Somos coleccionistas de recuerdos, porque podemos atrapar fragmentos del pasado, pero jamás atraparemos lo que está por ocurrir. El futuro está lleno de secretos.
Pensaba, hace un rato, en la cantidad de lugares especiales que he conocido y, de todos ellos, aquellos lugares que, por lo que fuera, significaron algo para mí en ese momento, rincones que quizás no vuelva a visitar, que no sería capaz de encontrar. No hace falta irse muy lejos para encontrar un lugar así. Curiosamente, esos lugares que jamás compartes con nadie, pero con los que sentiste una extraña conexión, no están tan lejanos en el espacio. Y, sobre todo, los míos son lugares poco multitudinarios. En mi memoria casi todos esos rincones ‘perdidos’ son un trozo de monte, un instante de cielo azul, un manojo de hierba y, sobre todo, recuerdo los aromas y los sutiles ruidos a mi alrededor. No me siento así en los lugares muy turísticos ni donde hay mucha gente. No me siento así en los lugares que ya conozco. Ese vínculo se crea cuando eres consciente de que ese rincón es virgen y eres consciente de que será la única vez que lo visitarás. Pero además es único porque, aunque regresaras allí, no volverías a sentir lo mismo, aunque sientas de nuevo esa serenidad de espíritu, la conexión con todo lo que te rodea.
Pensaba en ello porque no sólo el futuro está lleno de secretos, sino que también hay momentos del pasado que no hemos compartido jamás con nadie. Me viene a la mente una persona con la que hablaría de estos pequeños instantes fugaces del pasado.
Supongo que también ocurre algo parecido con las personas. Puedes ir caminando un día por las calles de cierto lugar y que alguien comente al aire y junto a ti que el monte está nevado, que te invite a mirar hacia donde escrutan el horizonte sus ojos. No le conoces, pero en el momento en que ladeas la cabeza para mirar en la misma dirección que su mirada se crea algo especial. Desconoces el nombre de esa persona, pero has compartido unos minutos con ella que son dignos de mención. Posiblemente no vuelvas a verla jamás.
Esto multiplicado por mil… me lleva a pensar en él. Él no es un desconocido pero cada mañana me regala la magia de miles de momentos que me hacen feliz, y soy consciente de ese instante y no quiero olvidarlo.
Hay rincones que nos hacen pensar en algo especial en cierto momento, pero cuando una persona te da esa magia especial, te brinda todo lo que en todos estos años nadie te ha brindado… es para tenerlo en cuenta. No puedo ser indiferente a ese ángel.
Esta semana he de hablar con él. Siento el gusanillo en mi interior. Siento que empiezan a formarse las palabras en mi mente, palabras que olvidaré en el mismo momento en que descuelgue el auricular, palabras que no pronunciaré si no es su voz la que escucho.
Siento el gusanillo porque, aunque lo que tenga que hablar con él sea algo de índole profesional, hablar con él siempre crea momentos únicos, inolvidables, especiales. Escucharle siempre es como abrir por primera vez una cueva llena de tesoros. Le he escuchado un millón de veces, pero hablar con él es siempre como si fuera la primera vez que lo hiciera. Será que adoro su voz, sus palabras, su forma de expresarse o de pensar. Y ese instante es sublime.
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