Últimamente no suelo ir a Correos, algo que echo de menos. Sólo que hoy me urgía que saliera algo. Llevaba las manos ocupadas: en una, el bolso; en la otra, el fajo de cartas. Con la vista al frente, cuando me dirigía al coche, le he visto aparecer. Era la hora de comer. No he sabido que era él hasta que no he mirado justo cuando pasaba cerca de donde yo caminaba. Entonces he mirado, he sonreído, porque durante una milésima de segundo él también ha mirado. En ese momento he deseado saludar, pero no podía levantar las manos.
Ese momento ha sido insuperable. Él hace que esos instantes sean únicos.
Y yo simplemente puedo adorarle, quererle cada día un poco más.
No sé por qué se me están cerrando los párpados. Quizás debería echarme una siesta.
No hay comentarios:
Publicar un comentario