Hacía varias horas que deseaba escribir, pero la tarde no me lo ha permitido. Me encontraba escribiendo algo más serio, revisando, hasta que ha llegado un momento en que las palabras no me llegaban a los labios ni fluían por mis manos. Entonces he comprendido que tenía que parar, que tenía que marcharme de la oficina, que tenía que acabar el día y que, desde las cinco que había pensado en marcharme, habían pasado varias horas.
El día ha tenido momentos extraños. He hablado con la archivera, hemos terminado hablando de la Biblioteca y mañana le he dado mi palabra de que iba a hacerme socia, aunque no estoy segura de que sea mañana.
-No te gustan las redes sociales, ¿verdad?
-Pues no mucho.
No le he explicado que tengo un facebook semiabandonado, donde siempre se me olvida entrar o donde sólo entro cuando me acuerdo.
A la una ha venido a tomar café una persona. Me buscaba a mí. Él ha dicho que pasaba por allí.
Ya podía venir a tomar algo un ángel. Entonces todo sería diferente. Todo sería más perfecto. Daría un mundo por perderme en esa mirada perfecta durante horas. Le he visto hoy y ya le estoy echando de menos otra vez, ni siquiera han pasado unas horas.
Cuando a las nueve me dirigía al coche, he pasado junto al suyo. Hay momentos como ése en que me apetece llamarle para ir a tomar algo. Es viernes por la noche. Al final, siempre termino rechazando ese deseo. Lo que ocurre es que cuando conduzco a casa mi mente vuela a ese momento y la imaginación se sumerge en cómo sería estar en ese instante tomando algo con él, escuchando esa voz tan sensual, mirándole a los ojos, reaprendiéndome esa sonrisa misteriosa.
Esta noche siento que el amor me acaricia la piel y se introduce hasta lo más profundo de mi alma. Daría un mundo por dormir esta noche entre sus brazos...
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