Van recorriendo toda España. Y ahora están en Salamanca. Y además es muy posible que no hayan puesto el árbol de Navidad o el Portal debido a su presencia en la Plaza Mayor.
domingo, noviembre 30, 2008
El último estertor de noviembre
"Cassandra's Dream"
Otra genialidad de Woody Allen, al menos en ciertos aspectos. Esta vez toca el tema de lo fácil que es infringir la ley y todo lo que conlleva, lo llama "cruzar la línea, y una vez que la has cruzado, no hay vuelta atrás". Y no se habla de un delito suave, sino de un asesinato. Lo que hay detrás de ese homicidio para dos personas que en ese tema son muy ingenuos es sublime: sus pensamientos y dudas previos al hecho en sí mismo, la facilidad con que lo llevan a cabo y para pasar desapercibidos, y la traidora conciencia que no les deja dormir por las noches, que les llevará a la locura y a los pensamientos suicidas.
Es curioso cómo dos personas completamente diferentes en carácter se muestran imprevisibles a la hora de cometer un crimen de tal envergadura. La persona sensata, que parece prudente, es aquella que primero se decide a apretar el gatillo, mientras que aquel que da la imagen de un ser frívolo y frío es, al final, el más cándido, el más reacio para quitar la vida a otra persona. Y esto es chocante, porque realmente el espectador espera que sea al revés.
Ian (Ewan McGregor) y Terry (Colin Farrell) son dos hermanos londinenses que andan, casi siempre, en apuros económicos. Mientras que Ian ayuda a su padre en un restaurante en el que gastan más de lo que ganan y ahorra para hacer inversiones en hoteles de California, Terry, mecánico, derrocha su vida entre el alcohol y el juego. Así, cuando él cree que está en una racha de buena suerte, se dedica al póker y a las apuestas de galgos, hasta que un día pierde tanto dinero que no sabe cómo va a pagarlo.
Entonces llega de visita el tío Howard (Tom Wilkinson), que es millonario y creen que es la solución a sus problemas económicos. Pero todo tiene un precio y su tío les pide un pequeño favor, porque no confía en nadie más: deben matar a un hombre que quiere arruinarle la vida. Ellos se niegan, porque no se imaginan la idea de asesinar a alguien, pero Ian, que acaba de conocer a Angela (Hayley Atwell), una mujer especial, ve su futuro en California con la aspirante a actriz y le convence a su hermano para llevar a cabo el asesinato. Entre los dos fabrican unas pistolas caseras y cometen el crimen. Pero lo que parecía tan sencillo para Terry se convierte en una pesadilla que no le deja dormir y empieza a pensar en entregarse o en suicidarse. Kate (Sally Hawkins), su pareja, está preocupada por él y habla con Ian sobre las cosas que cuenta su hermano, creyendo que son todo paranoias. Cuando Ian habla con su tío respecto de los remordimientos que persiguen a Terry, Howard sólo ve una solución: quitar de en medio a Terry, pese a que sea de la familia.
El pequeño velero propiedad de los dos hermanos, "Cassandra's Dream", se convierte en el marco perfecto para que los dos hermanos se abandonen, como en los viejos tiempos. Ian ha llevado las pastillas de su hermano por si tiene hacer que todo parezca un suicidio, pero entonces recapacita y se pelean, con tan mala suerte que Ian cae muerto. Cuando encuentran el barco, los dos hermanos se hallan sin vida.
sábado, noviembre 29, 2008
Saboreando momentos
A veces los actos más simples reportan unos momentos de felicidad insólita. Por ejemplo, despertarte pronto un sábado por la mañana, levantarte a desayunar y volver a la cama para sumergirte en un libro que te traslade muy lejos de la realidad. Pues al final estás viajando sin moverte de la cama, sin reparar en el tiempo que hace fuera, aunque sabiendo que hace un frío glacial, sin reparar en el tiempo que pasa cruelmente en el minutero del reloj, sin reparar en que nadie va a venir a decirte que te levantes, que no son horas... Y posiblemente ese momento, la simpleza y sencillez de ese momento, lo convierte en algo único, muy cercano a la felicidad ideal.
Es una pena que la estresante vida actual nos haga obviar esos instantes únicos.
viernes, noviembre 28, 2008
"El número 23"
Me ha gustado la película, ciertamente. ¿Será que yo también tengo pánico -pero no obsesión- de un número? Lo cierto es que no la había visto porque Jim Carrey no me gusta nada, pero aquí me ha chanado su paranoia con el número 23. No sé por qué pensaba que era de miedo.
Walter Sparrow (Jim Carrey) está felizmente casado con Agatha (Virginia Madsen), con la que tiene un hijo adolescente, Robin (Logan Lerman). Trabaja en una empresa de protección de animales y el día de su cumpleaños conoce a un perro diabólico, llamado Ned. Esa noche, su esposa le regala un libro titulado El número 23. Desde el principio, se siente identificado con todo lo que le ocurre al autor del libro, el detective Fingerling (Jim Carrey), liado con la despampanante Fabrizia (Virginia Madsen). El fatídico 23 empieza a estar presente en su vida como si se tratara de una obsesión, pues lo empieza a ver por todos los sitios, así como al perro.
Cuando investiga sobre el libro y su supuesto autor, descubre que hay un inocente cumpliendo condena por un asesinato que no ha cometido y decide descubrir al verdadero criminal. Y empieza a recordar cosas...
Trópico de Capricornio

Me gustó más Trópico de Cáncer, quizás porque a Henry Miller no le dio por desvariar tanto sobre el mundo y la realidad y se concentró más en el tema del sexo.
Aquí se descubre a un escritor más maduro y también más maldito, hablando de la maldad que todo ser humano lleva dentro. También es una exageración autobiográfica que, en vez de transcurrir en París, acontece en Nueva York. Sería un antecedente cronológico de Trópico de Cáncer, en lo que respecta a que Henry Miller cuenta anécdotas de su infancia y de su juventud. Cuenta cómo sobresalía en todos los sitios por su manera de pensar, un tío sabio ya desde que estaba creciendo en el útero materno.
Miller nos ofrece una panorámica penetrante y demoledora de la sociedad norteamericana. Él se siente inadaptado en su propio país, rodeado de todo tipo de personajes estrambóticos y extravagantes, incluso marginados a veces.
Lo que tiene la novela, que ya se dejaba sentir en la otra, es que parece que sus páginas gritan, contribuyendo a un estrés constante, de principio a fin. Es un flujo constante de miradas que chillan, que se quejan, que alardean, que viven... Y esto es una sensación única, que muy pocos autores saben o pueden conseguir.
Manitas
Yo no entiendo cómo los de Cegasa hacen unas bombillas tan horripilantes como para quedarme con el bulbo en las manos, dejando el resto enganchado. Ahora tengo un problema y es que no sé cómo quitar la rosca. Sería fácil llamar a un electricista -aunque me cobre- o más sencillo todavía dar un toque al casero para que me envíe a Don Chapuzas, un tío que igual hace de fontanero que de cerrajero -y me saldría gratis-. El problema es que me da vergüenza que venga, el problema es que se me ha metido en la cabeza arreglar yo misma el entuerto.
La susodicha bombilla está encima del espejo del baño, espejo que necesito. El caso es que tengo miedo a electrocutarme. Pero aun así lo intentaré arreglar desconectando todo el alumbrado. Desde luego, que yo no valgo para electricista. Y no hablaré de los medios que empleé ayer intentando quitar el trozo de bombilla. En fin, que como era de noche y necesitaba tener luz lo dejé para hoy, pero cuando me acerco al baño me entra una especie de pánico difícil de explicar.
En momentos así es cuando verdaderamente echo de menos a un hombre junto a mí.
jueves, noviembre 27, 2008
"Las ruinas"
La película es malilla, y menos mal que dura poco... Y es un poco desagradable hasta que te das cuenta del leitmotiv que causa el pánico. En principio, se intuye que hay algo, pero cuando se descubre es peor la visión de sangre que el supuesto miedo. No la recomendaría, por supuesto. Claro que para encontrar una película de terror que merezca la pena hoy en día...
Jeff (Jonathan Tucker) y Amy (Jena Malone), Eric (Shawn Ashmore) y Stacey (Laura Ramsey) son dos parejas de estadounidenses que están pasando unos días de vacaciones en México. Pasan los días en la piscina del hotel y en playas paradisíacas, pero un día conocen a Mathias (Joe Anderson), un alemán que está allí de vacaciones con su hermano, pero éste se ha marchado con una antropóloga al yacimiento que hay en unas ruinas que ni siquiera vienen en los mapas. Los cuatro amigos, por cambiar, el último día deciden acompañarle y se une al grupo el griego Dimitri (Dimitri Baveas), que antes de marcharse deja la copia del mapa a sus compañeros.
Cuando llegan a la pirámide llena de una especie de hiedra, una tribu maya les corta el paso y les rodea, disparando a todo aquel que intente escapar de las ruinas. No les queda más remedio que subir a la cúspide, donde hay varias tiendas de campaña, pero ninguna persona. En el fondo de un pozo escuchan el sonido de un móvil y deciden bajar. Mientras Mathias se cae y se rompe la espalda, Amy y Stacey descubren que las plantas son carnívoras e imitan sus propias voces, así como el sonido de los teléfonos. Cuando consiguen subir arriba, sus novios no creen nada de la historia. Mientras que Eric cree que lo mejor es que uno vaya a buscar ayuda llamando el resto la atención de los mayas que intentan evitar que la "plaga" se extienda, Jeff cree que es mejor esperar a los griegos, que vendrán a buscar a Dimitri. Pero Mathias y Stacey ya han sido infectados. Y ahora se vuelven unos contra otros. Cuando sólo quedan Jeff y Amy, saben que tienen que ir en busca de ayuda. Mientras Jeff despista a los indios, Amy consigue escapar, pero no sin antes escuchar el disparo que acaba con la vida de su pareja.
Y entonces llegan los griegos...
Abochornada
Hoy me ha pasado algo que hacía tiempo no me ocurría y estoy muy disgustada. He cometido una falta ortográfica grave ("Haber" en vez de "A ver") y, cuando me he dado cuenta, me he avergonzado. El problema es que se han dado cuenta más personas, aunque no se han regocijado ni nada. Varias horas después aún siento los últimos coletazos de un error fatal que no puedo permitirme el lujo de volver a cometer. Lo cierto es que ha debido pasar porque mientras escribía tenía la cabeza en otro sitio. Me siento fatal.
