. Estoy segura de que en unos meses tendré que recambiarla porque la habré llenado. Tengo tantas cosas que decirle… que una sola vida no sería suficiente. Aunque esto siempre me lleva a pensar en que prefiero que me diga él, que siento mucha más curiosidad por lo que él pudiera decirme. Supongo que ahí está su misterio, que ahí está el origen de la magia.
Adoro sentarme junto a la ventana abierta, aunque ya refresca bastante por las noches, y mirar a las estrellas. Adoro que el aire fresco me acaricie las mejillas. Entonces siento el amor.
Todo el mundo debería enamorarse una vez en la vida. Es un sentimiento tan intenso, tan sublime que a veces no encuentro las palabras.
No tardaré en irme a dormir, pero su imagen está junto a mí, demasiado cercana, demasiado etérea, y que sienta que él está tan próximo me reconforta.

¿Dónde está la magia?


Echo de menos la magia. Le echo de menos a él. De repente me encuentro anhelándole mucho. Demasiado. Éste es el mundo de los que aman, siempre buscando a la persona amada en medio de un mar de oscuridad, buscando esa luz, buscando la caricia de su mirada perfecta.
Pero es jueves y en jueves casi siempre le veo. Seguro que está guapo.

Nuevas energías


Llevo horas escribiendo. De repente no tenía nada y al rato había escrito varias páginas seguidas sin respirar. Ahora tengo una historia, una idea y ganas de seguir. Empieza con unas palabras de amor. Siento tanto amor que sería extraño que en algo escrito por mí no apareciera.
Vuelvo a sentir una tristeza insólita, pero escribir me reconforta. Y escribir sobre el amor me reconforta el doble.
Siento una energía que me impulsa a seguir y que me reconforta. Escribo y entonces me pierdo en mi mundo y olvido todo lo demás.
Sin embargo, ahora he parado. Tenía que hacerlo. En unos minutos espero estar soñando con un ángel.

miércoles, septiembre 28, 2011

Anochece tan pronto


Son las ocho. No he cumplido mi palabra de irme hace una hora a casa. Y estoy viendo, a través de la cristalera, que está anocheciendo.
Hoy echo de menos no haberme cruzado con él. Entre unas cosas y otras, se me ha pasado la hora en que podía haberme encontrado con él, casi sin darme cuenta. Ahora le echo de menos. Daría cualquier cosa por encontrarme ahora con él. Seguro que está guapo...
Creo que me voy a tomar algo a las piscinas. Tendré que aprovecharlas ahora, que quedan unos pocos días para que cierre el bar. Al menos, siempre nos quedará la ermita.

La facción optimista


Siempre me he considerado una persona optimista, demasiado optimista. A veces, creo necesario cambiar el color del cristal con el que miramos. Quizás el anterior cristal tenía demasiado bruma como para ver con buenos ojos. 
Mañana sonreiré y lo tengo que escribir. Es importante saber que hemos de sonreír, aunque nos cueste mucho o aunque no tengamos ganas. 

Quizás mañana vuelva a cruzarme con él. Entonces aparecerá de nuevo la magia. Y es importante esa magia, aunque sólo sea porque nos traiga la tan ansiada sonrisa.

Daría un mundo por quedarme dormida en sus brazos esta noche.

Las palabras que no llegarán


Hace unos meses me planteaba escribirle un mensaje de vez en cuando, ahora ni siquiera se me pasa por la cabeza. No sé qué ha cambiado. Antes, independientemente del contenido del mensaje, lo que me llevaba a decirle algo era el hecho de acordarme de él, de dedicarle un minuto. A veces me gustaría haberle dicho: “No importa el mensaje, sino que me he acordado de ti”.
Acordarse de una persona es algo muy dulce, sobre todo cuando la otra persona consigue hacerte sonreír con sólo recordar su mirada perfecta, su sonrisa etérea, el roce de sus dedos o la sensualidad que emana de su voz.
A veces me acuerdo de otras personas, pero nadie consigue hacerme sentir lo que su recuerdo produce en mí: es como si mi interior se abriera y sintiera una especie de energía positiva que me rodea como un halo…
Hoy me gustaría decirle algo, aunque bien sé que no le diré nada. Me gustaría decirle lo guapo que estaba, o que he mirado a las estrellas y me he acordado de él, o desearle dulces sueños.
Un día nos encontramos amando y ese amor, sinceramente, nos da una fortaleza impresionante. Cada día tengo más claro que podría vivir sin muchas cosas, pero no podría vivir sin él.

martes, septiembre 27, 2011

El recuerdo de los minutos cerca de él

A las siete tengo que regresar para una reunión. Pereza sí que da cuando se supone que la tarde del martes es tarde libre, pero algún día hay excepciones, como hoy.
Así que no he podido permitirme disfrutar de la siesta, pero sí de los momentos del recuerdo que me han llevado a pensar en un ángel, en el momento de esta mañana en que mis ojos se han encontrado con los suyos, en la magia que he sentido, en el instante que parecía congelado en el tiempo, incluso en el rubor que he notado en mis mejillas cuando me he encontrado con él.
Inevitablemente, encontrarme con él me alegra el alma.
Le había echado tanto de menos...

