sábado, febrero 16, 2013

Entre líneas



Esta semana ha sido algo especial, quizás porque el día 14 hice algo en lo que no me paré a pensar. Simplemente surgió, sin más. Fue impresionante. Todavía hoy, al pensar en ello, consigo ruborizarme de una manera inesperada. Seguro que si le veo ahora, como tantos otros sábados al marchar a casa, me acaloraría. ¿Importa mucho? La verdad es que no. Sé que hice lo correcto. Estoy convencida de que a él también le gustaron mis palabras.
No estaba segura hasta que llegué a la oficina por la tarde. En mis palabras le resumí un cuento, rápidamente, sin comprobar si era el cuento en sí o había algo donde mi imaginación hubiera puesto su granito de arena. En uno de los fragmentos del cuento que le escribí aparecía una rosa amarilla. Cuando llegué a la oficina pasadas las cuatro en mi mesa había una flor amarilla. Recuerdo que me quedé mirándola, quizás por esa simple casualidad, quizás porque no sabía si estaba realmente soñando o la rosa era de verdad. Entonces sonreí. A veces, existen ese tipo de señales que nos confirman o desmienten ciertas actitudes y/o acciones. En ese momento supe que no había de arrepentirme por decirle lo mucho que le quiero. Sin más. 
Sé que en estos días él ha pensado en mí. Yo también he pensado en él. Lo que ocurre es que yo tiendo a ruborizarme con mucha facilidad.

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