martes, noviembre 11, 2008

Gente, gente, gente

En Salamanca siempre hay gente allá donde vayas. Es lo típico. La única vez que he visto las calles vacías fue en el Lunes de Aguas. Es algo parecido a la rebelión de las masas: masas y masas de gente, personas anónimas en las calles, individuos sin rostro, sin nombre, sin identidad.
A propósito de esto hablaba con alguien de lo triste que es el invierno en los pueblos. De que hace unas décadas, cuando salíamos de la escuela, daba igual que hiciera calor o frío, que nevara o lloviera... las calles estabas llenas de gritos, de risas, de peleas y de meriendas esparcidas por las alcantarillas. Me acuerdo de esto especialmente porque cuando había chocolate, nos comíamos las onzas y el pan quedaba por ahí, lo que ponía de mala leche al alguacil, cuya labor era recogerlo. Estoy hablando de una época donde no había muchas papeleras y, sin embargo, las calles estaban más limpias. Al fin y al cabo, el pan de las meriendas terminaba en el estómago de algún perro. Y no eran perros callejeros, sino que estaban sueltos por las calles. Menos Levi, que era el terror.
Levi era un perro lobo, violento, que enseñaba los dientes a los extraños. Mis hermanos y yo nos criamos con él y sólo se daba con la familia. Cualquiera que se acercara y fuera alguien extraño corría el riesgo de llevarse una dentellada de recuerdo. Era un perro agresivo, asocial, terrorífico sin llegar a los niveles de Cujo, pero era mi perro. El único animal por el que lloré de verdad al final de sus días. Tuvimos más perros, aunque ya no fue lo mismo. Luego vinieron una serie de animales de todo tipo: pequeños hámsters que se multiplicaban como las moscas (o más), canarios que te alegraban el día con sus alegres trinos, gatos rencorosos y mimosos... No es lo mismo; no se dice de balde que "el perro es el mejor compañero del hombre".
Es quizás nostalgia. Aunque prefiero el frenesí y el ambiente de Salamanca en invierno. Ya los niños no cogen la merienda después de la escuela y se van a jugar, indiferentes al tiempo, ahora se encierran en las casas con sus ordenadores y consolas. Entre algodones, no han descubierto lo que es sangrar de la nariz porque un amigo le ha dado un golpe, y al día siguiente seguir tan amigos como si nada hubiera pasado. Desconocen el olor a la mercromina, con la que yo pintaba mis piernas, aunque no hubiera heridas. No hacen batallas campales de bolas de nieve, lo que deja en evidencia su latente fragilidad. Nosotros éramos más duros.
Y yo tengo que lidiar en dos meses con estos niños y me tengo que meter en un papel que no me apetece.
En Salamanca siempre habrá gente.

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