"Obaba"
La película se basa en el libro de Bernardo Atxaga titulado Obabakoak. Sé que son varios relatos cortos, relacionados entre sí, que transcurren en un pueblo imaginario y mágico, supuestamente situado en el País Vasco o Navarra. Aunque lo tengo, nunca llegué a empezarlo, aunque después de ver la película es muy posible que me lance a leerlo. Ahora siento curiosidad por el resto de las historias que no se desvelan en la película.
Me ha gustado, aunque al final he sentido como que faltaba algo.
Obabak es un pueblo aislado entre las montañas, un pueblo que a simple vista es la réplica de otro cualquiera. Allí pasan las mismas cosas que en otros pueblos, con esa tendencia al mal de los vecinos de un lugar donde todos se conocen. Allí se entrecuzan diferentes historias que tienden a recrear el rumor acerca de lo que el vecino de al lado "no ve con buenos ojos".
Lourdes (Bárbara Lennie) es una estudiante universitaria que llega a Obabak con la intención de hacer una práctica y se pone a grabar todo lo que ocurre en el pueblo. Así se entera de las historias de cada persona, cada familia. Allí conoce a Miguel (Juan Diego Botto), un joven que no quiere marcharse del pueblo, porque cualquier lugar vale para vivir si se está a gusto. Y se enamoran.
Lourdes se hospeda en el hostal El Lagarto, regentado por Ismael (Héctor Colomé), un hombre que tiene fijación por los lagartos. Siempre está acompañado por Tomás (Txema Blasco), un hombre que está sordo y que supuestamente un lagarto se le metió por el oído y le comió el cerebro. Ésta es la historia que le ha contado Merche (Pepa López), que siente un odio atroz por Ismael.
Y allí, en el hostal, está la foto de la antigua escuela. Aquí llega la primera historia, varias décadas antes. La maestra (Pilar López de Ayala) tiene una extraña manera de enseñar a sus alumnos, y esa peculiar manera de hacer las cosas ha convertido el "contar" en una rutina actual. Un día, la maestra se escapa al monte con uno de sus alumnos.
Lourdes intenta colocar a los pocos alumnos que quedan -ahora convertidos en adultos- en las escaleras donde se hizo la antigua foto. Y entonces repara en la ausencia de los hermanos Pellot. Lucas (Eduard Fernández) está internado en un psiquiátrico. Robó a un banquero y luego le mató a él y a toda su familia. Supuestamente habla con su hermana Marga, que murió siendo una niña. En su locura, se ha convertido en un hombre que ha olvidado todo.
Lourdes intenta recuperar su rutina normal en la ciudad, pero no encuentra el final para su trabajo. Decide ir a buscar a Esteban (Lluís Homar), el hijo de un ingeniero alemán, que se ha convertido en un prestigioso catedrático. Esteban recuerda su vida en Obabak cuando era un niño chico. Su padre, Klaus Werfer (Peter Lohmeyer), se enamoró y, fruto del amor, nació Esteban. Pero nunca se casaron. El niño tenía prohibida la entrada a la iglesia, hasta que un día vio la cara de una niña alemana que le dijo su dirección. Así su padre consiguió que Esteban estudiara alemán.
Lourdes se da cuenta de que se está quedando sorda y recuerda el día que fue encerrada en el cobertizo donde Ismael cuida de los lagartos. Sabe que debe volver a Obabak, porque cualquier lugar está bien para quedarse si una se siente a gusto...
miércoles, noviembre 26, 2008
Sezessionsstil
martes, noviembre 25, 2008
Mezcla de culturas
Francesc Català-Roca, Señoritas paseando por Gran VíaSalamanca es una ciudad tan cosmopolita que todos pasan desapercibidos. Pero yo conocí, inevitablemente, ciertos especímenes a los que voy a hacer el honor en pocas líneas. Son personas que llaman la atención por su cultura, sus rutinas o su personalidad. Curiosamente son todas féminas. También hay varones extraños, pero, visto lo visto, somos las mujeres algo más desquiciadas.
Chusa, ¿futura doctora?
Ni por edad ni por físico aparentaba tener el doble de mi edad. Con dieciocho años, yo la hubiera echado unos siete u ocho más, hasta que me llegaron los rumores y luego lo comprobé en su ficha, un día que llegamos a hurtadillas, amparadas por la oscuridad y el silencio de la noche, al despacho de la directora del Colegio Mayor. Estudiaba Medicina y nadie sabía en qué curso estaba, aunque es cierto que no se presentaba a los exámenes.
Cuando yo llegué a Salamanca tenía treinta y seis años y aún no había terminado los seis años primeros de su carrera. Si contamos el MIR y en caso de que se especializara... podría acabar la carrera siendo una ancianita. Supongo que acabó dejándolo.
Yo no puedo imaginarme llegar a esa edad y convivir con muchachas que podrían ser mis hijas. Pero ahí estaba.
Chusa tenía un trauma, pero no lo veo suficiente excusa para seguir en el Colegio Mayor a su edad. Una hermana se suicidó cuando era muy joven.
Me caía bien, espero que la vida le haya deparado muchas alegrías y deseo que no siga allí con las monjitas.
Leticia y su locura transitoria
Se trataba de una persona muy inteligente, de éstas a las que finalmente se les termina yendo la pinza, como así ocurrió. Tenía una mirada azul, acerada y fría, que observaba con una curiosidad extrema. A veces daba miedo. Estudiaba Filosofía porque –dijo- “no quería estudiar otra cosa” y sus notas eran excelentes: entre sobresalientes y matrículas su expediente académico podría colocarla entre las primeras de su promoción.
Físicamente era normal, quizás poco femenina por unos andares plomizos y algo desgarbada. Vestía gruesos jerseys y vaqueros habituales, que acentuaban sus maneras masculinas.
En el primer botellón, antes de la llegada de la Ley Seca, nos fuimos al parque de San Francisco con alcohol. Estábamos sentados en círculo y, de repente, Leticia se puso a saltar cual chimpancé entre los poyos de piedra, ante la sorpresa del resto del grupo, que nunca la habíamos visto de aquella guisa. Ni que decir tiene cuál sería el comentario más reiterado al día siguiente y meses posteriores a propósito de aquel botellón.
Dos años después habíamos perdido el contacto, aunque seguía aquí. Sin embargo, fui informada de que su esquizofrenia había ido a más. Iba al loquero y las pastillas que le recetaban debían ser bastante fuertes. Mi amiga M. se la encontró tirada en un bar y sin signos fehacientes de haberla reconocido. Después me enteré de que volvió a su tierra y fue internada en un centro para enfermos mentales. No se volvió a saber más de ella.
Mari, mentirosa compulsiva
Contar la historia de Mari es la que, sin duda, más dolorosa me resulta. Porque conviví con ella durante mucho tiempo, salí con ella e incluso tuvimos nuestros momentos de confidencias. Estudiaba Filología Inglesa y le iba bien. En exámenes se levantaba a las tres de la madrugada para estudiar y, pese a las trabas de algunos profesores sobre los que corría el rumor de que eran huesos duros de roer, ella solía aprobar a la primera. Sé que ahora es profesora de inglés en un colegio de su tierra, lo que me agrada.
Pero en una época tratar con Mari fue tan desagradable... En su dormitorio habíamos creado “la Cantina”, nuestro bar comunitario, siempre abierto para el grupo de amigas. Allí nos reuníamos, charlábamos, criticábamos, rumoreábamos... En fin, allí nos reíamos y disfrutábamos de esos momentos de libertad, entre galletas y zumos, porque allí había un aprovisionamiento insólito de todo tipo de comida y bebidas light.
El rumor de haber creado un pub imaginario en el Colegio Mayor llegó hasta oídos de las monjas, que sabían dónde encontrarnos si querían algo de nosotras. También el círculo se fue ampliando y aquel año conocí a gente con la que, de otra forma, quizás no hubiera tenido relación.
Aquel año me enteré de que Mari iba a una psicóloga de Salamanca que la recetaba unas pastillas muy fuertes. Tanto que empezaron a afectarle a la razón. Y comenzó a contarnos unas trolas tan grandes que jamás mente humana podría haber imaginado. Lo sorprendente es que siempre se acordaba de todo. Lo difícil no es contar una mentira, sino conservarla. Yo no sé si era consciente o inconsciente todo aquello. Creo que cuanto más historias admirables, pero creíbles, nos contaba, más proclive era a añadir detalles y comentarios, a veces parecía una manera de ser el centro de atención. Una tarde me la encontré tumbada en la cama y totalmente grogui. A los dos días se había ido a casa. En nuestra ignorancia, la llamamos a casa y recuerdo su voz al otro lado, llorando y pidiendo perdón. No sabía entonces por qué, pero muy pronto las monjas nos lo dirían, alegando que había mezclado las pastillas. La decepción fue inmensa; ya nada volvería a ser como antes.
Regresó a Salamanca y yo seguía hablándola normal, hasta que hizo alarde de un victimismo brutal. Entonces me encaré a ella.
-Curarte está en tus manos. Ni tu psicóloga ni yo ni nadie puede curarte, excepto tú misma. Piénsalo.
Y supongo que lo pensó y siguió mi consejo, porque no volvió a tener problemas de este estilo.
Miren y su conexión con los ángeles
De todos los estudiantes de psicología que conocí un 99% entraba en ese amplio círculo que había escogido esa carrera para autotratarse y es que, en cierto modo, esos futuros psicólogos estaban como cabras. Miren, aparte de esto, era una excéntrica con una imaginación demasiado fantasiosa. Además, su tema habitual de conversación era el sexo (perlitas como que “tragárselo” provoca acidez y cositas así).
La primera impresión que tuve de ella fue el de una chica sensata, ¿qué iba a pensar yo entonces que se le iría la cabeza de ese modo...? Cuando la conocí había metido en su residencia a un gabacho al que parecía tener prisionero en su habitación. Desde la calle se veía al chaval sentado en la ventana tomando el aire, porque Miren no le dejaba salir. Le llevaba las sobras de su comida y luego se lanzaban al tema. Es curioso que, estando mi habitación pared con pared, jamás escuchara un simple jadeo. El caso es que luego Miren me contó la historia del francés. Diez años antes ella había ido a Francia donde se habían conocido y había surgido una historia sentimental. Se habían mantenido en contacto hasta ese verano a través de cartas, pero no habían vuelto a verse, hasta ese verano, que ella cogió un tren y se presentó en París o dondequiera que él viviera. Y ahora era el galo quien había venido. Estuvo enclaustrado en la residencia –femenina- durante dos o tres meses, hasta que partió, imagino que aburrido de la inactividad de esas cuatro paredes o envenenado por el olor del sexo.
