jueves, septiembre 29, 2011

Tantas estrellas que contar


Cada vez que miro a las estrellas me acuerdo de él. Es inevitable. Quizás por las similitudes. El firmamento estrellado me reconforta y su imagen rememorada una y otra vez (espero que nunca se desgaste) me reconforta también. También recuerdo otras noches en que he mirado a las estrellas, algunas en que él estaba tan cerca como alargar una mano y rozarle la piel. Y recuerdo una noche en que le escribí un mensaje al regresar a casa, un mensaje en que le preguntaba si había visto las estrellas que había en el cielo. Algo así. Entonces no se me ocurrió decirle que brillaban más por él. Fue hace mucho, hace demasiado… Hace mucho que no le escribo nada, ni a través de postales, ni a través de mensajes, ni a través de hojas recicladas con membretes de hoteles, aunque en realidad siempre estoy escribiéndole algo, lo que ocurre es que ya no se lo envío. No sé en qué momento opté por guardarlo todo para mí. Y, sin embargo, todos los días le escribo, todas las noches le dedico unos minutos de pensamiento. No en vano llevo una libreta con letras y dibujos de El Principito en el bolso. Estoy segura de que en unos meses tendré que recambiarla porque la habré llenado. Tengo tantas cosas que decirle… que una sola vida no sería suficiente. Aunque esto siempre me lleva a pensar en que prefiero que me diga él, que siento mucha más curiosidad por lo que él pudiera decirme. Supongo que ahí está su misterio, que ahí está el origen de la magia.
Adoro sentarme junto a la ventana abierta, aunque ya refresca bastante por las noches, y mirar a las estrellas. Adoro que el aire fresco me acaricie las mejillas. Entonces siento el amor.
Todo el mundo debería enamorarse una vez en la vida. Es un sentimiento tan intenso, tan sublime que a veces no encuentro las palabras.
No tardaré en irme a dormir, pero su imagen está junto a mí, demasiado cercana, demasiado etérea, y que sienta que él está tan próximo me reconforta.

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