Hoy no recuerdo dónde me recomendaron este libro ni podía imaginar entonces que no tendría nada que ver con lo que pensaba (por lo de Troya). Lo cierto es que no me esperaba algo como lo que me he encontrado. El autor ni siquiera me sonaba, pero tiene un ligero parecido en la manera de narrar a Larra. Por su manera de esbrozar los acontecimientos, su estilo periodístico, su cuadro de costumbres decimonónicas... son muchas las similitudes entre el autor de La casa de La Troya y el periodista de principios del siglo XIX.
La novela en general tiende a enganchar desde el principio y nos adentra en una historia que trascurre en los últimos años del siglo XIX, una historia que va ilustrada por retratos de esa sociedad provinciana, esa ciudad sombría y lluviosa de la época que para un señorito madrileño es la imagen de la melancolía y la tristeza. Una ciudad que compara con su tierra natal, Madrid, y que le parece apocada. Pero su punto de vista en torno a Santiago cambia en cierto momento de una manera radical. Y eso sólo ocurre cuando el protagonista deja de ser una persona superficial para convertirse en alguien con unos valores dignos de admiración, algo que en Madrid jamás hubiera conseguido. El motivo principal del cambio es el amor, pero también la amistad, esa amistad verdadera que el madrileño estaba lejos de conseguir en su vida pasada.
Ella es un dechado de virtudes, alguien inalcanzable, rodeada de moscones que le hacen la corte, pero ante quienes nunca ha caído rendida, hasta que conoce a quien destruye todas esas defensas.
Los amigos, los residentes en la casa de La Troya, los troyanos... forman un grupo heterogéneo de estudiantes admirados y temidos en Compostela. Son los que traen las risas a la ciudad con sus barrabasadas, siempre inocentes, pero que atan los lazos entre todos ellos, forjando una amistad, de esas que no se difuminan con los malos vientos. Esa camaradería es única. Son los que provocan las risas en la novela.
La descripción de la ciudad la vemos desde los ojos tristones del protagonista recién llegado y comprobamos cómo va cambiando su opinión, cómo Santiago va tejiendo su tela de araña alrededor de él, hasta que finalmente se siente atraído por esa magia gallega, tanto que si tiene que volver a la casa de su padre le parece un viaje horrible. Madrid y Santiago cambian sus papeles, porque finalmente el madrileño considera a la ciudad gallega como suya y la ciudad que le vio nacer como un lugar extraño.
La descripción de la Universidad, en aquella época únicamente apta para varones, forma parte de ese cuadro de costumbres de la época. Aunque nuestros amigos parecen tener alergia para ir a las aulas, no así a los bailes sociales, donde se encuentran con las galleguiñas. Y es extraño que estas jóvenes no tengan algún novio estudiante.
Gerardo Roquer y Paz es un calavera, un tarambana, un veleta que, a pocas asignaturas para acabar la carrera de Leyes, es enviado por su padre de Madrid a Santiago de Compostela para que termine sus estudios. El muchacho, acostumbrado a la vida cortesana y a las juergas con sus amigos aprovechando las largas ausencias del padre, va a esa ciudad provinciana de mala gana. Su nostalgia por lo que deja atrás es inmensa, encerrándose en su cuarto casi todos los días, como si las intensas lluvias de la ciudad le dieran alergia, y suspirando por la cómica que le ha dado calabazas. Comienza a pasear por una carretera, la que se supone que le llevará algún día de vuelta a Madrid, pensando en todo y entristeciéndose aún más, odiando aquella ciudad donde vive y escribiendo asiduas cartas a su padre para que le saque de allí.
Todo cambia, sin embargo, cuando se muda a la casa de La Troya, especie de posada ocupada en su totalidad por estudiantes veteranos, muchos de ellos compañeros de clase, que le obligan a salir de su habitación para hacer trastadas por las calles compostelanas. Y vuelve a las antiguas andanzas de correrse juergas, esta vez con nuevos compañeros. Pero éstos se convierten en amigos de verdad, de los que le ayudan en casos de necesidad y con los que se siente a gusto.
Y entonces conoce a Carmiña Castro Retén, una joven que le encandila de tal forma que él se siente por vez primera dichoso en Santiago. Ella, temerosa de sus correrías nocturnas, le insta, como prueba de amor, que vuelva a las aulas y, aunque no lo demuestra, también le corresponde.
Pero, como en todas las historias de amor, aquí también aparecen los taimados y avariciosos parientes de la joven, que la quieren casar con un hombre que la persigue desde hace años, aunque ella le ignora. Cuando muere el padre de Carmiña, los dos jóvenes son separados, engañados y ellos, ingenuos, no ven signos de peligro en esa separación. Pero los rumores se extienden y Carmiña se da cuenta de que Gerardo sigue queriéndola, él es ayudado por sus amigos...
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