miércoles, noviembre 30, 2011

Noviembre está llegando a su fin

Noviembre es el mes que menos me gusta. Simplemente me parece demasiado frío. Podría decir que diciembre es igual o más frío, pero diciembre siempre es una época más animada, por todos los días festivos que lleva encima.
Que si lo pensamos bien, no quedan más que 31 días para acabar el año. No es nada.

Mañana es jueves. Los jueves siempre son días de buena suerte, porque me encuentro con él. No siempre, pero la mayoría. Siempre termino saboreando esos momentos de él. 

Miradas que enamoran

Hay miradas ríen, que lloran, que observan. Hay miradas profundas, dulces, llenas de nobleza. Hay miradas penetrantes, que te llegan, que hablan, que se ensombrecen. Hay miradas perfectas, magnánimas, honradas, cargadas de franqueza. Hay miradas que dicen, que entran, que llegan, que hechizan, que seducen, que te tocan. Hay miradas que sonríen, que callan, que otorgan. Hay miradas que son regalos. Hay miradas inteligentes. Hay miradas mágicas, adorables. Hay miradas que dicen todo sin decir nada. Hay miradas que contienen en sí mismas mil mares y un millón de estrellas. Hay miradas a las que no se les puede ocultar nada. Hay miradas risueñas, brillantes, angelicales, especiales. Hay miradas que cantan…
¿Qué ocurre cuando todo esto se concentra en una única mirada?

Hay miradas que enamoran.

A veces, intento recordar una mirada del pasado que se parezca siquiera un poco a su mirada. Su mirada tiene mucha fuerza. Es una de esas miradas que te llevan a la ensoñación. Es una mirada que enamora.

Divina siesta

Me he echado una siesta larguísima. Esta noche me costará dormir. Aunque no ha sido tan larga cuando he mirado el reloj de la pared. Ha cundido tanto que, al abrir los ojos y sentir que había dormido tanto, pensaba que era mucho más tarde.
Si hiciera un esfuerzo, creo que podría recordar lo que estaba soñando cuando ha sonado el teléfono y he pensado que no iba a cogerlo.

Me pregunto qué estará haciendo él. No es difícil deducirlo, sólo que me gustaría abrazarle ahora. Quiero perderme en esa mirada perfecta...

Miércoles libre

A veces pasan las horas sin que casi me dé cuenta. Y así me han dado las tres y media en el supermercado. A medida que me iba acercando a casa, la niebla era cada vez más pronunciada. Echo de menos a mis padres. Cuando he llegado el perro estaba en la calle, porque seguramente se le había escapado a mi hermano. Y lloraba. Después ha comido y se ha puesto a temblar de frío. A las cuatro estaba comiendo yo. Sí que se me han echado las horas encima.
Recuerdo el momento, 'ese momento'. Cuando he pasado una vez y he saludado, cuando él empezaba a torcer la cabeza y yo ya había pasado. No podía irme sin decir nada, sin mirarle a esos ojos perfectos. Él siempre me hace sonreír. 
Pese a la niebla, me gustaría pasar la tarde con él. Caminando por las calles embrumadas, escuchando esa voz tan sensual durante horas, tomar un café a media tarde, cogerle de la mano y no soltarle nunca y susurrándole mientras le miro a los ojos que es encantador.
Estaba guapo hoy... Y es que siempre está guapo.

Con el recuerdo perfecto

¿Qué estará haciendo él? ¿En qué estará pensando ahora? ¿Se habrá ido ya a dormir?

La mayor parte de las noches suelo preguntarme sobre él, pero desconozco sus rutinas, así que nunca obtengo respuesta, ni aunque les pregunte a las estrellas. Y cuando miro a las estrellas también pienso en él.
A veces cierro los ojos e imagino que estoy tumbada a su lado, sin un fondo definido, sólo con los ojos cerrados y escuchando esa voz tan sensual. “Háblame de ti” –le diría- “A veces me da la sensación de que no te conozco apenas”.
No es aquel desconocido cuya mirada me deslumbró la primera vez, cuya mirada consiguió que terminara acercándome a él, esa mirada que entonces ya me hechizó. Pero sigo desconociendo muchas cosas de él. Y, sin embargo, ese aura de misterio en torno a él me encanta.
Cada noche, sobre esta hora, me pregunto qué estará haciendo porque siento enorme curiosidad. Siempre sentimos curiosidad insaciable por las personas que queremos.

Mañana por la tarde tendré muchas horas para pensar en él. Porque ahora ya no libraré los martes por la tarde, sino que serán los miércoles. Esas tardes que me gustaría pasar con él. Tendré que soñarlas.

A falta de diez minutos de la una de la madrugada, es un buen momento para ir a dormir, para seguir haciéndome preguntas sin respuesta, pero con el recuerdo de su rostro angelical en la mente. Abrazaré la almohada esta noche.

Las ardillas de Central Park están tristes los lunes


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La ardilla gris, en el umbral de la cabaña, les contemplaba royendo su cacahuete.
Debía de pensar que, al final, los lunes en Central Park no eran tan tristes…”

Es el último libro de la trilogía que comenzó con Los ojos amarillos de los cocodrilos y continuó con El vals lento de las tortugas.
Me gusta el estilo desenfadado y fresco de la autora. Era previsible que iba a acabar todo bien, aunque los personajes se desinflan un poco en esta última parte. Por ejemplo, Hortense Cortès era perversa en los dos libros anteriores, mientras aquí aparece una Hortense mucho más humana. En cambio, su madre Joséphine deja de ser la pánfila que era “en su vida anterior” para convertirse en una mujer independiente que, de alguna manera, se ha cansado de hacer favores al prójimo.

"¿Qué harías sola? ¿No eras tú la que decía que la vida era un vals y que había que bailar con ella? Hay que ser dos para bailar un vals..."

Este libro es una historia de amor que comenzó mucho antes y aquí termina satisfecha. Aunque en realidad son tres las historias de amor del libro.
La bella Hortense termina enamorada hasta la médula de Gary Ward, pero no se entienden. Se convierten en amantes, dos amantes que no pueden estar juntos pero tampoco separados. Ella seguirá en su escuela de moda londinense, convertida en una alumna brillante, mientras él descubrirá quién era su padre y heredará un castillo. Huirá de Londres cuando descubra que su madre Shirley se ha enamorado de Oliver, su profesor de piano. Gary marchará a Nueva York a estudiar piano en una prestigiosa escuela de música, financiado por su abuela, la Reina inglesa. Allí acudirá cada lunes a dar de comer a las ardillas, mientras suspira por Hortense y el viaje que no hizo con él.
Shirley entra en una depresión cuando se ve descubierta por su hijo, él se enfada tanto que no quiere saber nada de ella. Se comunica con su amiga Joséphine, que sigue viviendo en París con su hija pequeña Zoé, mientras piensa en Philippe y en las distancias que les separan. Cuando en sus estudios Joséphine es denigrada por haber publicado una novela de éxito y hacerse de oro, su antiguo editor le ofrece la posibilidad de escribir otro libro. Pero ella no encuentra ideas, hasta que un día busca en los contenedores de basura una libreta de su hija y descubre el diario íntimo de uno de los vecinos, que durante su juventud conoció y se enamoró de Cary Grant. Ese diario íntimo y las descripciones del autor, un hombre que está a punto de morirse, le servirán de base para su nuevo libro. Entonces decide ir a buscar a Philippe a Londres, porque no puede mostrarse indiferente ante lo que siente por él.
Junior le promete a Hortense que, aunque es un bebé genio, la esperará para casarse con ella dentro de diecisiete años. Ha aprendido a leer la mente de las personas y descubre en la mente de Gary Ward un puente de tablas grises que lleva a una cabaña. Es todo lo que necesita Hortense para encontrarse con su amor y hacer las paces con él, mientras que le ofrecen un trabajo de diseñadora en Nueva York.
Termina bien. No me gustan los libros que siempre terminan bien. Crean una irrealidad compleja. A veces un poco de acidez no está mal.