Lo que faltaba de contar de las fiestas de San Fermín


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Desde siempre, las fiestas de San Fermín han marcado un ‘antes’ y un ‘después’ en todas y cada una de las personas que las han disfrutado. Quizá sea por su espíritu popular, porque se viven en la calle o, simplemente, porque la fiesta se lleva dentro. Lo cierto es que del 6 al 14 de julio Pamplona se convierte en la capital del mundo, en el encuentro de multitud de culturas, en la ciudad en la que nadie se siente extraño.
Como publicaba el 7 de julio de 1896 el diario pamplonés El Eco de Navarra, las fiestas de San Fermín “llevan un sello de originalidad que es muy difícil de encontrar en otras partes. La variedad de festejos; la abundancia de espectáculos gratuitos para esparcimiento del pueblo; la parte que toman las clases todas en las fiestas, ofreciendo un cuadro agradabilísimo de hermosa fusión en el que el grande y el pequeño, el rico y el pobre se divierten sin que exista esa separación que las preocupaciones sociales suelen establecer en algunas poblaciones… Todo ese conjunto armónico de colores brillantes presta una fisonomía especialísimo a Pamplona en estos días y contribuye a que el forastero que nos visita por primera vez forme el propósito de volver en años sucesivos a la capital de Navarra”.
Porque San Fermín es la Fiesta de las fiestas.

El Chupinazo


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El 6 de Julio de 1941 Joaquín Ilundáin salió al balcón central del segundo piso del Ayuntamiento de Pamplona y, tras saludar a los cientos de personas que se encontraban en la Plaza Consistorial, prendió la mecha al primer Chupinazo de la Historia. Desde entonces, el estallido de un cohete en el cielo pamplonés marca el inicio de las fiestas de San Fermín. Con el estallido del Chupinazo comienzan 204 horas de fiesta en la calle y sin parar.
A las 12 del mediodía del 6 de julio el Chupinazo marca el inicio de la fiesta. Es uno de los actos sanfermineros más conocidos en todo el mundo y, sin embargo, uno de los más actuales. Desde que en 1941 se lanzara el primer Chupinazo de inicio de las fiestas, nunca se ha suspendido en 70 años.
Joaquín Ilundáin, primer teniente de alcalde del Ayuntamiento de Pamplona, y el periodista José Mª Pérez Salazar presentaron en 1941 la idea de lanzar un cohete desde el balcón del Ayuntamiento de Pamplona como inicio oficial de las fiestas de San Fermín. La iniciativa se hizo realidad el 6 de julio de 1941.
Hace muchos años que no hemos conocido una víspera de San Fermín tan de reventón como el que advertimos el día 6”, decía el Diario de Navarra y puntualizaba: “La Peña 'La Única' con su charanga, las tres músicas de la población, la banda de trompetas de los carros de combate, las parejas de gaiteros y las de txistularis y un gentío inmenso se congregaron a las 12 en la plazuela Consistorial, y así que sonaron los chupinazos inaugurales de las fiestas y repicaron alegres las campanas de todas las torres de la población. Partieron de dicha plazuela dichas bandas y dulzaineros y se diseminaron por las calles tocando pasodobles, entre el alborozado estrépito de la mocina que les rodeaba y precedía en continuo jaleo”.

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El primer Chupinazo de la Historia lo lanzó Joaquín Ilundáin y recogió una tradición que comenzó en el año 1901, cuando se adoptó el hábito de lanzar varios cohetes desde la Plaza del Castillo al llegar el mediodía del día 6 de julio. El diario El Pensamiento Navarro describía aquel primer lanzamiento de cohetes: “La Plaza del Castillo se llenó de gran animación y presentaba turbas y chicos y balcones engalanados”.
Hasta entonces, el primer acto festivo de los Sanfermines era la marcha de las autoridades municipales, con el acompañamiento de maceros, gigantes, músicos, dantzaris y pamploneses hasta la parroquia de San Lorenzo para participar en la función religiosa de las Vísperas cantadas en honor a San Fermín.
Desde el año 1941, el Chupinazo no se ha suspendido nunca. En 1952 se lanzó desde la sede provisional del Ayuntamiento, que se encontraba en obras, y fue en la Escuela de Artes y Oficios de la Plaza de Argentina (actual Plaza del Vínculo). En el año 1991 el alcalde Alfredo Jaime encendió la mecha junto con José Mª Pérez Salazar.
El cohete del Chupinazo está hecho de mano, mide 1,20 metros de largo, 14 milímetros de diámetro y pesa 20 gramos. Tiene tres gramos más de explosivo que el resto de cohetes que se lanzan posteriormente. Está compuesto por un detonador de aluminio y percorato y una mecha de algodón y pólvora negra. El sonido que se alcanza en el momento del Chupinazo es de 133 decibelios, igual al despegue de un avión a reacción.
La primera mujer que prendió el cohete fue la concejala Elisa Chacartegi Sánchez en 1981. La designación de la persona encargada de lanzar el Chupinazo es potestad del alcalde. En el año 1980 se estableció el criterio de ceder cada año el lanzamiento del cohete a un grupo político municipal, por orden de mayor a menor representación. El ciclo se renueva cada cuatro años, con el cambio de mandato. Julián Balduz ha sido el único alcalde que nunca ha lanzado el Chupinazo.

