Es una de las primeras imágenes que se me quedaron grabadas en las retinas nada más llegar a Pamplona. Se encontraba a dos pasos del hotel. La Plaza Consistorial me pareció diminuta, en la televisión, cuando está plagada de gente al comienzo o al término de las fiestas de San Fermín, parece mucho más grande de lo que es en realidad.
El Ayuntamiento de Pamplona se encuentra justamente en el lugar en el que coincidían los fosos de las murallas de los tres burgos. Por tanto, fue construido en tierra de nadie. En medio de la encrucijada de las tres poblaciones, la elección de este lugar no fue fortuita, sino que fue lo más acertado, crucial y vital para hacer efectiva la unificación de la ciudad.
El Ayuntamiento de Pamplona tiene una fachada barroca que data de 1752, de endiabladas formas y curvas que corona una alegoría de la Fama que toca un clarín para anunciar fastos y glorias, flanqueada por dos leones que sostienen las armas heráldicas de Pamplona y de Navarra bajo sus zarpas. Dos Hércules rematan los laterales de este edificio. Además, cada planta de la fachada tiene un estilo diferente de columnas clásicas: dórico, jónico y corintio.
Al cruzar la puerta principal del Ayuntamiento se accede a un vestíbulo diminuto en el que hay otra gran puerta que da acceso al verdadero vestíbulo y entrada al Ayuntamiento. Sobre el dintel del portón de esta pequeña antesala está grabada en piedra una emotiva sentencia que aprobó el pleno municipal el 19 de enero de 1759: “La puerta está abierta a todos, pero sobre todo el corazón”.
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