Ayer podía haber llamado a cualquier persona de la larga agenda del teléfono. Podía haber ido a tomar algo con cualquiera, pero le llamé a él. ¿Por qué? Simplemente quería compartir unos momentos con él. Con nadie más.
Es bonito eso. Pensar en una única persona, en la única persona con la que me apetecía estar un rato, entre un sinfín de personas. Es un acto de amor. Y ahí está la belleza de esa llamada. En que sólo le llamé a él porque sólo quería estar con él. Y lo extraño está en que no suelo llamarle, por tanto buscar su nombre y darle al Yes en el teléfono es algo que se sale de la rutina. Por eso esa llamada era tan especial.
Por el 'antes', ser consciente de que tenía ganas de tomar algo con él -y sólo con él- y no atreverme a llamarle una hora antes, pero hacerlo cuando le vi pasar ante mis ojos.
Por el 'durante', cuando me concentraba en sus palabras, me imaginaba su rostro, su mirada penetrante, su sonrisa misteriosa y pensaba en lo especial que es la persona que estaba hablando al otro lado.
Por el 'después', por la estera de magia que dejó esa llamada tras de sí, el instante de felicidad que me inundó durante mucho tiempo después de habernos despedido. Por todas las agradables sensaciones que me acompañaron después.
Ahora que lo pienso... eso sólo me ocurre con él. Durante el día hago muchísimas llamadas y contesto a unas cuantas más. Inmediatamente después tiendo a 'olvidarlas'. Son parte de un todo.
La llamada de ayer era un todo que formaba parte de algo infinitamente superior.
Ahora que lo pienso... es Amor.
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