Dónde ver el Chupinazo
En el momento del Chupinazo se agolpan en la Plaza Consistorial más de 12.000 personas, sin contar las 30.000 que se congregan en las calles adyacentes. Para acceder al centro de la plaza hay que acudir con al menos dos horas de antelación y aguantar la lluvia de toda clase de bebidas e incluso comidas. Es conveniente llevar calzado deportivo y ropa cómoda para soportar el tiempo de espera hasta las doce del mediodía. Es desaconsejable acudir con niños o personas mayores, o si se es propenso a mareos o claustrofobias. Por lo menos, hay que vivirlo una vez en la vida.
Otra posibilidad es alquilar uno de los balcones de los edificios que se encuentran en la propia plaza del Ayuntamiento. Semanas antes del inicio de las fiestas, en muchos de ellos cuelgan carteles con teléfonos de contacto para su alquiler.
También se puede ver el Chupinazo a través de las pantallas gigantes situadas en diferentes puntos de la ciudad: Paseo Carlos III, Plaza del Castillo, Paseo Sarasate, Parque de Antoniutti y Plaza de los Fueros.
El Chupinazo se puede disfrutar, además, a través de la radio, la televisión e Internet.

Vaquillas


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No suele revestir peligrosidad, aunque en el año 2006 un joven estadounidense sufrió una paraplejía durante el festejo de las vaquillas. Hasta el año 1898 no figuró en el programa oficial. Ese año se liberaron en la plaza tres novillos, que se convirtieron en varios a partir de 1931 y en vaquillas emboladas desde el año 1963.
Todos los días se sueltan cuatro vacas en la Plaza de Toros tras el encierro. Los animales corren por la arena procurando empellones a cuantos aficionados salen a su paso para recortarlas. Se trata de una suerte de tauromaquia muy arraigada en Navarra: un cuerpo a cuerpo entre la res y el corredor.
Durante los Sanfermines en la Plaza de Toros, sobre las once de la mañana, se celebran el Concurso de Cortes con Toros y el Concurso de Ganaderías Navarras de Lidia en modalidad anillas.

La fiesta en la calle

La calle es el escenario en el que se celebran los Sanfermines, el escenario que da a las fiestas su carácter abierto y participativo. Todos, pamploneses y visitantes, se funden y confunden. Las fiestas de San Fermín comienzan y terminan en la calle. Quizá por esto sean unas fiestas singulares, en las que para integrarse con estar en la calle es suficiente. A todas horas y en todos los lugares encontramos música y actos que llaman la atención. Tan sólo hay que salir a la calle y disfrutar de ellos.

Las Peñas


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Uno de los grandes sustentos de las fiestas de San Fermín son las peñas. La música de sus charangas llenan las calles de Pamplona, aunque su principal actividad se centra en la corrida de toros. Desde las cinco de la tarde, las peñas abandonan sus sedes y, precedidos por la pancarta, se dirigen bailando hacia la Plaza de Toros. Allí confluyen las 16 peñas, que siguen con su música colorista durante la corrida.
Tras la corrida (20.30h.), las peñas abandonan el coso, por orden de antigüedad, interpretando sus himnos y bailando sus pancartas. Desde allí, cada una regresa a su sede, donde continuará la fiesta. Éste es uno de los momentos más calientes de los Sanfermines.
Las peñas hacen que el marco de las fiestas sea toda la ciudad y que la alegría sea contagiosa. Llevan al extremo la máxima de los Sanfermines: la fiesta está en la calle.
‘La Única’ es la peña más antigua de las que existen en la actualidad, ya que fue fundada en el año 1903. Las más jóvenes son ‘Rotxapea’ y ‘Sanduzelai’, que surgieron en 1979.
Una semana antes del inicio de las fiestas de San Fermín, las peñas de Pamplona organizan el “Día de las Peñas” o “Peñen Eguna”, en el que se celebran diferentes actos, entre los que destacan la presentación de las pancartas de cada grupo. También se celebra en este día el tradicional Campeonato de Goitiberas.
Las peñas nacieron por y para las fiestas de San Fermín. Fue en el año 1852 cuando las cuadrillas de mozos hicieron su aparición en el tendido de la Plaza. Aquellas cuadrillas, bautizadas con nombres como ‘El Trueno’, ‘La Ochena’, ‘La Cuatrena’ o ‘El Llavín’, portaban de estandarte una sencilla pancarta con dibujos, letrillas y saludos a los forasteros, a los pocos forasteros que en aquella época acudían a las fiestas de Pamplona.
La pancarta que exhibe cada peña suele reflejar la actualidad social y política de todo un año de manera irónica. El pintor Pedro Martín Balda, fallecido en diciembre de 2009, ha sido uno de los autores más famosos de las pancartas de las peñas. En total, realizó entre los años 1943 y 2000 un total de 147 pancartas para doce peñas diferentes. La primera la dibujó en 1943 para la desaparecida peña ‘Iruñaki’ y la última en el año 2000 para ‘Oberena’.