El tiempo pasó y un día, durante una comida, Miren dijo que ella cerraba los ojos y los ángeles le escribían lo que debía hacer. Yo pensaba que se estaba quedando con la gente, pero no, ella hablaba en serio. Tuve que marcharme a reírme lejos porque aquello me resultaba demasiado ridículo y absurdo.
María y la ninfomanía pura
Alta, rubia, con rasgos de diosa griega y espaldas de deportista, María llamaba la atención, aunque en muchas de las fotos parece un travesti por su excesivo maquillaje. Tenía un gran corazón y quizás eso hacía que mucha gente se aprovechara de ella. Pero era una salvaje en todo lo que se refiere al tema sexual. Tenía mil novios y siempre estaba insatisfecha y quería más y más. Usaba a los hombres como trozos de carne para buscar su satisfacción sexual y, cuando no la conseguía, era capaz de entregarse al primero que se encontrara por la calle.
Yo he conocido a una María que ha ido en una misma noche a tres pisos diferentes y se ha tirado a todos aquellos que se cruzaran por su camino: fue a casa de un italiano, se tiró al italiano y a su compañero de piso, como quería más, se fue a casa de un ex y como el ex no estaba se pasó por la piedra a quienquiera que estuviere allí y, por si no fuera suficiente, se marchó a la calle en busca de más miembros nuevos, que le dieran el placer que llevaba buscando desde que había oscurecido. Todo aquello en una sola noche y lo hacía a menudo.
Cristina y su ego apabullante
Réplica exacta de la niña de Monstruos Inc., era pija hasta la médula, alardeaba de la fortuna de su familia y de las pollas que había mamado. En su mesilla tenía una farmacopea que recetaba a todo el mundo que se encontrara mal, aunque fuera un simple dolor de cabeza, aunque estudiara Publicidad y no Medicina. Se tomaba varios ansiolíticos al día y tranquilizantes para dormir, era muy inquieta y dominante y creía que no había nadie como ella. Intentaba atraer la atención sobre su persona de tal manera que hacía que el resto de la gente huyera de su presencia por ese afán de control sobre el resto de la gente. Se creó muchas enemigas y siempre que estaba ella en alguna sala de la residencia había bronca. Estuvo unos meses en el médico y se respiró entonces paz y tranquilidad, que no duró mucho. A mí me producía compasión e intentó hacer buenas migas conmigo, pero no soporto que alguien intente controlarme, así que durante unos meses estuvimos enfadadas, hasta que al final nuestra bronca resultó nimia en comparación con el complot creado en la residencia contra ella. Dicen que los enemigos comunes alían al resto, y así resultó ser. Fue entonces cuando yo hice las paces con ella. Imagino que me daba mucha pena, porque entre sus palabras dejaba entrever que en su familia estaba anulada y era eclipsada por unos hermanos que rozaban la perfección. Así que cuando nos despedimos nos llevábamos bien, aunque yo no me esforcé en darle mucha confianza porque seguía pensando en ella como una “desquiciada”, pero no era mala chica.
Y la mejor, sin duda alguna, es Lorena. Indescriptible en una sola palabra. Con gran fortaleza física que había desarrollado por variadas tareas agrícolas y una incipiente chepa, un cuerpo serrano sin cintura y acompañada de prendas de vestir de una horterada irremisible, la muchacha era la típica paleta que salía de casa por primera vez. Nunca había ido de fiesta, nunca se había liado con un tío, nunca se había desmadrado. Así que llegar a Salamanca debió suponer para ella un cambio tan radical como ir del blanco al negro.
La primera vez que hablé con ella estábamos en una habitación del Colegio Mayor un grupo numeroso de veteranas y Lorena como única novata, que contaba con el privilegio de escuchar nuestras conversaciones porque entre las veteranas estaba una de su pueblo. Era tan tímida que sólo escuchaba y no se atrevía a tomar parte de la conversación, así que en cierto momento en que hablábamos de hombres, atiné a preguntar:
-Bueno, ¿y tú tienes novio?
Yo imaginaba la respuesta, aunque ciertamente la intuición podía haberme inducido a error.
-¿Y no te gusta nadie?
Entonces fue cuando nos contó que le gustaba un mecánico que hacía de cofrade en las procesiones de Semana Santa. Nos lo describió.
-Y bien, ¿has hablado con él?
-Es que yo no me atrevo a hablar con los tíos.
Reprimí mis carcajadas. En mi mente veinteañera no podía concebir algo así.
-Bueno, tú sal unos días con nosotras y verás qué pronto se te quita la vergüenza.
Y así fue. El primer día ya le gustaba un tío que para ella era inalcanzable. Él era muy educado, un tío que era abogado y estaba terminando por aquella época la carrera de Historia. Además escribía poesía y prodigaba una inteligencia y locuacidad increíbles. Cuando Lorena dijo que le gustaba la empujamos a hablar con él. Lo cierto es que él se coscó enseguida, pero siguió tratándola de una manera agradable y educada, sin darle pie a nada. Imagino que por su mente imaginó algo como: “Ya pasará”. En verdad que ese tío no era para Lorena, pero ¿quién era capaz de destrozar sus ilusiones? Al fin y al cabo, ella no hacía nada malo, no le molestaba, sólo hablaba con él en el mismo tono que usaba él.
Que yo sepa, con los dos tíos que se enrolló aquí, uno que no conozco y el otro con novia (se casaría dos años después), se desmadró bastante. Me da la sensación que hizo y se dejó hacer todo lo que se había perdido años anteriores. En cuanto al que tenía pareja, con el que repitió, una de mis mejores amigas y yo la sermoneamos al respecto. No era un desconocido y la novia nos caía bien. Con el otro le metimos miedo en el cuerpo, hablándole de enfermedades contagiosas. Yo creo que por un lado le entraba y por otro le salía.
Lo más desagradable de todo eran los ciclos menstruales de Lorena. Criada en medio de supersticiones de viejas, le habían metido en la cabeza que ducharse en “esos días” podía provocar la muerte. Le intentamos hacer comprender que en esos momentos era cuando había que cuidar más la higiene corporal. No hizo caso. Y no digo más: el período le duraba cinco días y mejor ponerse pinzas, porque dejaba rastro “aromático” adondequiera que fuera.
Chusa, ¿futura doctora?
Ni por edad ni por físico aparentaba tener el doble de mi edad. Con dieciocho años, yo la hubiera echado unos siete u ocho más, hasta que me llegaron los rumores y luego lo comprobé en su ficha, un día que llegamos a hurtadillas, amparadas por la oscuridad y el silencio de la noche, al despacho de la directora del Colegio Mayor. Estudiaba Medicina y nadie sabía en qué curso estaba, aunque es cierto que no se presentaba a los exámenes.
Cuando yo llegué a Salamanca tenía treinta y seis años y aún no había terminado los seis años primeros de su carrera. Si contamos el MIR y en caso de que se especializara... podría acabar la carrera siendo una ancianita. Supongo que acabó dejándolo.
Yo no puedo imaginarme llegar a esa edad y convivir con muchachas que podrían ser mis hijas. Pero ahí estaba.
Chusa tenía un trauma, pero no lo veo suficiente excusa para seguir en el Colegio Mayor a su edad. Una hermana se suicidó cuando era muy joven.
Me caía bien, espero que la vida le haya deparado muchas alegrías y deseo que no siga allí con las monjitas.
Leticia y su locura transitoria
Se trataba de una persona muy inteligente, de éstas a las que finalmente se les termina yendo la pinza, como así ocurrió. Tenía una mirada azul, acerada y fría, que observaba con una curiosidad extrema. A veces daba miedo. Estudiaba Filosofía porque –dijo- “no quería estudiar otra cosa” y sus notas eran excelentes: entre sobresalientes y matrículas su expediente académico podría colocarla entre las primeras de su promoción.
Físicamente era normal, quizás poco femenina por unos andares plomizos y algo desgarbada. Vestía gruesos jerseys y vaqueros habituales, que acentuaban sus maneras masculinas.
En el primer botellón, antes de la llegada de la Ley Seca, nos fuimos al parque de San Francisco con alcohol. Estábamos sentados en círculo y, de repente, Leticia se puso a saltar cual chimpancé entre los poyos de piedra, ante la sorpresa del resto del grupo, que nunca la habíamos visto de aquella guisa. Ni que decir tiene cuál sería el comentario más reiterado al día siguiente y meses posteriores a propósito de aquel botellón.
Dos años después habíamos perdido el contacto, aunque seguía aquí. Sin embargo, fui informada de que su esquizofrenia había ido a más. Iba al loquero y las pastillas que le recetaban debían ser bastante fuertes. Mi amiga M. se la encontró tirada en un bar y sin signos fehacientes de haberla reconocido. Después me enteré de que volvió a su tierra y fue internada en un centro para enfermos mentales. No se volvió a saber más de ella.
Mari, mentirosa compulsiva
Contar la historia de Mari es la que, sin duda, más dolorosa me resulta. Porque conviví con ella durante mucho tiempo, salí con ella e incluso tuvimos nuestros momentos de confidencias. Estudiaba Filología Inglesa y le iba bien. En exámenes se levantaba a las tres de la madrugada para estudiar y, pese a las trabas de algunos profesores sobre los que corría el rumor de que eran huesos duros de roer, ella solía aprobar a la primera. Sé que ahora es profesora de inglés en un colegio de su tierra, lo que me agrada.
Pero en una época tratar con Mari fue tan desagradable... En su dormitorio habíamos creado “la Cantina”, nuestro bar comunitario, siempre abierto para el grupo de amigas. Allí nos reuníamos, charlábamos, criticábamos, rumoreábamos... En fin, allí nos reíamos y disfrutábamos de esos momentos de libertad, entre galletas y zumos, porque allí había un aprovisionamiento insólito de todo tipo de comida y bebidas light.
El rumor de haber creado un pub imaginario en el Colegio Mayor llegó hasta oídos de las monjas, que sabían dónde encontrarnos si querían algo de nosotras. También el círculo se fue ampliando y aquel año conocí a gente con la que, de otra forma, quizás no hubiera tenido relación.
Aquel año me enteré de que Mari iba a una psicóloga de Salamanca que la recetaba unas pastillas muy fuertes. Tanto que empezaron a afectarle a la razón. Y comenzó a contarnos unas trolas tan grandes que jamás mente humana podría haber imaginado. Lo sorprendente es que siempre se acordaba de todo. Lo difícil no es contar una mentira, sino conservarla. Yo no sé si era consciente o inconsciente todo aquello. Creo que cuanto más historias admirables, pero creíbles, nos contaba, más proclive era a añadir detalles y comentarios, a veces parecía una manera de ser el centro de atención. Una tarde me la encontré tumbada en la cama y totalmente grogui. A los dos días se había ido a casa. En nuestra ignorancia, la llamamos a casa y recuerdo su voz al otro lado, llorando y pidiendo perdón. No sabía entonces por qué, pero muy pronto las monjas nos lo dirían, alegando que había mezclado las pastillas. La decepción fue inmensa; ya nada volvería a ser como antes.