"Tener encanto es oír que te contestan sí sin haber hecho ninguna pregunta". (Albert Camus)

martes, noviembre 29, 2011

Entre las nubes siempre hay un sol

Cuando me he marchado, me ha parecido ver su coche algo más lejos. Siempre se queda más tarde. A veces me gustaría ir a buscarle para reconfortarle, igual que él me reconforta a mí. Porque, después de unos días pensando en las cosas maravillosas del sábado, también he recordado otras palabras que ahora, recordadas en frío, me han llevado a pensar. A veces me gustaría decirle que concretara, me gustaría abrazarle, tocarle la espalda y susurrarle que es adorable. Sé que no son suficientes las palabras, pero durante unos segundos seguro que vería ese brillo especial en sus ojos. A veces me gustaría decirle que concretara para ver cómo puedo ayudarle y, si no necesita ayuda, hacerle sentir mejor. No sé a qué se refiere cuando habla así. 
Supongo que todos tenemos nubarrones alrededor, pero siempre hay días en los que el cielo vuelve a ser azul. 
Me pregunto a qué se refería cuando hablaba así. Si supiera que una palabra bastaría para hacerle sonreír cada mañana... cada mañana le escribiría un mensaje. En estos momentos se me escapa, pero vi que, durante una ráfaga de segundos, su mirada se ensombrecía.
Me gustaría verle siempre feliz. Y si en mi mano estuviera brindarle ese pedazo de felicidad se lo daría.

Antes de marchar


Es hora de marchar. Son casi las ocho y después de quedarme a comer ya va siendo hora de cerrar todo.
El día se ha hecho largo.

Aún recuerdo el momento en que nos hemos cruzado de frente. Yo me iba y él entraba. Tan guapo, con esa mirada tan perfecta, con ese rostro angelical.
Si hubiera mirado tan sólo una vez antes de salir, no me hubiera ido tan pronto. Pero cuando nos hemos encontrado ya era tarde para volver.
Sé que le he mirado y he sonreído. He vuelto a sentir su magia, durante cuestión de segundos me he quedado atrapada en esa mirada mágica.

Es encantador.

Va siendo hora de marchar.

Se acerca la hora

Se acerca la hora de los sueños. De esos sueños donde siempre aparece él. Donde los recuerdos se mezclan con los sueños, donde la imaginación lo cubre todo con su delicado manto mágico.
Hoy no le he visto y, sin embargo, estaba tan presente, tan cercano... Con sólo cerrar los ojos durante un minuto los recuerdos de hace dos noches volvían a mí y el corazón me palpitaba rápido, incansable, con fuerza.
Lo que daría por dormir cada noche abrazada a él...

lunes, noviembre 28, 2011

Tras el horizonte

A veces me pregunto qué hay tras el horizonte. Está ahí, en un anaranjado atardecer junto al mar. Cuando pienso en ese atardecer imagino los atardeceres que me gustaría observar con él, abrazada a él.
Cuando me pregunto qué hay detrás de la sutil línea del horizonte, mi imaginación vaga una vez en su dirección. Si pudiera traspasar el horizonte me gustaría que fuera con él. Sin embargo, es complicado alcanzar ese horizonte que se perfila tan lejano. Bello y lejano.

De momento, me contentaré con observarlo. Sin hacer preguntas. 

Reviviendo esas sensaciones inexplicables

Hoy he vuelto a revivir la noche del sábado. En cuanto me descentraba, me encontraba recordando sus ojos brillantes, sus sabias palabras. 
Llevaba tantos meses sin tomar unas cervezas con ellos, que cuando ha ocurrido realmente, no pararía de describir cada instante.
Me dio numerosas razones para soñar durante muchos días.

Él sólo puede ser un ángel. Adorable.

Se echa la niebla


Se está echando la niebla. A pesar del frío que hace, me gustaría caminar con él por las calles. Enredaría mis dedos entre los suyos y me concentraría en ese sutil contacto. Entonces nunca tendría frío. Entonces todo sería perfecto.
Me pregunto dónde estará. Daría un mundo por encontrarme con él ahora.

Creo que me iré a casa, que me apetece descalzarme.

Recuerdos demasiado vívidos

La persona que me ha dicho a las dos que iba a salir el sol no iba tan desencaminada.

He buscado cruzarme con él, pero no ha sido posible. Cuando le busco nunca coincido con él y cuando no le busco es posible que nos terminemos encontrando.
Esta mañana he pensado en él bastante. Me llegaban trozos de conversación del sábado, ráfagas de gestos diversos, la suavidad de su jersey al tacto, el sabor de su copa, el movimiento de sus labios cuando hablaba con tanta sabiduría... Tiendo a estremecerme cuando recuerdo esos momentos mágicos.

Hoy seguro que también está guapo.

La una en el reloj

Después del cansancio acumulado en la última semana y sabiendo que siete horas me bastan y me sobran para tener la energía suficiente para afrontar un nuevo día, es la una de la madrugada y ya es hora de ir a dormir. A soñar con él.
Cuando ayer volvía a casa, me fijé que el cielo estaba lleno de estrellas. Venía feliz. Y en esas ocasiones recuerdo que estoy viviendo una etapa de amor como jamás había sentido nunca.

¿Cómo es posible amar tanto?

Hubo un momento...

Hubo un momento... 
Hubo un momento en que me encontraba mirando hacia mi derecha, le miraba a él y a una tercera persona que hablaba. Entonces mis ojos bailaron hacia el fondo y vi una pareja besándose en medio del bar. Durante unos minutos, mi imaginación sustituyó a esas dos personas, que ya no eran ellos, sino él y yo.
Mi mirada volvió a enfocarle. Mis ojos acariciaron su pelo, sus pestañas, su nariz, sus labios... En ese momento me apetecía besarle. Intenté escuchar lo que estaban hablando, pero mi imaginación estaba muy lejos de allí.
Hubo un momento en que imaginé que no hubiera sido difícil plantarle un beso. 

