Anoche se me olvidó quitar la alarma del móvil, así que esta mañana sonaba a las ocho, implacable. Pensaba que tenía que ir a trabajar, pero algo me decía que no, que no era necesario que me levantara aún. Después de eso, ha sido imposible volver a pegar ojo, así que me he puesto a pensar en él, a imaginar cómo sería abrir los ojos cada mañana a su lado, abrazada a él. Ese pensamiento era reconfortante, demasiado placentero.
A las diez estaba pisando las hojas húmedas sobre el césped de la ermita. El perro ha posado sus patas en mis pantalones y he venido con los pantalones mojados por partes.
Creo que debería terminar de leer El temor de un hombre sabio e iniciar una reseña al respecto. Y si hablo de acabarlo es porque no me queda mucho para el final (aprox. cien páginas).
Sin embargo, no me apetece mucho leer ahora. Me apetece sumergirme en los recuerdos de él y sonreír. Sentirme feliz. Y es que él siempre me brinda pequeños retales de felicidad.
No hay comentarios:
Publicar un comentario