Regresó a Salamanca y yo seguía hablándola normal, hasta que hizo alarde de un victimismo brutal. Entonces me encaré a ella.
-Curarte está en tus manos. Ni tu psicóloga ni yo ni nadie puede curarte, excepto tú misma. Piénsalo.
Y supongo que lo pensó y siguió mi consejo, porque no volvió a tener problemas de este estilo.
Miren y su conexión con los ángeles
De todos los estudiantes de psicología que conocí un 99% entraba en ese amplio círculo que había escogido esa carrera para autotratarse y es que, en cierto modo, esos futuros psicólogos estaban como cabras. Miren, aparte de esto, era una excéntrica con una imaginación demasiado fantasiosa. Además, su tema habitual de conversación era el sexo (perlitas como que “tragárselo” provoca acidez y cositas así).
La primera impresión que tuve de ella fue el de una chica sensata, ¿qué iba a pensar yo entonces que se le iría la cabeza de ese modo...? Cuando la conocí había metido en su residencia a un gabacho al que parecía tener prisionero en su habitación. Desde la calle se veía al chaval sentado en la ventana tomando el aire, porque Miren no le dejaba salir. Le llevaba las sobras de su comida y luego se lanzaban al tema. Es curioso que, estando mi habitación pared con pared, jamás escuchara un simple jadeo. El caso es que luego Miren me contó la historia del francés. Diez años antes ella había ido a Francia donde se habían conocido y había surgido una historia sentimental. Se habían mantenido en contacto hasta ese verano a través de cartas, pero no habían vuelto a verse, hasta ese verano, que ella cogió un tren y se presentó en París o dondequiera que él viviera. Y ahora era el galo quien había venido. Estuvo enclaustrado en la residencia –femenina- durante dos o tres meses, hasta que partió, imagino que aburrido de la inactividad de esas cuatro paredes o envenenado por el olor del sexo.
El tiempo pasó y un día, durante una comida, Miren dijo que ella cerraba los ojos y los ángeles le escribían lo que debía hacer. Yo pensaba que se estaba quedando con la gente, pero no, ella hablaba en serio. Tuve que marcharme a reírme lejos porque aquello me resultaba demasiado ridículo y absurdo.
María y la ninfomanía pura
Alta, rubia, con rasgos de diosa griega y espaldas de deportista, María llamaba la atención, aunque en muchas de las fotos parece un travesti por su excesivo maquillaje. Tenía un gran corazón y quizás eso hacía que mucha gente se aprovechara de ella. Pero era una salvaje en todo lo que se refiere al tema sexual. Tenía mil novios y siempre estaba insatisfecha y quería más y más. Usaba a los hombres como trozos de carne para buscar su satisfacción sexual y, cuando no la conseguía, era capaz de entregarse al primero que se encontrara por la calle.
Yo he conocido a una María que ha ido en una misma noche a tres pisos diferentes y se ha tirado a todos aquellos que se cruzaran por su camino: fue a casa de un italiano, se tiró al italiano y a su compañero de piso, como quería más, se fue a casa de un ex y como el ex no estaba se pasó por la piedra a quienquiera que estuviere allí y, por si no fuera suficiente, se marchó a la calle en busca de más miembros nuevos, que le dieran el placer que llevaba buscando desde que había oscurecido. Todo aquello en una sola noche y lo hacía a menudo.
Cristina y su ego apabullante
Réplica exacta de la niña de Monstruos Inc., era pija hasta la médula, alardeaba de la fortuna de su familia y de las pollas que había mamado. En su mesilla tenía una farmacopea que recetaba a todo el mundo que se encontrara mal, aunque fuera un simple dolor de cabeza, aunque estudiara Publicidad y no Medicina. Se tomaba varios ansiolíticos al día y tranquilizantes para dormir, era muy inquieta y dominante y creía que no había nadie como ella. Intentaba atraer la atención sobre su persona de tal manera que hacía que el resto de la gente huyera de su presencia por ese afán de control sobre el resto de la gente. Se creó muchas enemigas y siempre que estaba ella en alguna sala de la residencia había bronca. Estuvo unos meses en el médico y se respiró entonces paz y tranquilidad, que no duró mucho. A mí me producía compasión e intentó hacer buenas migas conmigo, pero no soporto que alguien intente controlarme, así que durante unos meses estuvimos enfadadas, hasta que al final nuestra bronca resultó nimia en comparación con el complot creado en la residencia contra ella. Dicen que los enemigos comunes alían al resto, y así resultó ser. Fue entonces cuando yo hice las paces con ella. Imagino que me daba mucha pena, porque entre sus palabras dejaba entrever que en su familia estaba anulada y era eclipsada por unos hermanos que rozaban la perfección. Así que cuando nos despedimos nos llevábamos bien, aunque yo no me esforcé en darle mucha confianza porque seguía pensando en ella como una “desquiciada”, pero no era mala chica.
Y la mejor, sin duda alguna, es Lorena. Indescriptible en una sola palabra. Con gran fortaleza física que había desarrollado por variadas tareas agrícolas y una incipiente chepa, un cuerpo serrano sin cintura y acompañada de prendas de vestir de una horterada irremisible, la muchacha era la típica paleta que salía de casa por primera vez. Nunca había ido de fiesta, nunca se había liado con un tío, nunca se había desmadrado. Así que llegar a Salamanca debió suponer para ella un cambio tan radical como ir del blanco al negro.
La primera vez que hablé con ella estábamos en una habitación del Colegio Mayor un grupo numeroso de veteranas y Lorena como única novata, que contaba con el privilegio de escuchar nuestras conversaciones porque entre las veteranas estaba una de su pueblo. Era tan tímida que sólo escuchaba y no se atrevía a tomar parte de la conversación, así que en cierto momento en que hablábamos de hombres, atiné a preguntar:
-Bueno, ¿y tú tienes novio?
Yo imaginaba la respuesta, aunque ciertamente la intuición podía haberme inducido a error.
-¿Y no te gusta nadie?
Entonces fue cuando nos contó que le gustaba un mecánico que hacía de cofrade en las procesiones de Semana Santa. Nos lo describió.
-Y bien, ¿has hablado con él?
-Es que yo no me atrevo a hablar con los tíos.
Reprimí mis carcajadas. En mi mente veinteañera no podía concebir algo así.
-Bueno, tú sal unos días con nosotras y verás qué pronto se te quita la vergüenza.
Y así fue. El primer día ya le gustaba un tío que para ella era inalcanzable. Él era muy educado, un tío que era abogado y estaba terminando por aquella época la carrera de Historia. Además escribía poesía y prodigaba una inteligencia y locuacidad increíbles. Cuando Lorena dijo que le gustaba la empujamos a hablar con él. Lo cierto es que él se coscó enseguida, pero siguió tratándola de una manera agradable y educada, sin darle pie a nada. Imagino que por su mente imaginó algo como: “Ya pasará”. En verdad que ese tío no era para Lorena, pero ¿quién era capaz de destrozar sus ilusiones? Al fin y al cabo, ella no hacía nada malo, no le molestaba, sólo hablaba con él en el mismo tono que usaba él.
Que yo sepa, con los dos tíos que se enrolló aquí, uno que no conozco y el otro con novia (se casaría dos años después), se desmadró bastante. Me da la sensación que hizo y se dejó hacer todo lo que se había perdido años anteriores. En cuanto al que tenía pareja, con el que repitió, una de mis mejores amigas y yo la sermoneamos al respecto. No era un desconocido y la novia nos caía bien. Con el otro le metimos miedo en el cuerpo, hablándole de enfermedades contagiosas. Yo creo que por un lado le entraba y por otro le salía.
Lo más desagradable de todo eran los ciclos menstruales de Lorena. Criada en medio de supersticiones de viejas, le habían metido en la cabeza que ducharse en “esos días” podía provocar la muerte. Le intentamos hacer comprender que en esos momentos era cuando había que cuidar más la higiene corporal. No hizo caso. Y no digo más: el período le duraba cinco días y mejor ponerse pinzas, porque dejaba rastro “aromático” adondequiera que fuera.
lunes, noviembre 24, 2008
Trópico de Cáncer

Henry Miller fue, durante muchos años, un escritor maldito. Su primera obra, Trópico de Cáncer, fue publicada en Francia y censurada en su país natal por la depravación y la obscenidad de que hace alarde en sus páginas. Escrita en primera persona, podría decirse que tiene puntos autobiográficos, pues el narrador habla de su vida pasada en Nueva York y de su vida bohemia actual en muchos lugares marginales parisinos.
Se trata de un americano que ha derrochado todo su dinero en el ambiente parisino de los años 30. Es un hombre bohemio y excéntrico, que vive muchas veces a expensas de los amigos y otras veces gracias a las miserias que gana en pequeños trabajos puntuales. Siempre piensa en comer y en las mujeres. Habla de las putas, de las francesas, de las rusas... como si fueran parte de una gran matriz que atrae a los hombres hacia ellas. La mayoría son mujeres que están en la misma situación económica que él. Muchas veces el sexo se desvincula del erotismo y se muestra en una total crudeza, describiéndose con detalles escabrosos. Al final, la verdadera prostituta es la ciudad.
“París es como una puta. Desde lejos parece cautivadora, no puedes esperar hasta tenerla en los brazos y cinco minutos después te sientes vacío, asqueado de ti mismo. Te sientes burlado”.
Miller nos hace sentir el carácter fútil y contradictorio de la existencia humana, pues pone sobre la mesa los contravalores sociales, escapa de las convenciones de la época y nos muestra una exposición de acontecimientos, personajes y pensamientos en su máxima crudeza y frialdad. Es impresionante cómo todo esto abre una brecha con la literatura anterior, buscando lo que se denominó “antiarte”. Y sin embargo la obra no está exenta de una belleza insólita. Es interesante cómo el autor habla de los franceses como los seres más egoístas de la tierra. Y cómo, pese a todo, París sigue siendo una especie de imán. El tema que se repite es el de la femineidad en un sinfín de situaciones.
