Chocolate y un número de
teléfono. No sé si el chocolate me ha recordado las cosas dulces de la vida o a
aquellas personas que nos la endulzan, pero una onza de chocolate a media tarde
ha hecho que inevitablemente me acordara de él y le llamara… una, dos y hasta
tres veces. Al final he tirado de teléfono móvil, porque aunque podía haber
esperado, no podía haber esperado esa sensación de él, ese deseo de escucharle,
de compartir unos minutos de la tarde con él. Y, como ocurre últimamente, los
dos nos encontrábamos inmersos en una conversación que no parecía que
quisiéramos detener. Al final he sido yo, pero no porque quisiera en realidad
dejar de hablar con él, me reconforta escucharle, saber que está bien, escuchar
esa voz que me trae aromas de primavera y hace que sobrevuelen mariposas a mi
alrededor. La conversación con él siempre me enriquece, ya no sólo en el
terreno profesional, sino porque él me reconforta, me da energía negativa, y me
siento a gusto hablando con él. Creo sentir que en el otro lado ocurría algo
parecido.
He recordado los primeros días,
cuando le conocí, lo que me temblaba la voz y el silencio que le rodeaba
misteriosamente. Ahora, cuando hablamos, somos como dos viejos amigos, y es que
en realidad somos dos viejos amigos. Nos hemos llegado a conocer tan bien que a
veces sobran las palabras y nos entendemos, nos entendemos demasiado bien. Sé que
él me lee el pensamiento con sólo mirarle, cosa que no me importa. Antes sí me
importaba, porque me sentía desnuda ante él. Es una de las pocas personas que
puede acceder a mi interior sin trabas. Será el amor.
Me hubiera pasado toda la tarde hablando
con él. Y es que me ha dejado, como siempre, con una sensación muy placentera,
de bienestar, de sentirme bien con todo el mundo y con lo que me rodea (pese a
que quizás esta noche nieve)… Será que los ángeles existen y obran milagros.

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