Melancolía… Cuando sale a la superficie puede ser devastadora. Debería ir a dormir, a soñar, pues en los sueños todo es perfecto.
No me gusta estar melancólica. Debe ser la época. ¿Quién sabe?
La melancolía llega sin más.
La nota discordante ha debido ser por una canción que han puesto en la radio y me ha transportado a un momento del pasado.
Un local repleto de gente en plena Plaza Mayor, buscando un rincón para tomar unas tapas, pues el Mesón Cervantes es un sitio célebre de tapeo. En toda su primera planta con unas magníficas vistas a la plaza, se amontonaban en rincones aperos de labranza y otros tipos de decoración agrícola y antiguos instrumentos que convertían al bar en un legado de la reciente historia de España.
Cada vez que subíamos aquellas escaleras, siempre terminaba sonando esa canción. Recuerdo algún beso robado, unas risas cargadas de vida y aquellas palabras: “¡Eh! ¡Otra vez esta canción! ¿De quién será?”. Terminamos preguntando a uno de los camareros, que nos mostró el disco.
Unos días más tarde volvimos a quedar. “Tengo una cosa para ti”, recuerdo que le dije. “Yo también tengo algo para ti”, respondió. “Tú primero”. Sin más, un regalo porque nos apetecía, no porque fuera un día que marcar o que esperar algo. Mi sorpresa fue mayúscula cuando vi el disco de The Verve, y su sorpresa no fue menor cuando encontró en sus manos el mismo disco.
No merece la pena decir su nombre. Salimos, nos comprendíamos, aprendimos a reír juntos, incluso nos leíamos el pensamiento. Un día todo acabó. Él se quedó en Salamanca, seguirá acudiendo al mismo Mesón Cervantes donde tantas veces escuchamos Bitter Sweet Simphony.
No merece la pena que recuerde su nombre, aunque lo recuerdo, claro. Pero ese momento en que te das cuenta de que en el mundo existe una persona que te comprende y una persona a la que comprendes es sublime. De repente, me he dado cuenta de lo que echo en falta. Por eso ha llegado la nostalgia. A veces necesito un cuerpo al que abrazar, unos brazos que me reconforten; a veces necesito unos ojos que mirar y saber lo que piensan, y que él me mire y no tenga que explicar nada; a veces necesito esa complicidad que sólo se tiene con las personas que queremos. No es suficiente que ame nada más una persona, también quiero que me amen.
Con esa canción he comprendido que hay un vacío dentro de mí, pese a que amo como jamás he amado a nadie. El amor ha de ser de dos. Y eso no existe en estos momentos. Por eso me ha entrado la melancolía. Quizás esta noche antes de dormir sienta una lágrima silenciosa resbalando por mis mejillas, pero sé que mañana abriré los ojos al nuevo día, la imagen de un ángel de mirada perfecta se moldeará lentamente en mi cerebro y volveré a sonreír.
Sin embargo, esta noche me siento la persona más solitaria del planeta. A veces necesitamos eso, algo de lo que carecemos y lo conocimos en un tiempo pasado. Necesito besos, abrazos, caricias, hacer el amor con la misma persona todas las noches, abrir los ojos y observarle dormir, compartir historias con otra persona, la complicidad que surge en una pareja y susurrarle que le quiero.
Hoy me siento la persona más solitaria del planeta.
Quiero dormir. Mañana volverá a salir el sol.
“Y uno empieza a aprender que los besos no son contratos y los regalos no son promesas…
Y uno empieza a aceptar sus derrotas con la cabeza alta y los ojos abiertos…
Y uno aprende que realmente puede aguantar, que uno realmente es fuerte…
Con el tiempo comprendes que apresurar las cosas o forzarlas a que pasen ocasionará que al final no sean como esperabas…
Con el tiempo te das cuenta de que en realidad lo mejor no era el futuro, sino el momento que estabas viviendo justo en ese instante…
Con el tiempo aprenderás que intentar perdonar o pedir perdón, decir que amas, decir que extrañas, decir que necesitas, decir que quieres ser amigo…
… ante una tumba ya no tiene sentido…”. (Jorge Luis Borges)
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