“Lo malo es que no puedo enamorarme, ¿sabes? Soy demasiado egoísta. Las mujeres sólo se ayudan a soñar y nada más. Es un vicio, como la bebida o el opio. Tengo que tirarme a una nueva cada día; si no, me pongo enfermo. Pienso demasiado. A veces me sorprende lo rápido que lo consigo... y lo poco que significa. Lo hago automáticamente. A veces no estoy pensando en una mujer lo más mínimo, pero de repente noto que una mujer me está mirando y entonces ¡zas!, vuelta a empezar. Antes de darme cuenta de lo que estoy haciendo, ya la tengo aquí arriba, en la habitación. Ni siquiera recuerdo lo que les digo. Las subo aquí, les doy un azotito en el culo y, antes de saber de qué se trata, se ha acabado. Es como un sueño...”.
Olavinlinna Castle
Situado en Finlandia, el castillo de San Olaf se empezó a construir en 1475. El fundador del castillo, el caballero danés Eric Axelsson Tott, decidió fortalecer la región de Savo por su importancia estratégica. Así, el castillo rechazaría los ataques rusos que provinieran del este y garantizaría el control de la región bajo los auspicios de la Corona sueca. La historia de Olvavinlinna es una mezcla entre el tintineo de las armas medievales, el rugido de los cañones y las tareas cotidianas dentro de la seguridad que aportaban las gruesas paredes del castillo.
En los últimos siglos, el castillo ha estado en manos de diferentes propietarios, que han dejado sus huellas y han conformado una variedad arquitectónica. En la actualidad las estancias del castillo se alquilan para todo tipo de acontecimientos. En el interior se exhiben dos pequeñas exposiciones: una, sobre los artefactos encontrados en el castillo y otra que es un museo ortodoxo con iconos y otros objetos religiosos tanto de Finlandia como de Rusia.
Como otros monumentos ancestrales, a lo largo de los siglos se ha ido tejiendo todo un entramado de misteriosas leyendas e historias de todo tipo. Se habla de una doncella encerrada dentro de las paredes del castillo, de un carnero negro, de pasadizos secretos y del agua espiritual de Vetehinen que corre por el castillo. No son más que leyendas, que posiblemente tuvieron algún detalle verdadero que se ha ido inflando y exagerando con el paso de los siglos.
La más conocida de todas estas leyendas es la de la doncella joven que fue encerrada en vida en la pared del castillo como castigo a una traición. Donde pereció comenzó a florecer un hermoso serbal. El árbol dio flores blancas que simbolizaban la inocencia de la muchacha y sus bayas rojas representan la sangre de la joven. El árbol de serbal se hizo tan famoso que en los años 50 se escribió una balada sobre la leyenda. Lo que es cierto es que nunca existió un árbol de serbal en el castillo, y pese a todo la leyenda se siguió conservando con el paso del tiempo.
En el castillo también vivió otro personaje destinado a un fin triste. Cada año, para conmemorar el día de San Olaf, se celebraba un magnífico banquete para el que se había matado un carnero negro. Pero en la última celebración, en 1728, el carnero no llegó a la mesa, puesto que se cayó de los muros del castillo y se ahogó en la corriente.
Otra leyenda sobre el carnero negro es la de aquel que rechazó un ataque enemigo y salvó al castillo. Había subido al muro, había hecho tanto ruido con los cascos y tanto se habían balanceado sus cuernos, que el enemigo, cuando vio al carnero, se asustó y escapó, creyendo que era el mismo diablo el que vivía en el castillo.
En los últimos siglos, el castillo ha estado en manos de diferentes propietarios, que han dejado sus huellas y han conformado una variedad arquitectónica. En la actualidad las estancias del castillo se alquilan para todo tipo de acontecimientos. En el interior se exhiben dos pequeñas exposiciones: una, sobre los artefactos encontrados en el castillo y otra que es un museo ortodoxo con iconos y otros objetos religiosos tanto de Finlandia como de Rusia.
Como otros monumentos ancestrales, a lo largo de los siglos se ha ido tejiendo todo un entramado de misteriosas leyendas e historias de todo tipo. Se habla de una doncella encerrada dentro de las paredes del castillo, de un carnero negro, de pasadizos secretos y del agua espiritual de Vetehinen que corre por el castillo. No son más que leyendas, que posiblemente tuvieron algún detalle verdadero que se ha ido inflando y exagerando con el paso de los siglos.La más conocida de todas estas leyendas es la de la doncella joven que fue encerrada en vida en la pared del castillo como castigo a una traición. Donde pereció comenzó a florecer un hermoso serbal. El árbol dio flores blancas que simbolizaban la inocencia de la muchacha y sus bayas rojas representan la sangre de la joven. El árbol de serbal se hizo tan famoso que en los años 50 se escribió una balada sobre la leyenda. Lo que es cierto es que nunca existió un árbol de serbal en el castillo, y pese a todo la leyenda se siguió conservando con el paso del tiempo.
En el castillo también vivió otro personaje destinado a un fin triste. Cada año, para conmemorar el día de San Olaf, se celebraba un magnífico banquete para el que se había matado un carnero negro. Pero en la última celebración, en 1728, el carnero no llegó a la mesa, puesto que se cayó de los muros del castillo y se ahogó en la corriente.
Otra leyenda sobre el carnero negro es la de aquel que rechazó un ataque enemigo y salvó al castillo. Había subido al muro, había hecho tanto ruido con los cascos y tanto se habían balanceado sus cuernos, que el enemigo, cuando vio al carnero, se asustó y escapó, creyendo que era el mismo diablo el que vivía en el castillo.

Si por mí fuera...
Hace tres años, incluso dos, no imaginaba que este día tardara tan poco en llegar. Hoy cuento con una pequeña fortuna que me hubiera gustado que la disfrutara aquel que la ahorró. Me duele pensar en ello, en que es cierto que mi tío se fue un día y que no pudo aprovechar todo aquello. Me sentiría satisfecha si pudiera gozar de la presencia de mi tío y no de lo que nos ha dejado. Es curioso, pues mi madre siempre me achaca mi materialismo y, sin embargo, me duele saber que soy un poco más rica económicamente, pero me siento pobre porque me falta esa persona. Ningún dinero puede pagar la ausencia de alguien.
Si por mí fuera, ojalá en el día de hoy siguiera igual de pobre que hace un año, pero contara con las risas de mi tío, con sus bromas, con aquellos momentos en que le contaba secretos...
Cuando pienso en él, todos los recuerdos son muy vívidos, como si pudiera ir a su casa y encontrarme con él de nuevo. Nadie se merece partir tan pronto. Aún le quedaban muchos años por vivir. A veces creo que una parte de nuestra alegría se esfumó con él.
Es curioso, porque ha pasado más de un año y aún sigo sintiéndole muy cercano, incluso en ocasiones creo que volveré a casa y que me lo encontraré. La muerte nos hace conscientes de la ausencia, cada objeto y cada rincón nos hacen evocar ciertos momentos, pero su imagen sigue tan nítida como si realmente jamás se hubiera ido. Le echo muchísimo de menos.
domingo, noviembre 23, 2008
"21 Black Jack"
El Black Jack es uno de los juegos más populares de los casinos. Las reglas varían según se juegue en Las Vegas o en Europa. Es un juego de azar donde los participantes juegan contra la banca (croupier), y sus ganancias son proporcionales a las apuestas.
De orígenes desconocidos, proviene del vingt-et-un francés. El objetivo del juego es el de obtener el puntaje más cercano al 21, sin pasarlo, de ahí que se le llame "Veintiuno".
Se cree que su nombre en inglés se debe a que en la primera partida un jugador obtuvo el As de Espadas y el Jack de Espadas y cobró de un modo especial.
Los valores de las cartas son 10 puntos para las figuras, uno u once (según donde se juegue) para el as y el resto de naipes se mantienen con su valor natural.
Ben Campbell (Jim Sturgess) es un brillante estudiante de Boston que quiere obtener una beca para cursar los estudios de Medicina en la Universidad de Harvard. El dinero de su trabajo en una tienda de ropa no le llega para pagar el curso y el alojamiento y está apurado. Entonces el profesor Mickey Rosa (Kevin Spacey) se fija en él y le invita a una mesa de Black Jack. Allí está Jill Taylor (Kate Bosworth), la chica de la que está enamorado; Fisher (Jacob Pitts), uno de los apostadores fuertes; Choi (Aaron Yoo) y Kianna (Liza Lapira).
Ben rechaza la invitación, pero descubre que necesita el dinero y enseguida se convierte en un gran contador de cartas, pues ellos no juegan, sino que cuentan las cartas y se hacen señas y trucos crípticos que son difíciles de pillar. Ben se convierte en un profesional y cuando está en la cima, todo se termina esfumando, todo menos Jill.
"A ganar, a ganar, pollo para cenar".
"Wall-E"
No hace mucho que me recomendaron esta película. No imaginaba hasta qué punto me iba a enternecer, sobre todo teniendo en cuenta que cuando vi al robot casi me da un susto. De corte futurista, tiene su moraleja respecto al caso hipotético de lo que le podría pasar a la Tierra dentro de 800 años. Al menos, la lección moral respecto a los residuos, contaminación y demás queda ahí.
Wall-E es un robot que se dedica a recoger y "enfardar" la basura de la Tierra, un planeta abandonado por los humanos. Entre los desechos siempre encuentra pequeños tesoros que va acumulando en su casa, una especie de depósito que tiene de todo. Cuando ve viejas películas toma conciencia de su soledad. El simple gesto de dar la mano a alguien le hace darse cuenta de lo solitario que se encuentra, hasta que aparece Eva.
Un día, una nave deja un pequeño robot de investigación en la Tierra y Wall-E le persigue. Pero el robot sofisticado y avanzado tecnológicamente se muestra agresivo y contrasta con los movimientos torpes de Wall-E, que no ceja en su intento de dar la mano a su nueva amiga, que tiene una fuerza y energía superiores. Entonces le enseña el único ser vivo de la Tierra, una plantita que acaba de encontrar y que Eva se guarda en su interior. Cuando la nave vuelve a por el robot, Wall-E se aferra a ella y viaja a través del espacio hasta la nave nodriza donde voluminosos seres humanos hacen la vida como les gustaría, pero no como es. Allí, un complot quiere destruir la planta, pero Wall-E y Eva luchan para salvarla y volver a la Tierra, que ya no está contaminada. Pero Wall-E ha quedado hecho trizas... y sólo Eva puede salvarle.
Es curioso cómo dos robots, dos seres carentes de cualquier tipo de sentimiento, pueden llegar a concebir el amor tal cual, desde la sencillez de darse la mano.