El encierrillo


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El respeto al toro en Pamplona es pura liturgia. Los astados que corren en el encierro son trasladados la noche anterior desde los corralillos del Gas a los de Santo Domingo. La noche ampara al verdadero protagonista de los Sanfermines en sepulcral silencio.
A la luz de la luna y en completo silencio, el encierrillo supone el primer contacto de los toros con las calles de Pamplona. El acto consiste en el traslado desde los corralillos del Gas hasta los de Santo Domingo de los seis astados que correrán el encierro del día siguiente y que se lidiarán por la tarde en la Plaza de Toros. A diferencia del encierro, es un espectáculo que se contempla en silencio y se realiza sin corredores.
El recorrido es de 440 metros y se mantiene invariable desde 1899, año en que el Ayuntamiento decidió utilizar las instalaciones de la antigua fábrica de gas para alojar a los toros castellanos y andaluces que se traían para las fiestas. Desde los corralillos del Gas los toros atraviesan la calle Taconera, la Cuesta de Curtidores y la Cuesta de Santo Domingo hasta los corrales de Santo Domingo, ubicados justo al inicio del encierro en la calle del mismo nombre.
Acompañados por pastores y cabestros, los toros comienzan el recorrido con el ancestral sonido del cuerno. El toque de un primer clarín anuncia que el corral de Santo Domingo está libre. Un guardia en el puente de la Rochapea, al oírlo, da un segundo toque: la subida a los corrales está también despejada. Entonces sale la manada con los pastores.
Se reparten 200 pases diarios gratis en el Ayuntamiento para los encierrillos.

El Apartado


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El apartado consiste en separar a cada uno de los toros para la corrida de la tarde, en el curso de un acto colorista y animado, para el que es preciso pagar previamente una entrada. En Pamplona, este acto tiene un carácter más social que taurino, por lo que, además de aficionados, por allí desfilan personajes conocidos que aprovechan para degustar un fino andaluz o saborear unas criadillas de toro o un pincho de chistorra.
Antes de separar a los toros se procede a sortearlos. Los representantes de los tres matadores hacen tres lotes con los astados. En la selección equilibran características opuestas. Una vez alcanzado el acuerdo, anotan los números de los animales e introducen el resultado en el interior del sombrero de un mayoral. Se extraen las papeletas correspondientes a los tres lotes y se adjudican a cada uno de los toreros por orden de antigüedad. Sorteados los astados se verifica el apartado, proceso por el que se aísla a cada todo a través de corralillos comunicados entre sí.

Pobre de mí

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Todo lo que empieza tiene que terminar. Después de ocho días y medio de fiesta, los pamploneses lamentan el final de los Sanfermines con el Pobre de Mí. La Plaza Consistorial vuelve a ser el punto de reunión de miles de personas que entonan una triste letanía que dice.
Pobre de mí, pobre de mí,
que se han acabau las fiestas
de San Fermín
”.
Las doce campanadas de la medianoche anuncian el final de los Sanfermines. Las velas son la metáfora de la alegría que se apaga y de la ilusión de las fiestas del próximo año. De hecho, otro de los cánticos que se alternan es el “Ya falta menos, ya falta menos p’al glorioso San Fermín”. Como sucede en el Chupinazo, la máxima autoridad municipal sale al balcón para agradecer la participación de los pamploneses y convidarles para las fiestas del año venidero. Una traca de cohetes lanzada desde la Plaza de Burgos marca el final de las fiestas.

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Según marca la tradición, el pañuelo rojo hay que quitárselo en la medianoche del día 14 de julio. En los últimos años se ha arraigado la costumbre de dejar colgados los pañuelos en las rejas exteriores de la Capilla de San Fermín y en la verja de la puerta de la Iglesia de San Lorenzo. Junto al pañuelo se deja la vela que acompaña a los participantes en el Pobre de Mí.
Se cree que fue la peña ‘Los de Siempre’, compuesta por navarros afincados en San Sebastián, la que creó durante la IIª República el Pobre de Mí. Oficialmente se incorporó al programa de fiestas en el año 1968. Desde 1980 también se celebra el Pobre de Mí en la Plaza del Castillo.

Con fragancias germanas


Neuschwanstein Schloß

Ahora me gustaría estar en la Oktoberfest… pero con él. Ésta es la segunda y última semana, así que ya se encuentra en la recta final. El recuerdo me lleva a una noche en un bar, en uno de los meses que siguieron al día que nos conocimos, creo que ya era invierno, cuando él me dijo algo de la Oktoberfest que no voy a reproducir aquí.
Ya conozco Múnich y, de hecho, la gente en el sur de Alemania es mucho más abierta que en el norte. Tengo buen recuerdo de aquella ciudad y me gustaría volver… en la Oktoberfest y con un ángel. Y beber enormes jarras de Pils sin parar, y tirarnos al Isar que recorre la ciudad. En uno de los canales del río, junto a la Universidad, me encontré con un prado infinito lleno de gente que tomaba el sol y se bañaba en un canal que no tendría más de cinco palmos de ancho. Pero parecía que me encontraba en una playa nudista, algo que me descolocó mucho tratándose de Alemania. No era una playa nudista, sino uno de los barrios de Múnich. Algo que sería impensable en Hamburgo o Berlín, puesto que en el norte son mucho más cerrados.
Si volviera a Múnich, creo que no me importaría viajar hora y media sólo para visitar lo que no vi la vez anterior: el castillo de Neuschwanstein. Me fascina esa construcción, el maldito ‘rey loco’ que levantó el castillo y todo el paisaje idílico que lo rodea. Claro que me gustaría visitarlo con un ángel.
Se va haciendo tarde. Seguiré imaginándole en la oscuridad, añorando sus caricias, sus besos, su mirada perfecta; anhelando cruzarme con él mañana, quedarme atrapada durante unos segundos en ese minuto de magia.
Es un buen momento para ir a soñar. Con él, con la Oktoberfest y con el castillo de Ludwig el Loco.

lunes, septiembre 26, 2011

El otoño como estación nostálgica


Siempre he escuchado que es la primavera la estación del amor, pero sea por lo que sea a mí me parece más romántico el otoño, quizás porque siento cierta nostalgia que me hace más proclive a describir esos sentimientos.
Aunque estemos a un paso del invierno, me gusta imaginar esos crepúsculos caminando junto a él, cogiéndole la mano de vez en cuando, sintiendo el crujido de las hojas secas a nuestros pies.
Sin duda, el otoño siempre alimenta más mi imaginación. Desconozco el motivo, aunque creo que tiene que ver algo con la nostalgia.
Me pregunto dónde estará esta noche ese ángel de mirada perfecta.