Hubo un momento en que deseé besarle. Y entonces miré de nuevo a la pareja. Y le volví a mirar a él. Qué guapo estaba anoche.

domingo, noviembre 27, 2011

La magia de la noche

Me encuentro saboreando cada momento de anoche. A veces, para controlarme, tiendo a morderme el labio inferior con los dientes superiores. Anoche lo hacía a menudo. Me acuerdo que me encontraba sentada en un taburete en el último bar y haber sido consciente de que me estaba mordiendo los labios. Porque le tenía tan cerca que me obligaba a no pensar en el deseo de acariciarle, de tocarle, de besarle... En el momento en que pensé en que me estaba mordiendo el labio deseé no ruborizarme. Y recuerdo nítidamente cómo le puse la mano en el hombro para decirle algo, recuerdo el contacto con su jersey; recuerdo cuando le toqué el pelo para decirle que ya lo volvía a tener largo. Recuerdo cómo le miraba cuando le pedía que no se quitara la barba y cómo él me decía que sí, recuerdo sus ojos brillantes en ese momento; recuerdo haber pensado que la barba le hace interesante, pero eso no llegué a decírselo (y no fue porque me faltaran ganas).
Sé que abrí mucho los ojos cuando me dijo que el último libro que se había leído era Los hombres que no amaban a las mujeres. Y le comenté que los otros dos no merecían tanto la pena como el primero. Pero me sorprendió, quizás porque nunca se había dado la ocasión de que habláramos de libros. Habitualmente, suelo encontrarme con mucha gente a pie de calle que no lee nada. Pero con él nunca habíamos hablado de ese tema. Ahora bien, tengo claro que debería leer menos y escribir más. Porque entre una cosa y otra, siempre prefiero escribir.
Pero con la escritura a veces me muestro insegura. Mucha gente me ha dicho que mis palabras enganchan, que invitan a seguir leyendo. Y ayer me di cuenta de que, al preguntarle a él su opinión sobre mi estilo para escribir, esa inseguridad quedaba flotando en el aire. Quizás él también lo notara. Pero antes de eso, me animó a seguir ese sueño. Sus palabras se me quedaron grabadas como a fuego. Le dije que si llegaba a publicar libros, seguiría trabajando, pero ahora, cuando lo pienso más fríamente, no estoy tan segura. Tendría que llegar ese momento y vivirlo, para luego elegir lo más correcto (o lo más beneficioso). 
Vuelvo a recordar su mirada. Es una de las miradas más hermosas con las que me he encontrado jamás. Es brillante, risueña, penetrante. Cuando él te mira se para el mundo a tu alrededor. Siempre siento que él puede 'ver' mucho más allá de mí, que puede 'tocarme' el alma. Es una de esas miradas a las que no se les puede ocultar nada. Y además es una mirada reconfortante.
Sé que, si mil veces se me diera la oportunidad de hacer lo que hice ayer, al volver a aparcar porque le acababa de ver, mil veces volvería a hacer lo mismo. Y es que con él siempre me siento a gusto. Es más, no me tiembla la voz, no suelo ruborizarme, puedo hablar de otros temas que antes ni se me pasaban por la cabeza, le puedo decir que está guapísimo sin que él se ruborice. ¡Ay! Ayer no se lo dije, pero estaba guapísimo.
Aún me queda mucho de ayer. Es que fue una noche de esas que son tan especiales...

Vivir viviendo

Me quedo con el "vivir viviendo". No es únicamente lo que implican esas palabras, sino la manera en que lo dijo. "Vivo viviendo". "Sí, pero es importante tener ilusiones por algo". Hay otras cosas, pero aún sigo pensando en lo que decía él, en vivir el ahora, vivir ese momento.
Desconozco cómo salió el tema. Tenía que ver con escribir, cuando él me animó (siempre que sale el tema me anima) a escribir en serio, a publicar. Para mí eso es una ilusión, que se puede cumplir o no. Es algo que me llena. Él también me llena. Vivir el presente, ir viviendo, con lo que venga, sea bueno o malo.
Es un magnífico mensaje el que contenían sus palabras. Sigo pensando que me encanta su manera de enfocar la vida. Es un mensaje de sabiduría infinita. Pero hace mucho tiempo descubrí que él es muy sabio.

La noche... a rasgos generales

Eran las tres de la madrugada cuando había cogido el coche para regresar a casa. Entonces le vi. Le vi y volví a aparcar en el mismo sitio. Pensé dónde podían estar y a aquel bar me dirigí. Sólo quería tomar una cerveza con él. De hecho, no esperaba quedarme varias horas más, sobre todo cuando ya me había mentalizado para irme a casa. Pero entre marcharme y compartir unas horas con él, no había ocasión para dudar.
Les dije la verdad, que les había visto y había vuelto para tomar algo con ellos. Pero sólo una…
Le miré y vi la perfección en la profundidad de sus ojos. Me gusta mirarle, ahora además que soy capaz de mantenerle durante más tiempo la mirada, que soy capaz de no desviar los ojos en todo momento… Estaba guapísimo.
La noche iba pasando. Tenía decidido marcharme, pero a última hora decidí quedarme. Pese al cansancio, pese a que tenga una especie de resaca hoy… me alegro de haberme quedado. Sigo pensando que me encanta su forma de pensar, su visión de todo… A veces le miro y siento el deseo de acariciarle, de decirle que es encantador. Recuerdo que algo le dije, algo muy sutil, le dije que tenía cara de ángel, pero no era una frase que estuviera fuera de lugar, sino que estaba fielmente incrustada en la conversación que estaba teniendo lugar.
Volvió a sorprenderme. Eso me gusta de él, que siempre termina sorprendiéndome. Recuerdo las cosas que decía, me recuerdo escuchándole y saboreo esos momentos porque son demasiado especiales.
A rasgos generales, puedo decir que la noche fue mágica. Sé que volveré a ello, concretando con palabras que no pueden caer en el olvido. Palabras demasiado hermosas para no dedicarles unos minutos.
Mis padres se marchan esta noche a Benidorm. Y yo voy a echarme, aunque estaré leyendo. Lo que no he podido hacer esta mañana, ya que escuchaba unos martillazos muy crueles al despertar. Pero eso se ha atenuado al pensar en él. 

Dolor de cabeza

Me he levantado con tal dolor de cabeza que he tenido que volverme a tumbar. Cuando he cerrado los ojos he recordado cómo terminó la noche ayer y he sonreído, aunque no he vuelto a pegar ojo. Ahora bien, el dolor de cabeza parece que se ha atenuado un poco.
Será resaca.

No era el momento de marchar

Venía a las tres a casa cuando le he visto. Ya estaba en el coche, pero he vuelto a aparcar. Casi tres horas con él. Me gusta su forma de ver la vida. Siempre consigue que vea las cosas de otra manera. Pero también me ha dicho otras cosas... Mañana hablaré de ello, que ahora es tarde.

Es un ángel. Es tan adorable. Me voy a dormir, a soñar con él.

Momento indescriptible

Ya se que no se ve nada en la foto, pero el instante es memorable.

sábado, noviembre 26, 2011

Antes de salir

He perdido la cuenta de las veces que le he visto o he hablado con él esta semana. Cuando recuerdo alguna de esas veces no sé si ha ocurrido esta semana o la pasada. Así que salir me va a venir bien para desconectar de la semana y además es posible que me lo encuentre.
La última conversación me llega como entre brumas. Después comprendí que le había dicho una mínima parte de todo lo que había. Sólo cuando desperté de la siesta me di cuenta. Ahora que lo pienso, ayer estaba pero es como si no estuviera.
Me encanta hablar con él. Basta que no busque hablar con él para que surja otro motivo para llamarle.

Espero verle hoy. Seguro que está guapo.

He quedado a las once, que ya son. Creo que llegaré algo más tarde.

