lunes, septiembre 12, 2011

Cuatro años


Estaba mirando a las estrellas y entonces he recordado una escena de la película de El Rey León, cuando le dicen al pequeño Simba que los grandes reyes del pasado nos observan desde las estrellas. Esa frase la hice mía hace cuatro años para consolarme, pensando en que las personas cuya luz se apagaba para siempre nos observaban desde las estrellas proyectando una luz mucho más potente.

El teléfono móvil sonó a las cinco de la madrugada. Llevaba varios días durmiendo mal, sabedora de que en cualquier momento podría sonar el teléfono portando tan fatídica noticia. Yo sabía que mi tío se nos iba, lo sabía desde abril, pero aún ahora, cuatro años después, siento la amargura de ese momento: cuando alguien te dice que la luz se ha apagado definitivamente y eres consciente de que no le vas a ver más, de que no le vas a escuchar más, de que no le vas a tocar nunca más. Es cruel, pero también es ley de vida.
En la próxima madrugada se cumplirán cuatro años desde aquella fatídica llamada. Parece que fue ayer y, sin embargo, puedo hablar de ello como no podía hacerlo entonces y como no pude hacerlo durante muchos meses después. De repente, un día lo has aceptado, has asimilado que esa persona no va a volver, pero esa persona sigue viva en la mente y en el corazón.
En las últimas semanas en que mi tío aún era consciente de lo que ocurría a su alrededor, le dijo a mi hermano que no le iba a ver casarse. Mi hermano se casó hace un mes y, de alguna forma, mi tío también estaba entre nosotros, y no sólo a través de los recuerdos.

¿Dónde se van las personas cuando se van? Siempre he creído que hay algo después de la muerte, que la vida sólo es una parte mínima de la existencia de todo ser humano. Y aunque no hubiera nada, seguiría creyendo que hay algo después; me parece siniestrísimo pensar que quizás no haya nada. Lo creo porque creo que todos tenemos un alma, algo indescriptible y etéreo que está por encima de la substancia física y palpable, creo en la idea filosófica de que todo ser humano es la suma de un cuerpo y un alma, existe una conciencia (que se encuentra a un nivel superior) que nos dicta lo que está bien y lo que está mal, porque estamos rodeados de algo abstracto que a duras penas podemos comprender. Y creo que cuando una persona fallece sólo muere el cuerpo físico, que todo lo etéreo sigue existiendo aunque pase a otro nivel de la existencia. Además, me parece muy cruel creer que con la muerte de una persona acaba todo.
Prefiero creer que mi tío, de alguna manera, se encuentra entre nosotros, aunque no podamos verlo, ni sentirlo, ni escucharlo, ni hablar con él. Cada 12 de septiembre me acuerdo de él, revivo muchos de aquellos momentos en que me encontré en una especie de trance. Se vive con la ausencia de esa persona y al final terminas asimilando que esa persona ya no está. Hoy puedo hablar de ello sin que me resbalen las lágrimas por las mejillas, quizás porque le recuerdo en sus mejores momentos, cuando se encontraba bien, cuando nos gastaba bromas, cuando ganaba el Barça (¡si lo viera ahora…!). Prefiero no recordar cómo aquella cruda enfermedad fue machacándole lentamente hasta que apagó la llama que llevaba dentro.

Cuatro años… Se dice ‘pronto’. Aunque su luz sigue brillando allá arriba, entre las estrellas.

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