lunes, febrero 18, 2013

Las palabras perdidas


Este fin de semana ya he puesto los ojos en el viaje que haré en el mes de junio. Siento ese gusanillo. Faltan varios meses, pero sé que pasarán volando. Todo pasa demasiado rápido. Teniendo en cuenta que el año pasado no hice un viaje transoceánico, me da la sensación que me falta algo, y eso que en la medida en que pude enseguida cogí un avión a Londres y a Lanzarote. Se supone que este año iré a Roma en Semana Santa con mi hermano, pero ha de mirar él ese viaje. Yo ya lo conozco. Como yo me encargué de Londres el año pasado, Roma le toca a él.
Se supone además que la última semana de mayo debería ir a Girona, pero me temo que no va a poder ser. Y lo tengo cada vez más claro, cuando la primera semana de junio tengo intención de ir a Estados Unidos: Washington, cataratas del Niágara, Nueva York. En ese orden, y con al menos diez días en Nueva York.
Esto me ha recordado una conversación con alguien el año pasado. Cuando hicimos las paces, cuando me preguntó si no había ido al final a Estados Unidos. Recuerdo que me quedé mirándole y le dije que no, que sería otra vez, puesto que en la agencia de viajes me habían pedido el pasaporte y no podía quedarme en esos momentos sin pasaporte (teniendo en cuenta que la agencia de viajes está a varios cientos de kilómetros y entre envíos y demás me iba a quedar unos días indocumentada). Recuerdo que le miré, en ese momento le miré, y él supo leer lo que no fui capaz de decirle. Sé perfectamente que él sabía que yo quería que viniera conmigo, pero no lo dije en voz alta. Y él lo supo.
Al final, él siempre es el primer receptor de mis impresiones. De lo que veo, de lo que siento, de mis experiencias. Él sabe de mis miedos en Qatar aquel día que debería haber estado en otro lugar. Él conoce todas mis anécdotas de Japón. En primera persona. De mi puño y letra. Me pregunto cuántas veces lo habrá leído. Recuerdo las pastas duras del cuaderno, con la imagen en relieve de un pavo real con sombras doradas. Y se lo escribí a él. Un cuaderno entero, con origamis incluidos, con dibujos de la ingeniería japonesa con el ruido de los ruiseñores, con las pegatinas que nos entregaban en cada excursión. Ya le dije entonces que viniera conmigo, y como no lo hizo, se lo describí todo.
Desconozco si fue entonces cuando me animó a escribir. Siempre me anima. En estos momentos es cuando me quedo inmersa en esos ojos perfectos, nobles, angelicales. Le echo tanto de menos...

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