
Me gustó más Trópico de Cáncer, quizás porque a Henry Miller no le dio por desvariar tanto sobre el mundo y la realidad y se concentró más en el tema del sexo.
Aquí se descubre a un escritor más maduro y también más maldito, hablando de la maldad que todo ser humano lleva dentro. También es una exageración autobiográfica que, en vez de transcurrir en París, acontece en Nueva York. Sería un antecedente cronológico de Trópico de Cáncer, en lo que respecta a que Henry Miller cuenta anécdotas de su infancia y de su juventud. Cuenta cómo sobresalía en todos los sitios por su manera de pensar, un tío sabio ya desde que estaba creciendo en el útero materno.
Miller nos ofrece una panorámica penetrante y demoledora de la sociedad norteamericana. Él se siente inadaptado en su propio país, rodeado de todo tipo de personajes estrambóticos y extravagantes, incluso marginados a veces.
Lo que tiene la novela, que ya se dejaba sentir en la otra, es que parece que sus páginas gritan, contribuyendo a un estrés constante, de principio a fin. Es un flujo constante de miradas que chillan, que se quejan, que alardean, que viven... Y esto es una sensación única, que muy pocos autores saben o pueden conseguir.
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