Lo que le pido a la noche

Tengo ganas de fiesta. Así que en un rato saldré a tomar café a ver qué es lo que se tercia. También tengo ganas de ver a un ángel. Me pregunto si nos encontraremos hoy, que últimamente apenas coincidimos de fiesta.
Me pregunto si saldré finalmente hoy y me pregunto si le veré a él. Encontrarme con él siempre me hace sonreír, pero puedo hablar con él de otras cosas diferentes al resto de la semana y puedo mirarle a los ojos y, sobre todo, me gusta escucharle.

Algo tan simple como cerrar los ojos

Sólo tengo que cerrar los ojos. La imaginación es un tesoro que nos puede llevar a cualquier sitio.
Al cerrar los ojos, me encuentro en medio de la oscuridad, con los dedos de mi mano izquierda dibujando corazones a lo largo de su pecho, siguiendo el ritmo de su respiración, recorriendo su rostro, el perfil de sus labios semiabiertos, rodeando sus ojos, enredando esos dedos curiosos entre su pelo...
Sólo tengo que cerrar los ojos y soñar que él está a mi lado.

Ahora intentaré dormir, que es tarde. Ya sabía yo que esta noche me iba a costar cerrar los ojos. Pero ahora... ya sé que en el momento en que cierre los ojos él estará demasiado cerca.

Un asunto de honor

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"Era la más linda Cenicienta que vi nunca. Tenía dieciséis años, un libro de piratas bajo la almohada y, como en los cuentos, una hermanastra mala que había vendido su virginidad al portugués Almeida, quien a su vez pretendía revendérsela a don Máximo Larreta, propietario de Construcciones Larreta y de la funeraria Hasta Luego...".

Con 94 páginas bien vale pasar la última media hora saboreando de la lectura de este relato, aunque me lo sepa de memoria. En los últimos años a veces recordaba el libro de piratas (La isla del tesoro) solitario sobre el asiento de un camión. Para ser un relato tan breve la historia da mucho juego. He visto la película, he escuchado el libro-audio y había leído la novela de una biblioteca. Pero hoy me apetecía leerlo de nuevo. Es tan breve que, cuando quieres darte cuenta, ya estás en el final.
Cachito fue el título de la película, pero debería haber sido Trocito. En el tatuaje de él es lo que pone y como dice el camionero, está buscando su Trocito, quizás sea ella.

"Y yo suspiré hondo, muy hondo, apreté los dientes y me dije que aquella era una noche tan buena como cualquiera para que me rompieran el alma. Porque hay momentos en que un hombre debe ir a que lo maten como dios manda".

Manolo, un camionero que acaba de conseguir su primer trabajo después de haber pasado año y medio en el talego, para en un puticlub a aliviarse con la Nati. Cuando está a punto de marcharse, se queda observando a una niña que se encuentra tras una puerta. En los ojos de la niña de dieciséis años lee que ella nunca será puta.
Lleva unos kilómetros conducidos cuando escucha ruidos en la parte detrás del asiento, donde se encuentra la litera. Allí aparecen los ojos asustados de la niña. Él decide devolverla al puticlub. Ella le cuenta que han vendido su virginidad por 40.000 pesetas, que quiere ver el mar, que no quiere ser puta.
Manolo no quiere meterse en líos, así que tras dejar a la niña en el puticlub se vuelve a marchar. Un rato después encuentra La isla del tesoro en el asiento del copiloto y decide volver al puticlub a rescatar a la niña.
A partir de ese momento, Manolo y María comienzan la huida hacia Portugal, seguidos por el chulo portugués Almeida, su guardaespaldas Porky y la hermana de la niña, la Nati, que les persiguen en un coche funerario por las carreteras del sur, mientras el resto de los camioneros desean suerte al Llanero Solitario y su Petisuis.

"Ya he dicho que nunca fui un tío muy instruido ni sé mucho de sentimientos; pero comprendí que ese olor, o su recuerdo recobrado, era mi patria y mi memoria. El único lugar del mundo al que yo deseaba volver y quedarme para siempre".

Manolo decide meterse por carreteras secundarias y la niña decide acostarse con él, le explica que para Almeida el comercio de su virgo es un asunto de honor, pero tendrá que deshacer el pacto si ella deja de ser virgen. Son sorprendidos por sus perseguidores, desnudos en la cama sin haberse tocado siquiera, y Manolo vuelve a escapar con la niña.
Finalmente llegan al mar y se funden con las olas, en un abrazo, mientras junto a las dunas aparca un coche fúnebre.

"Y era el momento, y era toda mi vida la que estaba allí a orillas del mar en aquella playa. Y de pronto supe que habían transcurrido todos mis años, con lo bueno y con lo malo, para que yo terminase viviendo ese instante. Y supe por qué los hombres nacen y mueren, y siempre son lo que son y nunca lo que desearían ser".

Arturo Pérez-Reverte


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Durante muchos años vimos a Pérez-Reverte como corresponsal de guerra de TVE1 en la guerra de la ex-Yugoslavia. Aparecía con sus gafas de pasta negra, el chaleco caqui y con el micrófono en mano, mientras el horizonte se veía 'perdido' por las balas de mil batallas.
Me recordaba al profesor de Lengua. Físicamente eran como dos gotas de agua.
Recuerdo que cuando veía a Pérez-Reverte pensaba en lo peligroso que era estar allí. Estaba demasiado lejano. Su rostro ya no sería desconocido cuando dejara las guerras y el periodismo de guerra para dedicarse a la escritura en exclusiva y comenzando una columna semanal en el suplemento dominical del periódico.
Su trabajo despertó en mí curiosidad. Quería saber... Ya desde que era una adolescente ese mundo me llamaba mucho la atención.


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El primer libro que cayó en mis manos fue Territorio Comanche. Me recuerdo leyendo ese libro en la estación de autobuses de Logroño un viernes por la tarde mientras esperaba al autobús que me llevaría a casa. Entonces estaba interna, entonces me iniciaba en el mundo de la literatura. Pérez-Reverte venía a describir sus vivencias en Sarajevo y Mostar. En aquel momento el libro no me gustó mucho, me pareció demasiado agrio. Hoy en día lo considero uno de los mejores libros del autor, ya que muestra una guerra en toda su extensión, una guerra vivida de cerca por el propio autor. Si un libro te hace paladear la acidez de la guerra en toda su extensión es, sin duda, una magnífica novela. Entonces no lo entendí. Lo que no me gustó del libro entonces era que hablaba de la guerra. Siendo objetiva hoy, reconozco que es una magnífica novela.

Para un reportero en una guerra, territorio comanche es el lugar donde el instinto te dice que pares el coche y des media vuelta; donde siempre parece a punto de anochecer y caminas pegado a las paredes, hacia los tiros que suenan a lo lejos, mientras escuchas el ruido de tus pasos sobre los cristales rotos. El suelo de las guerras siempre está cubierto de cristales rotos. Territorio comanche es allí donde los oyes crujir bajo tus botas, y aunque no ves a nadie sabes que te están mirando”.

Años después vi la película, protagonizada por Carmelo Gómez e Imanol Arias. Entonces ya estaba en la facultad y veía a los reporteros de guerra con cierta admiración. Reconozco que la película me gustó bastante.


