Los gigantes de Pamplona tienen más de siglo y medio de existencia. Las grandes figuras de madera y cartón nacieron en 1860 de las manos del artesano Tadeo Amorena.
Pero la comparsa de Pamplona es mucho más que las cuatro parejas de reyes que representan a las razas del mundo. De hecho, otros 17 personajes, de menor porte y con menos años, pero no por ello menos queridos, acompañan a los gigantes en cada una de sus salidas festivas. Cabezudos, kilikis y zaldikos –caballicos en euskera- hacen posible que la imaginación de los más pequeños se desboque y que los Sanfermines sean, ya desde la infancia, un surtido completo de emociones y sentimientos.
Y es que hoy en día es difícil encontrar en Pamplona algo que concite tantas unanimidades como la comparsa de gigantes y cabezudos. Rememorar cualquiera de sus figuras suscita emociones variadas, pero siempre, preguntes a quien preguntes, vinculadas a momentos de alegría, fiesta compartida, gozo… Felicidad, en suma. Y si son los más pequeños quienes evocan sus sentimientos, estos serán invariablemente contradictorios: de la fascinación al miedo, de la risa… al llanto.
Hay quien ha llegado a afirmar que los pamploneses llevan en su ADN un variado enlace de sensaciones con relación a sus fiestas que, pese a dormitar durante las primeras etapas de la vida, van tomando cuerpo con el paso de los años. Y serían precisamente las relacionadas con los gigantes, kilikis y cabezudos las más tempranas en despertar, al son presumiblemente de los primeros pasacalles que anunciarían al niño la llegada de la comparsa.
Las interpretaciones darwinistas con relación a las fiestas son en este caso poco serias. Sin embargo, y pruebas hay de ello, es justo reconocer que la presencia de los miembros de la comparsa es recibida de forma bien distinta por los niños pamploneses que por los de otras ciudades. Los de Pamplona se muestran inquietos nada más escuchar la cercanía de gaitas y txistus… y salen a la carrera ante la repentina aparición de kilikis y zaldikos. Fuera de Pamplona –cuanto más lejos más evidente- los niños contemplan impasibles la llegada de las figuras y ni siquiera llegan a inmutarse con los primeros vergazos sobre sus cabezas. Sólo miran y esperan el paso de la siguiente figura. La situación, especialmente para los miembros de la comparsa, es particularmente difícil.
Pero esto no es cosa de ahora. En 1929 la comparsa se desplazó a Barcelona con motivo de la celebración de la Exposición Internacional y allí los gigantes participaron en diversos actos. En aquella ocasión, junto a la comparsa, viajó también un grupo de niños que tenían encomendada la tarea de correr delante de los kilikis durante los paseos por Barcelona, tal y como lo hacían en las fiestas de Pamplona, ante el temor fundado a que la reacción de los infantes de la ciudad condal fuera tibia.
En 1962 la comparsa, sin los gigantes, acudió a las fiestas patronales de la cercana localidad francesa de San Juan de Luz, y de nuevo, según testigos de ese viaje, se creó una situación verdaderamente ridícula al comprobar cómo los niños franceses no reaccionaban ante la presencia amenazadora de kilikis y zaldikos, o que incluso llegaban a molestarse cuando éstos les golpeaban levemente con la verga.
Es en 1965 cuando la comparsa realiza el más lejano de sus viajes, al acudir a Nueva York con motivo de la Feria Mundial y pasear por la Quinta Avenida el Día de la Hispanidad. El viaje de ida se realizó en avión, pero su regreso fue en barco hasta Barcelona y de allí en ferrocarril hasta casa. Dos meses fuera de Pamplona en la que supuso la más larga ausencia desde su creación. En aquella ocasión no fueron los niños, sin embargo, quienes no estuvieron a la altura de las circunstancias, sino las propias autoridades estadounidenses que no permitieron la entrada en el país precisamente a la pareja de reyes que representaba a la raza americana.
El motivo no era otro que la política de segregación racial establecida en aquellos años en EE.UU. y que supuso el que la pareja de reyes americanos, por tener la piel demasiado oscura, no pudiera pasearse por las calles neoyorkinas. Lo curioso fue que las personas contratadas para pasear las figuras de kilikis y cabezudos por la gran ciudad fueran todas ellas de color.
Siglo y medio de presencia de la comparsa en Pamplona es mucho tiempo, más que suficiente para justificar el que las 204 horas de fiesta que se disfrutan hoy por las fiestas de San Fermín estén, en buena medida, protagonizadas por sus figuras. Pero tan importantes como los gigantes, kilikis y cabezudos son las noventa y ocho personas que, año a año, hacen posible que salgan puntuales a la cita sanferminera o que se desplacen en ocasiones lejos de las estrechas calles de la ciudad que los vio nacer.
Un centenar de personas, necesarias a todas luces habida cuenta de que en Sanfermines por cada gigante salen dos portadores, lo que suman dieciséis, a los que hay que añadir otros diez suplentes, los doce encargados de los zaldikos, la docena que correrán tras grandes y pequeños enfundados en cabezas de kilikis y los otros diez miembros de la comparsa que se turnarán como cabezudos. Todo ello, además, aderezado por la música de cuatro txistularis y veintiún gaiteros.
Muchas personas, una multitud, que pasa desapercibida en el bullicio jaranero de los Sanfermines confundidos bajo las ropas de damasco y satén de los reyes, o haciéndose pasar por ‘Caravinagre’, ‘Verrugas’ o ‘El Coletas’. Un centenar de personas que, bien mirado, son muy pocos si calculamos las miles de sonrisas que despiertan cada mañana de fiestas y la alegría que por toneladas, si ésta pudiera pesarse, reparten allí donde llegan.


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