Sugerentes son los nombres de Eva y de la nave nodriza, Axiom. Eva, porque, según la Biblia, fue la primera mujer, pero su nombre significa "la que da la vida", y es el robot Eva el que al final hace que todos vuelvan a la Tierra, depositando la planta en un contenedor fuente de vida. El nombre de Axioma quiere decir "lo que parece justo", aunque realmente no lo sea. Así, la vida dentro de la nave es algo que parece, pero que no es. Son vidas minimizadas a través de una pantalla de ordenador. Es decir, es la mente la que imagina que juegan al tenis, pero no se mueven de la butaca, por lo que en realidad no están jugando al tenis.
Toda la película está hecha en 3D. Es curioso cómo se ve la Tierra así, entre otras cosas.
Fernando y el caos
El viernes por la noche soñaba... Soñaba con F. y sus cosas, su proximidad, su sonrisa, su mirada ajena a la realidad que nos acecha. Ayer me sumí en un caos brutal. Sorprendentemente no tengo ganas de verle, menos mal que todavía queda algo más de un mes, aunque es muy posible que le termine evitando. No puedo soportar sus provocaciones, que no quiero que me afecten, pero se me clavan como dardos envenenados.
Da igual que me vaya a tres mil kilómetros de distancia, que huya a las antípodas, que escale mil montañas o que cruce cien mares, porque F. y su recuerdo seguirán perseverando en mi mente. Y yo seguiré evocándole en mis recuerdos.
Lo curioso es que en mis sueños veo un F. que no se corresponde con la realidad y no quiero que esa perfección onírica eclipse al F. real, que dista mucho de ser como yo le veo mientras duermo.
El día de después del sueño, si tengo la mala fortuna de acordarme de aquello que pasó por esa dimensión inalcanzable y ficcional, todo tiende al caos.
viernes, noviembre 21, 2008
A vueltas con el tiempo
Ha faltado poco para que metiera la pata al escribir ahora. Debe ser que los madrugones me descolocan. El caso es que he estado a una milésima de segundo para decir que hoy comenzaba el invierno. Si por mí fuera... ojalá, pues cuanto antes empiece antes acaba. Como es época de frío y temperaturas bajas y como nunca me hago a la idea de que comience tan tarde, pues alguna vez me podía ocurrir lo de hoy.
Todo ha sido culpa de google. Cuando he visto el logotipo decorado y sin fijarme mucho, he pensado: "Claro, hoy empieza el invierno" (todo mirando el día del calendario), porque mentalmente he visto copos de nieve. Después he caído en el error y he vuelto a abrir el buscador.
miércoles, noviembre 19, 2008
Hojas en el suelo
Esta mañana pisaba una mullida alfombra de hojas. La típica estampa otoñal en cualesquier parque de la ciudad se repite a menudo. Hojas muertas que vuelan, que pisas sin reparos hasta que te paras a escuchar el sonido que hacen al pasar a su lado. Y entonces un sutil tejido de pensamientos empieza a aparecer frente a mí.
Hoy, no sé por qué, tengo ganas de llorar. En realidad sí sé el motivo, aunque intento reprimir esa desazón, intento evadirme lejos. Siento punzadas de dolor que no puedo controlar, que me queman por dentro. Tendrá que ser...
Las hojas siguen cayendo, cubriendo los adoquines con su alfombra de ocres, desnudando a los árboles enhiestos, tristes, azotados por un viento silencioso, por una lluvia sin agua, agrietando sus grises nervaduras de cara a ese invierno cruel.
La tristeza, como las hojas otoñales, desaparecerá...
Las lágrimas del olvido
El sueño se va apoderando lentamente de todos mis órganos y, a pesar de esa semi inconsciencia en la que me hallo en estos momentos, necesito escribir, contar, hablar... desahogarme en definitiva, aunque sé que lo que diga no serán más que metáforas estudiadas, misterios ocultos que no quiero desvelar.
Hay dos preocupaciones constantes en mi vida, dos imágenes, dos rostros que se van intercalando con notas discordantes e intermitentes. Son los rostros del silencio. De uno de ellos no hablaré, porque hay cosas que no se pueden cambiar y ya sólo me quedan los recuerdos de aquello que fue y que ya no será. Y esos recuerdos me estremecen, pero me brindan una insólita felicidad, porque siento su proximidad.
La otra mirada es menos dolorosa, pero constante. Esos instantes que nunca se terminan de difuminar. A veces me pregunto si siento odio, repulsión o desprecio, y entonces me invade un cariño incontrolable. Me preocupa que pueda odiar de verdad, porque no quiero convertirme en un árbol que se va pudriendo por dentro. Me gustaría poder sentir indiferencia, poder dejar en blanco esa parte de mi vida y seguir caminando. Me gustaría poder decir que no le quiero, pero al pensar en él me siento viva, como si realmente la savia fluyera raudamente por mis venas. Nadie se merece un tormento así. Me gustaría poder irme a dormir y que al cerrar los ojos, por una vez, no fueran los suyos lo último que viera antes de entregarme a la sutil docilidad del sueño. Y en esta confusión de sentimientos se hace presente una rabia que jamás había sentido por nadie.
Olvidar... Debería olvidar... Lo he intentado tantas veces que ya ni me acuerdo cuando lo probé por vez primera. Ahora me he olvidado de olvidar.
martes, noviembre 18, 2008
La casa de La Troya
Hoy no recuerdo dónde me recomendaron este libro ni podía imaginar entonces que no tendría nada que ver con lo que pensaba (por lo de Troya). Lo cierto es que no me esperaba algo como lo que me he encontrado. El autor ni siquiera me sonaba, pero tiene un ligero parecido en la manera de narrar a Larra. Por su manera de esbrozar los acontecimientos, su estilo periodístico, su cuadro de costumbres decimonónicas... son muchas las similitudes entre el autor de La casa de La Troya y el periodista de principios del siglo XIX.
La novela en general tiende a enganchar desde el principio y nos adentra en una historia que trascurre en los últimos años del siglo XIX, una historia que va ilustrada por retratos de esa sociedad provinciana, esa ciudad sombría y lluviosa de la época que para un señorito madrileño es la imagen de la melancolía y la tristeza. Una ciudad que compara con su tierra natal, Madrid, y que le parece apocada. Pero su punto de vista en torno a Santiago cambia en cierto momento de una manera radical. Y eso sólo ocurre cuando el protagonista deja de ser una persona superficial para convertirse en alguien con unos valores dignos de admiración, algo que en Madrid jamás hubiera conseguido. El motivo principal del cambio es el amor, pero también la amistad, esa amistad verdadera que el madrileño estaba lejos de conseguir en su vida pasada.
Ella es un dechado de virtudes, alguien inalcanzable, rodeada de moscones que le hacen la corte, pero ante quienes nunca ha caído rendida, hasta que conoce a quien destruye todas esas defensas.
Los amigos, los residentes en la casa de La Troya, los troyanos... forman un grupo heterogéneo de estudiantes admirados y temidos en Compostela. Son los que traen las risas a la ciudad con sus barrabasadas, siempre inocentes, pero que atan los lazos entre todos ellos, forjando una amistad, de esas que no se difuminan con los malos vientos. Esa camaradería es única. Son los que provocan las risas en la novela.
La descripción de la ciudad la vemos desde los ojos tristones del protagonista recién llegado y comprobamos cómo va cambiando su opinión, cómo Santiago va tejiendo su tela de araña alrededor de él, hasta que finalmente se siente atraído por esa magia gallega, tanto que si tiene que volver a la casa de su padre le parece un viaje horrible. Madrid y Santiago cambian sus papeles, porque finalmente el madrileño considera a la ciudad gallega como suya y la ciudad que le vio nacer como un lugar extraño.
La descripción de la Universidad, en aquella época únicamente apta para varones, forma parte de ese cuadro de costumbres de la época. Aunque nuestros amigos parecen tener alergia para ir a las aulas, no así a los bailes sociales, donde se encuentran con las galleguiñas. Y es extraño que estas jóvenes no tengan algún novio estudiante.
Gerardo Roquer y Paz es un calavera, un tarambana, un veleta que, a pocas asignaturas para acabar la carrera de Leyes, es enviado por su padre de Madrid a Santiago de Compostela para que termine sus estudios. El muchacho, acostumbrado a la vida cortesana y a las juergas con sus amigos aprovechando las largas ausencias del padre, va a esa ciudad provinciana de mala gana. Su nostalgia por lo que deja atrás es inmensa, encerrándose en su cuarto casi todos los días, como si las intensas lluvias de la ciudad le dieran alergia, y suspirando por la cómica que le ha dado calabazas. Comienza a pasear por una carretera, la que se supone que le llevará algún día de vuelta a Madrid, pensando en todo y entristeciéndose aún más, odiando aquella ciudad donde vive y escribiendo asiduas cartas a su padre para que le saque de allí.
Todo cambia, sin embargo, cuando se muda a la casa de La Troya, especie de posada ocupada en su totalidad por estudiantes veteranos, muchos de ellos compañeros de clase, que le obligan a salir de su habitación para hacer trastadas por las calles compostelanas. Y vuelve a las antiguas andanzas de correrse juergas, esta vez con nuevos compañeros. Pero éstos se convierten en amigos de verdad, de los que le ayudan en casos de necesidad y con los que se siente a gusto.
Y entonces conoce a Carmiña Castro Retén, una joven que le encandila de tal forma que él se siente por vez primera dichoso en Santiago. Ella, temerosa de sus correrías nocturnas, le insta, como prueba de amor, que vuelva a las aulas y, aunque no lo demuestra, también le corresponde.
Pero, como en todas las historias de amor, aquí también aparecen los taimados y avariciosos parientes de la joven, que la quieren casar con un hombre que la persigue desde hace años, aunque ella le ignora. Cuando muere el padre de Carmiña, los dos jóvenes son separados, engañados y ellos, ingenuos, no ven signos de peligro en esa separación. Pero los rumores se extienden y Carmiña se da cuenta de que Gerardo sigue queriéndola, él es ayudado por sus amigos...
"El caso Slevin"
A veces, cuando me pilla en el sofá el comienzo de una película, como me enganche la veo hasta el final, sobre todo si veo un reparto de lujo, como es el caso. La de hoy ni me sonaba, ni de nombre ni de argumento ni de premios, pero me ha picado el gusanillo y la he visto hasta que ha terminado, pese a los anuncios. Quizás es que no quiero acabar con el tradicionalismo que aún queda dentro de mí, aquellos momentos mágicos en que todos nos reuníamos frente al televisor y nos aguantábamos las ganas de ir al baño o de hacer otras cosas hasta que no llegara el corte publicitario. Por eso, a veces, cuando merece la pena, pasa lo de hoy.