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En 1995 Pérez-Reverte publica La piel del tambor. Este libro me hizo conectar con el autor, de tal forma que a partir de entonces no sólo empezaría a leer todo sobre él, sino que acudiría a tertulias sobre sus libros, a entrevistas donde aparecía, a conferencias, etc. Y he de decir que Pérez-Reverte era un asiduo a Salamanca, porque allí fui a escucharle en varias ocasiones.
Respecto a La piel del tambor, recuerdo las descripciones de los personajes, recuerdo a Macarena y al sacerdote. Recuerdo que cuando describían al banquero, marido de Macarena, en mi mente se perfilaba la semejanza con el entonces adorado Mario Conde. A mitad de los años 90, cualquier joven universitario que se preciara quería ser como Mario Conde. Mario Conde era el ejemplo a seguir, sobre todo entre los estudiantes de Derecho y Empresariales.
La historia del pirata informático en los inicios del mundo desconocido de internet en aquellos años convierte La piel del tambor en uno de los libros más celebrados de Pérez-Reverte. Aún recuerdo la cara que se me quedó cuando el autor nos descubre quién es el hacker informático que ha invadido los archivos informáticos del Vaticano. Me lo guardaré para mí. El libro merece mucho la pena.

Esta novela se adaptó a la televisión en forma de serie. No la he visto, pero me da la sensación de que no tuvo tanto éxito como el libro.


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Desde el Círculo de Lectores me llegaría El Club Dumas, que se había publicado antes que La piel del tambor. Durante dos o tres años cogió polvo en la estantería, mientras me leía otras novelas y artículos de Pérez-Reverte. Y entonces salió en el cine “La novena puerta”, protagonizada por Johnny Depp.
El Club Dumas me gustó muchísimo. Entonces no conocía Lisboa y ese libro dotó a la capital lusa de una bohemia exquisita, de un suspense de lujo.
El protagonista era un traficante de joyas literarias que había de localizar los tres únicos ejemplares en el mundo de Las Nueve Puertas del Reino de Las Sombras, un libro esotérico que se supone ha sido escrito por el diablo. El cazador de libros debe comprobar cuál de los tres libros es el auténtico.
El libro me gustó muchísimo, pero la película deja mucho que desear, ya que no tiene el mismo ritmo que la novela y se desvía bastante del argumento original.


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El siguiente en llegar sería La tabla de Flandes. Esta novela estaba más en la línea de La piel del tambor, con toda una serie de intrigas y asesinatos que hacía contener la respiración. Este libro contenía varios elementos que me fascinan, que considero que siempre tienen mensajes ocultos: el ajedrez y una pintura antigua.
La trama argumental habla de una joven restauradora de obras de arte a la que encargan restaurar una tabla flamenca del siglo XV porque se va a sacar a subasta. En la tabla descubre una inscripción oculta que le dota al cuadro un significado especial. A partir de ese momento, ella comprende que debe investigar el cuadro, los personajes retratados y su papel en la Historia. En ese momento, comienzan a suceder asesinatos a su alrededor y ni siquiera ella se da cuenta de que se está metiendo en aguas pantanosas.


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El maestro de esgrima sería otro de mis favoritos. Reconozco que tiene uno de esos momentos especiales en que te quedas pensando y que siempre se te quedan grabados: cuando el maestro descubre que su ‘alumno’ es una mujer. Ese momento es capaz de quitarte la respiración. El momento histórico en que se desarrolla la novela es finales del siglo XIX, por tanto, que una mujer acuda a aprender esgrima no está socialmente bien visto. La trama también está llena de engaños y asesinatos.
También salió una película, que pasó sin prisa ni pausa. Un día llegué a casa y vi un trozo, no me pareció que estuviera a la altura de la novela (como suele ocurrir casi siempre) y la dejé.

Pérez-Reverte tiene varias novelas cortas que narran episodios bélicos. Por el tema, me dan más pereza que otras a la hora de leerlas. Quizás es por eso por lo que Cabo Trafalgar espera en la estantería a que algún día me dé por cogerla.
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La sombra del águila la cogí sin ganas. Narra un episodio de una batalla entre las tropas napoleónicas y el ejército ruso, donde un soldado de Napoleón decide desertar y pasarse al enemigo. Napoleón lo observa todo desde una colina y, en vez de tomárselo como lo que realmente es (una deserción), lo considera un gran acto de valor, con lo que termina condecorando al soldado desertor. Es una novelita corta con una fina ironía que terminó haciéndome reír.


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El Húsar es la primera novela escrita por Pérez-Reverte. La acción transcurre durante la Guerra de la Independencia. Pero la visión del autor no es desde la perspectiva española, sino desde la francesa. No me gustó. Le falta esa ‘chispa’ que tienen las novelas posteriores de Pérez-Reverte. Le falta algo, algo que embriague al lector.

Sobre el tema de la Guerra de la Independencia volvería años después con Un día de cólera.

Poco después me regalarían Cachito en versión audio. El título original de esta novela es Un asunto de honor. Es uno de los libros que he recibido hoy y no considero oportuno hablar de él cuando es posible que su centenar de hojas caiga este fin de semana. El audio está magníficamente maquillado por la sublime voz de José Sacristán. Recuerdo además a Sancho Gracia haciendo de camionero en la película. Ésta sí que me gustó.
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Uno de los libros que no tuvo tanto éxito cuando vio la luz fue La Carta Esférica. Cuando comentaba con otras personas el argumento de este libro, muchos me decían que les había dejado un sabor agridulce, que no va en la misma línea de los otros libros de Pérez-Reverte.
Con esta novela, el autor demuestra que no se le puede encasillar en las intrigas de otros siglos, sino que con este libro demuestra que es un autor bastante prolífico. Si algo adora Pérez-Reverte es el mar. Siente verdadera adoración por el mar, quizás porque nació en una ciudad marítima y con un enorme mercado naviero: Cartagena. Al autor le gustan además los barcos y no podía faltar en su bibliografía una novela que tratara sobre este tema.
La Carta Esférica es la historia de un marinero sin barco que conoce a la ordenada empleada de un Museo Marítimo. Juntos, buscarán el tesoro de un barco hundido en las costas murcianas.
A mí, que me gusta las historias de piratas, de ladrones, de mares y de barcos, me sorprendió. Reconozco que me costó un poco leer este libro, en el sentido de que había muchos tecnicismos náuticos que hacían que me perdiera a veces entre las páginas de lo que estaba leyendo.

Después vi la película, protagonizada por Carmelo Gómez y Aitana Sánchez Gijón. Me gustó.


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Entonces llegaría La Reina del Sur. Cuando salió a la venta, tuve ocasión de escuchar al autor hablar sobre su nueva novela una tarde en la discoteca Cvm Laude de Salamanca.
El argumento, recientemente adaptado a la televisión, trata sobre Teresa Mendoza, una mexicana que se convertirá en una líder del narcotráfico mexicano muy temida.
Reconozco que empecé a ver la serie porque me gustaba mucho, pero no soy constante con las series que echan en televisión, así que no terminé de ver toda la temporada.
Aún recuerdo cómo comenzaba la novela describiendo los “corridos” mexicanos.

El Pintor de Batallas fue una novela que viene a describir el alma humana de una persona que ha sufrido mucho y se refugia en la pintura como vía de salida a todo ese sufrimiento. Es una novela que tiene fuerza y, sin embargo, no es de mis preferidas. Quizás me decepcionó un poco porque apenas había acción.

Un libro que llegó a mis manos inesperadamente fue Ojos Azules, un relato ilustrado sobre una jornada de la conquista de México. Era algo cortito y para disfrutarlo.

