.jpg)
Ésta es una de esas historias que es difícil olvidar por muchos libros que leamos, quizás porque el autor une en el tiempo a dos genios de la literatura universal en una época en que sus propios países estaban enfrentados.
Lo cierto es que me ha gustado, aunque creo que el autor debe pulirse mucho más, como si le faltara por intensificar la acción. Por lo demás, la historia es magnífica.
La acción transcurre en la ciudad de Sevilla de finales del siglo XVI, una ciudad llena de ladrones y prostitutas, la ciudad a la que llegaba el oro de América (que se almacenaba en la Torre del Oro y esperaba a ser utilizado para las tropas que el rey Felipe II tenía en las guerras que lidiaba en toda Europa), la época en que el genial Miguel de Cervantes tenía la función de comisario de abastos en la ciudad bética.

Sevilla en el siglo XVI, por Alonso Sánchez Coello
La novela comienza cuando Miguel de Cervantes se encuentra recaudando grano para los ejércitos del rey y pasa por una venta abandonada, cerca de la población de Écija, donde se encuentra con que todos han sido afectados por la peste, muriendo todos menos un muchacho cuyas bubas supuran pus, signo inequívoco de que va a sobrevivir a la enfermedad. Cuando Cervantes llega a Sevilla, deja al muchacho en un orfanato, de donde saldrá un año después, al cumplir los catorce años. La mente de Sancho es afilada y aprende rápido, por eso mismo quiere que los frailes le recomienden a un banquero de la ciudad, pero por su rebeldía le encuentran trabajo en una posada, El Gallo Rojo, donde el posadero le da frecuentes palizas. Allí conocerá al vagabundo errante y poeta inglés que se hace pasar por irlandés, Guillermo de Shakespeare. Este poeta, con el que Sancho habla en inglés, le cuenta la historia de Robert Hood, el hombre que robaba a los ricos para repartir entre los pobres, y a Sancho le fascina la idea. Tanto que terminará huyendo de la posada y se pondrá de aprendiz de ladrón con un enano muy listo llamado Bartolo. Sin embargo, están en el punto de mira del Rey de los Ladrones. Monopodio controla el hampa de la ciudad de Sevilla, y Bartolo tiene una deuda enorme con él conseguida con los naipes. No pasa nada en Sevilla sin que Monopodio lo sepa, amén de los sobornos a las autoridades y otros oficiales que le temen.
En esos días entra en contacto por primera vez con una joven esclava, traída desde América, que se llama Clara y cuyo amo es el poderoso y rico comerciante Francisco de Vargas.
Cuando Bartolo se ve obligado a devolver la deuda al Rey de los Ladrones, deciden robar los importantes documentos que un banquero italiano y Francisco de Vargas se traen entre manos, por lo que Vargas pedirá la cabeza de los dos ladrones. Mientras Bartolo es asesinado, Sancho consigue escapar y cae en manos de los corchetes. Sin juicio, es condenado a galeras. Allí será compañero de banco de un hombre traído desde África al que cortaron la lengua y con el que se comunica por señas. Josué se convertirá en su más preciado amigo. El barco es atacado por los musulmanes en Levante, por lo que Sancho y Josué consiguen escapar y se dejan caer en la casa de un herrero flamenco que enseñará a Sancho a manejar la espada.
Cuando vuelven a Sevilla, Sancho sólo quiere vengar la muerte de Bartolo, destronando a Monopodio y quitando la máscara a Vargas, que acaba de dejar a Sevilla sin pan.
Mientras, se reencuentra con Clara, que fue instruida por el doctor Monardes en la técnica de la medicina y ha abierto una botina en la casa que heredara del médico. Inevitablemente se enamoran.
Sancho presentará a Shakespeare y Cervantes, que se convierten en grandes amigos. Además, conseguirá robar en la Torre del Oro varios centenes, las monedas de oro acuñadas por Felipe II que equivalen a 100 reales. Ahí es donde se forjará la leyenda del ladrón, que después desapareció.
Sancho utilizará la forja del herrero para convertir las monedas de Felipe II en burdos lingotes, que le darán el dinero suficiente para viajar a América junto a Clara y Josué.
La Torre del Oro
La Torre del Oro se construyó en el siglo XIII con carácter defensivo, pero en la práctica se utilizó para marcar la entrada en el Arenal, para descargar los buques (a modo de grúa) y para proteger el oro y la plata traídos por la flota que llegaba de las Indias. Entre esta torre y la puerta de Triana, construida a finales del siglo XVI y derribada durante el siglo XIX, había almacenes en los que se guardaban las mercancías que llegaban al puerto.
Al otro lado del Guadalquivir se encontraba el barrio de Triana, en cuyas orillas se instalaron talleres de reparación de naves.
En las orillas del puerto se cargaban numerosos productos europeos con destino a América: herramientas u productos de hierro procedentes de Vizcaya, sedas de Granada, sombreros de Portugal, gorras de Toledo, aceitunas del Aljarafe de Sevilla, peines de París, camisas y jubones de Ruán, libros y obras de arte, incluso esclavos negros traídos desde Angola.
De América llegaban metales preciosos, oro, plata, diamantes, materias primas y productos exóticos; desde Filipinas llegaban sedas y porcelanas chinas, algodón indio, piedras preciosas y especias de los países más exóticos, y otros géneros filipinos y japoneses.
En esta época Sevilla se había convertido en la capital del comercio europeo.