Hace tres años, incluso dos, no imaginaba que este día tardara tan poco en llegar. Hoy cuento con una pequeña fortuna que me hubiera gustado que la disfrutara aquel que la ahorró. Me duele pensar en ello, en que es cierto que mi tío se fue un día y que no pudo aprovechar todo aquello. Me sentiría satisfecha si pudiera gozar de la presencia de mi tío y no de lo que nos ha dejado. Es curioso, pues mi madre siempre me achaca mi materialismo y, sin embargo, me duele saber que soy un poco más rica económicamente, pero me siento pobre porque me falta esa persona. Ningún dinero puede pagar la ausencia de alguien.
Si por mí fuera, ojalá en el día de hoy siguiera igual de pobre que hace un año, pero contara con las risas de mi tío, con sus bromas, con aquellos momentos en que le contaba secretos...
Cuando pienso en él, todos los recuerdos son muy vívidos, como si pudiera ir a su casa y encontrarme con él de nuevo. Nadie se merece partir tan pronto. Aún le quedaban muchos años por vivir. A veces creo que una parte de nuestra alegría se esfumó con él.
Es curioso, porque ha pasado más de un año y aún sigo sintiéndole muy cercano, incluso en ocasiones creo que volveré a casa y que me lo encontraré. La muerte nos hace conscientes de la ausencia, cada objeto y cada rincón nos hacen evocar ciertos momentos, pero su imagen sigue tan nítida como si realmente jamás se hubiera ido. Le echo muchísimo de menos.
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