La película es buenísima, brutal y quizás cruel, pero con un magnífico guión y unos personajes de lujo.
A Slevin (Josh Hartnett) todo le sale mal. Repentinamente, se ha quedado sin casa y sin novia y un desconocido le ha golpeado la nariz en la calle, aunque no le ha robado nada. Se acomoda en el piso de su amigo Nick Fisher en Nueva York, donde conoce a la vecina, Lindsey (Lucy Liu), una forense que empieza a investarse una historia sobre lo que le ha podido pasar a Nick. A partir de ahí a Slevin todo empieza a irle de mal en peor. Unos hombres le llevan a ver al Jefe (Morgan Freeman), que le dice que le debe dinero por sus apuestas a los caballos. Slevin intenta explicarle que se está equivocando de persona, pero acepta el trato que le propone. Si los esbirros del peor enemigo del Jefe asesinaron a su hijo, ahora debe primar la Ley del Talión y Slevin-Fisher debe asesinar al hijo del Rabino (Ben Kingsley) para saldar su deuda. No muy complacido, Slevin se va para caer en las manos de la otra banda, que le llevan ante el Rabino. A la par, Goodkat (Bruce Willis), conocido como el mejor especialista en asesinatos, ha llegado a la ciudad y se presenta ante los dos rivales para vender su amistad al mejor postor. Mientras Slevin le cuenta a Lindsey lo que le está pasando, el inspector Brikowski (Stanley Tucci) le sigue los pasos e intenta buscar la relación de Slevin con las dos bandas de mafiosos.
Cuando Slevin lleva a cabo el crimen, ayudado por Goodkat, busca la venganza que lleva preparando durante toda su vida. Y decide llegar hasta los dos jefes para aplicar su castigo personal.
Slevin era un niño cuando su padre apostó por un caballo llamado Slevin. El padre perdió y fue asesinado por los dos mafiosos, que entonces estaban juntos, también asesinaron a toda su familia, pero nadie se atrevía a asesinar a un niño. Para ello, buscaron la ayuda de un profesional, Goodkat, que a pesar de toda su sangre fría tampoco pudo matarle...
lunes, noviembre 17, 2008
"Las crónicas de Spiderwick"
Arthur Spiderwick (David Strathairn) ha recopilado en su cuaderno de campo todos los secretos de las criaturas mágicas del mundo. Quien posea esos conocimientos tendrá el poder para dominar todo.
Ochenta años después de su desaparición, unos lejanos parientes llegan a vivir a la mansión familiar. Jared y Simon (Freddie Highmore), dos gemelos completamente opuestos en su personalidad, su hermana mayor Mallory (Sarah Bolger) y su madre Helen (Marie-Louise Parker), recién separada de su marido. Todos aceptan la mudanza, excepto Jared, que muy pronto descubre el secreto que rodea la casa. Encuentra un duende del que se hace amigo a través de la miel y abre el libro prohibido, pese a la advertencia. En ese momento ve a los trasgos que rodean la casa para tomar posesión del libro de Arthur, que no pueden pasar porque hay un círculo protector. Entonces decide ir a ver a su tía abuela Lucinda (Joan Plowright), internada en un sanatorio mental, para que les ayude a mantener alejados a los trasgos y al ogro que les domina, Mulgarath (Nick Nolte).
domingo, noviembre 16, 2008
Telc
Situada en la República Checa, se le conoce como “la Venecia de Moravia” y es una verdadera joya de la región.
La fortaleza real, rodeada de fosos de agua, fue construida en el siglo XIII en el cruce de rutas frecuentadas por numerosos mercaderes. Aparte del imponente palacio renacentista, rodeado de un jardín inglés, es destacable la plaza mayor, formada por una serie de casas históricas de estilo renacentista y barroco, que se han conservado casi intactas. Esta plaza es Patrimonio Cultural de la Humanidad desde 1992.
La fortaleza real, rodeada de fosos de agua, fue construida en el siglo XIII en el cruce de rutas frecuentadas por numerosos mercaderes. Aparte del imponente palacio renacentista, rodeado de un jardín inglés, es destacable la plaza mayor, formada por una serie de casas históricas de estilo renacentista y barroco, que se han conservado casi intactas. Esta plaza es Patrimonio Cultural de la Humanidad desde 1992.

Lo que falta
A veces es inevitable no evocar a la persona que ya no está. A veces persevera esa sensación de que llegaré a casa y será como antes, como antes de septiembre de 2007. A veces debo evitar estos recuerdos porque cuando me mezo en ellos siento un dolor inexplicable.
Si el pensamiento no pasa de unos minutos consigo sonreír, pero si le doy vueltas me invade una tristeza insoportable.
Son recuerdos demasiado intensos como para evitarlos siempre.
sábado, noviembre 15, 2008
"Seda"
Es demasiado lenta, con un final previsible y flojo.
Lo que están bien son los ambientes y las tradiciones del Japón decimonónico, en momentos previos a la creación de la Ruta de la Seda.
Un pícaro comerciante francés, Baldabiou (Alfred Molina), convence al alcalde del pueblo para reabrir la vieja fábrica de seda, lo que enriquecerá a los vecinos. Pero cuando los gusanos enferman tiene que buscarlos en el extranjero.
Hervé Joncour (Michael Pitt) vuelve con un permiso del ejército. Su padre quiere que siga la carrera militar, pero entonces conoce a Hélène (Keira Knightley) y se enamoran. Baldabiou le ofrece un cambio en su vida y Hervé viajará a Egipto para buscar huecos sanos de gusanos de seda. Sin embargo, casi todos los gusanos perecen. Entonces deciden que la mejor alternativa es Japón, aunque es un viaje largo, y también peligroso, ya que ningún occidental ha entrado en el interior del país. Pero Hervé inspira confianza y los guías le llevan hasta el corazón de las montañas, donde Hara Jubei (Kôji Yakusho) intenta engañarle. Es el comienzo de una duradera amistad, ya que Hervé siempre tendrá su protección. Allí conoce a una mujer y comienza un romance prohibido y clandestino, a pesar de las trabas idiomáticas. A pesar de la guerra, Hervé decide volver más veces, pero Hara Jubei le ordena que no vuelva porque ellos tienen otras cosas más importantes en las que pensar que en la seda.
Cuando vuelve a Francia, no habla ni una palabra de lo que ha pasado. Se siente un fracasado y Hélène está deprimida porque no consigue concebir un hijo, pero ella sabe que hay otra mujer.
"Según la leyenda, la tercera esposa del emperador estaba preparando el té en el jardín de palacio y entonces se cayó un capullo dentro del agua. Así descubrió que la fibra de aquello se desenrollaba y que de ella se obtenía un hilo lo bastante fuerte para tejerlo".
Ironbridge: El puente de hierro más antiguo del mundo
El primer puente de hierro del mundo se encuentra en Inglaterra, fue construido en 1779 por Abraham Darby y revolucionó los métodos de construcción.
Ironbridge se asienta sobre el río Severn, en el corazón del desfiladero de Ironbridge en Telford (Shropshire). El pueblo que se ha desarrollado junto al puente toma su nombre del mismo, un bloque de hierro de 30 metros (100 pies).
La región que rodea Ironbridge se describe como “el lugar donde nació la Revolución Industrial”, ya que se encuentra cerca de donde Abraham Darby perfeccionó la técnica de fusión de hierro con coque*, lo que permitió una producción más barata de hierro. El nieto de este Abraham Darby fue quien construyó el célebre puente, diseñado en su origen por Thomas Darnolls Pritchard, para unir las dos orillas.
Ironbridge se asienta sobre el río Severn, en el corazón del desfiladero de Ironbridge en Telford (Shropshire). El pueblo que se ha desarrollado junto al puente toma su nombre del mismo, un bloque de hierro de 30 metros (100 pies).
La región que rodea Ironbridge se describe como “el lugar donde nació la Revolución Industrial”, ya que se encuentra cerca de donde Abraham Darby perfeccionó la técnica de fusión de hierro con coque*, lo que permitió una producción más barata de hierro. El nieto de este Abraham Darby fue quien construyó el célebre puente, diseñado en su origen por Thomas Darnolls Pritchard, para unir las dos orillas.
Detalle El puente se inauguró el día de Año Nuevo de 1781. Poco a poco se fue creando un foco industrial en torno a Ironbridge. Sobre la ladera del río se extienden varios edificios de diferentes épocas: un pabellón de caza del siglo XVI, construido de piedra; numerosas casitas de campo de los trabajadores de los siglos XVII y XVIII, imponentes casas de estilo georgiano construidas por los propietarios del hierro y dueños de las barcas del canal, y tempranos chalets victorianos construidos con ladrillos de colores y azulejos típicos de la zona.
*Coque: Es un combustible obtenido de la destilación de la hulla calentándola a temperaturas muy altas en hornos cerrados que la aíslan del aire.
viernes, noviembre 14, 2008
Los otros saqueadores (Luxor)
A la antigua Waset los griegos la denominaron Thebai, Tebas. Su posición geográfica contribuyó al crecimiento de la ciudad en todos los ámbitos: estaba cerca de Nubia y del desierto oriental, contaba con valiosos recursos minerales y con una tejida red de rutas mercantiles, mientras se encontraba distante de los reinos dominantes del norte. Los gobernantes locales de Tebas llevaron a cabo una política de expansión activa.Los monumentos más antiguos son de finales del Imperio Antiguo. Su ascenso como capital no se produjo hasta la XI dinastía. Tebas, con su dios Amón, se afianzó como el centro administrativo de la parte meridional del Alto Egipto. Su período de mayor esplendor llegó con la XVIII dinastía, cuando la ciudad se convirtió en capital efectiva del país.
Sus templos fueron los más importantes y los más ricos de todo Egipto, mientras que las tumbas preparadas para la minoría más destacada de sus habitantes, situadas en la orilla occidental, fueron las más lujosas de la región.
El templo de Luxor se erigió por orden de dos faraones: Amen-Hotep III (el interior) y Ramsés II (el exterior). Otros muchos soberanos contribuyeron a su decoración e inscripciones, añadiendo complementos o introduciendo pequeños cambios, como Tut-anj-Amón, Hor-em-heb y Alejandro Magno. La longitud total del templo es de 260 metros.
