Cada historia es un caramelo y esta novela está plagada de caramelos.
En la universidad estuve en contacto con la Revolución Cultural de Mao Tsé Tung, descubrí a Deng Xiaoping tras su fallecimiento en 1997 al investigar que había sido quien había introducido ciertas libertades culturales, sociales y económicas en la China de entonces. En 1997 desconocía qué papel había jugado en China, pero ya se sabe que en las universidades, cuando una persona ha hecho algo relevante, su muerte es posible que les convierta en héroes. En ese momento, para mí China estaba influenciada por el poder de Mao. Y como no compartía la ideología del Partido Comunista y China me parecía demasiado lejano para que me afectara lo que ocurría en el país, tampoco tenía mucho interés. Entonces murió Deng y uno de nuestros profesores lo puso en un pedestal. Fue entonces cuando oí que China estaba en un proceso de desarrollo de libertades y de influencias occidentales y busqué en enciclopedias a Deng Xiaoping. Y si al principio me resultaba complicado recordar su nombre, hoy, más de una década después, no me cuesta nada traer ese nombre a la memoria.


Shangái, China
En esa misma época en que yo leía sobre Deng Xiaoping, es cuando transcurre la trama de esta novela. El libro está narrado desde la perspectiva de Hong, una joven que se ve influenciada por la entrada en el país de ciertas libertades. Ella vive en Shangái con sus padres, pero un día decide buscarse la vida en Shenzhen, la ciudad que se había desarrollado rápidamente, donde en un corto espacio de tiempo se amontonaron los intelectuales y artistas, pero también la ciudad que atrajo la corrupción, las drogas y la prostitución.
Hong dejó el instituto después de que su compañera de pupitre, Lingzi, se suicidara. Decidió que iría a Shenzhen a buscarse la vida cantando en clubs nocturnos, cuando la aparición de este tipo de clubs proliferaran en la pequeña ciudad pesquera y rural. Allí conoce a Saining, el que se convertirá en su novio durante años. Él vive de su música, toca en una banda, y al principio nunca la hace mucho caso, pero viven juntos y él siempre vuelve donde está ella. Hong vive para el amor, pero siempre se está preguntando qué es el amor. Conoce a homosexuales, prostitutas y mafiosos y junto a Saining se mete en la heroína y en el alcohol. Pero se obliga a dejarlo después de haber sido internada en varias ocasiones en un centro de rehabilitación. En una de esas ocasiones en que vuelve a Shangái con sus padres, su padre, que es un intelectual, la anima a escribir y ella empieza a vivir vendiendo sus relatos.
Casi toda la acción de Caramelos transcurre entre la ciudad natal de la autora, Shangái, y la ciudad emprendedora y en rápida fase de desarrollo de Shenzhen, situada en la provincia de Guangdong. Mientras que Mian Mian menciona a Shangái por su nombre, sólo hace referencia a Shenzhen como “el sur”. Shenzhen, la que una vez fuera poco más que una aldea pesquera y agrícola de la línea de ferrocarril que unía Hong Kong y Guangzhou, comenzó a transformarse radicalmente a partir de 1980, cuando Deng Xiaoping, el entonces primer ministro de China, la proclamó Zona Económica Especial (ZEE). Creada como respuesta al estancamiento económico de la era maoísta, las ZEE formaban parte integrante de las reformas económicas de Deng. A diferencia de las iniciativas de planificación central, las cuales eran controladas por el estado y caracterizaban al resto de China, las ZEE se establecieron al margen del control estatal. La relajación del control estatal y la relativa libertad pronto dieron lugar a una mentalidad fronteriza, y numerosas formas de vicio y corrupción florecieron junto con una iniciativa privada más legítima. La prostitución, las drogas y el crimen organizado, que habían sido reprimidos significativamente en la China posterior a 1949, prosperaron en la Shenzhen liberal. Al mismo tiempo, la llegada de las inversiones de Hong Kong, Taiwán y Occidente vino acompañada por una riada de influencias culturales.

Shenzhen, China
La libertad personal y económica que Shenzhen representaba resultaba extremadamente atractiva para numerosos jóvenes de toda China, y la protagonista de Mian Mian, Hong, no es una excepción. En el resto de China, las personas que buscaban un empleo esperaban que el Gobierno les asignara un puesto de trabajo. El Gobierno tenía el derecho de enviar a las personas a cualquier parte del país, y éstas, a menudo, acababan trabajando en lugares situados a cientos de kilómetros de sus ciudades natales, aunque poco podían hacer al respecto. Las cualificaciones servían de algo, aunque la muestra de devoción al Partido Comunista por parte de los que acababan de abandonar el instituto o la universidad constituía a menudo un factor clave a la hora de lograr una asignación deseable. Tras la huida a la ZEE, en un intento por ganarse la vida a su manera, Hong y otros como ella se alejaron de este sistema demasiado restrictivo.
Lo que puede resultar sorprendente es el pequeño papel que el Partido Comunista juega en las vidas de los personajes que aparecen en la novela de Mian Mian, pero el silencio lo dice todo. El mundo retratado en Caramelos es sólo otro reflejo de lo que Orville Schell, en su animado y agudo libro Mandate of Heaven (“Mandato del Cielo”), denomina “la cultura gris” de China, una cultura carente de la “rojez” que caracterizaba la cultura comunista de los primeros cuarenta años de la República Popular China. La “cultura gris” es aparentemente apolítica, pero se siente fascinada por mafiosos y demás delincuentes. Su cinismo, ironía y aparente desvinculación de la política tiene mucho que decir acerca de la sociedad china de hoy en día. Que se deba a la pérdida de la esperanza de un cambio político en China o a una sutil pero eficaz forma de subversión está por ver…
En la novela se describe la cara oculta de China en los años 90. En el momento de su publicación Caramelos fue una novela prohibida en China, pero bien describe en la novela cómo la literatura, la música y la droga entraban de contrabando en cualquier ciudad del país y todo el mundo tenía acceso a lo prohibido buscando en el mercado negro de cualquier ciudad que se hubiera desarrollado rápidamente en esos años.
En realidad es una novela muy cruda, las descripciones son sublimes pero también aterradoras. El lector siente la recién descubierta libertad de los jóvenes chinos de los años 90, pero entre líneas podemos leer la dura represión a la que siguen sometidos.

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