Es el nombre con el que se conoce en varias zonas cántabras al sol del ocaso. Se creía que era enviado por los difuntos para el disfrute visual de quienes les tenían presentes en sus oraciones al acostarse y al levantarse y para recordarles que existe la muerte.
A principios de primavera se celebraba una fiesta en la que las mozas limpiaban las paredes y techos de la ermita de un santo al que adornaban con helechos y hierbabuena, mientras los ancianos rezaban una letanía de ruegos, mirando hacia el oeste y despidiéndose del sol.
Hay otro sol, el que sale mientras llueve cuando el arco iris comienza a desvanecerse en el cielo, que en Cantabria recibe el nombre de “sol de brujas” o “sol de caracoles”, pero que en otros lugares se le llama “sol de los muertos”, pues se cree que esta agua no moja pero resucita a los muertos y hace salir de sus escondrijos a caracoles, ranas y sapos.
A principios de primavera se celebraba una fiesta en la que las mozas limpiaban las paredes y techos de la ermita de un santo al que adornaban con helechos y hierbabuena, mientras los ancianos rezaban una letanía de ruegos, mirando hacia el oeste y despidiéndose del sol.
Hay otro sol, el que sale mientras llueve cuando el arco iris comienza a desvanecerse en el cielo, que en Cantabria recibe el nombre de “sol de brujas” o “sol de caracoles”, pero que en otros lugares se le llama “sol de los muertos”, pues se cree que esta agua no moja pero resucita a los muertos y hace salir de sus escondrijos a caracoles, ranas y sapos.
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