Más cercano en el tiempo es El Asedio. Aún recuerdo lo que disfrutaba llevándomelo al campo para leer allí bajo la sombra de un árbol. Ése sí que me gustó.

Aparte de las novelas, cabe destacar la aportación semanal de Pérez-Reverte, que no ha dejado nunca de ser periodista, en el suplemento del periódico del domingo. Esos artículos se editan cada cuatro o cinco años en forma de libro. Así se editaron Patente de corso (1993-1998), Con ánimo de ofender (1998-2001), No me cogeréis vivo (2001-2005) y Cuando éramos honrados mercenarios (2005-2009).


No me cogeréis vivo era el último de las recopilaciones de artículos que me faltaba y me ha llegado hoy, al igual que una recopilación de textos sobre barcos y marineros: Los barcos se pierden en tierra.
Habitualmente, lo que suelo hacer con estas recopilaciones es abrirlas por una página al azar y leerme el artículo en cuestión. Arturo Pérez-Reverte es un magnífico articulista, siempre con ese toque de humor e ironía del que dice las cosas claras.
Otra recopilación, mucho más antigua, es Obra Breve, que recoge algunos relatos breves que también han salido publicados de manera independiente (El húsar, La sombra del águila, Un asunto de honor, etc.).



Lo que no esperaba es encontrarme un libro de Arturo Pérez-Reverte en literatura infantil. Pero El pequeño hoplita es una obra para niños que nos lleva a la Batalla de las Termópilas y recuerda a la película de “300”.


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Mi favorito, de entre todo lo que ha escrito Pérez-Reverte, es el Capitán Alatriste. No sé si es la personalidad tan fuerte de Diego Alatriste, las descripciones de Íñigo Balboa, las aventuras de espadachines en el Madrid del siglo XVII, las argucias de los hombres que se conforman con poco y malviven en una monarquía derrochadora, las peripecias de un Quevedo al que siempre he adorado (cuando estudiaba su obra en Literatura me lo imaginaba así, tal y como lo describe Pérez-Reverte) o la buena imitación de la forma de hablar y de escribir del siglo en cuestión.
La cuestión es que, cada vez que salía un libro sobre las aventuras de Alatriste, acudía rauda a la librería más cercana a hacerme con él. Así ocurrió con El Capitán Alatriste, Limpieza de Sangre, El sol de Breda, El oro del Rey, El caballero del Jubón Amarillo y Corsarios de Levante. Este último tuvo la culpa de que, después de haberlo leído, deseara visitar la isla de Malta, que conocí en noviembre de 2009. El último de la serie sobre el Capitán Alatriste ha visto la luz hace unos días: El puente de los asesinos. Estoy segura de que no tardaré en leérmelo.
En cuanto a la película de “Alatriste”, protagonizada por Viggo Mortensen, me decepcionó mucho. Y no fue porque estuviera mal caracterizada, sino porque la película era de todos los libros sobre Alatriste que se habían publicado hasta ese momento, se mezclaban hechos y resultaba un tanto liosa.

Esperando a que Pérez-Reverte nos siga deleitando con sus palabras.

¿Quién dijo sueño?

¿Quién tiene sueño ahora?
Me temo que esta noche me costará dormir, pero al menos mañana no tengo que madrugar. Previendo esto, he comenzado una reseña sobre uno de los literatos más leídos en nuestro país. No me aburre hacer una síntesis de todos los libros suyos que me leí en el pasado y los que aún están por caer, porque me hace recordar grandes momentos.

Por otro lado, a veces paro para pensar en un ángel. Me pregunto si habrá salido. Me pregunto dónde estará. Y me imagino durmiendo entre sus brazos, mirándole a los ojos, redescubriéndole cada día, agotando las caricias cada noche para volver a otras nuevas al alba...

viernes, noviembre 25, 2011

Pasaban las horas

Hoy necesitaba descansar, sin duda alguna. Ahora bien, me pregunto cuándo dormiré esta noche, porque me da la sensación de que me va a costar mucho pegar ojo hoy. 
Me pregunto dónde estará él. Me gustaría tomar algo con él al final del día, sobre todo si es víspera de fin de semana.
Hoy he soñado. Sé que he soñado. Pero me llegan ráfagas aisladas que no consigo unir unas con otras. En mi sueño salía él.

Dos minutos de felicidad

Cuando al mediodía he llegado a casa, no esperaba encontrarme de nuevo aquí a las 17.30 h. de la tarde. Me encuentro cansada, pero es más un cansancio mental. Sólo que antes de tumbarme, porque me echaré una pequeña siesta ahora donde sueñe con él, tenía que hablar de él. De su voz. De su dulzura. Porque hoy no pensaba que terminara hablando con él y ha vuelto a ocurrir. Siempre ocurren estas cosas inesperadamente.
¿Qué decir...? Que adoro su dulzura, que me encanta su voz, que cerraré los ojos en unos minutos para pensar en él. Y sonreiré. ¡Cuánta felicidad me aporta!

Es un ángel.

¿Dónde mirarán hoy esos ojos perfectos?

Reconozco que hoy le he buscado... pero no le he encontrado. No siempre el azar nos lleva a encontrarnos o a hablar un rato después, como ocurrió ayer. 
Lo que ocurre ahora es que ya le echo de menos. Que necesito su magia.
Estoy contenta hoy. Y eso que la tarde será larga de nuevo. No importa, porque él seguirá tan cerca como lo está mi corazón.

Me encuentro cansada. Eso es porque anoche eran más de las dos y media cuando apagué la luz. No puedo quedarme hasta tan tarde leyendo, porque luego siento que no me encuentro al cien por cien. 

Tan cerca de los sueños

Se hace tarde...
Ahora sí que es un buen momento para ir a dormir. A evocar cada instante de él. A soñar con él.
Se me caen los párpados de sueño, pero aún la última imagen de la noche antes de embarcarme en el mundo de los sueños será de él.

Amo tanto...

Saboreando los minutos rememorados de él

Si alguien me preguntara qué he hecho durante todo el día no recordaría nada. Laboralmente ha sido mucho, pero no lo recuerdo. Lo que recuerdo es su rostro angelical, el mismo rostro que invita a besos que tengo que imaginar. Es como si su imagen, como si los minutos con él, como si cada encuentro de él eclipsaran todo lo demás.
Me da tanto cada día… A veces me gustaría decirle al oído: “Gracias por todo lo que me das cada día, gracias por hacerme sonreír cada mañana, gracias por regalarme un trocito de felicidad…”.
A unos pocos minutos de ir al encuentro de Morfeo, suspiro e imagino lo que me gustaría quedarme dormida cada noche en sus brazos. Me voy a soñar con él. Lo recuerde mañana o no, estoy segura de que esta noche soñaré con él…

jueves, noviembre 24, 2011

El hechizo del instante perfecto

A las tres deseaba escribir, pero no me apetecía hacerlo con la Blackberry. A las cuatro había ya abierto el blog, pero alguien ha venido a interrumpirme hasta las siete de la tarde. En mi fuero interno sólo deseaba describir ese momento. En cuanto me he quedado libre y he salido a la calle, casi corriendo, me he acordado de él y le he llamado. Después pensaba en describir los dos momentos, pero eran casi las nueve cuando he salido de la oficina.
¡Vaya tarde! Ni siquiera he tenido un minuto para evocar cada momento de él.