Los sonidos de la fiesta

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Los Sanfermines recogen múltiples sonidos. Desde el Chupinazo, pasando por el encierro y hasta el Pobre de Mí, la música, alimentada por diferentes cánticos y canciones, es el elemento encargado de marcar el ritmo y de levantar los ánimos durante 204 horas de inagotable fiesta. En el siglo XIX, los conciertos eran, junto con los toros, el espectáculo más esperado. Figuras como el violinista Pablo Sarasate o el tenor Julián Gayarre eran auténticos ídolos. Pablo Sarasate actuó en Pamplona durante los Sanfermines entre los años 1876 y 1908. Desde su muerte en 1908, los Sanfermines perdieron un sonido inigualable.

“Revelación más alta que ninguna filosofía” según Beethoven, la música es también elemento imprescindible en toda celebración. Y en este sentido, los Sanfermines son un buen ejemplo: desde la Biribilketa de Gainza, una alegre pieza que tocan txistularis y ‘La Pamplonesa’ nada más estallar el Chupinazo, hasta las tristes notas del Pobre de Mí del 14 de julio a la noche, las calles de Pamplona son escenario de un continuo y variado concierto que dura lo mismo que la fiesta.


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Txistularis durante la Procesión del 7 de julio

Históricamente los músicos que tocaban durante los Sanfermines eran txistularis y gaiteros, la mayoría navarros y guipuzcoanos, contratados por el Ayuntamiento de Pamplona para participar en los actos oficiales más importantes. De entre los míticos txistularis destacan Javier Echeverría, que acudió a los Sanfermines desde 1845 hasta 1911, y que fue retratado por Félix Urabayen en su novela El Barrio Maldito con el siguiente párrafo: “En un banco retirado, Javier Echeverría, el gran chunchunero de Esquíroz, un gitano de noventa años, solitario y melancólico, desgranaba las notas indígenas de lento compás. Solía tener más mirones que bailarines…”.

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Gaitero

En 1942 el Ayuntamiento de Pamplona decidió crear un grupo de txistularis municipales cuya dirección recayó en Policarpo Garay, al que acompañaron José Luis Gardeta, Eulogio Archanco y Florencio Andía. La banda municipal de txistularis debutó el 5 de julio de aquel año y, según remarcaban los rotativos al día siguiente, fue recibida con una calurosa ovación por parte de los pamploneses de la época. Como anécdota, su presentación la hicieron vestidos “de calle”, ya que el sastre Cabasés no había confeccionado todavía su elegante indumentaria oficial.
En la actualidad, la música de txistularis y gaiteros sigue siendo parte importante del gran concierto que son los Sanfermines. Y es que, además de participar en los principales actos con ediles y resto del cortejo, acompañan a los majestuosos gigantes en sus salidas mañaneras, marcándoles el ritmo del pasacalles al caminar o el vals cuando se lucen bailando en el sitio. No hay que olvidar las sesiones de bailables que ofrecen a dantzaris y mirones en la Plaza del Castillo cuando la larga tarde de julio toca a su fin.


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'La Pamplonesa', banda municipal en sus orígenes

Además de la banda de txistularis y gaiteros, ameniza las fiestas sanfermineras ‘La Pamplonesa’. La banda municipal de música nació bien entrado el siglo XX, concretamente en 1919, gracias al empeño de un joven llamado Silvanio Cervantes, que se mantuvo al frente de la banda hasta 1945. ‘La Pamplonesa’ ofrece durante el año interesantes conciertos con música más elaborada que la del 6 al 14 de julio. Sin embargo, la ciudadanía vibra especialmente cuando se arrancan con la Diana número 1, bordan el Asombro de Damasco a la vuelta de la procesión o deleitan al personal con Pamplona, feria del toro mientras suben por Chapitela en su paseo previo a la corrida.

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'La Pamplonesa'

Al hablar de ‘La Pamplonesa’, es inevitable no hablar del insigne clarinetista que permaneció en la misma durante medio siglo: Manuel Turrillas. Además de ser autor de cientos de estampas, pasodobles, zortzikos, jotas, marchas, boleros, valses e incluso tangos, al maestro Turrillas se le deben la mayoría de los himnos de las peñas. Para ello, Turrillas inventó la ya clásica estampa festiva, mezcla de biribilketa y jota, con unas candorosas letras que hacen referencia a una Iruñea más recoleta que la actual y a unos Sanfermines con txakoli de Ezkaba, bellas pamplonesas y valientes jóvenes que no conocen el miedo a la hora del encierro. Aunque muchas de las referencias a aquella Pamplona son historia, la gente de las peñas sigue fiel a esas letras y a ese ritmo tan apropiado para brincar por las calles finalizada la corrida, cuando uno sale de la Plaza con el pozal vacío y el cuerpo jotero.
La música inunda las calles de Pamplona durante los Sanfermines. Desde la madrugada, con las dianas, hasta la noche, miles de sonidos recorren la capital.

