lunes, noviembre 24, 2008

Trópico de Cáncer

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Henry Miller fue, durante muchos años, un escritor maldito. Su primera obra, Trópico de Cáncer, fue publicada en Francia y censurada en su país natal por la depravación y la obscenidad de que hace alarde en sus páginas. Escrita en primera persona, podría decirse que tiene puntos autobiográficos, pues el narrador habla de su vida pasada en Nueva York y de su vida bohemia actual en muchos lugares marginales parisinos.
Se trata de un americano que ha derrochado todo su dinero en el ambiente parisino de los años 30. Es un hombre bohemio y excéntrico, que vive muchas veces a expensas de los amigos y otras veces gracias a las miserias que gana en pequeños trabajos puntuales. Siempre piensa en comer y en las mujeres. Habla de las putas, de las francesas, de las rusas... como si fueran parte de una gran matriz que atrae a los hombres hacia ellas. La mayoría son mujeres que están en la misma situación económica que él. Muchas veces el sexo se desvincula del erotismo y se muestra en una total crudeza, describiéndose con detalles escabrosos. Al final, la verdadera prostituta es la ciudad.

París es como una puta. Desde lejos parece cautivadora, no puedes esperar hasta tenerla en los brazos y cinco minutos después te sientes vacío, asqueado de ti mismo. Te sientes burlado”.

Miller nos hace sentir el carácter fútil y contradictorio de la existencia humana, pues pone sobre la mesa los contravalores sociales, escapa de las convenciones de la época y nos muestra una exposición de acontecimientos, personajes y pensamientos en su máxima crudeza y frialdad. Es impresionante cómo todo esto abre una brecha con la literatura anterior, buscando lo que se denominó “antiarte”. Y sin embargo la obra no está exenta de una belleza insólita. Es interesante cómo el autor habla de los franceses como los seres más egoístas de la tierra. Y cómo, pese a todo, París sigue siendo una especie de imán. El tema que se repite es el de la femineidad en un sinfín de situaciones.

Lo malo es que no puedo enamorarme, ¿sabes? Soy demasiado egoísta. Las mujeres sólo se ayudan a soñar y nada más. Es un vicio, como la bebida o el opio. Tengo que tirarme a una nueva cada día; si no, me pongo enfermo. Pienso demasiado. A veces me sorprende lo rápido que lo consigo... y lo poco que significa. Lo hago automáticamente. A veces no estoy pensando en una mujer lo más mínimo, pero de repente noto que una mujer me está mirando y entonces ¡zas!, vuelta a empezar. Antes de darme cuenta de lo que estoy haciendo, ya la tengo aquí arriba, en la habitación. Ni siquiera recuerdo lo que les digo. Las subo aquí, les doy un azotito en el culo y, antes de saber de qué se trata, se ha acabado. Es como un sueño...”.

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