La Avenida de las Esfinges unía Karnak, situada a tres kilómetros hacia el norte, con Luxor. Dos obeliscos de granito rojo se erguían originariamente frente al pilono*. Ahora sólo queda un obelisco de unos 25 metros de altura. El otro se lo llevaron los franceses a París en los años 1835-36, y fue colocado en la Plaza de la Concordia.Varias estatuas colosales de Ramsés II, dos de ellas sedentes, se yerguen en la entrada. El patio peristilo de Ramsés II, que se abre tras el pilono, consta de 74 columnas en forma de papiros con escenas del faraón en presencia de varias divinidades. La columnata queda interrumpida por un santuario de tres capillas dedicadas a Amón, Mut y Jonsu, construidas por Hatshepsut y Thutmosis III y redecoradas por Ramsés II.
El patio peristilo de Amen-Hotep III se fusiona por uno de sus lados con la sala hipóstila, que es la primera habitación interior del templo, originariamente techada. Esta sala conduce a una serie de cuatro antecámaras con estancias auxiliares. La “Estancia del Nacimiento” se encuentra en la segunda antecámara y está decorada con relieves que describen el simbólico “nacimiento divino” de Amen-Hotep III, como resultado de la unión de su madre con el dios Amón. Alejandro Magno construyó un santuario de barcas en la tercera de las antecámaras. El santuario de Amen-Hotep III es la última estancia del templo.
He aquí el segundo obelisco que robaron los franceses. Place de la Concorde, París.*Pilono: Construcción con forma de pirámide truncada, a modo de gruesos muros, que erigidos por pares, flanquean la entrada principal de algunos templos. En el espacio que queda entre los dos, se encuentra la entrada al recinto interior.
Y se hizo la luz
Ayer, cuando tenía preparada la sartén para hacer la comida un poco más tarde de esta hora, todo el edificio, toda la calle, se quedó sin electricidad. Miras el contador y está perfecto, bajas al portal a mirar los pasos y lo ves correctamente. Y piensas en que será cosa de unos minutos. Pero no... Por lo que pude comprobar después, toda la zona estuvo varias horas sin luz y sin electricidad. El tema del cambio que ha hecho Iberdrola empieza a resultar machacón. Es que no es normal. Si la vitrocerámica no funciona no comes (en mi caso me tuve que conformar con una ensalada y yogurt), sin microondas o cafetera no puedes tomarte el sagrado café de la sobremesa (me lo tuve que tomar fuera), sin calefacción en pleno noviembre te congelas, menos mal que la lavadora la pongo por las noches, abres el frigo y no funciona (la comida podría echarse a perder), estás viendo al dulce Stewie hacer de las suyas (pero la televisión también se apagó). El pc me hubiera funcionado si tuviera puesta la batería, claro que en casa está enchufado a la corriente eléctrica. El ascensor no funcionaba y tuve que bajar dos pisos de escaleras casi a oscuras, aunque la claraboya del techo da mucha luz y había unas luces nuevas (supongo que para casos de estos).
Lo que peor sienta es que no avisen, que en nuestro portal no hubiera un aviso, que sería lo más lógico. Hace unos días, al pasar por una calle transversal a la mía, en la puerta de una residencia universitaria, leí sobre este tema. Pero en nuestra puerta no había tal. Y te pilla por sorpresa y sienta mal.
Era trece. Siempre pasa algo "extraño" en trece.
jueves, noviembre 13, 2008
Por quién doblan las campanas

Cuando oímos a uno de los nuestros hablar de España nos puede resultar una especie de tópico. Generalmente tendemos al etnocentrismo de creer que lo nuestro, lo que se nos muestra más próximo, lo que tenemos a nuestro alrededor es siempre lo mejor. De ahí que resulte más o menos extraño que un estadounidense hable de nuestro país de la misma forma en que lo haría un español. Ya internacionalizó los sanfermines gracias a sus innumerables escritos sobre lo nuestro, pero leer Por quién doblan las campanas es sencillamente algo que llega dentro. Si hubiera sido un paisano nuestro el que lo hubiera escrito no llamaría tanto la atención, pero siendo Hemingway... produce una sensación muy profunda. Nosotros vistos por los ojos de otros. Y se disfruta, porque el autor adoraba este país, aunque no lo diga de una manera explícita.
Hay momentos que simplemente hacen gozar. Por ejemplo, cuando habla de la escasez de productos que hay en las montañas en medio de esa guerra brutal entre “hermanos”, cuando un hombre, casi un desconocido, trae la última botella de whisky para compartir con los demás, mostrando una extrema generosidad, un carácter desprendido único y exclusivo del pueblo español. Y, de repente, lo compara con los franceses, diciendo que un francés te sirve un vaso de whisky y se guarda el resto de la botella.
Me da a mí que a Hemingway no le caían bien los franceses. No sólo por esto, sino porque para una vez que aparece un alto mando francés, también del lado de la República, lo describe como un loco sanguinario.
Corren los últimos días del mes de mayo de 1937. Robert Jordan es un dinamitero estadounidense que se ha unido a la causa republicana en medio del caos de la Guerra Civil española. Desde las Brigadas Internacionales le ordenan una importante misión: volar un puente cercano a Segovia, y para ello tiene que buscar la ayuda de los guerrilleros escondidos entre las montañas. Allí convive unos días con gente dispar.
Anselmo, el viejo guía que se conoce todos los caminos de la región, un hombre que no tiembla y que cumple siempre con lo que se le ordene, pero con un miedo terrible a la hora de tener que matar a una persona, aunque sea un fascista.
Pablo, un asesino que lleva escrito en la frente las palabras de la traición. Quiere ser el jefe de una banda que ya no cree en él. Sus acciones del pasado le preceden, pero se ha convertido en un cobarde que ya no lucha por nada. Es muy inteligente.
Pilar, la mujer que tiene sangre gitana en las venas, la supuesta mujer de Pablo, y la verdadera directriz de la banda. Pese a su sexo, todos los hombres creen en ella y son fieles a su palabra.
María, una muchacha que fue vejada y maltratada por los fascistas y rescatada por la banda de Pablo. Siempre protegida por Pilar, ningún hombre se ha acercado a ella, hasta que llega Robert.
Hay muchos otros personajes, pero sus personalidades no son tan complejas como las de esos cuatro, o al menos no se diferencian tanto. Robert y María se enamoran. En sus conversaciones descubrimos una niña convertida de repente en mujer, pero que sigue hablando con palabras de niña, aunque el contenido es más complejo de lo que parece a simple vista. Robert, en cambio, es un erudito, un profesor de castellano en su país, que se ha convertido en dinamitero por los virajes de la guerra. Es bueno haciendo estallar puentes, su mente es muy fría, es duro y es inteligente. Ha de ser más inteligente que Pablo. Aunque es joven, apoyado por Pilar, se termina erigiendo como el armazón del grupo y, aunque no se diga en voz alta, todos obedecen sus órdenes.
Los pensamientos de Robert, que nunca antes de había enamorado, le hacen temer a la muerte. No quiere pensar en María, pero inevitablemente rumia sobre las consecuencias, si sale bien o mal su acción. Quizás en otras ocasiones no pensaba tanto en la muerte porque no tenía algo que realmente mereciera la pena por lo que seguir viviendo, pero ahora tiene a alguien de quien cuidar, alguien a quien quiere, y ahora tiene, por tanto, miedo a morir y dejar a la muchacha en la estacada.
Una de las descripciones que más se repiten son las agujas de pino. A veces, da la sensación de que el lector puede sentir el penetrante olor de las montañas alfombradas por agujas de pino. Es difícil describir un olor, pero Hemingway lo consigue a la perfección. Sobre este tema aromático, cabe hablar de la descripción del olor de la muerte. Posiblemente tenga razón en algo. Quizás los humanos no conseguimos verlo porque no tenemos un olfato tan fino como el de los perros, pero éstos lo sienten, pues aúllan sin parar cuando alguien está próximo a dejar este mundo. En la novela también lo nota Pilar, porque ella cree en cosas del más allá, es una especie de adivina, que se adelanta a lo que va a pasar. Cuando conoce a Robert, lo primero que le pide es su mano y lee en sus líneas lo que va a ocurrir. Se nos pone sobre la pista y lo podemos prever en lo que no se dice. Y Pilar no se equivoca. También Robert lo sabe, aunque ella no se lo haya dicho.
Hay dos momentos que me han desatado las lágrimas, el pesar, el “ojalá no hubiera ocurrido así”. Uno es cuando la banda del Sordo perece al completo acribillada por los aviones fascistas. Aunque el Sordo aparece brevemente, termina gustando. Yo me encariñé con él y por eso no me gustó la forma en que murió. Compartí la pena de la banda protagonista que, sabiendo lo que ocurre, no puede ir a ayudarlos.
El segundo momento es el final. Cuando lo del puente ya está hecho, ha volado por los aires y una única bala, en el momento en que escapan, desgarra la pierna de Robert. Esperas que se salve, pero inconscientemente intuyes que se va a quedar ahí, luchando contra el sopor previo a la muerte, mientras que espera a que lleguen los fascistas y le rematen, pero luchando hasta el final. Tiene la opción de elegir: suicidarse o que le maten luchando. Con sangre fría, él elige la muerte digna y espera a que lleguen.
No voy a seguir destripando, ya que un libro de esta envergadura tiene mucho para comentar. Podría hablar de todos y cada uno de los personajes y no parar nunca, pues están muy bien caracterizados. Se pueden prever sus acciones, aunque muchas veces no adivinemos. Podría hablar de los pensamientos de Robert respecto a su infancia, su vida en Estados Unidos, conversaciones con Golz o con los rusos... Podría comentar esa sensación de vacío cuando el mensaje le llega a Golz para parar la ofensiva; llega unos minutos tarde, la impotencia de que el guerrillero sea retenido en todos los sitios, su afán perseverante por llegar, y cuando lo consigue los aviones ya han despegado y no se puede parar lo que ya ha empezado...
Dependencia
Ayer me di cuenta de lo fácil que es depender de algo, caer en esa red de la que luego nos parece casi imposible salir, en la que unas cadenas invisibles nos empujan a algo que se ha convertido en rutina. Personalmente creo que ese tipo de dependencia no existe más que en la mente, si es más voluble o más abierta a ciertas cosas. En ciertas comunidades o en ciertos grupos no es el lugar sino la gente, sea porque te sientes a gusto, sea por lo que sea. El truco está en seguir controlando nosotros y que esa dependencia no nos controle. Conozco gente a la que le parece imposible. Gente que intenta dejar el tabaco y le resulta imposible, porque no son dueños de su voluntad. Lo que no saben es que es algo mental y si controlan eso no habrá "mono" que valga. La dependencia no existe si no le abrimos la puerta. Quizás es que para mí resulta más fácil todo lo contrario.
Depender o no depender está en cada uno.
Y que pase el día pronto, que odio el trece.
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