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Diana al amanecer

Las Dianas son el despertador de los Sanfermines. Todos los días, a las 6.45h., por las calles del Casco Viejo, la banda de música municipal ‘La Pamplonesa’ recorre las calles de la ciudad para, con su música, anunciar la llegada de un nuevo día festivo y de que, en una hora, comenzará el encierro. El recorrido varía según los días.
Las Dianas suponen la unión de la noche y el día, momento en el que se juntan aquellos que empiezan la fiesta, los que la están terminando y los que sueltan los nervios antes de correr el encierro. Mucha gente acompaña a las Dianas, tarareando la tonadilla brazos en alto y avanzando en breves saltos. Para disfrutar de las Dianas, si se acaba de salir, el mejor acompañamiento es un caldico o un chocolate caliente. Se pueden hacer peticiones de Dianas, que se corresponden con los números 1, 2, 3 y 4. Las letras de las Dianas se han hecho tan populares que muchas de ellas se han convertido en verdaderos “clásicos”: Churros, churros, Todos los curas suelen venir, Quinto levanta.

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Diana

A pesar de que las Dianas de ‘La Pamplonesa’ son las más populares, no son las únicas. Las bandas de gaiteros y txistularis también se distribuyen diariamente por los diferentes barrios de la ciudad y llevan al vecindario el aviso del famoso Levántate, pamplonica.
Desde los Sanfermines del año 1920, año de fundación de ‘La Pamplonesa’, la banda ha hecho de despertador a los vecinos de la capital. Además, su música acompaña todos los actos ligados a los Sanfermines, desde el Chupinazo al Pobre de Mí, pasando por la procesión. ‘La Pamplonesa’ recibió en el año 1994 la medalla de oro de la ciudad.
Las Dianas se comenzaron a tocar el 7 de julio de 1876 con el objetivo de anunciar a los vecinos el comienzo del encierro, que por aquel entonces comenzaba a las seis de la mañana.
La Diana más conocida es la que dice:
Levántate, pamplonica
levántate dando un brinco
pues han dado ya las cinco
y el encierro es a las seis,
y aquél que no se levante
ni esté en la calle Estafeta,
que se vaya a la ‘cuneta’
porque es un mal pamplonés
”.

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Struendo de Iruña

En el año 1964 un grupo de amigos, relacionados con la peña ‘Irrintzi’, decidió montar una noche de juerga en la que el ruido con bombos, txistus, tambores… fuera el punto de lanzamiento. Actualmente se conoce a este acto como “Struendo” y comienza a las doce de la noche de un día sin determinar en el ecuador de las fiestas. Sale desde la antigua Casa Marceliano, ubicada en la trasera de la Casa Consistorial en la Plaza del Mercado, y concluye en el Pocico de San Cernin.
El itinerario comienza en la cuesta de Santo Domingo y continúa por la Plaza Consistorial, Zapatería, San Nicolás, Plaza del Castillo, Espoz y Mina, Duque de Ahumada y Estafeta.
Está documentado que en el año 1766 más de 80 tambores se dejaron oír en las calles de Pamplona durante los Sanfermines. Esta tradición fue decayendo con los años hasta que se recuperó en 1964.

Otra de esas jornadas sin él

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Los días sin él se me hacen algo más cuesta arriba. Encontrarme con él, aunque quiera negarlo, me brinda una fuerza diferente. No se trata de esa fuerza que todos tenemos dentro, sino algo que se me escapa, que no puedo describir. Además me falta la magia.
Me encuentro con gente cercana a él, pero no son él. Él sigue siendo un ángel de mirada perfecta, de sonrisa idílica, de voz viva.
Llevo tantos días sin saber de él, sin ver siquiera su coche, que a veces me pregunto si estará fuera. Igual se ha ido a la Oktoberfest...
A partir de ahora ya no trabajaré en sábado, lo que es de agradecer, porque me gusta salir los viernes y remolonear en la cama, imaginar en ese instante que él está a mi lado y volver a cerrar los ojos sin que ninguna alarma me interrumpa la ensoñación. Éste que viene será, por tanto, el último sábado que trabajo en sábado, salvo alguna excepción. Y eso que algún sábado me he encontrado con él…
Los días sin él carecen de algo. Supongo que lo que me falta es él… Y ahora le echo tanto de menos…

Esas estrellas que me traen recuerdos

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Miraba las estrellas y hay tantas… que es muy probable que mañana amanezca soleado. Y al mirar las estrellas me acordaba de él; me preguntaba si estará ya durmiendo o no, me preguntaba dónde habrá estado este fin de semana.
Deseo verle de nuevo mañana, o pasado mañana, o al siguiente. Pero que sea pronto. Le echo de menos. Y encontrarme con él siempre produce en mí algo mágico.
Supongo que con su recuerdo éste es un buen momento para ir a dormir, a soñar con él.
La verdad es que preferiría buscar las estrellas en su mirada y quedarme dormida en sus brazos.

El Paseo Sarasate


El Paseo Sarasate conforma una de las principales entradas hacia el casco histórico de la ciudad, llegando desde el Parlamento hasta la Plaza del Castillo. Ha alternado su nombre oficial con el popular Paseo de Valencia, en honor a un procurador de finales del siglo XIX que trabajaba a favor de las clases humildes. Pablo Sarasate fue uno de los violinistas y compositores más reconocidos internacionalmente y, sin duda, el músico navarro más importante. El paseo que lleva su nombre ofrece, con sus bancos y sus árboles, una zona de agradable paseo y esparcimiento. Además, su ancha acera central sirve de espacio multiusos, donde se organizan ferias, rastrillos y eventos variados.