A las dos de la tarde buscaba un sitio para aparcar. No había un hueco libre, pero cuando he visto su coche se me ha pasado por la cabeza que, en última instancia, podía preguntarle (no sé si con mensaje o con llamada) si no iba a ir a comer en ese momento. Entonces he aparcado.
He salido del coche y él venía por la acera. Siempre tan guapo, tan dulce, tan perfecto. Creo que algo en mí me empujaba a caminar más deprisa en su dirección. ¿Es posible que no recuerde cómo iba vestido? Sí que recuerdo su chaqueta, pero no el resto. Lo que sí recuerdo es su rostro, que llevaba gafas de sol (y creo que son otras). Lo recuerdo porque le miraba a los ojos, porque por una vez no me he puesto a mirar a los lados ni al cielo. Le miraba a él, porque su rostro tiene demasiada atracción en mí como para mirar a otro sitio. Pero no miraba sus ojos, sí, pero no podía mirar más allá de las gafas de sol. Sin embargo, ese momento era mágico, especial.
Me he acordado de la otra vez que le vi con la barra de pan. Cuando aún no le conocía, cuando paré el coche para verle pasar y me eché a reír. Cuando no le conocía y ya sentía una total atracción por aquel desconocido de mirada angelical. Entonces sí recuerdo cómo iba vestido, porque tuve ocasión de observarle desde el volante. Pero no sabía su nombre, no podía haberme parado en la calle a hablar con él, como ha ocurrido hoy.
Hoy le miraba, le escuchaba y sentía que mi corazón palpitaba más aprisa. Un cúmulo de sensaciones bailaban al ritmo del timbre sensual de su voz. Y en mi mente se iban moldeando las palabras que confirmaban todas esas sensaciones: “Cuánto le quiero”. Es imposible no quererle. Se hace querer… Más allá de todo lo que yo sienta, es que él se hace querer. Desde el primer momento. Le tenía delante y deseaba cubrirle de besos.
Hoy no esperaba encontrarme con él. Y allí estaba. Guapísimo. Adoro su sonrisa. Me encanta verle sonreír. Cuando le veo sonreír, con esa sonrisa tan franca, tan dulce, me siento bien, porque sé que él se encuentra perfectamente.
Después de unos minutos, cada uno ha proseguido su camino. ¿Cómo me sentía en ese momento en que mis pasos se alejaban de él? Feliz, claro. ¿Cómo iba a sentirme después de haberme encontrado con él? Siempre son agridulces las despedidas, el tiempo se para y nunca sé cuándo tengo que despedirme. De hecho, nunca deseo alejarme de él. Porque desconozco cuándo volveré a saber de él, cuándo nuestros pasos se volverán a cruzar inesperadamente.
He vuelto a pisar el suelo, pero una parte de mí seguía flotando, una parte de mí seguía con él. Y es obvio que, aunque la tarde haya sido un tanto pesada, desde el mismo momento en que me he encontrado con él no he dejado de sonreír ni un segundo. Él me trae una felicidad indescriptible. También me da energía positiva. Siempre que me encuentro con él todo lo que me rodea se cubre de un manto de perfección, de magia, de belleza. ¿Acaso no es el mundo siempre perfecto cuando estamos enamorados? Y estoy enamorada, hace meses que me di cuenta. Cuando me encuentro con él todo ese amor me desborda. Me pregunto si él puede ‘ver’ todo eso. Prefiero no saberlo.

Así que esta tarde, pese al “sinparar”, le dedicaba unos minutos cada poco tiempo y me sentía feliz, completamente hechizada.

Cuando pasadas las siete he tenido un rato libre, he aprovechado para llamarle. Sé que podría haber esperado a mañana. Sé que podría haber hecho otras cosas. Pero pensaba en él, no podía dilatarlo en el tiempo. Caminaba por la calle y, de memoria, iba diciéndole… Escuchaba su voz, y entonces he llegado a mi destino. Y seguía escuchando esa voz tan sensual, que me llegaba como una dulce caricia, y sentía miles de mariposas revoloteando a mi alrededor.
Otra vez tenía que despedirme. No me gustan las despedidas, pero cada vez que tengo que despedirme de él es un cruel suplicio. Me pasaría horas escuchándole. Cuando la conversación ha terminado, me he dado cuenta que mi corazón hoy se ha mantenido silencioso.

Iba caminando hacia el coche cuando he visto el suyo. He sonreído. He mirado hacia el fondo de la calle a ver si venía él. Él siempre se queda hasta más tarde. Venía pensando en él, en un día que ha terminado siendo largo, pero no importa, él ha dado color a este día, él estaba presente, casi tan cerca…

Es adorable. 

Rayos de un sol de otoño

Creo que va siendo un buen momento para pensar en marchar. Además ha salido el sol y hace un día (casi) perfecto. Me pregunto dónde estará él. En realidad, le echo de menos, como siempre que no me encuentro con él. Echo de menos su magia. Y, sin embargo, pese a estar a unos kilómetros de él, me encuentro hechizada. 
Recuerdo sus palabras, esa voz tan sensual, y no puedo dejar de estremecerme.
Sé que conduciré durante diez minutos o un cuarto de hora y seguiré pensando en él.
Me encuentro contenta. Su recuerdo siempre me hace sonreír.

Es hora de marchar.

Centrada en el amor


Estoy demasiado pensativa para centrarme en los apuntes. Incluso en lo que leo pienso en ese ángel de mirada perfecta, la misma mirada en la que se encuentra todo lo mejor del mundo.
No estoy para leer apuntes ahora y, sin embargo, sé que lo que haga ahora será algo que no tendré que hacer rápidamente después. En fin de semana me da mucha pereza ponerme con los apuntes, así que me los miro entre el jueves y el viernes.
Lo que ocurre es que hoy me he centrado en el amor, en él. Creo que debería dejar vagar a mis pensamientos en torno a él. Él siempre me hace sentir bien. Pensar en él me hace sonreír...

Las cosas son diferentes al día siguiente


Hace unos minutos venía conduciendo y volvía a lo que pensaba anoche. Siempre he pensado que los fantasmas aparecen de noche. Lo que ocurrió ayer es que le di muchas vueltas a una conversación que en este momento me parece una digna conversación entre dos personas que se llevan bien.
Anoche decidí que me iba a distanciar de él. Posiblemente lo haga, pero no de una manera drástica. No voy a evitarle, no podría hacerlo. Tampoco voy a huir de los lugares que frecuenta él. Sé que no puedo vivir sin su magia, sin su mirada perfecta, sin su sonrisa. Me gustan las sensaciones que él produce en mí con una sola palabra, con una sola mirada, con su presencia. Y me gusta describirlas después, porque lo que siento por él es demasiado bello como para dejarlo caer en el olvido.
Las cosas siempre se ven diferentes al día siguiente. Todo depende de cómo se tomen las cosas. Si en ciertas ocasiones ayer era mi corazón quien hablaba... no pasa nada. No hablaba con un extraño. Hablaba con un ángel que me encandila noche y día. Hablaba con la persona con quien compartiría un mundo  (y dos y tres). Y lo cierto es que me encuentro relajada cuando hablo con él, a gusto. Ahora recuerdo que me costó muchísimo colgar el teléfono. Si por mí hubiera sido, hubiera seguido escuchándole durante horas. Pero no podía ser.
Recorrer otras calles por donde no pase él... tomar cafés lejos de él... no quedarme atrapada de vez en cuando por esa mirada perfecta... No. No podría vivir sin el sol. 

