lunes, noviembre 03, 2008

Distancia y olvido

Las distancias que separan llevan inevitablemente al olvido momentáneo de lo que está lejos. Aunque poner tierra de por medio en ocasiones viene bien. No creo que tarde mucho en empezar a sentirme invadida por un estado de nervios y ansiedad previo al viaje de retorno a La Rioja. De mantener a F. alejado de mi memoria durante largas semanas, después de haber conseguido mantener a raya su recuerdo, lentamente empieza a hacerse eco en los pensamientos inconscientes y en la suave duermevela de las noches frías de esta ciudad.

Las distancias separan y me tienen en la inopia, desinformada.
-¿Quieres hacer de cuentacuentos?
-Sí, de acuerdo.
-Vale, te apunto.
Pero quien no está allí no puede hacer y deshacer. Todo se lo tienen que dar hecho. Y así fue como exigí que me hicieran la haima porque, lógicamente, yo no iré más que para los días puntuales, una semana antes del Belén. Para colmo, me dicen que me va a acompañar en tal empresa el personaje más insoportable que he conocido nunca. Un foráneo que apareció de alberguista en mi pueblo y que se cree gracioso y simpático, cuando en realidad parece estar pidiendo innumerables halagos allí por donde pasa. Por supuesto, cuando dé mi opinión dejaré claro y de manera sutil que no quiero a mi lado a este personaje. Se puede prescindir de él, pero de mí no. Si no estoy yo para contar cuentos no habrá quien lo haga. No es que me queme la situación, sólo que si ayer hubiera estado allí habría dado mi opinión. De esta manera, tengo que informarme por mis amigas (y ellas conocen mi desagrado por ese personaje). Pero no es lo mismo que estén otras personas para que hablen por ti a estar tú.

Después de dos meses, F. aparece en mis sueños de nuevo. Pero ahora lo he relegado a un segundo plano, como si se tratara de alguien imaginario, fruto de la fantasía. No quiero perder más tiempo en él. Duele, pero ahora es otro tipo de dolor. Es el dolor que precede al punto final. En el momento de acabar esta historia, donde tengo la última palabra, su espíritu se difuminará lentamente. Ahora sé cuál es el truco para que no pueda acceder a mí. He necesitado dos meses para descubrir que nadie merece la pena tanto como para llorar por él. He necesitado dos meses para darme cuenta de que no es digno ni siquiera para que le preste un minuto de atención. Tenía que acabar así. Esta historia no podía contar con un final feliz. Ni siquiera me siento triste, ¿debería?

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