Monumento a los Fueros

El Monumento a los Fueros que preside el paseo mide alrededor de 25 metros y es obra de Manuel Martínez Ubago. Fue erigido en 1903 y financiado por suscripción popular. En 1893 Navarra vivía una difícil situación económica agravada por una sequía continuada. El ministro de Hacienda Germán Gamazo propuso entonces aunar las contribuciones, rentas e impuestos de Navarra con las que regían en las demás provincias. Este intento, conocido como la Gamazada, fue abortado gracias a las multitudinarias propuestas populares, que demostraron así su defensa y aprecio por la Ley Foral. Conmemorando aquel hecho, se erigió el monumento, que muestra los escudos de los pueblos que tenían asiento en las Cortes del Reino y las alegorías del Trabajo, la Paz, la Justicia, la Autonomía y la Historia. La matrona de bronce que lo remata simboliza a Navarra y lleva las cadenas en la mano derecha y la Ley Foral en la izquierda. Las placas recuerdan el motivo de construcción y el sentido de los fueros.

Estatua de Felipe III de Navarra

Las seis estatuas que flanquean la plaza fueron adquiridas por el Ayuntamiento al Palacio Real de Madrid en 1885. Eran piezas sobrantes de las que se esculpieron para la Plaza de Oriente, y finalmente fueron regaladas a la ciudad de Pamplona. En 1972 Patrimonio Nacional solicitó una permuta: las estatuas de Fernando VI y doña Bárbara de Bragança se intercambiaron por las de los reyes de Navarra Felipe III y García Ramírez. Éstas son las dos únicas estatuas de las que se conoce su identidad.
Lo cierto es que el Paseo Sarasate es un remanso de paz, que se encuentra a dos pasos de la Plaza del Castillo. Allí me encontré actividad siempre, sobre todo jóvenes matrimonios con hijos disfrutando de juegos infantiles, así como el punto álgido de una manifestación. No es tan bullicioso como la Plaza del Castillo, pero también es un lugar que la gente suele elegir para dar un paseo tranquilo y entrar en una de sus pocas, pero acogedoras, cafeterías.

domingo, septiembre 25, 2011

Recuerdo la primera vez

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Recuerdo la primera vez…
La primera vez que le miré a los ojos y me sentí desconcertada ante la mirada perfecta de alguien que aún no conocía. Ese día volví a creer en la magia, pero algo dentro de mí me preguntaba una y otra vez quién era él, cómo podía sentir indiferencia ante alguien que no me pasó desapercibido desde ese momento, ni los días que siguieron. Así que, día a día, volvía al mismo sitio a buscar al dueño de esa mirada o una mirada sin nombre. Creo que por entonces me sentía tan hechizada que no me daba cuenta de que cada día que pasaba sin saber su nombre era una pequeña tortura a la que había de poner fin. Entonces ya tenía claro que alguien con una mirada tan perfecta como la suya sólo podía ser un ángel.
Es que nunca antes me había ocurrido algo parecido, que alguien que no conozca tenga tanta fuerza con sólo su mirada, o quizás es que nunca antes había conocido a una persona que en realidad tuviera una mirada así, tan perfecta, tan angelical, tan noble, tan perfecta, tan hermosa.
La primera vez que escuché su voz y sentíame en el cielo, que parecía que estaba bailando un vals en la noche. Una mirada como la de él no podía tener más que esa voz tan sensual. Y es que, por decirlo de alguna manera, sus palabras son como dulces caramelos que te tocan el alma y la endulzan.
La primera vez que le toqué las manos a conciencia y le dije que tenía unas manos perfectas. Recuerdo el rubor en sus mejillas y me prometí a mí misma que jamás volvería a decirle algo que pudiera hacerle ruborizar de nuevo. Creo que lo voy consiguiendo, pues no recuerdo después haberle visto ruborizarse por algo que yo le haya dicho.
La primera vez que fui a su oficina y allí apareció él, con esa sonrisa perfecta, misteriosa, cuando me preguntó por qué no le había enviado aquella postal desde Amberes. ¿Por qué? Ya no recuerdo el motivo, pero recuerdo que en Bélgica estuve en septiembre de 2009 y a él le conocí en julio del mismo año. Y él ya me gustaba mucho y yo no quería que se diera cuenta.
La primera (y única) vez que me trajo a casa. Recuerdo la noche perfecta y el viaje podría haber sido hasta Portugal, que a mí no me hubiera importado, pues la compañía era muy grata. Su perfil se me grabó en las retinas y en el corazón tan nítidamente que lo recuerdo como si hubiera ocurrido ayer.
La primera vez que lloré por él. El motivo fueron celos. Es curioso, porque no soy persona celosa, o al menos nunca los celos han sido motivo de preocupación. Considero que si quieres a una persona los celos deben aparecen en poca cantidad. Cuando aparecen en mucha cantidad es preocupante, pero eso es como en todos los excesos. Lloré, lloré durante días, pero no quise que él lo supiera, porque entonces me di cuenta que si no soy persona celosa y entonces sentí celos era porque ya le quería demasiado como para obviarlo.
La primera vez que me di cuenta de que estaba enamorada. Fue hace ya algunos (o bastantes) meses. Pero no lo aceptaba, no quería aceptarlo. Tenía miedo. Y supongo que hoy el amor sigue dándome bastante miedo, pero que me quiten las veces que me tiembla la voz, el rubor que se enciende en mis mejillas cuando hablo con él, el fuerte golpeteo de mi corazón cuando él se encuentra cerca, el revoloteo de un millón de mariposas en la boca del estómago, la felicidad efímera que aparece cuando él desvía su mirada hacia mí o la magia que desprende su presencia. Si el amor es esto, prefiero estar enamorada siempre. Porque este amor hace que siempre esté sonriendo, que siempre me encuentre feliz, que el día sea más luminoso, que cada minuto tenga tanto color… Y si él es el mago… pues prefiero seguir hechizada siempre. Porque lo que estoy sintiendo ahora nunca lo había sentido tan intensamente. Me siento tan viva…