Los sinsabores de la vida


Ni un alma se veía por la calle cuando volvía a casa. Mi mirada ha observado los pocos coches aparcados, jaspeados con el rocío de la noche. He vuelto a mirar. Recuerdo que he pensado: "Él ya se ha ido". Entonces he arrancado. Pero él aún seguía. Al torcer... Al torcer por una calle he sabido que él aún estaba allí... tan cerca y tan lejos a la vez.
¡Cuántas veces me hubiera dado la vuelta para ir a su encuentro! 
Creo que he perdido la cuenta de las veces que en las últimas semanas me he obligado a continuar sin mirar atrás. 
Si me dejara llevar por el corazón, sé que se me desmoronaría un día sí y otro también. Así que, de algún modo, "eso" que me lleva a seguir mi camino me protege. Y esto me lleva a pensar en que tengo miedo. Pero miedo, ¿de qué? Quizás de que me hagan daño. 
Tengo miedo de que me vuelvan a romper el corazón. Él ya me lo rompió una vez. De alguna manera, me protejo. Pero visto lo de hoy, ¿era mi mente la que hablaba o era mi corazón? Creo que era mi corazón. Me da pánico que a veces sea el corazón el que hable, porque él podría notarlo. Creo que me alejaré un tiempo de él. Ojalá todo fuera tan sencillo como alejarse un tiempo de la persona a la que amo tanto. No es fácil, porque cuanto menos le vea o sepa de él, más me acordaré de él. No es fácil, porque echaré de menos la magia. No es fácil, porque los días grises seguirán siendo grises. Lo que no quiero es que mi corazón hable por mí y si tengo que silenciar lo que siente necesito distanciarme de él. Aunque sea duro. Sé que es duro, ya he pasado por ello. Y mucho más ahora que soy consciente de todo lo que siento por él.
No sé cuánto tiempo necesito para desenrollar el embrollo de ideas que flotan en mi cabeza. Sé lo que quiero y eso mismo a veces me recuerda a las viejas heridas que no están cerradas del todo.
Sé lo que es que te rompan el corazón y no quiero volver a pasar por ello.

Porque a veces las cosas no son como nos gustaría que fueran. A veces es suficiente un minuto para saber lo que quiere una persona. Ojalá no fueran tan evidentes las señales de las personas que no nos gustan. Tres cafés en un mes. Aquel que se para a hablar contigo aunque no tenga nada que decir. Quien te invita de copas a su ciudad porque sólo te conoce del trabajo...
Con el de los cafés termino hablando del tiempo, conversación banal allá donde las haya. E ignoro las señales que vienen de la otra persona.
Con el que se para a hablar, la oportunidad pasó hace año y medio, desapareció algo que nos había hecho entablar conversación durante unas horas y ya nunca más volvió. Sin embargo, yo sé que algo de mí le fascina. Le fascina tanto que lo veo en su mirada cada vez que me mira con esa... adoración.
Con el de las copas, le pegué un corte que no volvió a decir nada más que se saliera de lo estrictamente laboral.
¿Por qué siempre gustamos a personas que no nos hacen tilín...? 

¿Por qué la única persona que me hace sonreír muestra tanta indiferencia, por qué no me permite acercarme a él, por qué no toma cafés conmigo...? ¿Por qué la vida es tan injusta a veces?

Alejarse conlleva muchas cosas. Esta vez lo hago por mí. Me da la sensación de que para él soy demasiado transparente. Necesito tiempo para mí, para poner en orden este rompecabezas en que ahora me encuentro.

Él seguirá siendo adorable mañana, y la próxima semana, y dentro de un mes, y cuando pasen veinte años. Su magia seguirá intacta. Jamás había amado de esta forma a nadie, pero siento que necesito alejarme un poco de él.

Lo que me falta es el amor. Pero un amor bilateral, no de un único sentido. No me vale con amar sólo yo. Quiero alguien a quien cubrir de besos y que me bese cada noche, alguien a quien pueda abrazar antes de dormir y que me abrace de vez en cuando, alguien con quien compartir cada risa y cada pena, alguien a quien hacer confidencias, alguien a quien no necesite decirle nada y que nos baste con mirarnos a los ojos, alguien a quien dar la mano por la calle. Alguien con quien hacer el amor cada noche, en cada amanecer, cada fin de semana. Alguien con quien compartir experiencias nuevas. Alguien que me regale una sonrisa cada mañana, alguien a quien desear dulces sueños cada noche. No debe ser complicado.
Cuando pienso en alguien así mi mente se concentra en una única mirada, en un único rostro, en una única sonrisa, en una única voz... en una única persona. Es inevitable. Pero no me conformo. No puedo conformarme con la imagen de una persona, con los rápidos minutos al día que me cruzo con él, con los recuerdos que me quedan...
No soy de piedra. No estoy triste, estoy contenta. Pero a veces me encuentro en una encrucijada en la que tengo que decidir. Lo que ocurre es que esta tarde mi corazón ha hablado por mí. Y creo que él ha podido darse cuenta de los mensajes entre líneas que, aunque han sido de manera desinteresada, ahora emergen de la nada como una nota de sinsabores. No debería dejarme llevar por el corazón con esa facilidad. Soy consciente de que él lo puede notar y no quiero que lo note.

Me alejaré unos días. Sólo tengo que desear ser invisible y evitar los lugares donde podría encontrarme con él. 

miércoles, noviembre 23, 2011

Para los que evocan la magia del mundo

Sólo al terminar la conversación te das cuenta de lo que quieres a la persona que está al otro lado. Te encuentras en un mundo muy lejano, casi tan cerca de él, pensando en su mirada perfecta, en su sonrisa misteriosa, en esa voz que aún resuena en tus oídos como una cadena de campanillas movidas por la suave brisa de una tarde estival.
Te encuentras pensando en él. En esa gran persona que convierte los días grises en azules, que te hace sonreír incluso en los peores momentos, que te hace desear lo indeseable. Piensas en esa voz tan perfecta, en lo agradable que es escucharle cada vez. Recuerdas cuando te temblaba la voz al hablar las primeras veces con él, en lo relajada que te encuentras ahora. Bajas la guardia porque confías en él. Porque él es un ángel, una persona encantadora, la única persona que hace que el corazón palpite más deprisa cada vez.
Y evocas la conversación que acaba de terminar. Te imaginas su rostro al otro lado del teléfono. Y suspiras. Te ruborizas y respiras profundamente.
Piensas en lo que has callado, en todo lo que te gustaría decirle. Y en todo lo que no te atreves ni siquiera a imaginar. En todo aquello que sólo es posible en los sueños. 
Después de acabada la conversación, me he negado a escribir nada. Esperaba mientras saboreaba sus palabras convertidas en parte de los recuerdos. Esperaba mientras pensaba en lo guapo que seguramente estaba. He vuelto a centrarme, sabedora de que me encontraba ruborizada. Tenía que acabar antes de marchar.
Podría seguir describiendo un millón de sensaciones diferentes. Podría seguir contando un millón de mariposas que revolotean a mi alrededor. Podría seguir redescubriendo cada día la magia...

Pero estoy infinitamente cansada esta noche. Y sí, me encuentro feliz. Parte de esa felicidad viene por él. Aunque sigo pensando que falta algo.