Y en cada ocasión en que me encuentro con él es como una primera vez. Mañana volveré a desear cruzarme con él… como la primera vez. Y, sin duda alguna, será otra primera vez.
Cada momento de él siempre es como una primera vez, como si fuera la primera vez que me mirara, como si fuera la primera vez que escuchara su voz, como si fuera la primera vez que imaginara sus caricias o sus besos. Será que cada uno de esos instantes de él son demasiado especiales. Y además me gusta describirlos, porque todo lo que le rodea ya no es sólo que tenga magia, sino que además posee una belleza inigualable.

Esto tiene que ser amor.

Una cerveza y un libro

He venido caminando a las piscinas. El bolso pesaba porque el libro es un peso pesado, pero no importa, porque me encanta esa novela, quizás porque me recuerda a Nueva Zelanda.
A veces cojo la pelota y se la tiro al perro, para que no se me quede dormido a los pies.
La tarde es espléndida para leer un rato al aire libre junto a una cerveza.
En una semana cierran el bar de las piscinas, pero al menos volverá a abrirse la ermita.

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La Plaza del Castillo


La Plaza del Castillo desde el Paseo de Sarasate

El centro neurálgico de Pamplona es, por descontado, la Plaza del Castillo. Se la conoce como “la sala de estar” de la ciudad y en verdad que es un lugar entrañable para tomar un café o para disfrutar de la tarde.
Disfruté la primera vez que entré allí y di una vuelta sobre mis pasos, coleccionando con la mirada todos aquellos sitios visibles y aún existentes que en su época visitó Hemingway. Disfruté cuando volví horas después a tomar un café en una de las extensas terrazas y observé a la gente que paseaba por la plaza.

El último día que la visité caía el txirimiri, aunque el toldo de la cafetería Iruña me salvaba de la lluvia que apenas se dejaba ver y la plaza seguía llena de gente. En cierto modo, me recordó bastante a la Plaza Mayor de Salamanca: bien fuera por la gente, por las dimensiones aproximadas, por las terrazas enormes de las cafeterías, por los arcos, etc. Podría estar vacía la ciudad de Pamplona, pero la Plaza del Castillo siempre contará con gente.
La Plaza del Castillo fue reformada en 2003. Su nombre procede del antiguo castillo de la Navarrería, que se encontraba en este lugar y que fue derruido en el siglo XVI.

El kiosko de la Plaza suele ser el punto de partida o de llegada de cuantas manifestaciones se celebran en Pamplona. Durante los últimos 200 años esta Plaza del Castillo ha sido el espacio más importante de los acontecimientos de la vida de muchos vecinos (lugar de juegos, de reuniones, de fiestas, de primeros amores, de tropiezos, de aciertos).

Son casi 14.000 metros cuadrados de rectángulo imperfecto que se articula en torno al hueco en el que supuestamente desde el año 1310 hasta el siglo XVI se articuló el castillo.
Actualmente bajo sus cimientos, se esconde un párking subterráneo de tres plantas. En ese garaje se pueden apreciar algunos restos de las antiguas termas y baños romanos que se encontraron en este enclave durante la reconstrucción de la Plaza en el año 2003.
La mayor parte de los edificios que se encuentran en la Plaza han sido rehabilitados. El antiguo caserón del Toril, Café Iruña y el Palacio Goyeneche son los más representativos.

Plaza del Castillo (el edificio de la fachada roja y lucernario es el Palacio Goyeneche)

Hasta 1844, la del Castillo fue una antigua Plaza de Toros, e incluso hoy día el edificio ubicado en el número 37 se sigue llamando “antigua casa del Toril”. Este caserón, construido en el siglo XVII, es de los más antiguos y, tras mucho tiempo albergando toriles, terminó cobijando al Café Suizo, primer café de la Plaza y local mítico del siglo XIX, que permaneció abierto hasta 1952.

El café de referencia en la Plaza es el Café Iruña. Fundado en 1888 por un grupo de pamploneses, fue el primer establecimiento con luz eléctrica de Pamplona, “se abrió al público en vísperas de San Fermín llenándose hasta los porches”.

Interior del modernista Café Iruña

El Palacio Goyeneche data del siglo XVIII y está ubicado en el número 7 de la Plaza. Es una excepción de la arquitectura civil barroca al presentar tres fachadas con un tratamiento individual en cada una de ellas. Destacan su balconada y el portal que da a la calle Estafeta, donde conserva el escudo de armas de la familia Ribed, que lo habitó en el siglo pasado.